6

Conociendo mejor a Lucas, empezó a notar vacilaciones, lagunas.

Y es que una cosa era el médico en el hospital y unas charlas triviales en los pasillos los despachos, y otra la casa, verlo moverse en ella.

Subía muchas veces. Más de las que Lucas bajaba a la suya.

Se fue dando cuenta de la discreción de Lucas, de su alejamiento anímico, espiritual. Físico no, porque por una u otra causa tenían mucha comunicación. En el hospital por coincidir mucho. A los seis meses, él era ya jefe de equipo, y ella su enfermera. En los retornos, cuando tenían la guardia juntos, y casi siempre ocurría por haberla elegido él como enfermera personal al ascender. Lucas, al fin, se había comprado un auto de segunda mano. Ella casi nunca sacaba el suyo del garaje que había en los sótanos del edificio. Pero, anímicamente, Lucas tenía una vida interior muy alejada de la suya. No por ser diferente, sino porque él no se daba, no se entregaba.

Era un gran amigo, un gran consejero, un hombre que parecía estar de vuelta de todo, pero rara vez hablaba de sí mismo. Si lo hacía se limitaba siempre a su padre, a su infancia solitaria, a un colegio, a la facultad después en Madrid.

Nunca salía de aquello.

Un día ella le preguntó:

—¿No has tenido novia nunca, Lucas?

—¿Novia? No, no. Es sufrir.

—¿Sufrir? También es gozar, ¿no?

—Sí, pero es que yo no me voy a casar.

—¿Que no te vas a casar?

Él reía.

Era lo que tenía. Su risa luminosa, porque siendo tan moreno, de facciones algo duras, al sonreír, los blancos dientes relucían en su cara y hasta los ojos se le iluminaban.

—No pienso hacerlo —añadió, sin dejar de sonreír, algo enigmático—. Son cosas personales.

—¿Un desengaño?

—Claro que no.

Y rápidamente cambiaba de conversación.

Así se fue dando cuenta de que Lucas no se daba, no se entregaba a una amistad. Ella era más diáfana, más clara, nada retraída.

Lucas, en cambio, conversaba sobre todo, menos de sí mismo. De sus aficiones, de sus deseos, de sus hobbies.

* * *

Una tarde, estando Lucas en su casa, cosa que no era corriente, su madre la llamó por teléfono. Lucas, distraído, fumando y tomando un whisky, oyó toda la conversación.

—Hace dos semanas que no vienes, Marcela.

—Lo sé. Mucho trabajo, cansancio, poco tiempo disponible.

—Mañana es domingo. Te esperamos.

Ella miró a Lucas, sentado muy cerca.

—¿Mamá, puedo llevar a un compañero médico, que es muy amigo mío?

—Si es tu gusto.

—Lo es.

—Pues tráelo, pero vente tú, ¿eh? Tu padre y yo estamos muy desolados sin ti.

—Mañana tengo libre, y mi amigo Lucas también. Te prometo que iremos a almorzar.

—Os espero.

Colgó y miró a Lucas, que tenía levantada una ceja:

—Vendrás, ¿no?

—No debo ir, Marcela. No creo que a tu padre le guste conocer a un tipo de otra raza como yo.

—¿Por qué de otra raza? No se te nota ni en el acento.

—Pero mis facciones son peculiares.

—¿Y qué tiene eso que ver?

—Puede tenerlo. Quizá cuando sepan que vivo en el mismo edificio que tú... —sonrió—. Yo no tengo prejuicios de nada, pero tus padres los tienen; tú lo sabes.

—Eres mi amigo.

Lucas pensó muchas cosas.

Nunca decía ninguna de las que pensaba.

Pero sí que se sabía en un callejón sin muchas salidas.

¿Y si pidiera el traslado a Madrid?

Quizá se lo concediesen.

—Evidentemente, sí que soy tu amigo.

—Mañana les conocerás. No pienses que son tan reaccionarios como yo los pinto. Al fin y al cabo, aunque nunca hayan venido a mi casa, en los momentos que alguien dijo algo sobre mí, salieron en mi defensa.

—Es lo menos que pueden hacer los padres, ¿no te parece? Además, pueden pensar de ti lo que gusten, pero nadie mejor que tu conciencia para saber de ti misma.

—Después de seis meses, ya se acepta que viva como vivo, pero al principio, en nuestro ambiente, mi decisión cayó como un bombazo.

—¿Y David?

—¿David?

—¿No, has vuelto a verle?

—No. Es decir, sí, de lejos. En su finca, desde la de mis padres. En la calle, cuando paso con el auto. No he vuelto a hablar con él.

—¿Ha sido discreto, Marcela?

Ella se tensó.

—¿Por qué lo dices?

—Por ti.

—Me tiene sin cuidado lo que haya dicho.

—Pero tus ideas sobre él siguen siendo confusas.

—Mucho.

—No has decidido nada en definitiva.

—Nada.

Y de repente exclamó:

—¿Sabes que tú siempre quieres saberlo todo de todo el mundo, pero yo de ti, sé muy poco?

—No tengo nada que contar, Marcela.

—A tu edad siempre se tiene algo que contar. Además, me has dicho que no te casarás nunca. ¿Hay una causa para que pienses así, tan decidido?

Veía a Lucas en mangas de camisa y con pantalón blanco y playeras. No parecía el médico serio, siempre carismático, del hospital, en el cual se movía sin esbozar una sonrisa, aunque con ella lo hiciera.

Vestido así y en su tarde libre, más parecía un deportista.

Era tan moreno que nada más pasaba el sol por su cara, se le ponía cetrina. Y cetrina la tenía en aquellos instantes, resaltando en el color blanco de su indumentaria.

Se hallaba repantigado en un butacón y removía el ancho vaso que tenía entre los dedos. Unos dedos, pensaba Marcela, personales, delgados, casi negros.

Unos dedos viriles, en verdad.

—En realidad —dijo Lucas, como si nada oyera de sus comentarios—, me encanta montar a caballo. Mi padre se ganó la vida siempre de capataz en una hacienda inmensa. Allí está enterrado.

—¿Nunca has vuelto, Lucas?

—No —movió la cabeza con lentitud—. Nunca tuve esa necesidad. Muerto él, me sentí español. Me integré totalmente en este ambiente. Cambiarlo no me apeteció. Tal vez un día lo haga, pero no me veo en el Brasil.

—¿No eres algo escéptico, Lucas?

Él volvió a sonreír.

—Es posible. No sé. Nunca me analizo.

—¿Porque no tienes necesidad o porque prefieres no hacerlo?

—No estoy seguro. A veces porque no tengo necesidad, y otras porque me aburre hacerlo. Me acepto como soy.

—¿Y cómo eres, Lucas?

Era la primera vez que Marcela intentaba ahondar. Porque en otras ocasiones sólo rozó un poco su propia curiosidad.

—Como me ves.

—¿Estás seguro?

Claro que no.

Pero...

—O te aceptas o no te aceptas —sonrió él intimista—, y yo me acepto.

—¿Con defectos y virtudes?

—No sería humano si sólo considerara mis virtudes.

Bebió.

El vaso quedó vacío.

Él se levantó.

Marcela se percataba de que siempre que iban a hablar de cosas íntimas referentes a él, o se despedía o cambiaba la conversación con habilidad.

Aquella tarde Marcela le dijo:

—¿Huyes de algo que no te gusta de ti mismo, Lucas?

Él la miró cegador.

—¿Y quién no huye alguna vez, Marcela?

—De cosas concretas, bien sabidas, bien palpadas, me refiero.

—A veces. Todos somos humanos, todos nos reconocemos —y sin transición—. Te veré mañana, ¿verdad?

—¿Es que te vas?

—Me gusta leer, ver la televisión, entretenerme.

—¿A solas?

—Aveces.

—Mañana, a las doce, si estás de acuerdo...

—No lo estoy, Marcela.

Ella se asombró.

—¿Que no estás de acuerdo en venir a almorzar a casa de mis padres?

—No.

—Pero... ¿por qué razón?

—¿Te la tengo que decir?

—No te comprendo.

—Es mejor.

Y se dirigió a la puerta.

—Lucas, ¿qué te pasa? De repente te desconozco.

—Yo pensé que era más fuerte, Marcela.

—Sigo sin entenderte.

—Es mejor. Buenas noches.

Se fue.

Oyó el ruido de la puerta.

¡Oh, no, así no!

Su amistad con Lucas era demasiado hermosa.

No estaba dispuesta a perderla de una forma tan estúpida.