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Había pasado una noche agitada. Por Urgencias habían entrado heridos, atropellados en la vía pública, otros debidos a accidentes de tráfico, alguno que había intentado el suicidio. Casi de madrugada, Lucas hacía un café para los dos. El servicio de la noche era reducido. Sólo dos auxiliares se hallaban ante las mesas de control en aquel trozo de planta, dos enfermeros pendientes de unos enfermos y ellos dos tomando el café que Lucas había hecho en un hornillo eléctrico.
Lo tomaban de pie, al tiempo que fumaban a pequeños intervalos.
—Será mejor que te enfrentes cuanto antes a la realidad, Marcela. Me agradezco a mí mismo saber tus cosas, pero saber a la vez que no te he inducido a nada concreto.
Marcela miró en torno con desgana.
—Fue el hospital. La vida que se respira aquí. Lo poco que vale la vida, Lucas. Lo poco que a veces significa.
—Lo raro es que te hayan dejado ser enfermera siendo quien eres.
Marcela sonrió.
—Me enviaron a colegios de superlujo, pero yo siempre accedía a cambio de ser médico.
—¿Médico?
—Y me quedé en enfermera. ¿Por qué? —se encogió de hombros—. Porque ellos lo prefirieron, ya que además de ser una carrera corta, pensaron que jamás me adaptaría. Y me gusta. No sólo me gusta, es que a través de todo esto me fui conociendo a mí misma.
—¿Y de ahí tus dudas?
—Puede que sí. Cuando les dije que deseaba ejercer se opusieron. Pusieron el grito en el cielo. Ya te lo he contado otras veces. David se puso como un energúmeno Pero yo conseguí lo que me proponía. Hubo sus más y sus menos. Quizá creyeron que me cansaría pronto y por eso accedieron. Llevo un año aquí, tanto como tú. Oye, ¿recuerdas el día que llegamos aquí los dos?
—Por supuesto. Nos conocimos en la cafetería. Teníamos cara de mochuelos. Yo venía de Madrid con una plaza ganada a fuerza de estudios. Tú, seguramente, recomendada.
—Algo así. Nos hicimos amigos en seguida. Recuerdo que tú me contaste parte de tu vida. Que eras brasileño, que habías hecho toda la carrera en España, que te sentías tan español como el que más y que deseabas ser un médico social, sin más que añadir. Un buen traumatólogo, pero social. Que detestabas la medicina privada, que era un comercio. Que...
—Que tenía veinticinco años y que para mí la medicina era lo importante.
Sonrieron.
—Tú —añadió Lucas— me dijiste muy poco, pero yo «sentí» que te gustaba ser mi amiga y que en el hospital éramos, por el momento, como dos aislados, porque no conocíamos a nadie.
—Más tarde te hablé de mis relaciones con David.
—No fue así, Marcela. Te vi en una sala de fiestas con él y al día siguiente te pregunté quién era.
—Es verdad. Me olvidaba de ese detalle.
—Llevo —dijo Lucas, sirviéndose otro café— un año en esta ciudad andaluza y estoy contento. Tengo amigos; tu amistad me enorgullece, y conozco gente. Ah, oye, ¿sabes que pregunté lo que me pediste que preguntara? Sí Marcela, lo de los apartamentos en el edificio donde yo vivo. Los alquilan amueblados, y hay dos. Dos libres. Uno que dejó la semana pasada un ingeniero, y otro que dejó un director de cine que estaba rodando aquí una película. No son caros. Tienen un precio acomodado a la situación actual. Con tu sueldo lo puedes pagar, suponiendo que tus padres se nieguen a ayudarte.
—Será un campanazo, Lucas. Pero tengo que hacerlo. Sólo así sabré qué es lo que quiero en realidad.
—¿Lo hablaste ya con tu novio?
—No. Prefiero hacerlo primero con mis padres. De hacerlo con David, cizañaría a su padre y a los míos.
—De verdad, Marcela. ¿Tú le amas?
—¿No te das cuenta de que esa duda es lo que me obliga a obrar así, a desear la libertad absoluta, a emanciparme e independizarme? Va a ser un duro golpe, pero... tendré que hacerlo, a menos que me confunda ya para el resto de mi vida.
Lucas tomaba el café a pequeños sorbos.
—¿Quieres otro, Marcela?
—Sí, dame. ¿Qué hora es?
Y miró su reloj de pulsera.
—Las seis. Pronto aclarará.
Sonaron los timbres. Ellos dejaron las tazas de café y corrieron pasillo abajo.
Las auxiliares indicaban el tablero donde, intermitentemente, brillaba una luz.
—Es de la seiscientos ocho —dijeron.
Lucas y Marcela se adentraron pasillo abajo.
* * *
—Te llevo —dijo Marcela, saliendo al exterior y colgando el suéter por el cuello—. Te dejo en el centro de paso para el cortijo.
—Ando negociando un automóvil de segunda mano —rió Lucas tranquilamente.
Era un joven alto, fuerte. De pelo negro y negros ojos. Moreno, de piel cetrina. A veces en sus ojos oscuros aparecía una nubecilla, pero pronto la hacía desaparecer con una sonrisa. Marcela siempre pensaba, de su buen amigo Lucas, que algo le inquietaba o le hacía tomar la vida con filosofía. Nunca le vio salir con chicas. La ciudad no era grande. Además, ella salía bastante del cortijo con su novio Salas de fiestas, cines, teatros, alguna que otra reunión social. Nunca lo encontró, salvo una vez, cuando al día siguiente él le preguntó quién era el chico que la acompañaba.
De eso hacía casi nueve meses; fue cuando ella empezó a hablarle de sus dudas, sus traumas, sus miedos a una equivocación con referencia a la estabilidad amorosa de toda su vida.
—En Madrid —siguió hablando Lucas, interrumpiendo así los pensamientos de Marcela—solíamos alquilar uno entre los estudiantes que habitábamos el mismo piso. Eramos cinco, y nos costaba poco dinero. Aprendí a conducir así. Pero las ganancias, hasta la fecha, no fueron como para darme el lujo de un automóvil.
Marcela conducía con mano segura su pequeño «cuatro plazas». Poseía otro auto, blanco, precioso, descapotable, pero jamás lo usaba para desplazarse al hospital. No le parecía prudente ni adecuado.
—Si te apetece —le iba diciendo Lucas—puedes ver de paso los apartamentos. El edificio está dividido para eso. Es moderno, confortable, pero pequeño, eso es verdad. En la cocina no caben dos personas, pero en nuestra situación es lo que menos se usa.
—Iré a verlos ahora si no estás cansado. Yo estoy rendida, pero...
—Pues cuando llegues al centro paras un momento y vamos a verlos. Yo vivo en la sexta planta. Los apartamentos vacíos están en la quinta.
El portero se prestó a enseñárselos. Era un apartamento muy pequeño, pero confortable. Viviendo en una casa tan grande, Marcela tenía la sensación de hallarse en su propio cuarto, que era espacioso, claro, muy amplio, pero aquello era su mundo, y esto era un apartamento inhóspito.
Se componía de alcoba, baño, salón y cocina. Nada más. Decoración funcional; todo en blanco y azul. Lo mejor que tenía era la moqueta del suelo, que era azul con chispitas blancas y que daba a la estancia del salón un aire intimista.
—¿Lo puede reservar por una semana? —preguntó Marcela al portero del inmueble.
—No estoy seguro.
—Matías —le reprochó Lucas—, que tienes médico gratis...
—Bueno, por don Lucas...
—Le daré la respuesta el lunes próximo.
—¿Y si me sale un inquilino?
—Dígaselo a don Lucas.
—Entonces, bueno.
Al salir al rellano, el portero se fue, reclamado del ático, y Lucas miró a Marcela riendo, con aquella tibia sonrisa y con una cierta melancolía oculta.
—Tendrás que abordar el asunto, Marcela. Si no lo haces ahora, ya nunca te atreverás. En realidad, cada persona ha de ser ella misma. No podemos regirnos por los gustos y las apreciaciones de los demás. Por otra parte, si tus padres son comprensivos, se darán cuenta de que, no por independizarte, vas a olvidarles, sino quizá todo lo contrario. De verdad, yo daría algo porque al fin te encontraras a ti misma, te dieras cuenta de lo que deseas en realidad. Pienso, por otra parte, que la soledad te puede ayudar en ese cometido que es todo tu futuro. ¿Quién te dice que al mes de vivir aquí no añoras todo lo que has dejado? —le posó una mano en el hombro—. Hazme caso. Habla con ellos.
—Pero es que mis padres nunca entenderán. Son reaccionarios, pegados a sus tradiciones, a su dinero, a su nombre. Pensarán que, por el hecho de irme de casa, me convierto en una perdida.
—Ése es el gran error de los mayores, Marcela. Yo te di una solución a tu problema. Si no estás preparada para casarte. Si no estás absolutamente segura de que amas a tu novio, ¿te das cuenta de cuál será tu cruz en el futuro? Que la cruz llegue por sí sola, porque tiene que llegar, de acuerdo, pero que uno se la cargue al hombro a sabiendas de que no podrá con ella, lo considero absurdo.
—Gracias, Lucas, te veré esta noche.
—¿No quieres que te acompañe hasta el auto?
—Claro que no. Gracias.
Y se fue a toda prisa.
Del centro al cortijo de sus padres había sus buenos doce kilómetros. Claro que a los cinco, a partir del centro de la ciudad, ya empezaban las posesiones de los Juncale de la Fuente, y dos más allá las de sus padres.