10
Fue una noche más bien tranquila. Además, Lucas se detuvo poco en el pequeño despacho, no lejos del control, donde habitualmente se reunían.
Marcela tenía la certeza de que le huía; de que, por las causas que fuesen, y ella sin duda desconocía, Lucas prefería no tener contactos, ni conversaciones, ni casi intimidad afectuosa.
Lo vio, pues, apenas durante la noche, y en los ratos que pudo estar con él había más médicos de otras plantas, y alguna enfermera. Ella se replegó.
Pensaba que las cosas estaban perdiendo su contenido humano más sincero. Lucas le huía, y ella no entendía aún las razones. Había demostrado claramente que el hecho de ser quien era no la eximía de ser, además, mujer sentimental, soñadora y sencilla a la vez. Y que el hecho de que él fuera un médico no la alteraba en absoluto, sino más bien que los sentimientos eran lo único que contaba.
Por otra parte, era mujer intuitiva, joven, si se quiere, pero con sus buenas experiencias encima, e ignorar que Lucas la amaba era ya ignorarse a sí misma.
También debía ser sincera en cuanto a sus sentimientos hacia él. No los tenía del todo claros, pero que le interesaba como hombre, eso ya era obvio, y se preguntaba si ése no había sido el motivo por el cual se enfriaron sus relaciones con David.
Sus reflexiones no le sirvieron de nada, pues nada en concreto le aclararon, salvo que le dolía el despego de Lucas y su forma casi clara de herirla.
¿Prefería Lucas que lo odiase?
¿Que le quedase de él un mal recuerdo? Pues lo iba a conseguir.
Por la mañana, hacia las ocho, lo vio aparecer ya sin bata blanca.
—Te he dejado sola toda la noche —se disculpó—, pero es que estuve entretenido en Urgencias. Luego me acapararon unos médicos nuevos. Lo siento, Marcela. ¿Te quitas la bata y vienes? Tengo que volver hacia las doce. Ya no vendré más de noche, salvo que me llamen. Me he quedado sin las guardias.
Algo se rompía dentro de Marcela. Algo que los había mantenido unidos todo aquel tiempo. Suponía que un día cualquiera Lucas añadiría: «Me marcho a Madrid».
—Te lo has propuesto, ¿verdad, Lucas?
Él no le entendió. O si lo entendía, prefería no darse por aludido.
—Vamos, anda. Están llegando los de la mañana. Quítate la bata y vayamos a tomar café al centro. He pasado la noche fumando y no he tomado ni un solo café.
Automáticamente, Marcela giró sobre sí, reapareciendo minutos después atándose aún el suéter negro por el cuello.
Se alejaron pasillo abajo hacia los ascensores, pero no intercambiaron ni una sola palabra. En el ascensor bajaban las del nuevo turno a tomar café antes de iniciar su trabajo de la mañana. Sólo al verse atravesando el vestíbulo, ella preguntó quedamente:
—Lucas, cuando éramos sólo amigos, las cosas estaban más claras entre nosotros.
—Seguimos siendo amigos, Marcela. No somos otra cosa.
Marcela sabía que estaba mintiendo, que, si nada le ligara a ella en cuanto a lo sentimental, sería más sencillo, más explícito, más natural. Y, por supuesto, o ella era ciega o Lucas no era natural en absoluto.
—¿No será que tienes algún compromiso que no quieres confesar?
Lucas hubo de sonreír.
Bajaban hacia el garaje.
La asió del brazo con cierta precipitación y dijo en cambio muy pausado:
—Marcela, hay cosas que no acabas de entender. Nos separan dos mundos, casi dos civilizaciones, yo diría incluso que dos culturas. Deja las cosas como están.
—Las dejaría si supiera que...
—Por favor —le atajó él—, sube. Y déjate de hacer preguntas. Yo no tengo novia, ni futura mujer, ni lío alguno de faldas—se sentó ante el volante, y ella lo hacía a su lado—. Hay que ser consecuentes, Marcela. Tal vez tú te sientas atraída por mí. Quizás yo algo por ti, pero hemos de entender que no podemos ser el uno del otro... Hay situaciones insuperables, y ésta es una de ellas.
—¿Ocultas algo, Lucas?
—¿Algo de qué?
—No lo sé. Pero cuanto más pienso, más me reafirmo en que algo te sucede. Algo que sólo sabes tú.
—Puede ser.
El auto rodaba hacia el centro. Marcela miraba al conductor con fijeza.
—¿No puedo conocer un poco de esas interioridades que te callas?
—No.
—¿Y por qué? Yo siempre te lo conté todo.
—Marcela, por el amor de Dios.
—De acuerdo, no me cuentes nada. Pero dime, ¿me amas?
Él la miró rápidamente.
—Te has quedado sin pudor, Marcela —dijo con tibieza.
Era lo peor.
Su ángel, su halo.
Su forma de ser suave y atrevida al mismo tiempo.
—Si el hombre tiene todos los derechos de confesarle su amor a la mujer, no veo por qué la mujer ha de callarse los suyos.
—Te digo...
—Llámame feminista, si gustas. Sé el lugar que ocupa el hombre y el que ocupa la mujer, pero, en estas cuestiones, para mí son iguales. Y yo creo que te amo, y no veo por qué tenga que callarlo.
Por toda respuesta, él soltó la mano derecha del volante y apretó los finos dedos.
—Eres una chica encantadora, Marcela.
—Que tú deseas y amas y de la cual huyes. ¿Qué razones tienes?
Sin soltar los dedos, que tal parecían arrebujarse en los suyos, él musitó:
—Podía darte las razones ya expuestas, querida. Tu rango, tu fortuna, tu nombre. Mi vulgaridad, mi sencillez...
—Pero mentirías.
Sintió que él apretaba mucho su mano.
—Me... haces daño.
La soltó con rapidez y puso la mano en el volante.
—Perdona.
—Lucas, ¿no puedo saber? Yo me conozco, ¿entiendes? Lo mío por David fue una novedad. La juventud, los escasos años... Lo tuyo es fuerte, Lucas. Muy fuerte. Muy definitivo, y tú lo sabes.
—Si callaras...
—Estás sudando, Lucas. ¿Qué te pasa?
Él se llevó la mano a la frente.
—¿Sudando? —y se quitó las gotas de sudor con rabia—. Hace calor.
—Te he estudiado mucho, Lucas. Desde cuando estás haciendo una operación hasta cuando te quitas la bata verde. Y sólo sudas cuando algo te inquieta profundamente. El calor no es lo que a ti te hace sudar, sino las emociones fuertes.
El auto entraba en el centro sin que Lucas respondiera. Frenó ante una cafetería.
—Tomaremos ahí café, Marcela.
—Lucas, ¿qué nos pasa a los dos?
—Quizá la misma cosa —dijo rápidamente, agresivo—. Desciende.
Y lo hizo él primero.
Cuando Marcela se le reunió en la puerta de la cafetería, él tibiamente amable, le pasó un brazo por los hombros y entraron así.
* * *
—Cambias de humor con mucha facilidad —dijo ella encaramándose a la alta banqueta, a la par que Lucas lo hacía en otra—. Tan pronto eres agresivo como afectuoso. Antes no conocía esas facetas, Lucas.
—Puede que antes nada nos inquietara, que nuestra amistad fuese más honesta.
—¿Por qué ahora no la consideras honesta?
Lucas pidió dos cafés.
Sacó la cajetilla y el mechero.
—Dejemos las preguntas y las respuestas, ¿quieres? Pero, para acabar de una vez, te diré que yo te deseo. Y te deseo tanto como tú a mí. ¿Es eso amor? No lo sé. Creo que no. Ya sabes lo que opino de la amistad entre dos personas de distinto sexo. Termina por deteriorarse. Se distorsiona cuando aparece el sexo.
—O se profundiza. Eso es en contra de lo que tú estás, y no acepto las razones que me diste.
—Que no...
—No.
La presencia del camarero evitó que se enzarzaran de nuevo en una polémica de cortas y confusas palabras.
El azucaró su café. Marcela apreció el temblor casi imperceptible de sus dedos.
—No te daré más la lata, Lucas —siseó, asiendo su mane—. Perdóname.
Lucas removió el café cuando su mano quedó libre de la presión de los finos dedos femeninos. Lo tomó a pequeños sorbos.
Y así, sin cruzarse una palabra terminaron de tomar el café. Lucas pagó. Luego descendieron de las banquetas. Ya en el auto, Lucas dijo, como si nada hubiera de confuso entre los dos:
—Te reclamaré la semana próxima.
—¿Reclamarme?
—A mi servicio, como ahora. Pero es que al no hacer guardias tendremos siempre las del día, y pediré que te destinen conmigo.
—¿Por qué lo haces, si tanto deseas mantenerme a distancia?
—Quedaste en no volver sobre el tema.
—Perdona.
Dejó el auto ante el garaje.
Matías, el portero, salió en seguida.
¿Lo llevo al garaje, doctor?
—Sí, Matías.
—Si lo necesita durante el día, no tiene más que avisarme y lo coloco delante de la puerta.
—A las doce debo subir de nuevo al hospital.
—Pero hace mucho calor, y tres horas y pico al sol es mucho.
Lucas y Marcela entraron en el portal.
En el ascensor no se dijeron nada, si bien él le sonreía con su tibieza habitual.
Ella descendió en el quinto y mantuvo la puerta abierta.
—En la noche ya no te veré —dijo Lucas—. Pero tú tienes ta guardia.
Ella meneó la cabeza.
—¿No?
—No me siento bien. Susan se ofreció para hacérmela esta noche.
—Ah, ¿te sucede algo?
En vez de responder, Marcela cerró la puerta del ascensor con seco golpe y apretó el botón del sexto, de forma que Lucas no pudo reaccionar.
Entró rápidamente en su casa.
Sabía que tenía ganas de llorar. Pero prefería no hacerlo, así que se fue quitando la ropa camino del baño.
Se metió bajo la ducha sin siquiera ponerse el gorro.
Necesitaba friccionarse, despabilarse, romper con toda aquella gama de sentimientos anudados que llevaba dentro. No le cabía duda alguna.
Estaba enamorada de Lucas.
Y sabía, asimismo, que él lo estaba de ella.
¿Qué los separaba?
¿Su posición económica y social?
Eran majaderías.
Ni su mismo padre, con ser tan reaccionario y tradicionalista, le pondría peros a Lucas como yerno. Era Lucas, que temía algo. Pero, ¿qué?
Salió del baño y se puso la felpa sobre su cuerpo desnudo. Descalza, frotándose con fiereza, salió al salón.
Sacudió la cabeza. El pelo le caía empapado por los hombros.
Sentía una fuerza íntima, poderosa, pero no sabía cómo desahogarla.
En ese momento oyó el timbrazo.
Justamente se envolvía la cabeza en una toalla cuando el timbrazo la estremeció de pies a cabeza.