13

¿Tú, qué dices, Gerardo? Es médico, sí, y nos gusta mucho como persona. Es todo un señor, y está muy enamorado de Marcela. Sin duda... —titubeaba— nos hemos descuidado. Y Marcela ya dejó su compromiso con David por él. Por Lucas. Se conoce que Marcela prefirió decírmelo a mí. Y me lo ha dicho con toda contundencia. Se casa con Lucas. Y se casa, te lo quiero advertir, querido Gerardo, con nuestro consentimiento o sin él. Deja de pasear, Gerardo, por favor. Te estoy hablando, aunque parece que no me oyes.

—Te escucho, María. Claro que te escucho, pero es que paseando pienso mejor. Se me aclaran las ideas. Además, sé lo que me vas a decir. Que no estuvimos de acuerdo en que Marcela se fuera a vivir sola, aunque ella se fue, pese a todo. Nosotros, María, estamos aferrados a la tierra, a esta tierra, a los muchos prejuicios que fuimos adquiriendo día a día. No sé si estamos equivocados. Pero sí que debemos admitir que nuestra hija no es como nosotros. La educación, el entorno, los colegios extranjeros... —se pasó los dedos por los cabellos. Se hallaban en la intimidad de su alcoba. La esposa en el lecho; el marido paseando de un lado a otro en pijama y zapatillas—. Nosotros somos tradicionalistas, reaccionarios incluso;ella es progresista, liberal, totalmente ella. Nosotros siempre dependimos de algo; ella dependió sólo de sí misma. Yo no sé si eso es bueno o malo, pero... en el fondo la admiro y hubiera querido nacer en su época. Sí que me gusta Lucas. Lo he tratado bien; es un chico estupendo. Nada superficial, muy realista, e idealista a la vez. Además le he visto recorrer conmigo a caballo la campiña, y sé que entiende. Su padre fue capataz de una gran hacienda en Brasil. He sido franco con él, María. Muy franco. No necesitaron decirme que se casaban. Lo he visto yo. Que tenía un futuro yerno junto a mí, lo he visto yo...

—Y te duele que no sea de tu raza, que no sea David, por ejemplo.

—No, María, no es eso. Al fin y al cabo, uno de mis antepasados era húngaro, ya ves. No es por ahí la cosa. He reflexionado mucho sobre todo esto y he llegado a una conclusión hace tiempo. Desde el primer día que Marcela trajo a Lucas a casa hace dos meses y nos dijo con toda la sencillez del mundo que estaban comprometidos, que estaba enamorada. El amor no se puede ocultar; saltaba a la vista que Marcela le quería locamente. ¡Para qué vamos a engañarnos, María!David era el hombre que económicamente le convenía a Marcela, pero si falta el amor, falta todo lo demás Marcela ya no amaba a David;en cambio, amaba a Lucas. Todo eso lo acepto sin más. ¿Rebelarme? ¿Me serviría de algo? Perderíamos a Marcela; eso ella ya nos lo demostró yéndose a vivir sola, cuando nuestro gusto no era ése precisamente. Ya ves ahora; vive de nuevo con nosotros. Dejó el apartamento y aquí la tenemos. Además, tenemos a Lucas, que aparece con ella todos los días.

—Entonces, ¿qué te inquieta, Gerardo?

—La hacienda, el patrimonio. Yo soy joven aún y puedo conducirlo, dirigirlo, llevarlo. Es mi obligación, pero si un día falto... Eso se lo dije a Lucas, ¿sabes? Lucas me dijo que el hecho de ser médico no le impediría dirigir este imperio. Y también le creo. Pero también añadió que jamás dejaría de ejercer la carrera de medicina, y eso es lo que me preocupa. Entre el patrimonio de su mujer y su carrera, de elegir, no dudo que elija lo último, y Marcela estará de acuerdo con él.

—Y eso es lo que te impide ser feliz.

—Es que la idea de que esto tan mío, tan de nuestra casta, se abandone, me pone los pelos de punta.

—Ven a la cama y deja de pensar, Gerardo. Yo te daba la noticia de una boda inminente. Además lo tienen decidido todo. Será discreta, íntima, sin jolgorio. Otra cosa que hemos de admitir Gerardo Son ellos los míe se casan. Hay que entender a la juventud de hoy. Al fin y al cabo, pienso que tienen más valores que nosotros. Nosotros aprendimos unos esquemas a que otros nos ciñeron, y los aceptamos sin analizar más. Ellos son libres, sinceros, valientes. También a mí me hubiera gustado nacer en esta época, Gerardo. Anda, vente a la cama. Al fin y al cabo somos jóvenes aún. Tú y yo tuvimos la suerte de casarnos enamorados y seguir estándolo a medida de nuestra edad y nuestras tantas vivencias compartidas.

El marido se escurrió a su lado siseando emocionado:

—Yo aún te deseo, María, y te amo. Quizá por eso entiendo mejor a los jóvenes que defienden sus sentimientos por encima de todo.

—Eres un gran hombre, Gerardo. Un gran marido y estás siendo un sensible y afectuoso padre.

* * *

David le preguntó a Mimí, reiterativo:

—¿Estás segura de que no recuerdas lo que le sucede a Lucas Heredia de peculiar?

Mimí no se acordaba. Además prefería ver la discreta boda que se estaba celebrando.

¿Qué importaba ya lo que Lucas Heredia tuviera de peculiar si se estaba casando en aquel momento en pequeña capilla del cortijo, con un puñado escaso de invitados? Desde la terraza de la casa de David se veía apenas lo que sucedía en la finca vecina, pero con los prismáticos que tenía sí que podía precisar bastante el precioso traje blanco de Marcela y la alta y firme silueta del moreno marido, guapísimo en verdad, que se estaba casando con Marcela.

—No me acuerdo de nada, David. Déjame en paz. Además, ¿qué importa ya? Si quieres te paso los prismáticos. Ya están casados. Ahora salen de la capilla.

—No quiero ver nada —exclamó él, furioso—. No me interesa.

Y se adentró en la casa, seguido de un grupo de amigos.

Entretanto, en la finca vecina, el cortejo salía de la capilla, Marcela besó a su madre, emocionada y se apretó después contra su padre.

A los dos, tibiamente, les dijo al oído:

—Gracias, gracias.

Después siguió un banquete en los jardines. Anochecido ya, los invitados pasaron al salón. Entretanto, Marcela y Lucas se escurrieron y desaparecieron.

No se despidieron de nadie. Incluso iban aún vestidos de novios en el descapotable de Marcela, conducido por un Lucas radiante y eufórico, emocionado.

—Tomamos el avión o... seguimos en auto, Marcela. Tenemos una semana.

—Si te pido algo especial...

La llevaba pegada a él. En la parte de atrás iba su maleta, pero ella aun vestía de blanco.

—Dime, Marcela.

—A tu apartamento. Estuvimos ayer allí, pero... hoy es diferente Lucas.

Él apartó una mano del volante y asió los finos dedos femeninos. Los apretó íntimamente. Se conocían mucho. Todo lo que se puede conocer una pareja que en cierto modo había convivido ya casi tres meses... aunque a ratos y de modo casi furtivo, pues ella, aconsejada por Lucas, retornó a casa de sus padres, si bien... se veían en el piso de Lucas cuando tenían libre.

Allí fueron conociéndose profundamente. Como pareja, como personas, como hombre y mujer, como enamorados que cada día aumentaban las novedosas pasiones y las situaciones eróticas sorpresivas.

—Lo estaba pensando, Marcela. A las nueve de la noche, Matías sube a tomar su cafetito y no estará en la garita. Nadie sabrá que estamos allí.

—Y si lo saben, peor para ellos.

—Eres audaz.

—Tú sabes cómo soy.

¡Y claro que lo sabía!

Divina, apasionada, voluptuosa, inefable, emotiva, sensible. La quería como un loco. Y un día tendría que decirle... Pero... ¿importaba ya mucho, todo eso?

Nada.

—Tus padres son encantadores —le decía Lucas, ya en el ascensor y sintiendo el precioso cuerpo femenino pegado al suyo—. Me han aceptado, sin más.

—Es que yo también te acepto como eres, Lucas. Y si yo lo hago, ¿por qué no han de hacerlo ellos?

—Pero ellos —decía sobre la boca femenina que besaba avaricioso— ignoran que no les daré herederos a su casta.

—Los adoptaremos.

Cuando salieron al rellano Lucas se apresuró a decir:

—Mira, seré un cursi, un sentimental, pero... déjame tomarte en brazos y entrarte en casa. Todo eso parece muy cursi, lo sé, pero casi todos los novios enamorados lo hacen, y cuando se está haciendo es emocionante. A ellos no les parece cursi, y si les parece que lo tomen en dos veces.

Fue después, ya con la puerta cerrada, que Lucas la encerró en su costado, y así se deslizaron los dos en la alcoba de Lucas.

Él se despojó del traje de etiqueta, de la pajarita, de la camisa.

Y después la miró con expresión ardiente.

—Déjame quitarte el vestido, Marcela.

—Sí, Lucas.

Fue algo delicioso, conmovedor casi. Eran sus movimientos lentos, gozosos, como algo morbosos, sin perder su pureza y diafanidad.

Una noche divina.

Una de esas noches distendidas, diferentes. Y es que ya no ocultaban nada, nada robaban, nada hacían a lo que no tuvieran pleno derecho.

—Lucas.

—Dime.

—¿Te digo?

—¿Puedes?

—No puedo ni quiero —y su boca buscaba la de Lucas con deleite y apasionamiento.

Una noche que se prolongó en un viaje por carretera durante una semana, tanto como ellos quisieron y sintieron. Cada día sentían muchísimas cosas, nuevas cosas, nuevas situaciones, nuevas emociones, nuevos placeres.