15
David lo oía todo muy atentamente y sin parpadear, pero su mente diabólica empezaba a urdir algo macabro.
Mimí le daba todo tipo de explicaciones, en particular lo que sabía, que no era mucho, pero sí lo suficiente para que David pudiera maniobrar a su gusto. Él seguía amando a Marcela. Y, por supuesto, Mimí era un instrumento que usaba para llegar a la meta propuesta, y al fin había llegado. No como él deseaba, con todo lujo de detalles pero sí lo suficiente para extorsionar la felicidad de su ex-novia y de aquel medicucho pobretón.
Decidió tomarse las cosas con calma. Que uno de los dos era estéril, y se refería al matrimonio formado por Lucas y Marcela, era obvio, dada la premura con que adoptaron dos hijos, que a la sazón eran la delicia de los abuelos, y que, por lo visto, se conformaban con la situación.
Tendría paciencia. Llegaría un momento crucial. Además, sabía cómo hacerse con todo el historial de Lucas Heredia, y no lo dudó un instante. Eso sí, no pensaba casarse con Mimí, ni siquiera continuar cortejándola, pues sus miras iban siempre hacia Marcela. No desistiría hasta obtenerla.
Recabó toda la información precisa por medio de un detective privado y después guardó cuidadosamente el historial, esperando tiempos mejores. Que vendrían; vaya si vendrían.
Su hacienda, enorme en verdad y próspera, se hallaba casi pegada por las tapias a la de los Igualada. Solía ver al matrimonio mayor con los nietos adoptivos y con una nurse extranjera que cuidaba a los niños. Marcela y Lucas solían salir muy de mañana hacia el hospital, donde continuaban en sus funciones de enfermera y médico, respectivamente, pero al mediodía retornaban. Era Lucas el que mandaba en aquella heredad. Y parecía saber mandar.
A fin de cuentas, y eso ya lo sabía David perfectamente, había sido hijo de un capataz, al que ayudó en sus faenas en una finca parecida en Brasil. Y por lo que veía, Gerardo Igualada de la Laguna, prefería ser tan sólo abuelo de unos hijos que no había parido su hija y descargaba toda la responsabilidad en su yerno. Sin embargo, David entendía que lo otro lo ignoraba un tipo tan aferrado a su vida tradicional como era Gerardo, e incluso María.
Lo primero que hizo David, sin consultar con sus padres, pues ellos quizá no estuvieran de acuerdo en perder la amistad de Gerardo, del cual eran muy amigos, pese a todo, fue recopilar cuantos documentos tenía al respecto de la procedencia y orígenes de Lucas y después dar largas al asunto de su matrimonio con Mimí.
Aquel día, en la mesa, oía como distraído la conversación que sostenían sus propios padres.
—Es maravilloso cómo Gerardo y María se encariñaron con esos chicos adoptivos. ¿Son españoles, Inma?
—No lo sé, Jorge.
—Tienen las facciones muy morenas. Yo diría que son hispanoamericanos.
—¿Y qué importa? María y Gerardo los adoran.
—Sí, sí. Ya lo entiendo, y nosotros en su lugar también los adoraríamos, pues visto está que no se ama a las criaturas por ser hijas de tus hijos, sino por criarlos y aprender a amarlos. El trato es lo esencial.
—Sin embargo —dijo la madre, tras un silencio—, es raro que hayan adoptado niños, siendo Marcela tan joven, y su marido le lleva cuatro o cinco años.
—Son cosas que suceden, Jorge. A fin de cuentas son lo bastante ricos para meter en su finca media docena de hijos adoptivos y media docena más de su hija y del esposo.
—Él sabe, ¿eh? —dijo el padre—. Y se las ventila muy bien manejando la hacienda. Se adaptó en seguida a las faenas. Sabe, como nadie, elegir el ganado de lidia, ordenar las siegas y todas las faenas concernientes a la heredad Y todo eso sin dejar de cumplir con su deber de médico social. Es jefe de equipo, y ya ves cómo trabajan los dos. La verdad, te digo, Inma que me encanta ese muchacho. Tiene todo el carisma de hombre serio, formal, trabajador al máximo. No está viviendo a costa de su mujer, y menos a la de su suegro —miró a su hijo. David, pienso que te has perdido una mujer formidable, y todo por no saber atraparla a su debido tiempo.
David hizo un gesto vago. Tenía en su mente empezar a maniobrar cuanto antes en contra de su rival.
—Tampoco está mal Mimí, David. Ya veremos cuándo decides al fin formalizar las relaciones y te casas con ella. La queremos mucho. No es rica como Marcela, pero tampoco nosotros necesitamos fortunas considerables; nos es suficiente una mujer joven que te ame y te considere.
David no les dijo que sus relaciones con Mimí estaban tocando a su fin. ¿Para qué darles aquel disgusto? Él seguía amando a Marcela, y poco iba a poder o conseguiría divorciarla de Lucas y casarse con ella, como fue siempre su deseo.
Puso expresión inocente y decidió que no les desengañaría aún, pero sí que empezaría a funcionar en lo que para él era el único cometido de su vida.
—Un día me casaré, pero tengo tiempo, mamá. Mimí es encantadora.
Y luego se levantó, tras saludar a ambos con una de sus diáfanas sonrisas.
* * *
Marcela no se atrevía a decírselo a Lucas, y menos a sus padres, que ya se habían hecho a la idea, pero...
Andaba mohína, pensativa y disgustada. Si ocurría algo irreparable en aquel sentido. Porque ella no había hecho el amor más que con Lucas. Lo de David quedaba demasiado lejos.
Pero la cosa estaba allí. Además, se había hecho una prueba casera, y con un amigo químico que tenía en un laboratorio se estaba haciendo ya la definitiva. ¿Cómo podía ocurrir? Pues ocurría, dijera lo que dijera Lucas.
Aquella mañana decidió quedarse en el lecho. No tenía fuerzas para averiguar lo que su amigo químico tenía que decirle y menos confesarle a Lucas que, por la razón que fuera, se había equivocado.
—Te encuentro perezosa, Marcela —dijo Lucas desde el baño, cuya puerta mantenía abierta, pero a él no se le veía. Marcela escuchaba el zumbido del agua al azotar el cuerpo bruñido—. ¿Te cansas de ser enfermera? Porque a fin de cuentas, trabajas en mi equipo y tenemos las mismas horas. No seas vaga y levántate. Hace dos días que faltas, que te quedas en casa.
—Prefiero estar con los chicos.
Lucas asomó la cabeza, de negros y abundantes cabellos, mojada.
—Si tus padres parecen haberlos parido. Los adoran. Además, son chicos formidables. Luis, con sus tres años, casi entiende todo, y Neni, con dos, imita a su hermano.
—Déjame quedarme en casa esta mañana, Lucas.
—¿Te sucede algo?
Lucas apareció ya medio vestido y abrochándose la camisa, con los pantalones de pana medio cayéndosele.
—No te entiendo, Marcela. Te aseguro que cada día menos, y es que de un tiempo a esta parte, desde aquel día que pasamos en el pajar, andas mohína y silenciosa.
—Lucas... es que... Bueno, nada. Ya te lo diré al regreso.
—O sea, que no vienes al hospital.
—Discúlpame como puedas. Di que tengo anginas, catarro, lo que te acomode.
Lucas se acercó a ella y se sentó en el borde del ancho lecho que compartían a diario.
—No te entiendo, Marcela. Es la primera vez, desde que nos casamos, que no comprendo el porqué de tu vagancia, de tu apatía, de tus silencios.
Y la besó cuidadoso.
—No tengo inconveniente en que te quedes en casa, en que pidas, incluso, excedencia por algún tiempo. Me parecería normal. Pero que no me digas las razones, ya lo entiendo menos. Verás, me gusta el campo y me gusta el hospital, mi vocación. Pero cuando retorno del hospital me olvido de mi vocación y me dedico a ayudar a tu padre. Me encanta ser labrador, ver por mí mismo cómo funciona todo. Si te digo la verdad, eso me recuerda a mi padre cuando allá, en Brasil, llevaba todo el peso de una hacienda de café, parecida a ésta, pero dedicada a otras cosas —la besó reverencioso, buscándole la boca abierta con delirio—. Te adoro, Marcela. Sabes de mí tanto como yo. Por eso te digo que soy uno de los mejores amigos de tu padre. Él también me entiende, y estima en su total valor o desvalorizado, mi esterilidad. ¿Por qué no, a fin de cuentas? Te hago feliz. Nada tiene que ver la esterilidad con la impotencia. Yo soy potente. Eso lo sabes tú perfectamente. ¿Me reprochas ahora, después de vivir todo este tiempo, el no poder ser padre de un hijo de los dos?
Marcela se aferró a su cuello.
No quería decirle, pero un día no tendría más remedio.
¿Quién había estudiado debidamente el caso estéril de Lucas? Acaso los estudiantes, porque Lucas no era estéril. Y no lo era porque, según ella pensaba, estaba embarazada. Y si no había hecho el amor más que con Lucas, lógico que el hijo que esperaba fuera de ambos. Pero... ¿cómo decírselo a Lucas llevando, como llevaba aquel rastro posterior, o anterior, que era aún peor, según él mismo consideraba? Ella no lo consideraba así, y es que no era racista, y si tenía un hijo negro, lo tenía y en paz. Pero, ¿cómo tomaría Lucas aquella situación, aquella circunstancia?
—Estás temblando, Marcela. ¿Te ocurre algo que yo ignore?
—No, no.
Pero, sí, sí. Y no lo diría hasta no estar plenamente segura, y segura no lo estaría hasta que Jaime, el químico del laboratorio privado, no se lo dijera.
Lo que no sabía aún era cómo decírselo a Lucas si todo resultaba positivo.
—Si hasta tienes los ojos húmedos —se alarmó Lucas—. ¿Qué sucede, amor? Dime, dime, ¿qué está pasando en ti? ¿Te he molestado en algo? ¿Te he faltado?
Marcela sólo sabía apretarse contra él y sentía la humedad del pelo de Lucas en su sien y en su garganta, en sus senos.
Lo apretaba como si tuviera miedo de perderlo.
La separó un poco y la miró a los ojos. Los de él eran negros como el carbón y decían mil cosas bonitas sin que los labios se abrieran. Los melados de Marcela no decían nada, pero se humedecían cada vez más. Era la primera vez que Lucas veía llorar a su mujer. Y le emocionaba hasta extremos insospechados.
—Marcela, te ocurre algo.
—Nada, Lucas.
—Pero si estás llorando.
—Verás que sólo es una ráfaga de misticismo. Se me pasará.
—¿Te hice yo algo sin saberlo?
—Claro que no.
Y después intentó convencerle. Logró tranquilizarlo. Y como el tiempo transcurría, Lucas se tuvo que ir.
Marcela entonces sollozó, ocultando la cara en la almohada que ella y Lucas compartían todas las noches. No lo sentía por ella. ¡Oh, no! Pero sí por Lucas, y no sabía qué dirían sus padres si nacía un hijo negro, porque ella, sin ser racista, sabía que sus padres preferían mil hijos adoptivos que un hijo legítimo negro. O tal vez se equivocaba, pero ante la incertidumbre de dañar a Lucas hubiera deseado no ser madre de un hijo de su marido.