17

Jaime Roca solía pasar por un club a cierta hora tardía de la mañana porque le gustaba la hípica. Por allí andaban sus amigos de toda la vida. Poseía un caballo semental, el cual montaba más por afición que por deporte, porque él tenía bastante con el laboratorio y sus aficiones. Pero en modo alguno era un hípico consumado. Le gustaba y montaba a su semental, pero poco más.

Aquella mañana se quedó en el bar del club tomando un Martini. Después daría su paseo habitual, encerraría al potro y se iría a su casa. Vivía amancebado con una chica con la cual se casaría, pero aún no le había entrado la chaladura de hacerlo. Era su expresión cuando alguien le preguntaba cuándo se casaba con su mujer abogado que, además, ejercía con un grupo de colegas en asuntos laborales.

David se le acercó remiso, como hacía siempre, y es que Jaime Roca pensaba de su amigo de pandilla que desde que Marcela lo plantó se había convertido en un gatuno.

—¿Qué tal, Jaime?

—Hola, David —y de súbito recordando algo que no tenía por qué ser secreto profesional—. Mira por dónde, después de adoptar dos niños, tu ex-novia está embarazada.

David no denotó su asombro.

Si Lucas era estéril. Eso nadie lo ignoraba.

—Ah, ¿sí?

—Pues sí. Menuda alegría se llevarán los padres y el marido. Chico, te has perdido una tía de verdad. Una mujer plena. Yo sigo preguntándome por qué, siendo tan hábil, la dejaste escapar.

—Dejé de amarla —dijo David, relamiéndose por lo que acababa de saber.

—¿De verdad?

—Bueno, tú verás. Uno decide la vida de una manera, y vienen los sentimientos y dicen otra cosa.

—Puede, sí, claro que puede.

—Y me dices que ahora está embarazada.

—Pues sí. Y eso que se decía por ahí que el marido era estéril. Pues tiene un embarazo como una casa.

—Lucas andará como loco.

—Eso supongo. Un estupendo hombre, digo yo, ese Lucas. Podría vivir como un rey, y ahí lo ves dedicado a su profesión. Y en los ratos libres a la hacienda de su suegro. No me asombra nada que Gerardo le adore.

Y como alguien llegaba diciéndole que su semental estaba dispuesto, se fue agitando la fusta.

David se quedó allí. De modo que... ¡Vaya, vaya! Un buen argumento para un drama, ¿no? ¿Qué diría Gerardo Igualada de la Laguna cuando se enterara? Porque se iba a enterar. ¡Vaya que sí!

Se fue agazapado y con la mente calenturienta. Se cerró en el despacho del club y no dudó en escribir aquello. ¿Por qué no, a fin de cuentas? Le habían dañado, y mucho, pues que cada cual recibiera su pago y el coste que a él le había costado a su vez hacerse el tonto y el desapasionado.

Porque decir que había tenido relaciones íntimas con Marcela ya no serviría de nada teniendo su ex-novia un marido que pasaba de antigüedades. Por tanto, lo mejor era atacar a los padres. ¿Por qué no?

Él decidía su revancha; después, que cada cual cargara con sus lacras, que él también las tenía y las soportaba. Sobre todo, el desdén manifiesto de Marcela.

Buscó una máquina, que encontró en seguida. Era neutra y, por supuesto, no pertenecía a su casa, por lo cual jamás podrían identificarlo.

Escribió corto y sabiamente. Se puso el sobre en el bolsillo y salió del club en dirección a correos.

No dudó en introducir el sobre en aquella boca abierta.

«Allá que te vaya bien», pensó.

Y tranquilo, sosegado, gatuno como era, retornó al club, como si jamás hubiese roto un plato, y no cabe duda de que estaba intentando, ¡al menos intentando!, romper la armonía de una familia.

Al anochecer decidió jugar una partida de póquer con su pandilla. Ya no le interesaba Mimí. A fin de cuentas había sabido por ella cuanto necesitaba. Su compromiso quedaba en suspenso, pues aún, y pese a todo, esperaba conseguir a Marcela. Nunca pensó que la deseara tanto, pero el caso es que la deseaba como un bárbaro y esperaba tenerla.

Perdió la partida, pero pensaba que ganaba otra mejor.

* * *

Tenía que decírselo a Lucas, pero carecía de tiempo, porque Lucas cuando llegaba del hospital se iba al campo a caballo, con su suegro. Retornaban a la casa ya entrada la noche. Además, aquellos días tenía lugar la siega, la separación del trigo y el centeno. También había que seleccionar los toros de lidia. Por otra parte, ella misma temía decirle a Lucas lo que le ocurría.

«Mañana me voy con él al hospital y se lo digo», pensaba; entretanto, con ayuda de su madre y de la nurse, bañaba a Luis y a Neni. Dos chicos formidables, de tres y dos años, encantadores y ansiosos de ternura, esperando que alguien se la diera, y Marcela, juntamente con su madre, se la daba.

Cuando los niños quedaron en sus lechos, separados por una mesita de noche y atendidos por la nurse, María asió a Marcela por un brazo.

—Te ocurre algo —dijo, sin preguntar.

Marcela Iba a su lado hacia el salón.

—No, mamá.

—¿Me pretendes engañar?

—Es que no me pasa nada. Ando un poco desquiciada, o quizá sólo aturdida.

—¿Y qué razones hay? Tienes un marido estupendo. Un padre magnífico. Una madre que te atiende. Dos hijos adoptivos que lo son todo para nosotros. ¿Qué puede ocurrirte?

Demasiadas cosas. No las suyas con los demás. Las suyas con relación a su esposo. Además, todo cuanto sus padres ignoraban, y la situación actual por la cual ella atravesaba y le placía atravesar, no sabía aún cómo la acogería Lucas, sabiendo cuanto sabía de sus orígenes.

—Mamá —dijo de repente—, ¿sabes que estoy pensando?

—Si tú no me lo dices, Marcela.

—Adoptar otro niño.

—Bueno, tampoco es malo.¿Por qué no? Tu padre, cuantos más nietos tenga, mejor.

—Pero esta vez lo prefiero de color.

—¿Negrito?

—O mulato.

María abrió mucho los ojos, pero no pareció encogerse ni irritarse.

—Tendrás que pensar en lo que dice Lucas, Marcela.

—¿Es lo que tan mohína te tiene?

—En cierto modo.

—Mira, Marcela, yo puedo hablar por mí, y casi, casi por tu padre. Entendemos que los niños, sean blancos o negros, son humanos y nada más que humanos. Si quieres adoptar uno negro o mulato, es cosa de vosotros dos. Nosotros, tu padre y yo, seguro que nada diremos. Te aseguro esto porque ya pudimos decir cuando te fuiste a vivir sola, o cuando luego te casaste con un marido estéril. ¿Qué más podemos oponer? Hemos cedido en todo, por lo cual, cuanto digas ahora ya carece de importancia. Pero eso sí, lo has de consultar con tu esposo. Él es quien tiene que decir.

¡Pobre mamá! ¡Si ella supiera!

—Tengo que irme— añadió la madre—. Pronto llegarán. Y Remi seguramente que aún no ha puesto la mesa.

—Iré contigo, mamá.

Y es que de súbito sentía una ternura especial por su madre. Por todo cuanto decía, por todo cuanto cedía, por todo cuanto esperaba de Lucas.

Al cruzar el vestíbulo, María se detuvo.

—¡Puaff, cuánto correo!

Y empezó a pasar cartas. De bancos, de propaganda, particulares.

—Mira, Marcela.

—¿El qué, mamá?

—Una carta que no pone remite.

—Si es para papá.

—Lo sé.

Pues dé jala con las otras.

—Eso hago. Pero es extraño. Viene sellada aquí, en la ciudad.

—¿Y qué? ¿Es que papá no recibe cartas selladas en la ciudad?

—Sí, sí, pero me asombra.

La dejó con las demás. Ambas cruzaron hacia el salón esperando que llegaran sus respectivos maridos.

Remi tenía ya puesta la mesa. Dos doncellas disponían el servicio.

—Me parece que siento los caballos. Están regresando —miró su reloj de pulsera—. Es muy tarde. Tu padre trabaja mucho, pero Lucas más aún, por tenerlo que hacer en el hospital el resto del día.