Capítulo 4

 

 

Marla, visiblemente alterada, estrujaba el bolso mientras aguardaba en aquella salita repleta de lujos a que el temible dragón la devorara asestándole el golpe mortal.

—Buenos días, señorita Marla. No hace falta que permanezcais de pie. Podéis sentarse —le dijo Larkins, entrando en la estancia.

—No, gracias. Temo que no permaneceré mucho tiempo aquí —contestó, amedrentada, casi en un murmullo ante la figura imponente de ese hombre. No era un gigante, pero en comparación a ella, lo parecía.

Él la escrutó con sus ojos azules.

—Comprendo. Por vuestra expresión, deduzco que no habéis conseguido reunir el dinero… ¿Me equivoco?

—No, señor.

Larkins hizo chasquear la lengua.

—Como tampoco habéis logrado con éxito el hechizo que acordamos.

Marla había olvidado por completo esa apuesta. Las preocupaciones se habían encargado de ello.

—Lo cierto es que aún no he hecho nada. Me pedisteis algo inusual. Considero que no es ético inmiscuir a un inocente en esa apuesta.

Él dejó caer los hombros con indolencia.

—Es una verdadera lástima. Me hubiese gustado ver el resultado. Como también que me entregarais el dinero hoy.

—¿De verdad? —inquirió ella, lanzándole una mirada de antipatía.

—Aunque no lo creais, no suelo alegrarme de las desgracias ajenas. No soy tan desalmado como dicen por ahí fuera —replicó él, sin mostrar la menor emoción.

—Entonces, podrías apiadaros y esperar un poco más a que os pague —sugirió Marla.

Larkins se sirvió una generosa copa de jerez y sin mirarla, contestó glacial:

—Ya os concedí un mes de plazo; tiempo que no suelo conceder… Considero que ya he sido muy generoso con vos.

—¿Generoso? ¿Acaso no os dais cuenta de que estais echando a la calle a unos niños? —protestó ella.

Larkins alzó el rostro. Por primera vez mostró un rictus de desconcierto.

—¿No sois muy joven para tener hijos? ¿Cuántos años tenéis? ¿Dieciocho quizá…? Veo que he acertado.

—No son mis hijos. Estoy hablando de mis cinco hermanos.

Sus ojos helados lanzaron un destello de desprecio.

—No soy una hermanita de la caridad. Sois vos la que debería haber procurado por ellos, y sus padres no haber procreado como conejos. Los pobres deberían ser más conscientes al traer hijos a este mundo. Sólo se lamentan cuando es demasiado tarde. Mirad, señorita. Yo hice un trato legal con vuestro padre, y después con vos. No lo han cumplido, y por tanto debo requisar vuestras posesiones.

—¡Sois un canalla! —exclamó ella con el rostro encendido.

Larkins no se alteró, continuó mostrándose impertérrito.

—Únicamente cumplo la ley.

—Una ley que podrías aplazar. Pero no tenéis corazón… ¡Ni alma! —le espetó, respirando con agitación.

—La compasión y la debilidad son enemigas de la prosperidad.

—Y vos lo único que deseais en esta vida es riqueza.

—Lo mismo que todos… Porque, no me negareis que en estos precisos momentos lo que más deseais es dinero —formuló él, dando luego un largo sorbo a la copa.

—Lo único que necesito es un poco más de tiempo. Pero supongo que es inútil insistir. Un tipo tan miserable como vos jamás me lo concederá… ¿No es cierto? —replicó ella, desafiante.

Larkins la estudió detenidamente. Muy pocos se habían atrevido a insultarle así, a la cara. O era valiente o realmente estúpida.

—Lo único que soy es realista. Por mucho empeño que pongais, jamás obtendréis esas quinientas libras que me debéis... ¿O habéis conseguido ya colocar sus abalorios?

—Estoy... en ello —mintió.

Él la miró penetrantemente.

—No me toméis también por estúpido. Mentís… —Ella no contestó—. ¿Lo veis? No soy fácil de engañar. Sé cuándo gano una batalla.

—Pero aún no ha ganado la guerra —contestó Marla, mirándolo desdeñosa.

Larkins se echó a reír.

—Realmente no dejáis de sorprenderme. Sois asombrosa… Estais cayendo al precipicio, y aún tenéis esperanzas de asiros a una rama… Por favor, sed razonable, y dejad ya de soñar despierta.

—¡Maldito bastardo! ¡Aquí tenéis todo lo que poseo! ¡Y ojalá ardais en el infierno! —gritó Marla, echándole la hipoteca a la cara.

Larkins se apartó. Increíblemente, en lugar de encolerizarse, continuó riendo. Esa agitada muchacha lo estaba deleitando de verdad con su insensatez al no saber con quién se enfrentaba.

—Tenéis un genio de mil demonios, como todos los irlandeses. Sí, señor… Hacía tiempo que una mujer no me lo hacía pasar tan bien.

—Pues lamento arrebataros la diversión. Buenos días —afirmó ella con aspereza, dándole la espalda para evitar que viese cómo el llanto comenzaba a embargarla.

—Esperad... Me gustaría saber si pensais echarme mal de ojo. Si no recuerdo mal, sois bruja… ¿Quizá hechicera…? Lo digo para defenderme —dijo él con suavidad, aunque sin abandonar el hiriente tono jocoso.

Marla se volvió lentamente.

—Juro que si no fuese porque me enseñaron que jamás debo usar la magia para mi propio beneficio, lo haría gustosa —replicó Marla, desafiante.

—Un mal consejo… ¿De qué sirven esos poderes si no para alcanzar lo que se desea?

Ella esbozó una sonrisa de desprecio.

—Un hombre como vos nunca podrá entenderlo.

—¿Por qué no soy bondadoso?

—Porque vuestro corazón está muerto.

—¡Vaya! Entonces está sucediendo un milagro porque siento cómo late —respondió él, observándola con un destello de burla en sus ojos de hielo.

Marla sacudió la cabeza.

—Espero que algún día la vida os pague como os merecéis —comentó con sequedad.

—¿Cómo lo está haciendo con vos? —replicó Larkins, cortante.

—Ya os he dicho que no he perdido la guerra. Saldré adelante. No lo dudéis.

—¿Cómo? ¿Trabajando de criada, o tal vez en un taller, con doce horas por un sueldo miserable?

—Es la única opción que me dejais —le recordó ella con el rostro arrebatado por la indignación.

—Tal vez, si me brindais algo que me interese, puede que os dé más tiempo —se ofreció él, misteriosa, escrutándola con descaro de arriba hacia abajo.

—¿Qué queréis que os dé? No tengo nada de valor. Ya lo sabéis… —contestó ella con voz irritada.

Los ojos de Larkins se clavaron profundamente en los de Marla. Aquella muchacha no era consciente de lo bonita que era. Asombrado, sintió como el deseo se apoderaba de él. Quería a esa niña en su cama ya. Pero estaba convencido que ella jamás cedería a sus pretensiones; no obstante, lo intentó.

—¿Lo creéis? —le dijo como en un susurro, mirándola con tanta intensidad que Marla sintió miedo.

Ella hizo oscilar la cabeza con énfasis.

—Lo que me insinuais es inaceptable —musitó agitada.

Larkins nunca había necesitado coaccionar a una mujer para seducirla. Su riqueza, sus influencias y su innegable atractivo, lo convertían en uno de los hombres más deseados de la gran ciudad del Támesis. Por eso le repugnaban los tipos que chantajeaban para conseguirlas. Y a pesar de ello, no pudo evitar caer en la primitiva tentación. Sonrió con arrogancia y dijo con gravedad:

—Temo que no estais en condiciones de rechazar una oferta tan generosa. ¿Me equivoco?

—¿Tenéis la desfachatez de decir que es generosa? —Ella hizo una mueca burlona—. ¡Es humillante! —exclamó después con las mejillas encendidas.

—Sólo os pido que seais mi amante a cambio de más tiempo. Vamos, Marla… No os deis ese aire de dignidad. Todos tenemos un precio en esta vida.

La aludida lo fulminó con la mirada.

—Puede que para vos las mujeres no sean nada de valor. Pero yo me respeto, y le juro jamás me entregaré a vos por quinientas miserables libras.

—Ya veo… —Él torció el gesto—. Queréis venderos por más… Veamos… ¿Y si os digo que si quedo satisfecho os regalo vuestra preciada tienda? —propuso, adoptando un aire de arrogancia.

—¡Jamás!

—¿Así que preferís perderlo todo, y trabajar luego por unos miserables peniques a la semana?

—Es preferible a soportar a un corrompido como vos.

Él dejó la copa con brusquedad sobre la mesa. Su rechazo lo enfureció de un modo inusual. Y decidido a conseguirla del modo que fuese, la amenazó.

—Os advierto que soy influyente. Lograré que en cada empleo que encuentre sea despedida sin contemplaciones. Os aseguro que puedo hacerlo. Vos y vuestros hermanos morirán de hambre… —Carraspeó un poco, y añadió—: A no ser que decida conseguir dinero en un oscuro callejón como una vulgar prostituta… —El rostro de Marla empalideció al comprender que cumpliría el vil chantaje—. Veo que he conseguido convenceros… Vamos, muchacha. Te ofrezco un futuro sin problemas a cambio de un poco de diversión… —Había pasado directamente al tuteo—. Creo que no es tan gran sacrificio… ¿No opinas lo mismo? —concluyó Larkins, sonriendo con evidente satisfacción.

—¿Por qué ese empeño en arrebatarme algo que para vos no tiene valor?

—Los contratos que hago son sagrados para mí, independientemente de lo que gane en ellos. Se han de cumplir a rajatabla. Y vosotros no lo habéis hecho. La tienda es mía, a no ser que aceptes el nuevo trato.

Marla, visiblemente alterada, se frotó las manos. ¿Qué debía hacer? Si no aceptaba, jamás conseguirían sobrevivir. Las autoridades separarían a la familia. Y ella les había jurado que de ningún modo lo permitiría. Que haría lo que fuese necesario, y si debía entregar su virginidad a ese canalla, lo haría sin pestañear.

—¿Pretendéis que crea en la palabra de un hombre como vos?

—Te garantizo que la cumpliré al pie de la letra.

—¿De verdad? —inquirió ella, aún escéptica.

—Marla, puede que sea un hombre frío, calculador, y nada caritativo. Sin embargo, hay algo que todos valoran de mí: que jamás incumplo la palabra dada.

Ella lo miró amedrentada. No le creía, pero no tenía más remedio que ceder a su lascivia.

—Vos ganais… —musitó, intentando contener el llanto.

—Eres inteligente —dijo complacido, acercándose a ella. Alzó la mano y le acarició la mejilla. Marla se apartó asustada.

—Tranquila, jovencita. No tengo la menor intención de cobrarme ahora. Por desgracia, tengo que salir… Deberé aguardar hasta esta noche —le dijo con complicidad, lanzando después un suspiro de contrariedad.

—¿Puedo irme? —susurró ella.

—Sí. Te espero a las ocho en punto. Si no lo haces, cumpliré la amenaza. No lo olvides, preciosa —contestó él, implacable.

Marla no lo dudaba. Ese hombre no tenía escrúpulos.

Cuando salió de la casa, se apoyó en la pared, respirando con agitación. Sin poder evitarlo, rompió a llorar.