Capítulo 16
Marla se puso el colgante que Zackery Newel le había regalado por el éxito de sus diseños. Era una joya sencilla, pero hermosa. Un rubí engarzado por unos pétalos de oro simulando una margarita; por supuesto, debidamente tratado con la magia. Con él atraería por fin la buenaventura, la tranquilidad y felicidad.
Se miró en el espejo del tocador, y sonrió satisfecha. Estaba realmente bonita con ese vestido de seda azul que había encargado en una de las modistas más prestigiosas de la ciudad. Era caro, muy caro, pero había descubierto durante los meses que llevaba en el mundo de la joyería que era imprescindible el buen aspecto para conseguir más clientes.
—¡Caray! ¡Estás guapísimo! —exclamó al ver a Fearn.
Él introdujo los dedos en el cuello de la camisa con chorretes de encajes con gesto angustiado.
—Estoy ridículo. Y me ahoga. Y no me apetece ir. No estoy acostumbrado a esas cosas. Seguro que meteré la pata, y te haré quedar en mal lugar. ¿No podría quedarme? Cuidaría de los niños encantado, como siempre —protestó con poca convicción.
Su hermana le recompuso el rebelde flequillo que caía sobre su frente, y luego rió divertida.
—No. La señora Jones ya ha llegado. Además, ése es uno de los precios que debemos pagar para mantener el status que hemos conseguido. Y no estás ridículo. Estoy convencida que serás el jovencito más guapo de la fiesta. Todas las muchachas suspirarán por ti… Anda. Alegra esa cara y vayámonos. Los invitados deben de estar llegando a la casa.
Fearn bajó las escaleras gruñendo. No comprendía que tenía que ver el baile con los negocios. A él nunca le habían hecho falta para trabajar ni atender a la clientela. Sin duda, la clase alta no estaba bien de la cabeza.
Marla entró en la cocina. La niñera estaba dando la cena a los pequeños.
—Nos marchamos, señora Jones.
—Que os divirtais. Y no os preocupéis. Cuidaré bien de ellos —le sonrió bonachona.
—Lo sé. Hasta luego, niños. Sed buenos con la señora Jones —se despidió Marla, cubriéndose con la capa.
Media hora más tarde, los dos hermanos llegaron ante la gran mansión de los Sullivan.
—¡Cielos! Esta casa es impresionante —comentó Fearn, admirado ante el edificio de cinco plantas.
—Como corresponde a todo un duque —dijo Marla, subiendo las escaleras con pasos ágiles.
—¿No crees que desentono? —le preguntó su hermano, preocupado al ver a los caballeros vestidos impecablemente.
—Estás perfecto. Anda, deja de preocuparte más, tonto —respondió ella, entregando las invitaciones al circunspecto mayordomo.
Entraron en la casa y precedidos por otros invitados, y se encaminaron al salón, acompañados del ritmo de la música del veneciano Antonio Lucio Vivaldi que una orquestina de cuerda y viento tocaba, uno de sus mejores conciertos.
—¡Jesús! Esto es apabullante. Ese duque debe de ser riquísimo —musitó Fearn, mirando atónito el salón inmenso decorado con objetos costosísimos y los numerosos camareros que deambulaban ofreciendo manjares variados y copas de champaña y Oporto a los invitados.
Marla rió divertida mientras aceptaba la copa de vino espumoso francés que el camarero más próximo le ofreció solícito. Cogió otra, y se la dio sin más a Fearn.
—Supongo… Anda, prueba esto. Es delicioso.
—¿Marla? ¡Cielos, hacia siglos que no os veía!
Ella ladeó el rostro.
—Paul… Es un placer veros de nuevo —lo saludó con una sonrisa encantadora.
—No tanto como el mío —repuso él, besándole con fervor la mano.
—Os presento a Fearn, uno de mis hermanos.
—Encantado —dijo Paul, inclinando la cabeza levemente con exquisita elegancia.
—Lo mismo digo —respondió Fearn, imitándolo como pudo.
Paul miró a Marla con rendida admiración. Esa noche estaba aún más hermosa de lo que recordaba. Y ahora que estaba libre de las garras de Drake, intentaría por todos los medios conquistarla.
—Supongo que esta noche me concederéis un baile. Sabéis que me lleve una gran decepción en la última fiesta que nos vimos.
Marla intentó no alterarse ante ese recuerdo vejatorio a la que Drake la expuso.
—Por supuesto. Pero antes, permitidme que salude a vuestra madre… ¿Nos disculpais? —dijo ella al ver a la baronesa.
Ésta miró perpleja a Marla.
—¿Qué hacéis aquí? —le preguntó a bocajarro.
—Supongo que asistir a una fiesta, al igual que vos... ¿Cómo estais? —respondió Marla, sonriendo con naturalidad.
—En estos momentos, desconcertada. Pensé que no querrías ver nunca más a Drake.
—¿Está aquí? —inquirió Fearn con el ceño fruncido.
—¿Que si está…? Ésta es su casa.
Marla borró la sonrisa de su rostro.
—Pero... no entiendo nada… —balbució, muy incómoda—. Ésta es la mansión del duque Sullivan. No comprendo… La invitación no hacía alusión alguna a Drake Larkins.
—Querida, él tomó posesión de ella a causa de una deuda contraída por Sloan Sullivan... Y como es orgulloso, no quiso cambiar el nombre a la casa; para que todos vieran que había vencido al duque más poderoso de todo Londres. Supongo que el invitaros a vuestro hermano y a vos habrá sido un acto más de arrogancia.
—Os aseguro que desconocíamos este hecho, o no hubiésemos aceptado de ningún modo la invitación… Marla, será mejor que nos marchemos. ¿No crees? —dijo Fearn preocupado. Conocía muy bien a su hermana, y sabía que ella aún no había podido olvidarlo. Y lo último que quería era que volviese a caer en las redes de ese adinerado rufián.
Ella asintió con el corazón latiéndole con fuerza. No deseaba encontrarse de nuevo con Drake; porque a pesar de haber intentado olvidarlo con todas sus fuerzas durante esos largos nueve meses, no le había sido posible, y estaba segura que sería incapaz de soportar verlo con otra.
—Lamento este breve encuentro, baronesa —musitó.
—No os preocupéis. Nos veremos otro día. ¿Qué os parece si tomamos el té en mi casa el miércoles, y así hablamos de vuestro éxito? —propuso Gabrielle, sonriéndole con sincero afecto.
—Será un honor, baronesa. Despedidme de Paul, y que perdone de nuevo por no bailar con él…. Vamos, Fearn —repuso Marla.
Se encaminaron hacia la puerta, pero la entrada de Drake Larkins en el salón los detuvo en seco.
—Nos verá —gimió Marla.
—Salgamos al jardín —sugirió su hermano, tomándola del brazo.
Consiguieron escabullirse sin ser vistos.
—¿Qué hacemos ahora? —jadeó Marla, atisbando a través del cristal de la puerta.
—Esperar a que nos deje el paso libre.
Una voz los sobresaltó.
—¿Estais evitando concederme el baile prometido?
Fearn y Marla miraron a Paul, que se encontraba a sus espaldas, acompañado por una joven preciosa de cabellos dorados y ojos verdes como las esmeraldas.
—¡Oh, nada de eso! Es que... me sentí mareada. Dentro hace un calor terrible —se excusó Marla.
—Cierto. Larkins se ha excedido hoy con el fuego. Permitidme que os presente a mi hermana Madeleine… Madeleine, ellos son Marla Swyedydd y su hermano Fearn —indicó el hijo de la baronesa.
La muchacha sonrió con timidez, mirando con gesto de admiración a Fearn.
—¿Son los que han diseñado este collar? —preguntó curiosa, acariciando el collar de esmeraldas que prendía de su cuello esbelto.
—Sí —musitó Fearn, mirando encandilado a Madeleine. Era la jovencita más bonita que había visto en su vida, y parecía que ella se sentía encantada de conocerlo.
—¡Sois un genio! Nunca había visto alhajas tan preciosas. ¿Qué os inspira?
Él carraspeó tímidamente. Era la primera vez que una muchacha le mostraba admiración, y la primera noble, a parte de la baronesa Gabrielle, que le dirigía la palabra.
—Querida, supongo que querrá guardar el secreto profesional —intervino Paul.
—A vos sí se lo contaré... Si me concedéis este baile —se atrevió a decir Fearn en un repentino ataque de osadía.
—Hermano, olvidas que tenemos que irnos —le recordó Marla, mirándolo con reproche.
—¿Tan pronto? Ni lo soñéis. Aún tengo que bailar con vos —protestó Paul.
Marla vio a través de la puerta que Drake se encaminaba hacia su dirección, y su rostro empalideció.
—Está bien. Podéis ir. Pero solo uno. ¿De acuerdo? —les pidió a Madeleine y su hermano. Después se volvió hacia Paul y dijo—: ¿Os importa esperar? Aún me siento indispuesta.
—Un paseo la aliviará —propuso él.
—¿Con este frió? Sería una imprudencia —dijo Marla, estremeciéndose.
—Cierto… Por eso sugiero el invernadero. Hay unas orquídeas maravillosas… ¿Os parece bien?
Ella dudó. No le apetecía la compañía de Paul, pero tenía que escapar de Drake y aceptó.
—¿No os lo dije? Nadie posee tanta belleza; a excepción de vos —afirmó el hijo varón de la baronesa exiliada, cerrando la puerta del invernadero.
—Vos siempre tan amable —musitó ella con desconfianza al ver en los ojos de su acompañante una chispa de deseo.
Él se acercó peligrosamente con una sonrisa malévola.
—¡Oh, vamos! Sabéis que sois hermosa, y utilizais ese don con los hombres, como hicisteis con Drake.
Marla lo miró con gesto indignado.
—Temo que estais confundido, señor. Lo que nos unía eran los negocios. Nada más.
—No os hagais la inocente conmigo. Larkins jamás pierde el tiempo con una dama si no saca provecho. Lo que no llego a comprender es por qué fuisteis tan cándida cuando os abandonó. Sus amantes suelen sacar más provecho por sus servicios. Y vos debéis trabajar.
—No sabéis lo que decís —replicó ella con el rostro encendido.
—¿Me creéis imbécil? Si habeis venido a esta casa es porque desea recuperar a Larkins, o la vida lujosa que llevabais con él… —Tosió un poco—. Mirad, Marla, hablaré sin tapujos… Me gustais. En realidad no he podido dejar de pensar en vos desde que os vi… Os deseo, y quiero haceros una proposición. Si aceptais ser mi amante, no tendréis que preocuparos por nada. Tendréis el dinero que deseéis, joyas, vestidos. Soy generoso si me complacen.
Ella se tensó, y tragó saliva con dificultad.
—¿Por quién me habéis tomado? ¡Jamás cometería un acto tan indigno! Ni esperaba que un caballero como vos me propusiera algo... algo tan vergonzoso.
Paul soltó una risa profunda.
—Querida, esta pose de ofendida es absurda; sobre todo cuando todo Londres sabe cómo habéis conseguido escalar posiciones.
—Lamento decepcionaros. Fue vuestra madre quien me puso en contacto con el señor Newel. Drake jamás tuvo nada que ver —le aclaró ella con ceño.
Él alzó los hombros con indiferencia.
—Aún así, no habéis tenido reparos en ser la amante de Larkins.
—Esta conversación es muy desagradable. Buenas noches —concluyó Marla, dándole la espalda.
Paul la detuvo con rudeza.
—¿Qué ocurre? ¿Acaso mi dinero no vale tanto como el de él? —inquirió con un rictus de fiereza.
—Soltadme —gimió ella, verdaderamente asustada.
Él no se dio por vencido.
—Te advierto que no estoy dispuesto a que me rechaces. —La tuteó por primera vez—. Quiero que seas mía, y lo serás —siseó ansioso, abrazándola.
Marla se revolvió con energía. Paul la mantuvo apretada contra su cuerpo, e intentó apoderarse de su boca. Ella lo mordió con saña en el labio inferior, y él gritó de dolor, liberándola.
—¡Zorra! —masculló luego, al sentir la sangre.
Marla echó a correr, y salió del invernadero sin mirar hacia atrás y con el corazón latiéndole con fuerza. Entró en el salón. Fearn no estaba por ningún lado, y por eso buscó un lugar seguro donde esconderse. Caminó hasta el extremo del salón, entrando en la primera habitación que encontró.
Con el corazón desbocado por el miedo, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada.
Respingó sobresaltada al sentir que el pomo se movía. En unos segundos, pudo comprobar que el único lugar para ocultarse era el escritorio. Corrió con desesperación, consiguiendo esconderse bajo él antes de ser descubierta.
Ahogó un gemido de sorpresa al ver entrar a Drake junto a otro hombre.
—Te dije que no debías venir a esta casa, John —dijo su antiguo amante, cerrando la puerta con llave.
—Era urgente —le contestó el aludido, entregándole una carta.
Drake la abrió sin contemplaciones, y leyó el contenido.
—¿Malas noticias? —quiso saber John.
—París vuelve a estar revuelto. Las detenciones se han incrementado, y ya dicen que son cientos los que caen bajo la guillotina —dijo Drake, dejando la misiva abierta sobre la mesa.
—Supongo, que en estas circunstancias no aceptarás el trabajo. No sería prudente. Si te descubren, estarás perdido —le previno el otro.
—Sería lo más sensato —admitió Larkins con un largo suspiro.
—Pero, no obstante, presiento que lo harás.
—Ya me conoces. Me gusta el riesgo. Además, tengo amigos en el Gobierno francés. El mismo Marat me protegerá si hay problemas. Me debe algún que otro favor —dijo Drake, sonriendo.
John sacudió la cabeza con preocupación.
—Insisto que es una locura. Que seas amigo de los revolucionarios no es garantía de que estés seguro. Ese país se ha vuelto loco, y ya no se detienen ante nada. Si les disgustas, te cortan la cabeza de un tajo.
—Procuraré mantenerla en su sitio. Tranquilo, John. No pueden sospechar de mí. Ya sabes la mala fama que me precede. Juerguista, desalmado y egoísta como pocos.
—No obstante, considero que ya has conseguido más de lo esperado. Deberías terminar con estos viajes.
—Ya… Mira… Esta carta es de Maximiliénne. Me necesita, y no pienso dejarla en la estacada.
—¡No seas estúpido! Sólo fue una mujer más en tu vida. Y, si me lo permites, te recuerdo que ya no es de tu incumbencia. Está casada. Que sea su marido el que la saque del atolladero —se exasperó John.
—No puede. Lo han detenido. Por suerte, ella consiguió escapar, pero no está segura. La traeré a Londres. Te parezca bien o no —replicó Drake con voz acerada.
—Allá tú. De todos modos, sigo diciendo que es una sandez continuar sacando a esa gente de Francia. No es asunto tuyo, y por mucho que te empeñes, no conseguirás salvarlos a todos.
—Lo sé. Pero al menos, mis amigos, continuarán viviendo.
—¡Maldita sea, Drake! Los revolucionarios acabarán sabiendo que eres tú el que los traiciona. Al final se darán cuenta que siempre huyen los que van a apresar después de habértelo dicho —se exasperó John.
—Es un riesgo que debo correr.
—No te comprendo, amigo. Eres rico, tienes las mujeres que deseas, y ahora te empecinas en perder la vida en una causa que no es la tuya.
—Lo es, aunque te cueste creerlo. Muchos de los que son ajusticiados me ayudaron en su día. Es gente que nunca perjudicó a nadie; y que pierden la cabeza por no estar de acuerdo con el terror que ha implantado Marat —contestó el prestamista con alteración.
—Comprendo eso. Aunque… ¿qué me dices de los nobles? Ellos tenían oprimido al pueblo. Y ahora tú, los liberas.
—Sólo a los que eran justos. Los demás, el resto, me tienen sin cuidado.
—¿El marqués de Chârost era justo? Ese tipo era despreciable —le recordó John.
—Por eso está en la cárcel. Pero Maximiliénne es inocente, y no pienso dejar que le corten la cabeza. Iré a París. Está decidido —anunció Drake, solemne.
—De acuerdo. Pero cuando tengas el cuello bajo la guillotina, acuérdate de mis consejos.
—Espero que ese momento no llegue nunca —rió Larkins, encaminándose hacia la puerta. La abrió y los dos salieron de la habitación.
Marla abandonó el escondite con una expresión de incredulidad en su rostro. ¿Había oído bien? No lo creía. Drake no podía ser un hombre tan noble. Seguramente utilizaba la excusa de salvar vidas para hacer negocios oscuros en Francia. Por suerte, no la había descubierto, o él la habría matado sin le menor signo de piedad.
Pensó que lo haría cuando Drake entró de nuevo y la descubrió.
—¿Marla? ¿Qué haces aquí? —inquirió, asombrado, mirándola con hosquedad.
—Yo... Yo...
Los ojos azules de él la escrutaron. Se perdieron en ese rostro, que a pesar de todos sus esfuerzos, le había sido imposible borrar de su memoria. Por eso le mandó la invitación, porque la deseaba tanto que le dolía el alma, y quería recuperarla aunque tuviese que admitir que estaba sumido en el más cruel de los hechizos y que ella le había vencido.
—Lo has oído todo… ¿No es cierto? —dijo al fin, intentando mostrar insensibilidad.
Ella sacudió la cabeza, temblándole todo el cuerpo.
—Acabo de llegar.
—No te he visto entrar. Estabas en el despacho cuando hablé con mi amigo. Mientes. Naturalmente que has estado escuchando —afirmó él con voz acerada.
—Te... juro que no diré nada —farfulló Marla, asustada.
Drake la miró durante unos segundos con gesto preocupado. Esa muchacha hablaría y estaría perdido si alguien descubriese sus movimientos en Francia. Tendría que retenerla. Pero en la casa sería imposible. No podía ordenar al servicio que la mantuviera secuestrada hasta su regreso. Debería llevarla con él. Sería el único modo de salvaguardarse y también, por qué no, de disfrutar de su añorada compañía. Sería la ocasión que andaba buscando para volver a tenerla otra vez entre sus brazos.
—Por supuesto que no lo harás. No te daré opción —aseguró, misterioso, esbozando una sonrisa malévola mientras se acercaba a la mesa. Cogió la carta y la quemó con la punta del cigarro que acababa de encender.
—¿Qué harás? —musitó Marla, mirándolo con angustia.
Él curvó la boca en una sonrisa siniestra, y ella jadeó horrorizada.
—Cálmate, Marla. No tengo la menor intención de matarte. Puede que me creas capaz de cometer esa atrocidad, pero aún tengo principios. Por el momento, te mantendré aquí hasta que sepa qué hacer contigo —decidió él, cerrando la puerta con llave.
—¡Drake! —gritó ella, angustiada.
Pero él no regresó. Y Marla rompió a llorar con desgarro. Volvía a estar prisionera de ese bárbaro.