Capítulo 17
Marla quiso forzar la puerta. Le fue imposible. También pidió auxilio con todas sus fuerzas, pero la música instrumental de la gran residencia impidió que su desesperación llegara a ninguno de los presentes en la casa. Así que, vencida, se dejó caer en el diván, un poco más aliviada al saber que Drake no tenía la menor intención de acabar con su vida. Aunque, se preguntaba qué pensaba hacer. ¿La mantendría prisionera para el resto de sus días? Eso era absurdo. Fearn estaba en la fiesta, y se daría cuenta de que había desaparecido. Notificaría el hecho a los alguaciles de la ciudad, y éstos descubrirían que Drake estaba tras su desaparición.
Pero las horas fueron pasando lentamente sin que nadie la buscara, y su aparente tranquilidad se hizo añicos cuando la música dejó de sonar y el silencio envolvió a la mansión.
Se tensó ante el crujido de la puerta y la aparición de Drake, que había cambiado el traje de fiesta por uno más cómodo.
—Buena muchacha. Veo que has sido prudente.
—Forzosamente… ¿No crees? —contestó ella con un deje de sarcasmo, intentando aparentar la serenidad que no sentía.
—Era lo conveniente. Ahora, nos iremos —le avisó él.
—¿Adónde? Da igual. No importa. No tengo la menor intención de acompañarte a ningún lado —musitó Marla con un halo de miedo en sus ojos dorados.
Larkins sonrió con perversidad.
—¡Oh, sí, pequeña bruja! Vendrás conmigo.
—No puedes obligarme. Además, si desaparezco, me buscarán, y Fearn deducirá que estás implicado —objetó ella, adquiriendo más confianza.
—Difícil de demostrar. ¿Has estado alguna vez en París? Te gustará —respondió él, sonriendo con afabilidad.
—Yo... no puedo viajar. Mis... hermanos me necesitan —farfulló, respirando con agitación.
—El «gran» Fearn cuidará de ellos.
Ella sacudió la cabeza, en señal de negativa, intentando avanzar hacia la puerta, pero él se interpuso mirándola con hostilidad.
—Marla, no estoy proponiendo una invitación. Es una orden. Has escuchado algo que no debías, y debo guardarme bien las espaldas. Así que, levántate. El barco espera zarpar con la marea, y debo llegar a Calais al amanecer.
Ella tragó saliva, intentando no llorar.
—Drake… Por lo menos, deja que envíe una nota a mi familia. Se morirán de angustia ante mi ausencia —le pidió.
—Lo lamento, no puedo. Además, si todo va bien, volveremos en menos de una semana —se negó él.
Marla se frotó las manos con zozobra.
—¿Y qué diré a mi regreso? Tendré que dar alguna explicación coherente. Por favor, no nos hagas esto. Mañana tengo que entregar el trabajo al señor Newel. Juro por Dios que no hablaré. ¿Por qué razón debería hacerlo? Ayudas a seres a conservar la vida. ¿No es así? Jamás traicionaría la buena causa que estás haciendo.
Él la miró con un gesto de aprensión.
—¿Pretendes que confíe en una bruja que me hizo tomar un brebaje para no cumplir la palabra dada? Si algo de esto saliese a la luz, no podría continuar con la causa. Hay espías franceses en todas partes. Querida, no soy tan estúpido.
—¿Y crees que yo lo soy? Ahora me obligas a ir a París. Pero… ¿qué piensas hacer conmigo a nuestro regreso? Te expones a que hable.
Drake la miró durante unos segundos con gesto taciturno.
—Ya lo pensaré cuando llegue el momento. En marcha —indicó, tirando de ella.
Marla no intentó oponerse. Conocía a Drake, y sabía que era inútil convencerlo de que la dejara libre.
Salieron de la casa y subieron al carruaje, encaminándose hacia el puerto fluvial; sin sospechar que unos ojos los observaban enfurecidos.
—Ahí está el barco —musitó Drake, atisbando a través de la ventana. El silencio y la escasez de gente reinaban a aquellas horas de la noche en unos muelles del Támesis adornados de niebla.
Marla miró el navío de dos palos. No era muy grande, pero parecía lo suficientemente seguro para cruzar sin problemas el Canal de la Mancha.
—Vamos. Y ni una palabra —le ordenó Drake con rudeza.
Bajaron del coche de caballos, y se encaminaron hacia el barco.
Mientras cruzaban la pasarela, Paul que los había seguido, se juró que Larkins y Marla no regresarían con vida del viaje.
Drake dio las instrucciones oportunas al capitán para elevar anclas.
Marla miró asustada a su raptor cuando la obligó a entrar en su camarote, y vio una sola cama.
—¿Dormiré aquí? —jadeó.
Drake alzó las cejas con gesto burlón.
—Querida, no veo la razón de tu desasosiego. Hemos compartido el lecho en infinidad de ocasiones; y de muy buen grado, me parece recordar —dijo con suavidad, quitándose la chaqueta.
—Ese trato quedó zanjado cuando te pagué la hipoteca. No tengo ninguna obligación de complacerte —le respondió ella con desprecio.
—A pesar de ello, lo harás; como siempre has hecho —sentenció el prestamista, mirándola con lascivia mientras se acomodaba en la silla para quitarse las botas.
—Ya no te deseo, Drake. Nada de lo que hagas podrá trastornarme. Es mejor que desistas, o te llevarás una gran decepción —le aseguró con voz temblorosa, apartando sus ojos de él para que no notase su gran mentira. La verdad era que, ante su presencia, los recuerdos compartidos volvieron con gran nitidez, acelerándole el corazón y las entrañas.
—Cariño, no me convencerás. Sé que en estos momentos mueres por que te acaricie —rió él, tirando las botas al otro extremo del camarote.
Era cierto. Anhelaba sentir su peso sobre ella, su dureza masculina invadiéndola, sus manos, su boca, recorriendo con ellas cada rincón de su cuerpo. De todos modos, jamás cedería ante ese bárbaro engreído. No después de volver a tratarla como a una mercancía sin valor.
—¿No dices nada? —se burló él, mirándola con ojos chispeantes.
Marla se sujetó a la mesa ante el balanceo inicial del barco que zarpaba, sintiendo un leve mareo.
—¿Sabes, Drake? Algún día tu soberbia te perderá —le replicó, sintiendo como el estómago se le revolvía.
Drake se quitó la camisa y ladeó el rostro, esbozando luego una sonrisa socarrona.
—Reconozco que soy arrogante. Sin embargo, en estos momentos únicamente expongo la realidad. Te conozco bien, Marla. Sé cuando me deseas, y en estos momentos tus ojos, tu cuerpo te delatan.
—Lo único que... siento es... asco —musitó ella con el rostro pálido.
Drake la miró fijamente al ver su semblante descompuesto, y sintió un mordisco de dolor en su corazón. Tal vez decía la verdad, y lo despreciaba hasta el punto de asquearle.
—¿No me crees? —jadeó ella, intentando retener la arcada inicial. No pudo. Corrió hasta la tina y vomitó con fuerza.
Drake se levantó, y se acercó a ella.
—Veo que no eres un buen marinero —le susurró, entregándole una toalla.
Marla asintió.
—Cuando vine de Irlanda estuve así toda la travesía. ¡Oh, Señor! Me encuentro fatal. Todo me da vueltas —gimió de nuevo, apoyándose en la pared.
—Será mejor que nos acostemos —propuso Drake, tomándola en sus brazos.
Ella apoyó los puños en su pecho, intentando apartarlo.
—No… no… —balbució insegura.
—Cariño, sé que en algunas ocasiones me comporto como una bestia. Pero sé cuándo debo detenerme. Esta noche lo único que podremos hacer es dormir —dijo él, lanzando un suspiro de decepción. La dejó sobre la cama, y sin escuchar sus protestas, le quitó el vestido y la acostó con delicadeza.
Ella asintió, acurrucándose como una gata asustada. Drake terminó de desvestirse, y se tumbó junto a ella mientras gruñía contrariado.
—Intenta dormir. ¿De acuerdo? Mañana nos espera un día muy duro —aseguró con ceño, besándola en la frente.