Capítulo 37
Todo Londres quedó boquiabierto cuando The Times anunció que el conocido prestamista Drake Larkins, uno de los «solteros de oro» de la ciudad, se había casado, casi en secreto, hacia una par de meses con la señorita Marla Swyedydd. Jamás hubiesen imaginado sus lectores que un hombre como él sería cazado, noticia aireada a voz en grito por los pregoneros de ese diario.
—¿Por qué ese gesto tan presumido? —le preguntó Drake.
—Soy la admiración de la ciudad por amarrar al hombre más deseado —dijo ella, dejando el periódico sobre la mesa.
—Y más se asombrarían si supiesen que has conseguido librarme de Ruth. ¡Por Cristo! Juro que jamás pensé que lograrías el milagro… ¿Qué hiciste? ¿Acaso no eras reacia a efectuar un hechizo inmoral?
—Querido, actué correctamente. Descubrí que tu cochero estaba loco por ella. Fue fácil —rió Marla.
—Hay cosas que no las comprendo —murmuró él, ofreciendo una copa de jerez a Fearn.
—El amor es loco —afirmó Maximiliénne.
—¡Ni que lo digas! ¿Pero qué has visto en esa cabeza roja? —bromeó Drake.
—Dulzura, entrega, pasión, el...
—¡Basta, por favor! Al final me convencerás que es una maravilla.
—Amigo, lo soy. Aunque te cueste de creer. Por eso, ahora que ella ha enviudado, nos casaremos el mes que viene —anunció Fearn.
—¿De veras? ¡Es una gran noticia! —exclamó Marla, alborozada.
—Mis más sinceras felicitaciones. Espero que seáis tan dichosos como nosotros lo somos —deseó Drake.
—Con franqueza, dudé de lo vuestro… Eras tan... tan duro —confesó Fearn.
—Ya te dije que era pura fachada —le recordó Maximiliénne.
—Sí, en el fondo soy un ángel —dijo Drake con chanza.
Una doncella entró en el salón.
—Los niños ya están acostados. ¿Necesitais algo más de mí, señora?
—No, Claudia, puedes retirarte —le dijo Marla.
—Nosotros también nos marchamos. Es tarde —afirmó Fearn, besando la mejilla de su hermana —. ¿Cuándo pensabas decírmelo?
Ella lo miró con incomprensión.
—Me refiero al embarazo.
Las mejillas de Marla se sonrojaron.
—¿Estás esperando un niño? —inquirió Drake con el corazón alborozado.
—No... No estaba segura. Pero Fearn acaba de confirmarlo con su poderosa mente.
—¡Oh, cariño! ¡Esto me hace inmensamente feliz! —exclamó Drake, abrazándola con efusión.
—Pensé que no te agradaban los niños. Aún recuerdo la cara que pusiste al ver a mis hermanos aquella noche en la tienda —le recordó su cuñado con gesto divertido.
—Ese día estaba realmente furioso. Cualquiera me hubiese desagradado. Ahora todo ha cambiado. Soy feliz, tengo una mujer maravillosa, y no me importaría tener tantos niños como para llenar el aula de una escuela —respondió Drake con orgullo.
—Al paso que vais, puede que lo logréis —avisó Fea rn con misterio.
—¿No estarás insinuando que espero otra vez gemelos? —preguntó Marla, asustada.
—¿Recuerdas a tía Sidhe? Todos sus partos fueron de gemelos, y parió cinco veces.
—¡Jesús! —exclamó su hermana, llevándose las manos a la cara.
—Pues ya sabéis lo que tenéis que hacer para evitarlo —replicó él, guiñando un ojo.
—Eso jamás —aseguró Drake mientras los acompañaba a la puerta.
—Buenas noches. Y mi enhorabuena —dijo Maximiliénne.
—Buenas noches —se despidió Marla.
Antes de acostarse entraron en la habitación de los niños.
—¿Parecen felices, verdad? —comentó Drake, mirándolos embelesado.
—Son los niños más dichosos de la Tierra, gracias a su padre —dijo Marla.
—¿Seguro que os hago dichosos? —inquirió él con gesto preocupado.
—Cariño, deja de atormentarte. Olvida el pasado —le pidió ella.
—Lo intento, pero es difícil. Fui tan ruin y despiadado, que aún no puedo creer que me perdonaras. A veces veo en tu mirada la duda, y me aterrorizo ante la idea de que puedas abandonarme —dijo él mirándola con un halo de temor en sus ojos.
—Drake, el miedo que siento es motivado por tu seguridad. ¿Y si alguno de tus enemigos desea vengarse? No podría soportar vivir si algo te ocurriese.
—Tesoro, no hay peligro. Paul no tendría el valor de matarme, y Marat fue ajusticiado en su bañera por Charlote Corday, una joven aristócrata para vengar la muerte de sus familiares y amigos. Lo han convertido en un mártir de la Revolución Francesa para las clases bajas… Ahora olvidemos nuestros miedos y disfrutemos de nuestro amor… —le dijo él, cerrando la puerta. La tomó de la cintura y la llevó hasta su habitación—. ¿Así que seremos otra vez padres? Tenemos que celebrar la noticia… ¿No te parece? —propuso complacido, sacando una botella de champaña.
—¿No temes que emponzoñe otra vez tu copa? —bromeó Marla.
—Cariño, dudo que vuelvas a hacerlo después de haber comprobado lo sensacional que soy haciendo el amor. Y de nuevo, voy a demostrarlo —aseguró él, mirándola con ojos brillantes de deseo.
—Sí, querido. Quiero sentir lo mucho que me amas —le susurró Marla, acercando sus labios a la boca ansiosa de su marido.
—Lo harás, mi bella hechicera —prometió Drake alzándola en sus brazos.