Lunes por la tarde
De nuevo, Sjöberg estaba en su escritorio con un bocadillo entre las manos, y de nuevo le costaba terminarse su exigua comida. Algunos agentes se encontraban en ese momento en un coche de camino a la capital con un presunto asesino en serie en el asiento de atrás: un hombre de cuarenta y cuatro años sin antecedentes que nunca había entrado en conflicto con la ley, que nunca había destacado de ninguna manera, sino que siempre había llevado una vida solitaria en un pequeño apartamento en el barrio de Kungsholmen. Había pagado sus facturas, jamás se había puesto en contacto con los servicios sociales ni los servicios psiquiátricos, y aun así lo habían detenido como sospechoso de nada menos que de cuatro asesinatos con ensañamiento.
Era realmente pasmoso. ¿Qué podía haber generado un lado tan oscuro en él? Por otra parte, las víctimas eran personas a las que probablemente no había visto desde que era pequeño, muy pequeño, a decir verdad.
Cuando la noticia de su detención llegó a oídos de Sjöberg, mandó refuerzos a Westman y llamó a Sandén y a Hamad para que volvieran de Hallonbergen, adonde habían ido a buscar a la única persona en la zona de Estocolmo a la que no habían podido localizar de toda la lista de los antiguos alumnos de Ingrid Olsson. Seguramente, ahora estaban en el coche de regreso a la comisaría, preparándose para el interrogatorio con referencia 24:8, en el que iban a comunicar a Thomas Karlsson que era sospechoso de los asesinatos. Sjöberg estaba deseando interrogar a Karlsson, pero se preguntaba cuál sería el mejor modo de manejar al hombre. ¿Sería necesario tener a un psicólogo preparado? No, eso tendría que esperar. Ahora había que asegurarse en primer lugar de que realmente habían atrapado al culpable, para evitar así otras posibles víctimas.
Su teléfono comenzó a sonar por enésima vez —durante la mañana se había visto desbordado con llamadas de compañeros de todo el país que trabajaban en el caso, periodistas que querían información sobre el desarrollo del asunto Vannerberg, el fiscal, el jefe de policía...—, y a pesar de todo siempre cumplía con su deber y contestaba.
—He hecho algunas pesquisas, tal como acordamos, y tengo una información que creo que te va a interesar.
A raíz del caos originado después de que Petra Westman le pidiera sin aliento que le mandara refuerzos, Sjöberg se había olvidado de que había solicitado ayuda a su cuñada. La idea de tratar de hacerse una composición de lugar de los ambientes y las estructuras de poder que habían marcado la clase de Ingrid Olsson casi cuarenta años antes le parecía ahora realmente complicada.
—Ah, sí —repuso él con amabilidad—. Hemos detenido a un sospechoso de los asesinatos, pero cuéntame de todos modos. Voy a encontrarme con él dentro de un rato, así que me irá bien estar mejor preparado.
—¿No habréis detenido a Thomas Karlsson, por casualidad?
Sjöberg guardó silencio un instante y al cabo respondió:
—No puedo decirte nada al respecto.
—Claro que puedes, de lo contrario, no podré explicarte lo que he averiguado. Y te aseguro que te va a interesar, puesto que he adivinado su nombre, ¿no?
—Vale, vale —suspiró Sjöberg—. Cuéntame.
—Hablé con un compañero de Katrineholm con quien me encanta hablar de cuando éramos pequeños porque tiene muy buena memoria. Él tiene mi edad, pero su hermano pequeño, Staffan Eklund, fue a esa clase de preescolar. Tanto mi amigo como su madre se acuerdan de aquella época. En cambio, su hermano pequeño no se acuerda de nada. La policía ya se había puesto en contacto con él, pero está en blanco.
—Vamos, al grano —la instó Sjöberg, impaciente.
—Sí, sí, escucha esto. Por aquel entonces vivían en un barrio poco recomendable. Se estaban construyendo una casa y pensaban mudarse cuando estuviera lista, pero mientras tanto Staffan tuvo que ir a preescolar allí. Por lo visto, sus compañeros de clase eran una pandilla de canallas, y a su madre no le gustaban nada. Se peleaban y se portaban mal y, entre ellos, había dos niños que se distinguían por ser los peores. ¿Adivinas cómo se llamaban?
—No, a ver.
—Hans y Ann-Kristin.
—Hay que joderse...
—Hans y Ann-Kristin tenían sometidos a los demás niños, y los incitaban a meterse con un par de desgraciados a los que habían elegido como sus víctimas habituales. Uno de ellos era Thomas Karlsson, la otra era una niña, y a esos dos les zurraban día sí, día también. Lo hacía toda la clase, incluido Staffan, para desesperación de su madre. Bajo la presión del grupo, el chico hacía lo que se esperaba de él, no podía distinguir entre el bien y el mal. A esos dos niños les hacían cosas horribles, cada vez peores. Aparte de molerlos a palos, en alguna ocasión estuvieron a punto de ahogar a uno de ellos. Les cortaban el pelo, les arrancaban la ropa, a uno lo pusieron delante de un coche en medio de la calle y le rompieron algún que otro diente. El maltrato físico y psíquico era brutal. ¿Te lo imaginas? ¡Sólo tenían seis años!
—¿En qué clase de persona te conviertes si has estado expuesto a todo eso? —preguntó Sjöberg, reflexivo.
—En una ciudad pequeña como Katrineholm —continuó Mia—, una vez te señalan con el dedo ya no puedes quitarte la tacha de encima. Imagino que la marginación no se acaba sin más, sino que continúa en primaria, y que luego sigue presente de alguna forma hasta que te mudas algún día. Supongo que debe de ser muy difícil superar algo así. Puede que fueran esos niños los que empezaron, pero después hubo otros que tomaron el relevo y continuaron con el maltrato.
—Y ¿Carina Ahonen? ¿Dónde queda ella?
—Parece ser que era la que sujetaba las riendas. Una muñequita con mal carácter que nunca levantaba la mano pero que llevaba la iniciativa en el maltrato psicológico. Ella era la que decidía quién era bueno y quién era malo, qué se podía y qué no podía hacerse. Todos la adoraban, pequeños y mayores, pero ella era la instigadora, la que creaba opinión en sentido negativo.
—Parece como si se tratara de una organización mañosa, pero sin embargo no eran más que críos de seis años —suspiró Sjöberg.
—El ser humano no cambia. El mundo se rige por el poder y la violencia, a todos los niveles —¿Y Lise-Lott?
—Un mal bicho. Una tarada con mucha necesidad de llamar la atención. Hacía lo mismo que el resto de niños, pero era un poco más brutal.
—Y, por lo que entiendo, Ingrid Olsson no hacía nada en absoluto.
—Correcto —asintió Mia—. La madre de Staffan intentó hablar varias veces con ella sobre el desagradable ambiente que había entre los niños, pero no le hizo el menor caso. Olsson consideraba que su trabajo era vigilar a los niños las horas que estuvieran en preescolar. En el centro no había peleas y ella no podía controlar lo que los niños se dijeran entre sí. Lo que sucediera fuera del recinto cuando se marchaban no era responsabilidad suya. En su opinión, de eso tenían que ocuparse sus padres. El pobre Thomas estaba totalmente desamparado. Al final, casi cuarenta años más tarde, parece que se ha decidido a tomarse la justicia por su mano. ¿Qué alternativa tenía?
—No hacerlo —repuso Sjöberg.
Thomas Karlsson era un hombre de complexión normal, algo por debajo de la estatura media, y se podría decir que su aspecto era común y corriente. Tenía el pelo castaño oscuro y llevaba un peinado que pedía a gritos un corte desde hacía varias semanas. Vestía un par de vaqueros azules y una camisa de algodón también azul. Sjöberg se presentó y luego se quedó unos minutos sentado en la sala de interrogatorios estudiándolo en silencio a la espera de que llegara Sandén. El sospechoso no parecía darse cuenta de su mirada analítica, sino que permanecía sentado con los ojos clavados en sus propias manos. Tampoco parecía especialmente asustado ni nervioso, como Sjöberg esperaba, sino más bien abatido. Tenía los ojos azules y tristes y un aspecto resignado.
Cuando Sandén entró en la sala, Thomas levantó la vista, se removió en la incómoda silla y se sentó muy erguido.
—Así que tu nombre es Thomas Karlsson —comenzó Sjöberg—. Éste es el inspector Jens Sandén, y estamos aquí para interrogarte acerca de los asesinatos de Hans Vannerberg, Ann-Kristin Widell, Lise-Lott Nilsson y Carina Ahonen Gustavsson. ¿Conoces a las personas que acabo de mencionar?
Thomas alzó la vista y lo miró a la cara por primera vez.
—Sí —respondió—. Fuimos juntos a preescolar.
—¿Por qué los mataste?
Al no obtener respuesta, Sjöberg continuó:
—Éste es un interrogatorio con referencia 24:8. Se trata de un interrogatorio inicial que hacemos a los sospechosos inmediatamente después de su detención. Más adelante haremos otros, y entonces tendrás derecho a un representante legal, o sea, a un abogado ¿Comprendes lo que te digo?
—Sí.
—¿Te declaras culpable de dichos crímenes?
Thomas tardó un momento, pero después respondió:
—No.
—¿Por qué crees que te hemos detenido?
—No lo sé —dijo Thomas.
—¿Qué hacías frente a la casa de Ingrid Olsson? —preguntó Sjöberg.
—Tengo miedo de que le pase algo.
—Ah, vaya —dijo Sjöberg—. Pues yo no, puesto que tú estás aquí sentado, a buen recaudo. No va a haber más víctimas. ¿Lamentas que tus compañeros de clase estén muertos?
Thomas no dijo nada, sino que se limitó a repiquetear con las puntas de los dedos entre sí. Llamaron a la puerta y Sandén fue a abrir. Westman le pidió que saliera al pasillo con un gesto de la mano y luego el comisario los oyó susurrar.
—Tengo entendido que fueron tiempos duros para ti —prosiguió Sjöberg.
Thomas lo miró interrogante sin decir nada.
—Preescolar —aclaró el policía—. No fue fácil, por lo que he oído. ¿Puedes explicarme qué te hacían tus compañeros?
—Me pegaban —dijo Thomas.
—Todos los niños se pelean. No me parece tan grave.
Thomas se ruborizó. Sjöberg se lo quedó mirando en silencio. Entonces Sandén volvió a entrar en la sala y le dijo algo al oído.
—Pero ahora se la has devuelto —continuó Sjöberg en tono suave.
Vio que al hombre se le marcaba una vena en el cuello. Probablemente debajo de su actitud insegura ocultaba una gran dosis de rabia contenida.
—Cuéntame lo que estabas haciendo en casa de Ingrid Olsson la tarde del lunes de hace dos semanas, el día en que Hans Vannerberg fue asesinado allí.
No obtuvo respuesta. Sjöberg esbozó una sonrisa estudiada y continuó con voz dulce:
—Tenemos pruebas de que estuviste allí. Hemos encontrado huellas de tus zapatos en el jardín, y dentro de un momento seguro que también hallaremos tus huellas dactilares en el arma del crimen. Ya te hemos pillado en una mentira: afirmaste que aquella tarde estabas en casa, cuando sabemos que en realidad estabas en la calle kerbärsvägen de Enskede. ¿Qué hacías allí?
A Thomas se lo veía sofocado, pero reunió fuerzas y contestó a la pregunta.
—Seguí a Hans Vannerberg hasta allí.
—Mira tú por dónde. Seguiste a Hans Vannerberg hasta allí. ¿Y luego? —Sjöberg sonrió triunfal.
—Nada. Él entró y yo me quedé fuera esperando, pero como no volvió a salir me fui a casa.
—Sí, sin duda es una explicación plausible —admitió Sjöberg con sarcasmo—, pero dentro de nada habremos hallado tus huellas en el arma del crimen, y entonces ¿qué vas a decir?
Thomas no respondió pero, por el modo en que lo miró, parecía que estuviera al borde de sufrir un colapso. Sin embargo, el comisario no se rendía.
—¿Por qué motivo lo seguiste hasta allí?
—Me lo encontré por la calle. Sentía curiosidad.
—¿Y qué hay de Ann-Kristin Widell? ¿También la seguiste a ella así, sin más?
Sjöberg sabía que eso era apostar a ciegas, pero acertó.
—La busqué.
—¿Porque sí? ¿El mismo día que la mataron?
Thomas asintió con la cabeza.
—¿También sentías curiosidad?
—Sí.
Sjöberg no podía creer lo que estaba oyendo. Hasta el momento no tenían pruebas de la presencia de Thomas Karlsson en Skärholmen, ni tampoco información de ningún testigo, no obstante, lo tenía allí delante, reconociendo como si nada que había estado en el lugar del crimen.
—¿Y qué viste? ¿Un brutal asesinato que tú mismo cometiste, quizá?
Thomas retorcía nervioso los dedos en su regazo.
—Visitantes —respondió—. Tuvo muchas visitas aquella tarde.
—¿Qué clase de personas eran? ¿Asesinos?
Tras un instante de duda, Thomas se cruzó con la mirada de Sjöberg.
—Clientes —dijo, y dejó caer la vista otra vez.
Sjöberg observó un rato al hombre taciturno sin decir nada. Sandén, que hasta el momento no había abierto la boca, tomó la palabra:
—Luego tenemos a Lise-Lott Nilsson, ¿qué sabes de ella?
—Que está muerta.
—¿Por casualidad no estarías también allí cuando la mataron?
—No. Lo leí en los periódicos.
—Mientes como un bellaco —le espetó Sandén—. Pronto habremos identificado tus huellas en los cuatro escenarios donde se cometieron los crímenes. Entonces podrás decir misa, pero te espera cadena perpetua. ¿No tienes nada sensato que decir para ponerle fin a este interrogatorio sin sentido?
La única respuesta que obtuvo fue el gesto de negación de Thomas con la cabeza, tras lo cual Sjöberg explicó que el interrogatorio había terminado y que acto seguido el detenido sería enviado a prisión preventiva.
Thomas no sabía de dónde procedía la calma que lo embargaba, pero en el coche, de camino a prisión, de repente se había sentido a resguardo. A pesar de que acababa de salir de una estéril sala de interrogatorios acusado de una serie de graves crímenes, había gente que se preocupaba por él. Los agentes le prestaban atención y se hacían responsables de él. Le hablaban, y se encargarían de que pudiera comer algo y dormir, de que tuviera ropa limpia y de que no se hiciera daño. No cabía duda de que también lo despreciaban, pero no obstante había conseguido llamar su atención. Se sentía como una criatura a la que estaban meciendo en brazos; nadie podía hacerle más daño del que se hacía a sí mismo. Las recriminaciones de la policía y sus insinuantes preguntas le otorgaban un valor. Era una persona importante.
Sin embargo, en el camino hacia la celda de la prisión, donde pasaría varias horas hasta que acudiera el abogado, ocurrió algo que lo hizo replantearse la situación. Thomas, con las manos esposadas y dos agentes que lo escoltaban, fue conducido por los pasillos de la cárcel de Kronoberg por un funcionario de prisiones de gran constitución. Pasaron junto a una sala de recreo donde había algunos hombres jóvenes jugando a las cartas. Uno de ellos llamó entonces al funcionario y quiso saber quién iba con él.
—Un nuevo amigo —dijo el guardia sin detenerse.
La mirada de Thomas se cruzó con la del joven únicamente durante una milésima de segundo, pero fue suficiente como para encender la chispa. Sin que a nadie le diera tiempo de comprender lo que sucedía, el tipo se abalanzó sobre él y le dio un fuerte cabezazo que lo arrojó al suelo. El funcionario, notablemente más grande que el atacante, lo sujetó sin problemas mientras los dos agentes levantaban de un tirón a Thomas del suelo sin preocuparse lo más mínimo de si estaba herido. La sangre manaba profusamente por su nariz y le manchaba la ropa mientras él seguía allí colgado entre los policías. Cuando recuperó el sentido, cayó en la cuenta de que, a los ojos de los demás, él era un tipo igual de peligroso que el hombre que lo había agredido. Comprendió que no resistiría la cárcel. Sin duda sería mil veces peor que cuando iba a preescolar.
Sjöberg salió de la sala de interrogatorios con una fuerte sensación de insatisfacción. No había logrado controlar al hombre. El tipo no hacía ademán alguno de defenderse, de dar explicaciones. Quizá quería que lo detuvieran; quizá fuera uno de esos criminales que están deseando revelar su secreto para alardear de sus fechorías. Su historia era asimismo muy extraña. Que confesara que había seguido a Hans Vannerberg hasta la casa de Ingrid Olsson era una cosa porque tenían pruebas de que había estado allí, pero ¿por qué confesaba también que había ido a ver a Ann-Kristin Widell? Y ¿por qué, entonces, no reconocía haber hecho lo mismo con Lise-Lott Nilsson y Carina Ahonen Gustavsson? La historia no encajaba. Todo estaba claro como el agua, pero la actitud de Thomas Karlsson durante el interrogatorio había sido muy enigmática.
—Un tarado —dijo Sandén minutos más tarde cuando se encontraban en el despacho de Sjöberg con una taza de café en la mano.
—¿Tú crees?
—Es obvio que lo es, ha matado a cuatro personas.
—¿Y si no ha sido él? Imagina que las huellas no coinciden.
—Claro que coincidirán. No me dirás que dudas...
—No —respondió Sjöberg—, está claro que es él. Pero durante el interrogatorio se ha comportado de una manera muy extraña.
—¿En qué sentido? —preguntó Sandén.
—Reconoce haber estado en dos de los lugares cuando se cometieron los asesinatos, pero no en el tercero y el cuarto.
—Puede que esté desorientado. Tal vez no sea consciente de lo que ha hecho.
—Eso no te lo crees ni tú —replicó Sjöberg—. Por un lado, está asustado y preocupado y, por otro, no hace nada por rehusar las acusaciones. Por lo menos podría mentir alegando circunstancias atenuantes.
—Quizá no haya encontrado su «yo adecuado» —propuso Sandén.
—No, supongo que no —respondió Sjöberg pensativo—. Tuvo una infancia difícil.
—¿De dónde has sacado eso? —quiso saber su colega, extrañado.
Sjöberg le explicó la historia sobre la investigación privada de su cuñada, tras lo cual Sandén hizo un gesto como si se cosiera la boca con la mano para indicar que sus labios estaban sellados.
—¡Pobre desgraciado! —exclamó cuando Sjöberg terminó—. Me pregunto cómo debe de haberle ido a la niña. Si él se ha convertido en un asesino en serie, imagínate qué habrá sido de ella.
—Probablemente sea una persona normal, pacífica —opinó Sjöberg—. Muchos niños lo pasan mal en la infancia, pero de una manera u otra acaban superándolo.
El teléfono comenzó a sonar en ese momento y tuvieron que interrumpir la conversación. Era Lennart Josefsson, el vecino de Ingrid Olsson que había visto a los dos hombres pasar por delante de su ventana en la calle kerbärsvägen la tarde del crimen. En esta ocasión quería informar de que hacía un rato una mujer desconocida había estado deambulando por la calle y al final había entrado en el jardín de Ingrid Olsson tras abrir la verja. Al parecer, Josefsson había presenciado la detención de Thomas Karlsson, y por ese motivo había dudado si llamar o no para contar lo de la extraña mujer, pero al final se había decidido. Sjöberg le dio las gracias por la información, aunque la consideraba irrelevante para el caso. Probablemente se tratara de Margit Olofsson, que había ido a visitar a Ingrid para comprobar que se las estaba arreglando bien en su casa después de su prolongada ausencia.
En cuanto el comisario colgó, el teléfono volvió a sonar. Esta vez era Hansson, que llamaba desde el Laboratorio Estatal de Criminología para informar de que las huellas dactilares de Karlsson no coincidían con las que se habían encontrado en los distintos escenarios. Por lo que había podido constatar, las huellas recogidas pertenecían a la misma persona, pero esa persona no era Thomas Karlsson. La información fue como un jarro de agua fría para los dos policías. Con la conversación con Lennart Josefsson en mente, Sjöberg sacó la rápida conclusión de que los dos hombres que habían sido vistos frente a la casa de Ingrid Olsson el día del asesinato tenían que ser Thomas Karlsson y otra persona confabulada con él.
Durante las horas que siguieron, mientras esperaban la llegada a comisaría del abogado de Karlsson, obtuvieron nuevos datos del laboratorio que terminaron por confirmar que las huellas encontradas en los distintos escenarios de los crímenes no pertenecían a ninguno de los antiguos alumnos de Ingrid Olsson con los que habían hablado.
Katarina todavía no se había quitado el abrigo. Estaba en el vestíbulo, sentada sobre la maleta, repitiendo la escena en su cabeza por enésima vez. Una cosa estaba clara: no era eso lo que se había imaginado. No era así como iba a terminar, otra vez sola, incomprendida.
Después de haber deambulado por la calle durante un rato, al fin se había armado de valor, había cruzado la verja y subido hasta la casa para llamar al timbre. El corazón golpeaba en su pecho como si de un martillo neumático se tratara, pero era optimista. Toda su esperanza recaía sobre su antigua profesora de preescolar. La señorita Ingrid amaba a los niños, por lo que amaba a las personas en general. Ella la comprendería. La comprendería y la consolaría. Evidentemente, todo habría sido muy diferente si Ingrid hubiese estado en casa la primera vez que había ido a verla, antes de los sucesos de las últimas semanas. Entonces quizá Ingrid podría haberla detenido, haberle hecho entrar en razón. Podría haberle dado fuerzas para perdonar y seguir adelante. Pero no estaba en casa. Katarina había pasado varios días vigilando la propiedad sin que Ingrid apareciera. Al final se había visto obligada a pasar a la acción sin el beneplácito de su maestra, y sintió una punzada de inquietud por ello cuando se abrió la puerta.
—¿Sí?
Qué hermosa estaba. Se había cortado su larga melena y ahora llevaba un peinado juvenil. La señorita Ingrid la miraba interrogante con sus ojos claros, protegidos por unas gafas que combinaban bien con la forma de su cara. Las arrugas estaban en el sitio correcto y le conferían una expresión distinguida.
—Me llamo Katarina. Katarina Hallenius. Fue profesora mía en preescolar, hace muchos años. Me gustaría hablar con usted.
Ingrid la examinó sin decir nada.
—¿Podría pasar un momento? —pidió Katarina.
—No sé... He estado enferma y...
—Yo puedo ayudarla, señorita Ingrid. He esperado tanto este momento, poder verla otra vez...
La mirada de la anciana era un tanto escéptica, aunque no era de extrañar, después de tantos años. Katarina necesitaba que le dieran la oportunidad de mostrar quién era, así que dio un paso hacia la mujer. Ella retrocedió y Katarina lo interpretó como una invitación, por lo que entró en el vestíbulo. Ingrid dio algunos pasos más atrás.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Katarina.
—Me fracturé el fémur. Me he hecho vieja...
—No es usted vieja —sonrió Katarina—. Pero yo puedo cuidarla.
Cerró la puerta con cuidado y dejó la maleta en el suelo. Después sacó una antigua foto de uno de los bolsillos exteriores de su chaqueta.
—¡Mire! —exclamó acercándose a su profesora—. Aquí estoy yo. ¿Me recuerda ahora?
Notó que Ingrid Olsson la observaba a ella en lugar de mirar la foto y le dirigió otra sonrisa.
—¡Mire!
Ingrid hizo lo que le pedía.
—No, debo confesar que no te reconozco. Lo siento, pero no me siento con fuerzas para...
—Espere, que la ayudo —la interrumpió Katarina, y colocó un taburete detrás de ella—. Siéntese.
Katarina se sentó enfrente de ella, sobre su maleta, y con cierta vacilación Ingrid también terminó por sentarse. La anciana no decía nada, y todavía no le había devuelto la sonrisa, así que Katarina decidió empezar a contarle su historia.
Le habló de Hans y Ann-Kristin, y del resto de los niños. Le habló de terror, maltrato y soledad, y de cómo había sido su vida después de su difícil etapa en preescolar. No acusó a su antigua profesora en ningún momento de todas las cosas horribles por las que había pasado. Aun así, Ingrid sólo interrumpió su largo monólogo para hacer un comentario:
—Lo que sucedía fuera del colegio no era responsabilidad mía. En mi clase nadie se peleaba.
Katarina intentó hacer comprender a su antigua profesora que no sólo estaba hablando de puñetazos y patadas, sino de todo el funcionamiento social del grupo. Le costaba reprimir las lágrimas y hubo un momento en el que puso su mano sobre la de Ingrid, pero la anciana la apartó decidida con expresión molesta.
Poco a poco Katarina se fue desanimando en su intento de hacer que la señorita Ingrid se interesara por lo que tenía que contarle. En una última tentativa desesperada de hacerla reaccionar, Katarina le expuso los motivos que la habían llevado a matar a Hans Vannerberg, y cómo después había ido también a por Ann-Kristin, Lise-Lott y Carina Ahonen.
Ingrid estaba petrificada sobre el taburete, observándola inexpresiva y en silencio.
—¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó Katarina cuando terminó su exposición—. Estoy tan cansada.
—No —repuso la señorita Ingrid—. No puedes.
Había pasado ya un buen rato desde que se había hecho el silencio en el vestíbulo. Las dos mujeres permanecían inmóviles mirándose la una a la otra. La maleta, cuyo único contenido era un neceser, un par de mudas y algunos diarios, empezaba a resultar incómoda. Paulatinamente Katarina fue comprendiendo que tampoco allí había nada que buscar. Ni calor humano ni consuelo. Su querida profesora de preescolar realmente no se acordaba de ella, y no mostraba el menor interés en aliviar su carga. La indiferencia que mostraba por la historia de la vida de Katarina era evidente. Y la indiferencia era un pecado mortal.
Ingrid estaba ahora tumbada en el sofá de la sala de estar. Le dolían las muñecas a causa de la cuerda que se las sujetaba con fuerza, rozando su piel desnuda y haciendo latir sus dedos amoratados. Los pies los tenía también atados, pero el dolor no era tan intenso. Sentía que estaba totalmente empapada allí abajo, mientras tiritaba echada sobre la fría orina.
—No pienso hacerle daño —le había dicho Katarina—. No voy a hacer nada. Igual que usted, yo no voy a hacer nada. Voy a dejarla aquí hasta que se pudra en sus propios excrementos. No tendrá comida, ni agua, ni medicinas. No voy a torturarla, el sufrimiento surgirá de sí misma. El hambre, la sed, sus remordimientos de conciencia, sus necesidades de lo uno o de lo otro. No voy a satisfacérselas. Cada uno es responsable de sí mismo, ¿no es así? Así es como usted lo ve, ¿no es cierto?
En un principio Ingrid estaba demasiado aturdida como para asimilar lo que la mujer le decía, pero ahora ya habían pasado algunas horas y había tenido tiempo de pensar y escuchar. ¿Cuánto se tardaba en morir de inanición? Aunque probablemente el hambre terminaría por desaparecer y al final sólo sentiría una sed insoportable. ¿Cuánto tiempo se podía vivir sin agua? ¿Una semana, dos? Aún no sentía hambre, pero tenía la boca seca, tanto que le costaba pronunciar las palabras. No obstante, en ese momento lo que ocupaba su mente era el dolor en las muñecas y el molesto bombeo del pulso en los dedos. Sentía como si fueran a estallarle las manos, y lo único que deseaba era que cesara esa desagradable sensación.
Al principio no había entendido en absoluto quién era aquella mujer y lo que andaba buscando, pero Katarina había estado hablando sin parar durante una hora entera, y sus palabras habían surtido efecto. Era una de las niñas de la clase del difunto Hans Vannerberg, de hacía treinta y ocho años. Afirmaba haber sido maltratada por los demás niños y culpaba a Ingrid como profesora por no haber tomado medidas al respecto.
Saltaba a la vista que la mujer no estaba en sus cabales, pero aun así, Ingrid no podía evitar sentir que le dispensaba un trato injusto. Ella había hecho siempre su trabajo lo mejor que había podido, siempre estaba de buen humor, era amable con los niños y tenía por seguro que la querían. Había trabajado duro durante muchos años en preescolar, enseñaba manualidades a los pequeños, cantaban canciones y jugaban juntos. Claro que los niños podían ser provocadores y reñían los unos con los otros de vez en cuando pero, cuando ella estaba presente, nunca había peleas ni vejaciones como las que Katarina había descrito.
Lo que ocurriera cuando los niños salían de la escuela no era culpa suya. Algún límite había que marcar, y en ese caso estaba claro: el límite eran las doce del mediodía, cuando terminaba la jornada escolar de los chiquillos. «Usted sabía lo que estaba pasando, podría haber hablado con los niños», le había dicho Katarina. Ingrid no recordaba en absoluto ser consciente de que hubiera habido maltrato, pero aun así repuso: «Yo era profesora de preescolar, no psicóloga infantil.» Pero su réplica no cayó en tierra abonada. Tras un repentino brote de locura, Katarina la había arrastrado hasta el sofá y la había atado de pies y manos.
Le había echado en cara a Ingrid que seguía siendo una persona y que como tal no podía simplemente quedarse al margen de todo mirando mientras otras personas, niños, se aniquilan entre ellas. Ingrid no hizo ningún comentario en su defensa, porque en el fondo sabía que era la única forma de sobrevivir. Ya de pequeña Ingrid había aprendido a no meter las narices en los asuntos ajenos. Cuando su padre comenzó a agredir a su madre, ella decidió que lo mejor para todas las partes era mantenerse al margen. Vivían en un mundo malvado, horrible, pero era más llevadero si cada uno se ocupaba de lo suyo. «Cada uno es responsable de sus propios actos —pensó—. Tú también, Katarina.» Obviamente, esto no se lo dijo, pero sabía que la vida consistía en eso.
El dolor en las manos iba en aumento, y ya estaba empezando a resultarle insoportable.
—Por favor, Katarina, ¿no podrías aflojar un poco la cuerda? —pidió en tono lastimoso—. Me duele mucho.
—La vida duele —repuso Katarina con una sonrisa—. Cada uno es responsable de sus actos, así que procure sacar lo mejor de la situación.
Aquella loca le había leído el pensamiento, y no mostraba la menor intención de hacer nada para aliviarle el dolor.
Notó que el hambre se le iba despertando con sigilo. Hacía tiempo que había perdido el gusto por la comida, ya no le sabía a nada, pero no podía librarse de la sensación de apetito que sentía todo el mundo, y en esos casos solía comer cualquier cosa para no marearse y así evitar sentirse mal. Ahora estaba allí tumbada e indefensa, hambrienta, sedienta y dolorida, y con toda probabilidad iría a peor. Katarina le había dicho que pensaba quedarse a vivir en la casa hasta el final, hasta que a Ingrid se le hubiera agotado el tiempo. No había esperanza de que alguien fuera de visita o de que la echaran en falta. Estaba completamente sola en el mundo, y sintió cómo le brotaban las lágrimas cuando pensó en ello. No recordaba cuándo había llorado por última vez, debía de haber sido muchos años antes, quizá cuando murió su hermana. No tenía marido, ni hijos, ni padres, ni familia. Los pocos amigos que había tenido a lo largo de su vida se habían hecho viejos o habían desaparecido por una causa o por otra. A muchos los había dejado ella atrás cuando se mudó a Estocolmo. Era tan difícil envejecer sola. No tener a nadie con quien hablar, nadie con quien hacer cosas agradables. Nadie que pudiera acudir en tu auxilio en una situación semejante.
Katarina estaba en la cocina, inspeccionando el congelador de Ingrid Olsson. Sobre todo había pan, pero también manzanas y ciruelas confitadas, y bayas azucaradas. Además, había unas cuantas bolsas de albóndigas caseras y algunas bandejas de comida precocinada. En el frigorífico había grandes cantidades de patatas, y en la despensa había encontrado arroz y latas de conserva. No le faltaban recursos, allí había comida para varias semanas.
Cuando pensaba en el tiempo que tardaría en terminar con todo aquello, se sentía inquieta. Por un lado, había algo que la empujaba a acabar cuanto antes y de la manera más dolorosa posible, pero por otro sabía que, cuanto más se demorara, mayor sería el padecimiento de la señorita Ingrid. El aspecto más importante en ese caso era la espera, que la anciana tuviera la certeza de que aquello acabaría con la muerte, pero también la incertidumbre de no saber cuánto se alargaría. Ése era el objetivo de todo aquello: que se entendiera en el tiempo y que Katarina no se dejara llevar por el impulso de recurrir a la violencia.
—Así escarmentará —se dijo.
Bien pensado, era absurdo expresarlo de ese modo, puesto que no tenía mucho sentido darle un escarmiento a una persona que dentro de poco estaría muerta, pero de todos modos era lo que tenía pensado hacer. Debía controlarse y no hacer nada precipitado de lo que luego pudiera arrepentirse.
Peló unas cuantas patatas y las introdujo en una olla con agua que había puesto a hervir. Después sacó una sartén de hierro fundido, echó un poco de margarina y la estuvo observando mientras se derretía lentamente sobre el metal. Luego la inclinó un poco y la margarina comenzó a sonreírse. Las albóndigas formaban una masa compacta y dura dentro de la bolsa, pero con la ayuda de un cuchillo logró separar unas cuantas y las hizo rodar sobre la grasa animal. Le parecía oír gimoteos contenidos en la sala de estar, lo que la alegraba. Pero al mismo tiempo, la autocompasión —en general—, aquel ruidito tan soso en particular despertaban en ella una fuerte irritación. Cuando el hielo comenzó a fundirse, la carne empezó a chisporrotear en la sartén y una gota de margarina hirviendo le saltó al ojo.
Katarina salió entonces de la cocina como si estuviera poseída y se sentó a horcajadas sobre la anciana. De inmediato comenzó a golpearla con los puños una y otra vez en la cara, y luego le agarró el pelo gris con las dos manos y empezó a sacudirle violentamente la cabeza contra el apoyabrazos del sofá. En algún lugar del frágil cuerpo que tenía debajo se oyó un crujido, e Ingrid se puso a gritar de dolor.
—¡Cállate, maldita zorra! —gritó Katarina.
Ingrid frunció el entrecejo y dejó de gritar.
—¡Esto ya está durando mucho, demasiado! No sé si podré soportar seguir viendo tu asquerosa cara. ¡Muérete de una vez! ¡Muere y así terminamos con todo!
Parecía que la vieja fuera a desmayarse. Probablemente era el fémur lo que la estaba martirizando.
—¡Contesta! —rugió Katarina, y continuó zarandeándola—. ¡Contéstame cuando te hablo!
—Me has dicho que me callara —gimió Ingrid en un tono apenas audible.
—¡Pero ahora te digo que contestes! Ya has vuelto a romperte la pata, ¿eh, vieja de mierda?
Ingrid asintió con la cabeza y Katarina comprendió que intentaba decir «fémur», aunque las palabras se desvanecieron en la oscuridad en la que quedó sumida la mujer. Katarina siguió meneándola, pero al final desistió cuando se dio cuenta de que su antigua profesora había perdido el conocimiento.
Bajó del sofá, cogió el mando de la tele, que estaba sobre la mesita, y encendió el aparato. Estuvo un rato cambiando de canal hasta que, para su regocijo, descubrió que en casa de la vieja se sintonizaba la MTV. Solía ver la MTV cuando necesitaba compañía, y ahora permaneció un rato de pie delante de Christina Aguilera y sus atléticos bailarines, que se movían acompasados al ritmo de la música. Finalmente la ira desapareció con la misma rapidez con la que había llegado, y apagó el televisor para volver a la cocina y terminar de prepararse la comida.
Cuando Ingrid abrió los ojos nuevamente vio a Katarina comiendo en la butaca.
—¿Te sientes mejor después de haber dormido un poco? —le preguntó con voz dulce y tranquila.
Costaba creer que se tratara de la misma persona que minutos antes se le había echado encima pegándole y gritándole enloquecida. En ese momento había sentido por primera vez que el pánico se apoderaba de su cuerpo. Había tomado conciencia de su situación de forma progresiva y controlada, y el sentimiento predominante había sido más de sorpresa que de miedo, pero ahora había comprobado que detrás de aquella fachada fría y calculadora había una mujer salvaje que no estaba en sus cabales. Una mujer que, probablemente, ni ella misma supiera qué iba a hacer a continuación.
—Me has dicho que no me harías daño —dijo Ingrid en voz baja para no despertar su latente locura de nuevo.
—Pues te mentí —repuso Katarina con una fría sonrisa—. A veces es necesario hacerlo. La vida está llena de sorpresas, y menos mal que es así. De lo contrario, imagina qué previsible sería, qué poco sentido tendría si supiéramos de antemano cómo va a terminar todo. Tú nos dijiste que todos podíamos montar en el coche verde, pero resultó que no era así. Yo nunca monté en él. Me pasé un año entero empujándolo con la esperanza de poder conducirlo algún día, pero nunca me dejaron. Tú mientes cuando te conviene, así que a lo mejor no hace falta que te tomes al pie de la letra lo que yo digo.
—¿Qué hora es? —preguntó Ingrid.
La lengua se le pegaba al paladar con cada sílaba, le urgía beber algo.
—Huy, ni idea. No llevo reloj, no me importa en absoluto la hora. Esto tardará lo que tarde, y lo mismo sucede con todo lo demás.
—¿No tienes un trabajo con el que cumplir? —preguntó Ingrid.
Lo mejor sería conversar. Cuando hablaban se concentraba en la conversación y así conseguía no estar tan pendiente del dolor.
—No —respondió Katarina—. Éste es mi trabajo: hacer locuras. Antes, cuando vivía en el hospital, iba a terapia laboral, pero lo cerraron, así que ahora hago lo que me da la gana.
—Y ¿dónde vives?
—En tu casa, señorita Ingrid.
—Quiero decir antes. Debías de vivir en algún sitio.
—Vivo en casa de mi madre, cundo me apetece. En Hallonbergen. A veces sí, a veces no. A veces me alojo en un hostal de Lidingö. Hago lo que quiero.
Ingrid estuvo un buen rato observándola, pero Katarina no parecía darse cuenta; por lo visto estaba sumida en sus propios pensamientos, contemplando con ojos soñadores la oscuridad de noviembre que reinaba al otro lado de la ventana de la sala de estar. Era una chica elegante. Era bastante alta y caminaba muy erguida, con porte orgulloso, y tenía el pelo largo y rubio. Articulaba bien las palabras y su lenguaje hacía pensar en una formación bastante buena. «No tendría por qué haber salido así», pensó Ingrid en un repentino acceso de compasión. Después volvió a la realidad. Ya casi no notaba el dolor en la pierna, siempre y cuando yaciera inmóvil, pero la cara le dolía, el estómago reclamaba algo de comer, la boca y la garganta algo de beber, y luego estaban las malditas manos: el dolor se negaba a rendirse. Notó que volvía a tener necesidad de orinar. Aún no se había secado lo de la vez anterior y ya tenía ganas de nuevo. Por encima de todo, se sentía humillada, despojada de su dignidad como ser humano, reducida a una miserable criatura indefensa que se orinaba encima.
Katarina se comió en silencio las albóndigas y las patatas sin percatarse siquiera de su sabor. Estaba pensando en su madre, a la que no había visto desde que había empezado todo aquello. Su madre, que era vieja —más incluso que la señorita Ingrid—, que siempre lo había sido. En las fotos de antes de que ella naciera, Katarina había visto que su madre ya tenía el aspecto de una anciana. Llevaba sombreros rancios y se recogía su pelo duro y gris en un moño muy apretado en la nuca. Incluso en las fotos tomadas en verano aparecía muy abrigada, con gabardina, bufanda y zapatos de invierno.
Cómo había concebido a Katarina seguía siendo un misterio, y nunca le había hablado a su hija de la existencia de un posible padre. Su madre la había educado sola, y durante su infancia se había esmerado mucho en que Katarina fuera limpia y correcta. Tenía que comportarse como una señorita, ser amable y obediente. Y lo había sido pero, aun así, su madre nunca se había mostrado del todo satisfecha.
Cuando Katarina volvía a casa después de la escuela, magullada y con la ropa hecha jirones, siempre la recibía con reprimendas. La quería a su manera: los cuidados de su hija ocupaban la mayor parte de su tiempo, pero las muestras de afecto brillaban por su ausencia.
Dedicaba su tiempo a lo que ella llamaba educación y preparación de los deberes. La madre de Katarina estaba muy lejos de ser como las madres de los cuentos que había en la biblioteca donde trabajaba, y de las madres que se veían en el patio de vecinos donde vivían. Más bien recordaba a una especie de gobernanta que siempre estaba presente examinando todo cuanto hacía con el objetivo de juzgar y valorar. Daba abrazos, sí, a la hora de dormir, pero eran demasiado fuertes y siempre iban acompañados de alguna advertencia acerca de algo que podría hacer mejor al día siguiente. Así pues, Katarina se quedaba dormida siempre con una sensación de fracaso, de que había hecho algo mal, de que tenía que expiar algún pecado. Aun así, amaba a su madre, la quería más de lo que había querido a ninguna otra persona.
Actualmente, la relación con ella era distinta. El cambio había tenido lugar de manera casi imperceptible, y Katarina no tenía la menor idea de lo que había alterado el equilibrio de fuerzas. Quizá no hubiera sido más que el hecho de que al hacerse mayor su carácter se había suavizado. En cualquier caso, siempre se alegraba de verla y se esforzaba porque Katarina se sintiera bienvenida, incluso un poco mimada —cosa de la que siempre se había mostrado temerosa—, cuando iba a verla. Periódicamente, Katarina vivía con ella en un piso que habían buscado en Hallonbergen cuando se marcharon de Katrineholm para que Katarina estudiara derecho en la Universidad de Estocolmo. Nada más empezar tuvo que interrumpir la carrera a causa de un ataque de pánico, que posteriormente fue sucedido por una depresión tras otra. Por último, la internaron en un centro psiquiátrico en el que pasó varios años, y posteriormente siguió acudiendo allí a intervalos regulares.
Katarina se preguntaba qué diría su madre si se enteraba de lo que había hecho. Siempre había procurado mantenerla al margen de lo que ocurría en preescolar y más tarde en la escuela, en parte porque se preocupaba por ella y en parte porque sospechaba que lo único que conseguiría sería el efecto contrario del deseado. Si los niños eran malos con ella, su madre partiría de la idea de que había sido por culpa suya, alegando que no había seguido sus instrucciones en algún aspecto. Las consecuencias habrían sido mucho peores entonces, con las broncas y las reprimendas, por lo que Katarina consideraba que el menor de los males era la ropa rota, las heridas en las rodillas y los moratones. Sintió un escalofrío al imaginar la reacción de su madre si se enteraba de que su querida y educada hijita era una asesina. No podría soportar algo así. Su corazón estaba ya débil, y una noticia semejante la mandaría de cabeza a la tumba.
Aun así, lo había hecho. A pesar de saber cuál iba a ser la reacción de la única persona a la que quería, lo había hecho. Su egocentrismo había tomado las riendas, tal y como siempre había temido que ocurriera, y ahora estaba a punto de hacer lo más prohibido sólo para aportar algo de valor a su vida, así como una dosis de excitación y quizá también de disfrute.
Concluyó la idea con una risita y le lanzó una mirada a la mujer del sofá. ¿Se estaba meando otra vez? Quizá debería haberla dejado ir al baño, a pesar de todo; de lo contrario, si tardaba mucho en morir, el hedor allí dentro se volvería insoportable. No obstante, la humillación que debía de suponer para la anciana hacerse sus necesidades encima merecía la pena. Si la vieja tenía que sufrir, que sufriera de verdad, aunque a ella le reportara algún que otro inconveniente.
Decidió echar un vistazo a ver si encontraba algo de alcohol en la casa, ya que en la cocina no había visto nada. Abrió la puerta que conducía al sótano, encendió la luz y bajó por una escalera estrecha y empinada que terminaba en un pequeño distribuidor con tres puertas. La primera daba a una especie de trastero donde había una bicicleta antigua y un perchero con ropa vieja de hombre y de mujer.
La otra puerta daba a un pequeño cuarto de lavar con lavadora, secadora y calandria. La tercera puerta ocultaba una despensa que se usaba más que nada para tarros de mermeladas y jalea —por lo que se veía, la señorita Ingrid aprovechaba bien la fruta que su jardín le regalaba en otoño—, aunque también encontró una botella sin abrir de vino de Oporto que decidió descorchar.
Katarina volvió a subir a la planta principal y cogió un vaso de uno de los armarios de la cocina. Cuando cruzó el umbral de la sala de estar notó el hedor de la orina como una bofetada en plena cara. Dio media vuelta con un bufido de desprecio y entreabrió un poco la puerta de entrada antes de ponerse las botas y el abrigo y salir afuera. Cerró la puerta sin hacer ruido, bajó con cuidado los escalones y dobló la esquina de la casa, donde vio un banco de hierro que quedaba en la oscuridad, ya que la luz exterior de la casa no llegaba hasta allí. Se sentó, rodeada de la negrura de noviembre y una brisa helada le acarició la cara. Todo estaba en silencio, y lo único que se oía era el lejano bullicio de los coches que circulaban por la carretera de Nynäsvägen.
Retiró el tapón de la botella y se sirvió una buena cantidad. Después se llevó el vaso a la boca y dio un largo trago al vino dulce. El fuerte líquido le calentó el pecho y, al exhalar, salió una nube de vaho por su boca.
—Por nosotras, señorita Ingrid —dijo Katarina—. Y por vosotros, Hans, Ann-Kristin, Lise-Lott y Carina.
Miró al cielo sin estrellas y alzó el vaso.