Diario de un asesino, noviembre de 2006, martes
Nunca antes me había sentido tan alegre, tan rebosante de energía y vitalidad como hoy, que he cometido un asesinato por primera vez en mi vida. Me doy cuenta de lo absurdo que parece, como algo sacado de una comedia que no hace en absoluto gracia; en realidad es todo muy trágico. Es trágica mi exigua vida adulta, siempre rodeada de soledad y humillación, y mi infancia fue asimismo trágica, llena de violencia, marginación y terror. Aquellos niños me lo quitaron todo: la confianza en mi propia persona, la ilusión de vivir, mis sueños de futuro, mi autoestima. Y me arrebataron también otra cosa que todo el mundo parece llevar consigo a lo largo de toda la vida: una serie de recuerdos infantiles a los que poder viajar con la mente o a los que poder referirte cuando hablas con otras personas. No tengo a nadie con quien hablar, nunca lo he tenido, pero tampoco tengo recuerdos felices de mi infancia. Ni un atisbo de luz en la eterna oscuridad. Porque, cuando tienes seis años, un lapso de tiempo de seis años te parece eterno. Igual de eterno que un lapso de cuarenta y cuatro años cuando tienes cuarenta y cuatro.
Puedo ponerlo en palabras, puedo formular la idea de que fueron los demás niños quienes me lo quitaron todo, pero no puedo remediarlo. Simplemente he dejado que pasara, he dejado que cubriera como una sombra el resto de mi vida, me he visto como una víctima y he vivido como tal. En silencio, con miedo, siempre en soledad. Pero ya es suficiente. No me siento en absoluto una persona más feliz, al contrario; experimento una especie de gula de mi propia desgracia y eso es lo que me hace sentir tanta excitación.
Cuando entré a la luz de la cocina todavía no tenía del todo claro qué iba a hacer. No tenía intención de hacerle daño, lo único que quería era comprensión; un reconocimiento y una disculpa. Y allí estaba, atractivo, con aspecto saludable y amado, con semblante algo sorprendido pero con una sonrisa amable en los labios.
—Oh, lo siento —se disculpó—, pero he llamado varias veces al timbre y he tirado algunas ramitas a la ventana. Pensé que quizá no oía bien, y como habíamos quedado a esta hora...
—No pasa nada —lo interrumpí, aprovechando la ventaja que su metedura de pata como agente inmobiliario me daba para echar mano de un tono altanero y un poco arrogante.
A pesar de su actitud de disculpa y de la situación para él embarazosa, se mantuvo de pie con la cabeza bien erguida y con la confianza en sí mismo inalterada. Su atractiva sonrisa y el destello picaro en su mirada le aportaban un aire carismático y de aplomo. No se podía opinar mal de aquel hombre. Pero se lo podía odiar.
Bastaba con dejar volar la imaginación treinta y ocho años antes y pensar en aquella criatura tumbada boca abajo sobre el asfalto, con la cara llena de arañazos que le escocían metida en un charco de agua sucia. Brazos y piernas estirados como en crucifixión, sujetados por otros niños que, a ratos riendo, a ratos luchando con expresión severa, cumplían obedientemente la misión que tú les habías encomendado desde tu posición de rey no coronado. Y allí estabas tú, sentado a horcajadas sobre el lomo de una personita que lloriqueaba, con una pierna a cada lado como si montaras a caballo, cortando felizmente mechón tras mechón con unas tijeras infantiles. Ni sangre ni lágrimas: nada truncaba para ti aquel goce tan auténtico.
No es difícil odiar a alguien que en tan sólo un año es capaz de destrozar la vida entera de otra persona: la mía. Fue fácil odiarte allí de pie, impaciente por acabar cuanto antes conmigo y —como tú creías— con mi casa, para luego regresar junto a tu bella esposa y tus hijos (y que Dios los libre de ser sometidos jamás a los horrores que tú me infligiste en su día). El destino quiso que el mal encarnado —tú, Hans— creciera hasta convertirse en un hombre feliz, querido, con capacidad para amar, mientras que yo, la víctima de esa maldad, me transformaba en un miserable acaro que se arrastraba en la mugre sin que nadie se diera cuenta, con capacidad únicamente para guardar un rencor infinito y destructivo.
Me estrechó la mano y yo le correspondí sin ocultar mi antipatía.
—Bueno, pues, cuando quiera le echamos un vistazo a la casa —dijo él con amabilidad.
—No, había pensado que mejor podríamos sentarnos y hablar un poco primero —le respondí indicándole con la mano una silla que había junto a la mesa.
Yo no tenía intención de sentarme, pero él lo hizo dócilmente en el borde, con los pies cruzados debajo de la silla y juntando las manos sobre la mesa. Me apoyé en la encimera con los brazos cruzados y lo miré con desprecio cuando volvió la cara hacia mí con expresión amable e interesada. Ninguno de los dos tenía la menor idea de lo que estaba por venir, pero yo ya empezaba a sentir cierta satisfacción con la situación que se había generado. Ya no me guiaba por mis propios actos, sino que había una fuerza más grande y enérgica que me dirigía. El miedo y la debilidad habían desaparecido y habían dado paso a un poder sobrenatural.
—¿Y bien? —dijo interrogante tras unos segundos de silencio.
—¿Y bien? —dije como un eco.
—¿De qué quería usted hablar?
—De ti y de mí, de nuestra relación y sus consecuencias —le contesté sin reconocer mi propia voz.
—¿Relación...? —preguntó él sin comprender.
En ese momento me miró inseguro, golpeando nervioso los pulgares entre sí.
—¿No me reconoces?
Obviamente, no. No es fácil reconocer a alguien a quien no has visto desde la infancia. Siempre y cuando ese alguien no te haya dejado unas marcas tan profundas en la conciencia que sueñes con él por las noches y dediques la mayor parte del tiempo que estás despierto a maldecirlo a él y todo cuanto ha hecho.
Negó con la cabeza.
—¿Debería?
—Somos viejos compañeros de escuela —dije con sequedad.
Pero su rostro se iluminó de inmediato y dijo, muy relajado:
—¡Genial! ¿Cuándo...?
Lo interrumpí:
—Sí, sin duda a ti te lo parecía. Lo pasabas muy bien conmigo. ¿Te acuerdas de cuando vosotros erais los indios y yo era el enemigo?
—No...
Lo interrumpí otra vez:
—En el edificio de los contenedores. Yo estaba en la esquina del fondo tapándome la cabeza con las manos para que no me lastimarais la vista mientras vosotros me disparabais con vuestros arcos. Una flecha se me clavó en la pierna, tienes que acordarte; me la arrancaste y te pusiste muy contento porque entonces tu flecha estaba impregnada con sangre de verdad.
—No sé...
—Claro que sí. Jugábamos todos los días. Jugábamos a que yo tenía que volver a casa después de la escuela, pero vosotros no me dejabais, puesto que tú, Ann-Kristin, Lise-Lott y los demás primero teníais que golpearme, romper mis pertenencias o quitarme la ropa. Una vez os llevasteis los pantalones y tuve que volver a casa medio en cueros, en pleno invierno. Seguro que te acuerdas, os divertíais mucho a mi costa.
Con repugnancia, fui escupiéndole las palabras a aquel hombre, que, realmente, parecía no entender nada. ¿Era posible que no se acordara? ¿De verdad podía ser que los sucesos que para mí habían sido decisivos para él no significaran nada? Para él ni siquiera eran recuerdos de la infancia. Un episodio normal de «vuelta a casa después del cole» puede que ni siquiera lo recordara al día siguiente. ¡Qué escarnio suponía su rostro interrogante para toda mi desgraciada existencia!
A esas alturas me hervía la sangre por dentro, pero lo oculté lo mejor que pude. Me quedé inmóvil donde estaba, aparentemente en calma, con los brazos cruzados, y luego continué con mi discurso.
—Seguro que del concurso de escupitajos sí que te acuerdas. Cuando os quedasteis todos esperándome al otro lado de la verja y después empezasteis a escupirme. Todos a una. «Preparados, listos, ¡ya!», dijiste tú, y comenzasteis a escupirme, veinte niños a la vez. El que acertara en plena cara ganaba; seguro que fuiste tú, eras muy bueno...
—Tú debes de ser...
—¡Lo ves! ¡Ya empiezas a recordar! ¿Te acuerdas del juego que consistía en ahogarme en el bidón de agua de lluvia? «Contamos hasta tres y soltamos.» Me metíais la cabeza, «Uno, dos, tres», y luego me sacabais. A continuación, «Uno, dos, tres», y abajo. «Uno, dos, tres» y arriba... ¿Sabes cómo afecta esto a una persona?
—Pero sólo era un juego, lo que los niños...
—¡¿Lo que los niños, qué?! —grité, y noté que se me rompía la voz.
A pesar de que mi idea sólo era hacerle responsable de sus actos y, en el mejor de los casos, exigirle una disculpa, y a pesar de que yo nunca he sido de naturaleza violenta, tuve un arranque de cólera. Sintiendo una furia ciega por la indiferencia del tirano ante sus acciones y porque el falsete hubiera revelado mi debilidad, le propiné una contundente patada en su cara bonita. Le acerté justo debajo de la barbilla, y pude oír cómo las mandíbulas chocaban con un ruido sordo y desagradable al tiempo que su cabeza se proyectaba hacia atrás con tanta fuerza que el tipo cayó incluso al suelo. Sin pensar, agarré por el respaldo la silla que tenía más cerca, la levanté por encima de mi cabeza y lo golpeé. Una de las patas le rozó la frente, tras lo cual continuó su trayectoria despiadada hacia el ojo y el pómulo, que detuvo el impacto con un ingrato crujido. Otro golpe con la silla, esta vez pensado para que una de las patas pegara contra el esternón y la otra diera de lleno en el entrecejo, partiéndole así el tabique nasal con un chasquido. Por último —esto lo aprendí de ti, Hans—, una patada certera en la nariz, que, si la víctima no opone resistencia, penetra en el interior del cráneo.
Por los orificios nasales del hombre sin vida que yacía en el suelo brotaba un hilillo de sangre, mientras en el silencio de la estancia podía oír mi propio pulso retumbándome en los oídos. La cólera ya se había disipado, y el único pensamiento que pasaba por mi cabeza era que todo había ido muy de prisa. En mi nueva locura no me arrepentía de haber matado a un hombre, sino sólo de no haberle hecho sufrir un poco más. Quería haberle explicado el resto de las injusticias a las que me había sometido, quería que asumiera la responsabilidad de sus actos y forzarlo a suplicar perdón de rodillas. Pero, sobre todo, quería haberle hecho sufrir una muerte lenta y dolorosa.
Aquí estoy ahora —yo, su verdugo—, escrutando una antigua foto de un oscuro tiempo pasado. Los niños me miran con sonrisas desdentadas. La maestra está al fondo, a la derecha —con Carina Ahonen al lado—, con un vestido de llores parecido a una bata y el pelo recogido en un moño enorme en la coronilla. Mira gravemente al objetivo de la cámara como para demostrar que se toma en serio su trabajo de profesora de preescolar. En primera fila y en el centro está Hans de rodillas, sonriendo burlón. Quien ríe el último ríe mejor...
Le deseo suerte al alcalde Goran Meijer en su progreso con los horribles niños de Katrineholm, lo digo de corazón. Aunque creo que necesita que le echen un cable.
Ya me siento mucho mejor.