Diario de un asesino, noviembre de 2006, sábado

Son las once y media de la noche. Un hombre de unos sesenta años con chaqueta de ante con el cuello de piel y un gorro de viejo en la cabeza sale por la puerta. Lo primero que le miro es la mano y, efectivamente, lleva anillo. O sea, que es así como funcionan las relaciones de pareja. Hay tipos que nunca tienen suficiente. Yo nunca he tenido a nadie. Nadie a quien amar, nadie con quien hablar, nadie con quien comer, nadie con quien acostarme. Pero hoy voy a hablar con alguien. Y a acostarme con alguien.

Llamo al timbre. Ella abre y me mira sorprendida, pero me deja pasar al instante y cierra la puerta. Supongo que está preocupada por si los vecinos se percatan del tráfico que entra y sale de su piso.

—¿Tú quién eres? —me pregunta.

—Clientela —respondo.

Me estudia de arriba abajo, suspicaz.

—¿Cómo me has encontrado?

—Te he visto —le aseguro.

—¿Cómo te llamas?

—John Holmes

[2] —digo para desarmarla.

Estalla en carcajadas y luego se encoge de hombros.

—¡Hay que joderse! —dice riendo—. Y ¿qué quieres?

—Lo mismo que los demás —respondo—. Follar.

Me ayuda a quitarme la chaqueta y la cuelga en una perdía. Luego me deshago de los zapatos sin que me tiemblen las manos. Siento que estoy en mi elemento, la prohibida quinta dimensión.

—¿Es la primera vez? —me pregunta, y con seguridad se está refiriendo a otra cosa que yo cuando le contesto.

—Sí, es la primera vez.

—¿Hay nervios?

—Un poco —le miento—. Bebamos algo primero.

No tarda en morder el anzuelo y la invito al cóctel que traigo conmigo mientras ella se va quitando despacio todas sus prendas hasta que se queda desnuda delante de mí, con la palidez de la culpa. Después me quita la ropa acariciándome con el mismo cuidado, como si fuera de cristal. Me besa por todo el cuerpo excepto en la boca, cosa que agradezco. Jamás dejaría que un ser repugnante como ella me tocara la boca con sus labios pringosos. Pero sabe lo que hace, debo reconocerlo, y cuando sus labios y su lengua juguetean con mi sexo apenas puedo contener las lágrimas. Me lleva hasta la cama, donde retozamos en nuestra impúdica desnudez.

Ella está debajo y ahora sus movimientos son relajados y lentos. Penetro con tres dedos su vagina y ella gime silenciosa cuando le pregunto al oído, por debajo de su pelo desvaído:

—¿Te puedo atar...?

Ella asiente con la cabeza con los ojos cerrados, mientras su pelvis y sus muslos siguen moviéndose al compás de mi mano. Lentamente saco los dedos, me levanto de la cama y voy a buscar las tijeras y el cordón que traía conmigo. La ato con cuidado pero con firmeza y esmero, primero las manos y luego los pies, a la cabecera y a los pies de la cama. Se ha quedado dormida, pero se despierta con un grito cuando le clavo la rodilla en la entrepierna. Sus ojos, salvajemente abiertos de par en par, me miran horrorizados, pero yo sigo hablando con mi voz suave y casi susurrante cuando me siento a horcajadas sobre ella blandiendo las tijeras.

—Ahora vamos a cortarte el pelo...

Empieza a gritar, pero la hago callar introduciéndole la sábana en la boca. Yo siento la misma ternura de antes, cuando nos acariciábamos, y su cuerpo tembloroso y sus ojos como platos no consiguen cambiar mi estado de ánimo. Corto los mechones de pelo uno a uno y no me olvido de ir enseñándole el resultado. Mientras tanto, le cuento quién soy y todo lo que me hizo, y ella asiente con energía en señal de que lo recuerda. Le quito la sábana de la boca y ella promete que no va a gritar. Luego me pide disculpas y promete una y otra vez que me compensará, que hará lo que sea, mientras yo le corto las cejas y luego también las pestañas, aunque me llevo algún que otro pedacito de carne.

La sangre fluye rápidamente por su cara de zorra llorona embadurnada de maquillaje, y le pregunto si duele cuando con las tijeras le hago unos pequeños cortes en el sexo, y ella grita que sí, que duele, y vuelvo a taparle la boca con la sábana y le cuento que hay muchos, muchísimos tipos de dolor. Ella empieza a tener convulsiones y, como soy buena persona, vuelvo a retirar la tela y le enciendo un cigarrillo. Me da las gracias y sonríe atormentada, pero yo le digo «no hay de qué» y vuelvo a taparle la boca, cojo el pitillo y se lo aplasto en el estómago, haciéndole una quemadura profunda. Mientras tanto le voy contando diferentes recuerdos de mi niñez, pero al final el cigarrillo se apaga y me pregunto cómo le sentaría que le echara un poco de sal, así que voy a la cocina y vierto un poco en la herida. No parece sentarle muy bien, y entonces le explico cómo sienta la soledad y el desprecio por uno mismo. Empiezo a cansarme de la violencia física, porque en realidad yo no soy una persona física, sino que me mantengo más bien en el plano psíquico, pero no se me ocurre nada más que decir, así que le quito la sábana de la boca por última vez y le pido amablemente que desde lo más profundo de su corazón me pida perdón y luego todo habrá acabado. Ella lo hace, y entonces yo la estrangulo y así acaba todo.

Con sobrada confianza estoy aquí despotricando contra la maldad de las personas (también de la mía propia). Ahora no soy mucho mejor que ellas, de hecho, nunca lo he sido, pero hoy los roles se han intercambiado. Hoy son ellas las víctimas y yo quien asesina. He alcanzado un punto de inflexión en la vida y he dejado de sentir lástima por mi existencia; escojo actuar en vez de quedarme cavilando. Ya se ha acabado el tiempo de mirarse el ombligo, ha llegado el momento de las represalias.

Cuesta creer que Ann-Kristin —una niña mona, fuerte, jactanciosa y segura de sí misma, la invencible Ann-Kristin— terminara sus días como una simple ramera en un infecto barrio de color gris. La idea me da vértigo. A decir verdad, tal vez incluso le he hecho un favor al poner fin a su desdichada existencia. Bueno, aunque seguro que su última media hora de vida la habría cambiado por cincuenta años más en el burdel de aquel suburbio de hormigón.

¿Qué me he llevado yo de los acontecimientos de estos últimos días? ¿Felicidad? ¿Autoestima? ¿Recuerdos felices de mi infancia y una vida hermosa? ¡Qué va! Ni siquiera he logrado hacer justicia, porque justicia habría sido hacerles sufrir a ellos durante treinta y ocho años y que yo hubiera tenido otros treinta y ocho de felicidad por delante. Pero, lamentablemente, es demasiado tarde para ambas cosas. Una infancia destrozada no se puede reparar jamás. No se puede olvidar nunca, ni cambiar, ni superar. Es una especie de dolor crónico. ¿En qué clase de orden mundial se permite que niños felices y consentidos como Hans y Ann-Kristin hagan añicos la vida de otras personas menos afortunadas?

Lo que he sacado de los últimos días de mi miserable vida es venganza. Lo que, a su vez, ha dado a mi existencia una dimensión nueva e interesante: la de la locura. Las cinco dimensiones de la vida: derecha-izquierda, arriba-abajo, dentro-fuera, tic-tac y cu-cú. Ellos me robaron mi tiempo, yo les arrebaté el suyo: cu-cú, me concedí el lujo de otorgarme la nueva dimensión de la locura.