Lunes por la mañana
A las ocho de la mañana ya estaban todos en sus puestos, y el equipo de investigación se encontró en la sala de reuniones para hacer un repaso de los resultados del día anterior. Incluso Hadar Rosén y Gabriella Hansson estaban allí, junto a los colegas de Katrineholm, Skärholmen y Siguana, que participaban por teléfono. El expectante silencio sólo se veía alterado por algún que otro bostezo. Westman buscaba la mirada de Rosén, pero cuando la encontró vio que era inexpresiva, no revelaba la menor información acerca de lo que pasaba por su cabeza. Al final, Sjöberg tomó la palabra.
—Bienvenidos a la reunión. Soy el comisario Sjöberg, de Hammarby. Tendremos que hablar alto y claro porque nos están escuchando por teléfono. ¿Me seguís los que estáis en Katrineholm, Sigtuna y Skärholmen?
Por los altavoces de la mesa se oyeron una serie de afirmaciones en tono rasposo.
—Para empezar, espero que los que no pertenezcáis al distrito de Hammarby hayáis enviado todas las huellas dactilares a Estocolmo.
Así lo habían hecho, y le llegarían a Hansson a lo largo de la mañana.
—Después propongo que repasemos los nombres de la lista en el orden en el que aparecen, y que los que se hayan encargado de cada persona expliquen cómo les fue ayer. ¿De acuerdo?
No se oyó ninguna objeción, y los presentes fueron exponiendo oralmente sus informes según el orden propuesto. Eliminaron los nombres uno a uno y comprobaron que la mayoría de aquellas personas se encontraban en casa. De las veintitrés personas que habían ido a preescolar en el grupo de Ingrid Olsson, cuatro estaban muertas. No habían tratado de ponerse en contacto con las tres que vivían en Gotemburgo, Oslo y Lund, y a dos de las que seguían empadronadas en Katrineholm, además de una de las que residían en Estocolmo, no habían podido localizarlas. En resumen, durante la tarde del domingo habían hablado con trece personas, y faltaban seis.
De las trece con las que la policía había hablado, la mayoría eran personas totalmente normales que habían reaccionado como cabía esperar a la visita de las autoridades, y no parecía que tuvieran nada que ocultar. Unos pocos tenían algún que otro recuerdo de preescolar, pero en principio la mayoría de los interrogados no recordaba nada. Algunos de los que todavía seguían viviendo en su ciudad natal se conocían, pero ninguno recordaba que hubieran ido juntos a preescolar.
Uno de los hombres que vivía en Katrineholm —Peter Broman, de la calle Rönngatan— resultó padecer un grave problema de alcoholismo, y cuando la policía acudió a su apartamento se encontró con una fiesta de unas veinte personas. Los agentes no fueron recibidos con entusiasmo y se produjo cierto alboroto, pero por fortuna nadie salió herido. Luego comprobaron que el hombre había sido acusado de hurtos menores y otras faltas similares, pero de ningún delito con violencia.
Cuando llegó el turno de Thomas Karlsson fue Hamad quien hizo el discurso en su nombre y en el Westman.
—Karlsson reaccionó de manera muy curiosa ante nuestra visita. Por un momento se quedó como petrificado y después se echó a temblar como una hoja. Sudaba profusamente y se lo veía muy desconcentrado. Le costaba entender y responder a las preguntas. No nos miraba a los ojos. Cuando nos disponíamos a marcharnos, parecía casi como si fuera a echarse a llorar. Al principio aseguró que no recordaba nada de preescolar, pero después salió con que solía jugar con una tal Katarina. Debe de ser la tal Katarina Hallenius, de Hallonbergen.
—Con ella no hemos podido hablar todavía, pero trataremos de confirmarlo —apuntó Sandén.
—Me dio la sensación de que estaba mintiendo —continuó Hamad—. Pero no sólo eso; era como... muy raro, el tío, ¿no te parece, Petra?
—Sí que lo era —convino Westman—. Me dio la impresión de que le faltaba un hervor.
—Y tampoco tenía amigos —prosiguió Hamad—. Ni familia. Nadie que pudiera dar fe de lo que estaba haciendo los días de los asesinatos. «Siempre estoy solo», exclamó en un momento dado.
—¿Trabaja en algún sitio? —preguntó Sjöberg.
—Reparte la correspondencia en una empresa de Järfälla. Tendremos que comprobar a ver qué dicen de él. En resumen, un tipo bastante destacado, ese Thomas Karlsson.
—Conseguimos la huella de los zapatos —dijo Westman—. Tenía un solo par en la entrada. A decir verdad, casi no había nada en la casa. El piso estaba desnudo: ni cuadros, ni flores, ni cortinas, nada. Sólo unos pocos muebles, los justos, algunos libros y revistas, eso era todo.
—¿Se mostró amenazador en algún momento? —quiso saber Sjöberg—. ¿Creéis que es capaz de matar?
—No, en absoluto —respondió Hamad—. Al contrario, más bien daba la impresión de estar muerto de miedo. ¿Que si es capaz de matar? Qué sé yo lo que tendrá en la cabeza. Supongo que el miedo puede ser un motivo como otro para quitarle la vida a alguien. Ni idea.
—Vale, de momento parece nuestro candidato más probable. Ahora tendremos que esperar a que Hansson analice las huellas dactilares y de los zapatos. Seguiremos buscando a las personas que nos quedan y Sigtuna se pondrá en contacto con Oslo, Lund y Gotemburgo. Lo dejamos aquí. Gracias a todos.
Sjöberg cortó las conferencias y Hansson recogió las muestras de las huellas dactilares que los policías habían recabado el día anterior. La huella de zapato que Westman competentemente había sacado también fue directa al laboratorio de Hansson. Los demás agentes, acompañados del fiscal Rosén, se quedaron un rato más en la sala de reuniones.
—Ahora tenemos algunas horas de espera por delante hasta que Bella nos informe al respecto de las primeras comparaciones en el laboratorio —comenzó Sjöberg—. Propongo que Eriksson busque a todas estas personas en el registro de expedientes criminales y demás, a ver qué puede encontrar. Westman, hazle otra visita a Ingrid Olsson; ahora que tenemos todos los nombres, quizá se le refresque la memoria. Repasa a cada persona y trata de hacer que recuerde algo de aquel año. Hamad y Sandén seguirán buscando a la que falta, Katarina Hallenius, de Hallonbergen.
—Ese Thomas Karlsson —dijo Rosén—, ¿no deberíamos ponerle un par de agentes para que lo vigilen?
—En mi opinión aún es pronto para eso —respondió Sjöberg—. Esperaremos los resultados del laboratorio y luego decidiremos. No sabemos nada sobre él; puede que sólo sea un tipo tímido e inseguro.
Rosén se mostró de acuerdo, y se dio por terminada la reunión. Petra intentó de nuevo establecer contacto visual con el fiscal, que se tomó su tiempo en recoger sus papeles sin levantar la vista. Cuando por fin hubo acabado, todos habían abandonado ya la sala excepto ella, que se retrasó a propósito. Rosén la miró unos segundos en silencio y sin revelar en su expresión ni en su tono de voz el menor indicio de lo que pasaba por su cabeza, dijo:
—Esto es más importante ahora. Haz lo que tengas que hacer. Nos vemos a las 17.00 en mi despacho.
Cuando se despertó al día siguiente, no sabía dónde estaba. En el sueño había echado a andar por un largo embarcadero. Suponía que debajo había agua, pero ésta no se veía porque una espesa niebla cubría la estructura y lo rodeaba a él como si de grandes nubes de humo se tratara. La luz era tenue y hacía frío, llevaba puesta una chaqueta roja acolchada, pantalones de esquí y unas pesadas botas de color negro con cordones azules. Cada vez que respiraba salía vaho por su nariz. A su espalda oía las voces de los niños. No lo veían en la niebla, pero estaba claro que sabían que estaba allí fuera, ya que las voces se iban acercando. Thomas no lograba ver el final del embarcadero, pero caminaba y caminaba, y comprendió que era muy largo. De repente notó que perdía pie y, agitando los brazos, cayó de bruces en la húmeda nada. Abrió los ojos y, para su sorpresa, descubrió que estaba rodeado de luz. Permaneció un rato tumbado sin moverse a la espera de que la realidad acudiera a su encuentro. Luego el sueño fue alejándose poco a poco y se dio cuenta de que estaba en la cama con la ropa puesta. Las lámparas de la habitación estaban encendidas y la persiana no estaba bajada. No se movió, ni siquiera miró el reloj, simplemente se quedó allí tumbado cuan largo era, por completo relajado mientras observaba en su interior.
Al final el hambre se hizo presente. Su estómago le pedía el desayuno a gritos, así que se desperezó y se sentó en el borde de la cama. Miró por la ventana y vio que fuera ya era de día, lo que significaba que llegaría tarde al trabajo. Sin embargo, no le importaba ya que, de todos modos, no pensaba ir. Hoy iría a ver a una mujer a la que no había visto en mucho, mucho tiempo, y cuando pensó en ello sintió que el estómago se le contraía como si montara en una montaña rusa.
Se demoraba en cada paso que daba por la acera mojada, como si estuviera esperando algo o como si le costara andar. De vez en cuando se quedaba quieta y removía las hojas marchitas con la punta del pie, o alguno de los montoncitos de nieve que ya se habían ennegrecido y que atestiguaban el mal tiempo del día anterior. En una mano llevaba una pequeña maleta de viaje y la otra la tenía profundamente metida en el bolsillo del abrigo. Se había levantado el cuello para protegerse del viento helado, y cuando pasó por delante de la familiar verja negra de hierro se detuvo y se quedó un buen rato mirando el gran jardín con los árboles frutales. Aunque era pleno día, la luz exterior estaba encendida, y la vieja casa rosada parecía darle la bienvenida a pesar del seto alto y espeso que la rodeaba. Al cabo de un rato echó a andar otra vez, con la misma lentitud, pero no llegó muy lejos. Después de unos cincuenta metros dio media vuelta y regresó despacio hasta la verja, donde de nuevo se quedó de pie con sus cavilaciones.
Thomas la seguía en tensión. No la había visto desde hacía muchos años, pero no la encontró muy diferente. En seguida se armaría de valor y se daría a conocer, pero primero tenía que observarla un rato.
Estaba bien escondido. Desde su posición, agachado detrás de un coche aparcado en la acera de enfrente un poco más abajo, la mujer no lo vería si de manera inesperada mirara en su dirección. Ella se alejó volviéndose un par de veces y al final abrió lentamente la pesada verja y comenzó a subir por el camino de grava que conducía hasta la casa. Thomas se incorporó en su escondite y cruzó la callejuela con las rodillas doloridas. Caminó por la acera con paso decidido en dirección a la verja y, justo cuando se agachaba para esquivar unas ramas deshojadas que asomaban desde el jardín del vecino, oyó el ruido de un motor a sus espaldas. De modo reflejo, se volvió para mirar el coche y, para su sorpresa, vio que detrás del volante estaba la mujer policía de la noche anterior. Ella aminoró la marcha del vehículo, se colocó a su altura y bajó la ventanilla. Thomas sintió que lo invadía el pánico de la víspera y, sin saber por qué, echó a correr.
Petra Westman estaba en el coche camino de la casa de Ingrid Olsson en la parte antigua de Enskede, dándole vueltas a lo que se diría en el despacho de Hadar Rosén al final del día. No tenía en absoluto claro qué pensaba el fiscal, puesto que no era un tipo que expresara lo más mínimo sus sentimientos, a menos que se tratara de la rabia. O bien recomendaría a Asuntos Internos que le dieran un aviso, o bien cumpliría su deseo de detener a Peder Fryhk. Ambas alternativas eran buenas razones para morderse las uñas, pero ésa nunca había sido una de sus maneras de distracción. En cambio, su estómago estaba en plena revolución, y ya había ido al baño más veces de las que solía hacerlo un día normal.
Cuando encaró por la pintoresca calle kerbärsvägen consiguió por un momento alejar los pensamientos sobre su reunión con el fiscal, y pensó que algún día le gustaría vivir en un sitio como aquél. En una bonita casa antigua de madera, con un jardín hermoso y llamativas rosas trepadoras, un pequeño huerto donde entretenerse y césped para que el perro pudiera corretear. Y puede que también los niños, si es que algún día los tenía. Vecinos agradables con los que poder tomarse una copa de vino bajo los árboles frutales, hacer barbacoas y jugar al criquet. Ahora, en noviembre, estaba todo vacío y desolado, pero en primavera y en verano el barrio rebosaría de vida, no cabía duda. Los críos seguro que jugaban al fútbol o al tejo medio desnudos en la calle.
De repente vio a un hombre que se agachaba en la acera. Le resultaba familiar de alguna manera, pero aún no le había dado tiempo a pensar de qué lo conocía cuando él se volvió y la miró directamente a los ojos. ¡Era el tipo del día anterior, Thomas Karlsson! ¿Qué estaría haciendo por aquella zona? De manera instintiva, se situó a su altura y bajó la ventanilla, pero antes de que pudiera abrir la boca el hombre echó a correr. Petra salió disparada del coche y fue tras él. Le sacaba una ventaja de unos quince, veinte metros, y le dio tiempo a pensar que debería haber cogido el coche, pero ahora ya era demasiado tarde. El tipo subía corriendo la calle sin mirar atrás, y aunque fuera hombre y ella una mujer, estaba entrenada y siempre se le había dado bien correr.
A pesar de la engorrosa ropa de invierno, iba acortando la distancia, pero Petra no sabía muy bien qué hacer con él si lo alcanzaba. Había dejado su arma en la taquilla de la comisaría; no le habían dado órdenes de llevarla para ir a ver a Ingrid Olsson. En la guantera del coche de paisano tenía unas esposas, lo sabía, pero ¿cómo hacerse con ellas?
Antes de llegar arriba, donde la calle kerbärsvägen cruzaba con Olvonbacken, ya lo había alcanzado. Se le echó encima por detrás con todo su peso y el tipo cayó de bruces sobre el asfalto mojado. Luego se sentó encima de él a horcajadas y le retorció los brazos a la espalda. Cuando recuperó el aliento, Petra sacó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta y llamó a Sjöberg, que respondió antes de que sonara ningún tono.
—Soy Westman —resopló al teléfono—. He detenido a Karlsson delante de la casa de Ingrid Olsson. Necesito refuerzos, de prisa.
Después cortó la llamada y se volvió para guardar el teléfono en el bolsillo.
—Quedas detenido por el presunto asesinato de Hans Vannerberg, Ann-Kristin Widell, Lise-Lott Nilsson y Carina Ahonen Gustavsson. Ahora te vas a quedar quieto y a tranquilizarte, ¿me oyes?
Thomas no dijo nada, no se movió siquiera un milímetro, aunque las lágrimas corrían por su cara y sentía el frío gélido del asfalto impregnándole la mejilla e inundándole el resto del cuerpo hasta abrazarle el corazón y convertirlo en un simple pedacito de hielo.
Doce minutos más tarde estaba esposado sacudiéndose el frío en el asiento de atrás de un coche patrulla.