Miércoles por la mañana

Tras unas horas de sueño intranquilo, Conny Sjöberg se sentó a ojear el periódico de la mañana sin comprender del todo lo que leía. Por su cabeza circulaban las palabras que tenía pensado decir a la viuda, y notaba un nudo en la garganta que no conseguía deshacer. Pensaba en que si Asa moría, él nunca más volvería a ser feliz. Tendría que seguir viviendo por los niños, pero su vida quedaría vacía y sin sentido. Las lágrimas le afloraron a los ojos y el comisario se preguntó si sería capaz de pronunciar siquiera una sola palabra cuando estuviera allí, delante de la señora Vannerberg. «Déjalo ya —se dijo—. Deja de pensar en todo eso, concéntrate en lo que debes decirle y punto.»

De repente Asa entró por la puerta. Se había levantado con sigilo para no despertar a los gemelos y ahora estaba allí de pie, mirándolo. Ella, que lloraba con las mismas películas que él, que sólo necesitaba que le dijera por qué página del libro que estuviera leyendo iba para que a ella también se le humedecieran los ojos. Ella sabía cómo se sentía Conny en ese momento y qué estaba pensando exactamente. Se le acercó y le dio un largo abrazo mientras las lágrimas comenzaban a rodarle por las mejillas hasta humedecer la manga de su bata.

Conny se terminó la tostada con queso, se cepilló los dientes, se vistió y se dirigió hasta su coche. La oscuridad de la noche era todavía compacta, aunque ya fueran las seis y media de la mañana. Un corredor solitario cruzó el parque infantil de la plaza Nytorg en dirección a la calle Sofiagatan. Cuando Sjöberg logró salir de la estrecha plaza de aparcamiento, despertó a Sandén con una llamada para confirmar que no había pasado nada inesperado durante la noche.

—Voy ahora a informar a la viuda —dijo a modo de disculpa—. Sólo quería asegurarme de que se trata de Vannerberg y no de otro.

—Sí, es él —refunfuñó Sandén, dormido.

—Su esposa denunció su desaparición ayer, pero por lo visto desapareció anteayer por la tarde.

—Eso concuerda, ya que las huellas de pisadas que había alrededor de la casa se hicieron sobre la tierra mojada y anteayer llovió. Ayer, en cambio, el tiempo era seco.

—Bien, al menos tenemos algo en lo que basarnos.

—Puede visitarse el cuerpo en el depósito a partir de las cuatro, y los de la científica habrán terminado con el análisis del contenido de los bolsillos para la reunión de las once. Hansson también asistirá.

—De acuerdo, nos vemos luego. Perdona que te haya despertado. Deséame suerte.

—Suerte.

Veinte minutos más tarde se encontraba, aún de noche, en el límite exterior del barrio residencial de Enskede, donde vivía la familia Vannerberg. Aparcó el coche en una plaza para visitantes y buscó la casa. Había luz en la ventana de la cocina y, para su tranquilidad, comprobó que aparte de los niños, había varios adultos en el interior. El comisario respiró profundamente y trató de adoptar una actitud amable y seria al mismo tiempo. Llamó dos veces con el picaporte contra la plancha de latón y, al poco, un hombre mayor abrió la puerta.

—Mi nombre es Conny Sjöberg. Soy comisario de la policía judicial de Hammarby. Me gustaría hablar con Pia Vannerberg.

—Soy su padre. Adelante —le dijo el hombre retrocediendo unos pasos.

Sjöberg entró en el recibidor y se quitó los zapatos. Una mujer de edad avanzada lo saludó amablemente con la cabeza desde la cocina, donde daba de desayunar a los tres niños, pero Conny pudo ver cómo la intranquilidad brillaba en sus ojos. Siguió al hombre hasta la sala. En un extremo de un sofá grande estaba sentada Pia Vannerberg. Rígida y temblando como si tuviera frío, lo miró aterrada. Conny tomó asiento en un sillón, cerca de ella, y el padre se sentó junto a su hija rodeándola con el brazo. Nadie decía nada, así que Sjöberg comenzó a hablar.

—Siento muchísimo tener que comunicarle que hemos encontrado el cuerpo sin vida de su marido... —Apretaba las manos con tanta fuerza la una contra la otra que éstas se habían puesto blancas.

La mujer permaneció inmóvil, sin pestañear siquiera, pero al padre se le escapó una lágrima que resbaló por su mejilla.

—Lo sabía —dijo ella en un tono sorprendentemente natural—. Lo he sabido todo el tiempo. Él nunca se habría marchado así, sin más.

—Siento tener que informarle, además, de que todo apunta a que su esposo ha sido asesinado.

A Sjöberg le chocó la reacción de la mujer, pero más tarde caería en la cuenta de lo evidente que resultaba, pues reflejaba cuanto lo amaba.

—¿Cree usted que sufrió?

—No sabría responder a eso —repuso con entereza—; no sé nada de medicina. Pero, basándome en lo que vi, creo que todo fue muy rápido, él tenía una expresión apacible.

—¿Cómo murió? —continuó Pia Vannerberg, objetiva.

—Todavía estamos esperando el informe del forense, así que es difícil decirlo.

—¿Dónde ocurrió? —insistió ella.

—En una casa no muy lejos de aquí. ¿Sabe usted qué podía estar haciendo allí?

—Fue a visitar una propiedad que querían poner a la venta. Era por la zona, pero no sé exactamente dónde. Se fue a pie.

Sjöberg sintió que la conciencia le remordía por estar aprovechándose del estado de shock de la mujer para interrogarla, pero era importante aclarar algunos detalles cuanto antes y avanzar así en la investigación.

—¿A qué hora se marchó de casa?

—Salió a las seis menos cuarto y dijo que volvería al cabo de una hora más o menos. Íbamos a cenar juntos...

Por primera vez, los ojos de la mujer se despegaron de los de Conny y se quedó mirando las manos, que descansaban temblorosas sobre sus rodillas.

—En seguida los dejaré solos, únicamente me gustaría hacer un par de preguntas más para terminar, si le parece bien —se disculpó él y, sin esperar una respuesta, prosiguió—: ¿Cuándo se lo comunicó usted a la policía?

—Los llamé sobre las diez de la noche, pero no tenían constancia de que hubiese sucedido nada, y me aconsejaron que esperara hasta el día siguiente. Ayer por la tarde, cuando llegaron mis padres, me fui a la comisaría.

—¿Se había sentido amenazado su esposo alguna vez? ¿Tenía enemigos?

—No, en absoluto. Es una persona muy apreciada. Él cae bien a todo el mundo. Caía...

—Por último, sólo un par de cosas más. ¿Hay alguien de su trabajo con quien pueda hablar? ¿Alguien que pueda saber con quién había quedado?

—Tiene..., tenía una empresa junto con su socio, Jorma Molin.

Alargó la mano para coger el bloc de Sjöberg y le anotó rápidamente el nombre y el teléfono del socio.

—Por otra parte, alguno de ustedes debería ir al depósito para confirmar la identidad de la víctima, cuanto antes mejor. Si pudiera ser hoy o mañana...

Pia Vannerberg asintió con la cabeza, escondió la cara en las manos y se acurrucó entre los brazos de su padre. Sjöberg se levantó del sillón, dio de nuevo el pésame a la Familia y pidió permiso para volver al cabo de unos días con más preguntas. El padre asintió amablemente en silencio, a pesar de que las lágrimas no dejaban de caer por su rostro.

Cuando Sjöberg se sentó en el coche, ya se había hecho de día. Sintonizó Radio Estocolmo para acallar sus pensamientos.

Tras estacionar en el sótano de la comisaría, tomó el ascensor hasta la recepción.

—¡Buenos días, señor comisario! —gritó Lotten antes de que las puertas se cerraran del todo a sus espaldas.

—¡Buenos días, señora directora de recepción! —respondió Sjöberg muy animado.

La expresión alegre de Lotten podía hacerle olvidar las penas por un rato a cualquiera.

—¿Algún mensaje para mí?

—Sí, algunos periodistas han llamado preguntando por ti, querían información sobre el asesinato de esta pasada noche. ¿Qué les digo?

—Que llamen a partir de las cuatro.

Subió a pie la escalera y se sirvió una taza de café camino de su despacho, donde tomó asiento con intención de llamar al socio de Vannerberg.

—Inmobiliaria VM, soy Molin, dígame.

La voz sonaba cortés. Sjöberg se presentó y luego explicó:

—Lo llamo por su socio, Hans Vannerberg.

—Sí, ¿sabe dónde está?

—Lo lamento, pero tengo malas noticias para usted. Desafortunadamente, ha fallecido.

—Pero ¿qué co...? —La voz se cortó de repente y se hizo el silencio en el auricular.

—Lo siento mucho, pero tendría que hablar con usted. ¿Puedo pasar por su oficina ahora mismo?

—Sí. Calle Fleminggatan, 68.

—Voy para allá —dijo Sjöberg, y colgó.

El hombre parecía profundamente conmocionado y durante la breve conversación su voz había pasado de ser servicial, a sonar ansiosa y luego consternada. En el momento en que Sjöberg colgó el teléfono, le había parecido oír un sollozo contenido. «Otra persona destrozada a quien confrontar con la horrible realidad», pensó rendido.

Ya eran las nueve y decidió coger el metro hasta la agencia inmobiliaria para evitar la frustrante situación del tráfico del centro de la ciudad. Se puso la chaqueta de nuevo y, de pie, se acabó el café que quedaba en la taza.

—Voy al lugar donde trabajaba la víctima para hablar con su socio —le dijo a Lotten al pasar por recepción—. Díselo a Sandén cuando venga.

Hizo un gesto con la mano para despedirse y salió a la calle.

En el metro aprovechó el tiempo para ordenar mentalmente los pocos datos de los que disponía: Vannerberg había salido de casa a las seis menos cuarto de la tarde del lunes para encontrarse con un cliente en kerbärsvägen, 31, en Enskede, a un cuarto de hora a pie desde su lugar de residencia. Allí vivía una mujer llamada Ingrid Olsson que por lo visto llevaba tres semanas en el hospital. ¿Habían quedado en verse ese día o alguien lo había engañado para que fuera hasta allí porque sabía que la casa estaba vacía? Entró en la casa y lo asesinaron golpeándolo con una silla en la cocina, en la que, por otra parte, no había indicios de pelea. ¿Alguien lo dejó entrar en la casa y, en ese caso, quién? ¿Estaba tal vez la puerta abierta? ¿Lo siguió alguien hasta allí? En el jardín había huellas de pisadas de dos hombres distintos; probablemente algunas de ellas fueran del propio Vannerberg. La esposa se preocupó al ver que no regresaba a casa y llamó a la policía, pero no hizo ninguna denuncia formal hasta el martes por la tarde. Ingrid Olsson volvió a casa más o menos a esa misma hora, encontró el cadáver, regresó al hospital y buscó a Margit Olofsson, que la acompañó a su casa y desde allí llamó a la policía.

Se sacó el bloc de notas del bolsillo interior de su chaqueta, apuntó las preguntas que tenía en mente y anotó una más: «¿Vínculo entre Hans Vannerberg e Ingrid Olsson?» La agencia inmobiliaria estaba situada en los bajos de un edificio de la década de los años veinte. En el escaparate se veían folios con descripciones y fotos tanto de pisos como de casas, ubicados principalmente en el barrio de Kungsholmen y la zona sur de Estocolmo, en las proximidades de donde vivía Vannerberg. Sjöberg pudo ver también algunas cabañas de verano al sur de la ciudad. «Cerrado», rezaba un cartel de madera hecho a mano que colgaba tras el cristal de la puerta, pero el policía llamó de todos modos. Molin le abrió en seguida y lo hizo pasar a una pequeña y ordenada oficina, con dos escritorios y cocina integrada. Le estrechó la mano al hombre, que debía de rondar los cuarenta, la cara llena de cicatrices y el pelo castaño y corto, que le correspondió con una mano relajada.

—Adelante, siéntese —invitó a Sjöberg señalando una de las sillas para las visitas.

Él se sentó a su escritorio entrelazando los dedos de las manos sobre la mesa.

—Cuénteme lo que ha sucedido —dijo cansado, mirando al comisario con unos ojos grandes, marrones y tristes.

Sjöberg le explicó brevemente lo que sabía y Molin siguió el relato sin hacer comentarios mientras su mirada se desplazaba del policía a la ventana y luego al escritorio.

—¿Sabe algo acerca de esa reunión en el número 31 de la calle kerbärsvägen? —preguntó Sjöberg.

—Me dijo que iba a ver a un cliente el lunes por la tarde, pero que primero pasaría por casa. Es todo cuanto sé.

—Quizá tuviera una agenda en la que anotaba las reuniones previstas —sugirió Sjöberg.

—Sí, tenía un almanaque de sobremesa —respondió Molin al tiempo que se ponía en pie.

Sjöberg lo acompañó hasta el escritorio de Vannerberg tratando de evitar las miradas de los niños de la fotografía enmarcada que descansaba junto al calendario.

—Vamos a ver, anteayer...

Molin repasó con el dedo índice las actividades previstas para el lunes y se detuvo en la última línea.

—Calle kerbärsvägen, 31 —dijo—. Es todo lo que pone.

—¿Eran ustedes muy amigos? —preguntó Sjöberg.

—Sí, desde la universidad. Íbamos a la misma clase, y seguimos viéndonos incluso después de la época de estudiantes. Luego abrimos la empresa y aquí hemos estado, codo con codo, durante casi quince años. Últimamente no quedábamos tanto fuera del trabajo: nos veíamos a diario aquí y ambos tenemos familia y eso, pero de vez en cuando nos tomábamos una cerveza y hablábamos de todo un poco.

—¿Sabe si tenía algún enemigo?

—No, lo dudo mucho. Era muy amable con todo el mundo. Y volvía locas a las mujeres.

—¿A qué mujeres se refiere?

—A todas en general. Cuentas, las que te encuentras en el bar, las camareras. Mi esposa... —añadió sonriendo por primera vez.

—¿Cree que tenía una amante? —preguntó Sjöberg.

—En absoluto. Tenía a Pia, y con ella un hombre no necesita a nadie más. Hans estaba enamorado de su familia —dijo Molin lanzando una mirada acongojada a la foto de los niños.

—¿Ningún fantasma del pasado? —intentó Sjöberg de nuevo.

Molin permaneció pensativo unos segundos, pero después negó con la cabeza.

—Nos conocíamos desde que teníamos veinte años y, que yo sepa, nunca se metió en peleas. Su madre es bastante problemática, arma algún lío de vez en cuando, pero él sabe..., sabía manejarla bien.

—¿Qué clase de líos?

—Alguna vez había venido a la oficina pasada de copas y se ponía a maldecir y a gritar, pero él siempre conseguía tranquilizarla. Tiene problemas con el alcohol, podríamos decirlo de ese modo. Problemas económicos, problemas amorosos y todos los problemas que pueda usted imaginar, por lo que parece. Él solía ayudarla en todo lo que podía, prestándole dinero y eso. Supongo que su infancia no fue de lo más feliz.

—Y ¿cómo cree usted que fue?

—Creo que no tenía padre. Por lo menos, no sabía quién era. Su madre le daba bastante a la bebida y a menudo llevaba a algún hombre a casa. Algunos se quedaban por un tiempo y supuestamente le hacían de padre, pero a Hans no le gustaban y supongo que él tampoco les gustaba a ellos; al menos no se preocupaban por él. También debía de gustarles beber. Se mudaban a menudo, y de niño Hans era bastante peleón. Hacía novillos, se metía en broncas y una vez por lo visto le rompió el brazo a un compañero de clase. Al final decidió quedarse en Norrköping y sacarse el bachillerato cuando la madre se fue a vivir a Malmö. Entonces tuvo que apañárselas solo, y lo hizo. Creo que a partir de ahí su vida cambió radicalmente, por así decirlo.

—Me gustaría echarle un vistazo a su escritorio —dijo Sjöberg—. ¿Le importaría seguir haciendo memoria, a ver si recuerda algo que pudiera arrojar un poco de luz a la investigación?

—Claro, por supuesto —respondió Molin volviendo a su sitio y descansando la vista encima de su rebosante mesa con expresión cansada.

Sjöberg examinó de manera sistemática el contenido de los cajones de Vannerberg, pero lo único que encontró fue material de oficina. Echó un vistazo a algunos dossiers de casas en venta sin encontrar nada de interés, ni para el caso ni para sí. Por último ojeó el almanaque entero tratando de descifrar la caligrafía del difunto. Comprobó que en el calendario sólo constaban los asuntos relativos al trabajo o, por lo menos, al horario laboral. A veces se leía la palabra «Visita» seguida de una dirección, en ocasiones sola y otras acompañada de un nombre. Encontró unas pocas visitas al dentista, al barbero y a la estación de inspección de vehículos, pero su mirada se clavó en una que había tenido lugar tres meses antes: «Visita, kerbärsvägen, 13.»

—Oiga —dijo Sjöberg—, ¿qué es esto? Una visita el 15 de agosto en kerbärsvägen, 13.

Molin lo miró interrogante, hizo girar su silla y sacó un archivador del estante que tenía detrás.

—Vamos a verlo aquí... —murmuró, y empezó a pasar las hojas sabiendo lo que buscaba—. Aquí está.

Se levantó con el archivador abierto y dio unos pocos pasos hasta el escritorio donde estaba Sjöberg para ponerlo sobre la mesa.

—Esta propiedad la vendí yo —dijo, todavía pensativo—. Me pregunto por qué la visita estaba apuntada en el almanaque de Hans.

Desplazó la mirada del dossier al almanaque.

—¡Ya me acuerdo! —exclamó aliviado señalando con el dedo la línea de abajo—. Hans tenía que visitar una cabaña en Nynäshamn un poco más tarde el mismo día, junto con un perito y un comprador, y pensó que no podría llegar a tiempo si hacía esta visita. En general, él se encargaba de todas las ventas en esa zona porque vivía muy cerca, pero ésta al final la cogí yo.

—¿No es un poco raro...? —empezó a decir Sjöberg, pero Molin lo interrumpió.

—Esto debe de ser lo que sucedió: la casa situada en el 13 de la calle kerbärsvägen se la vendí a una familia que se instaló hace apenas unas semanas. El negocio estaba cerrado, pero el comprador llamó la semana pasada diciendo que el vendedor se había llevado algunas cosas que él consideraba que debían ir con la casa: el microondas, varios apliques, cables que arrancó de las paredes y un gran macetero que el día de la visita estaba en el jardín; ahora sólo queda una gran base de cemento que molesta a la vista. En cualquier caso, Hans prometió que pasaría a echar un vistazo cuando tuviera un rato libre. Sin duda, allí era adonde iba el lunes por la tarde, pero por lo visto anotó mal el número de la calle. Él no sabía... El cliente era mío y él nunca había visto la casa...

Molin se interrumpió. Parecía afectado.

—¿Qué fue lo que sucedió? —añadió a continuación—. ¿Lo siguió alguien o había algún loco en el número 31 que pensó que Hans era un intruso o algo parecido? ¿Qué clase de persona hace una cosa así?

Sjöberg le dio unas palmadas en el hombro.

—Trataré de descubrirlo, lo prometo. Tengo que irme, pero puede que vuelva a llamarlo con más preguntas.

Eran las diez y media cuando volvía a caminar por Fleminggatan en dirección a la boca del metro para llegar a tiempo a la reunión. En el aire flotaban algunos copos de nieve. Era un día gris de noviembre, sin rastro de sol. Se formuló dos nuevas preguntas que tendría que anotar en cuanto se sentara: ¿quién era el padre de Vannerberg, y quién había estado en casa de Ingrid Olsson durante su estancia en el hospital?

A las once y ocho minutos estaban ya todos congregados en la sala ovalada, sin ventanas, donde solían celebrar las reuniones. Aparte de Sjöberg, estaban también presentes los inspectores Jens Sandén y Einar Eriksson, los oficiales Jamal Hamad y Petra Westman, la inspectora de la policía científica Gabriella Hansson y el fiscal Hadar Rosén. Sobre la mesa tenían todos una taza de café, excepto Westman, que prefería el té. Sjöberg estaba ligeramente irritado porque un grupo tan pequeño fuera incapaz de respetar la hora, pero en esa ocasión Rosén había sido el último en aparecer, y como él era quien tenía la responsabilidad formal de la investigación, se vio obligado a morderse la lengua.

El comisario dio inicio a la reunión con un resumen de los acontecimientos y describió luego su encuentro con la familia de la víctima y la visita al socio del fallecido. El fiscal hizo diversas preguntas y de vez en cuando solicitaba alguna aclaración, pero por el momento parecía satisfecho con la investigación. Hansson informó después sobre los hallazgos de la científica y confirmó que con total seguridad la muerte se había producido en la cocina, y que en una de las sillas había restos de sangre y podía considerarse el arma del crimen. Obviamente era tarea del forense comprobar las causas de la muerte, la hora y la posible arma, pero el cuerpo había llegado al depósito de madrugada y no podría emitir un dictamen preliminar hasta el mediodía, como muy pronto.

Hansson continuó explicando que dentro de la casa habían encontrado un montón de huellas dactilares que aún no habían sido procesadas, y que incluso había huellas de zapatos, tanto en el interior como en el jardín. Como tantas otras veces antes, Sjöberg constató que Gabriella Hansson era una profesional extremadamente competente: correcta, rápida, con iniciativa y por completo centrada en su tarea. El comisario le recordó que examinara bien los accesos a la casa, pero ella le informó de que ya lo habían hecho y no habían hallado indicios de que hubieran sido forzados. Por otro lado, como se trataba de cerraduras muy antiguas, cualquiera que quisiera entrar podía abrirlas fácilmente metiendo un simple peine metálico entre la puerta y el marco, o bien introduciendo un alambre en la propia cerradura.

—La esposa de la víctima —continuó Sjöberg— asegura que Vannerberg iba a ver a un «vendedor». Su compañero, Jorma Molin, en cambio, concluyó que Vannerberg iba a ver a un «comprador» en el número 13, no en el 31, donde tuvo lugar el asesinato, y que habría apuntado mal la dirección en su almanaque. Podría tratarse de una explicación lógica, dado que Ingrid Olsson no parece encajar en ningún sitio en todo esto. Petra, tú ve a hablar con Pia Vannerberg, pero no lo hagas hasta mañana, a ver si sacas algo en claro al respecto. Intenta descubrir también todo lo que puedas sobre Vannerberg, y comprueba si tenía alguna agenda en casa. Y, ya que estás, aprovecha y habla con los suegros, por si tuvieran algo que añadir. Hoy puedes ponerte en contacto con el comprador del número 13, a ver qué dice sobre la supuesta cita. También me gustaría que fueras a la calle Fleminggatan y echaras un vistazo al ordenador de Vannerberg. Examina sus documentos, especialmente los privados, si es que encuentras alguno. Repasa todas las cartas y los e-mails enviados y recibidos. Sandén irá a ver a las señoras Olofsson y Olsson para interrogarlas en profundidad. Pregúntale a Ingrid Olsson si tenía pensado vender la casa y si por casualidad tenía cita con un agente inmobiliario.

Comprueba si ha tenido visitas no deseadas antes. Si Vannerberg fue allí por error, podría haberlo asesinado alguien que fue sorprendido in fraganti, alguien que no debería haber estado allí. Margit Olofsson parece quedar al margen de todo esto, así que habla con ella a solas y sondéala respecto a Ingrid Olsson: qué tal es como persona y cuál ha sido su reacción a raíz de lo ocurrido. Quizá le haya dicho algo en privado que nos pueda ser de ayuda. Y sobre todo no olvides tomarles las huellas; imagino que la casa estará repleta. Jamal, tú revisarás la casa cuando los técnicos hayan terminado. Busca objetos de valor, documentos personales y cualquier cosa que pueda ser de interés para la investigación. Einar, tú busca a Vannerberg en todos los registros imaginables. Mira a ver si le encuentras un padre y échale también un vistazo a la madre; quizá haya estado metida en líos con la justicia. Investiga también a Jorma Molin, por si acaso. Yo intentaré ponerme en contacto con la madre de Vannerberg, a ver si tiene algo que aportar. ¿Alguien quiere añadir algo?

—Tengo el contenido de los bolsillos de la víctima —dijo Hansson un poco picara, al tiempo que mecía una bolsa transparente que sujetaba entre el pulgar y el índice.

—Es verdad, casi se me olvida —declaró Sjöberg—. A ver qué tenemos.

Hansson abrió la bolsa con un rápido movimiento y vació el contenido sobre la mesa.

—Un chupete, algunas monedas (cuatro con cincuenta, para ser más exactos), algunos cupones de descuento del supermercado Konsum, un llavero, una caja de picadura de tabaco y una cartera. En ella había setecientas ochenta coronas, tarjetas de Konsum, Eurocard, carnet de conducir, carnet de socio del club deportivo SATS, tarjetas de crédito del banco Nordea y una tarjeta de un videoclub.

—Qué emocionante —señaló Westman.

—Un tipo decente, vaya —comentó Sandén.

—Sin sorpresas. Gracias, Bella —dijo Sjöberg—. Eso es todo por hoy.

Las siete sillas se arrastraron sobre el parquet con un ruido ensordecedor y todos salieron de la sala. Sandén preguntó si se apuntaban a comer algo en el Café de Lisa, y Sjöberg respondió que de buena gana. Era la una y la tensión de dirigir la reunión le había hecho olvidarse de necesidades básicas como comer o ir al baño. Tras haber oficiado una de esas necesidades, recogió la chaqueta en su despacho y bajó corriendo la escalera hasta la recepción, donde lo esperaba Sandén.

—¿Algún mensaje, Lotten? —preguntó a la recepcionista mientras salía por la puerta.

—¡Montones! —respondió ella.

—¡Después de comer! —le dio tiempo a gritar antes de que las grandes puertas de cristal se cerraran a sus espaldas.