Diario de un asesino, noviembre de 2006, lunes
¡Pero qué fácil es! Basta con meterte en la vida de la gente y después salir otra vez, como si no hubiera pasado nada. Está chupado. Es la ventaja de ser invisible como yo. Vale que cuando quieres que te vean nadie te ve, pero cuando no quieres que te vean, como ahora, resulta perfecto.
Yo formo parte del grupo de la gente invisible. La gente que va agachada por la vida, independientemente del tiempo que haga o de las crisis que haya. Nosotros siempre estamos en recesión, siempre en la niebla. Nos agachamos por miedo a recibir un puñetazo en la cara o una patada en la boca del estómago, aunque sin necesidad, porque de todos modos nadie nos ve.
Nadie me mira y piensa: «Bonito peinado, creo que me lo voy a hacer yo también.» Nadie me mira y piensa: «¡Uf, qué chaqueta tan fea! ¡Hace ya años que no se llevan!» Simplemente, nadie me ve. Aunque esté en medio, aunque les sostenga la puerta abierta, aunque me levante para cederle el sitio a alguien en el metro ni aunque no lo haga. Ahora. Antes sí me veían. Los demás niños. Los adultos, no. En preescolar yo brillaba como un gran rótulo luminoso que decía: «¡Mirad qué cosa tan fea y ridícula! ¡Llevo ropa rara y digo cosas raras! ¡Pegadme y humilladme, por favor! ¡Sacadme lo anormal a golpes para que así pueda convertirme en una persona de verdad!» Pero no lo consiguieron. Porque llegué a ser una persona adulta, pero no a ser normal.
Nadie me vio cuando compré el billete a Katrineholm. Nadie me vio allí mirando el paisaje de mi infancia por la ventana. Los montes de encinas y los lagos de Södermanland, sus bosques encantados y sus dehesas. Incluso en su triste atuendo de noviembre, el paisaje de esa comarca es el más bonito de todo el planeta. Y el tren se detiene en Katrineholm. La madre naturaleza es provocadora: incluso el sol tiene manchas, dicen.
Recorro a pie el pequeño tramo hasta la calle de mi niñez, y la de Lise-Lott. Desde la estación de ferrocarril sólo hay que coger la calle Storgatan, que luego cruza la avenida Stockholmsvägen, y seguir un trozo. Luego, a la izquierda en dirección al colegio Ostra Skolan y ya está. Después de todos estos años, ella todavía vive en ese lugar dejado de la mano de Dios. Si me hubiese quedado, habría muerto hace tiempo. Pero yo sigo con vida; Lise-Lott, ya no.
Aunque será mejor que no nos adelantemos a los acontecimientos. Camino sorteando las casas de alquiler y entro en el parque comunitario. Es el mismo parque pero con nuevos columpios para los críos. Hay unos niños jugando en el foso de arena mientras sus madres los vigilan sentadas en un banco. Por lo demás, el parque está vacío. Los arbustos, con esas bayas grandes y blancas que estallan cuando las pisas, siguen creciendo pegados a las paredes de las casas. Antes, para mí eran tan grandes que podía pasar por detrás de ellos, jugar al escondite y hacer cuevas bajo ellos. Ahora me parecen bastante insignificantes.
Fue allí donde Lise-Lott y algunas más, su hermana y otras amigas del parque, me arrancaron la ropa y me embadurnaron de barro. Colgaron las prendas en el rocódromo y, cuando se acabó el juego, yo tenía dos opciones: cruzar en cueros el parque y recoger mi ropa ante la mirada de todo el mundo, o bajar a los trasteros y esconderme. Escogí esto último y, más tarde, cuando los niños se habían disipado y me atreví a salir allí de nuevo para coger mis cosas, ya no estaban. Ni la ropa ni los niños.
El rocódromo. Lo han cambiado por otros nuevos, un modelo más moderno con muro de escalada, cuerda y tobogán incorporados. En el viejo, una especie de esfera gigante rodeada de barras de hierro rojas, podías entrar en cuclillas, trepar hasta lo alto y colgarte de las piernas. Allí pasé una tarde entera con Lise-Lott y sus amigas acosándome. Estaba arriba del todo con las piernas colgando, sudando por el miedo de pensar en lo que me sucedería si bajaba. Me arrojaban terrones y bolas de nieve, intentaban hacerme bajar tirándome de los pies, pero yo me cogía a las barras como si me fuera la vida en ello. Me gritaban y hablaban de mí, de mi cara fea y de mi estupidez, y de vez en cuando se alejaban un poco para engañarme y hacerme bajar, pero cuando yo lo intentaba aparecían corriendo de nuevo. Todo acabó cuando Lise-Lott metió unos cristales en una bola de nieve y me la arrojó. A causa del dolor que me provocaba uno de los vidrios, que me hizo un corte profundo en la nuca, me solté y caí al suelo, lo que me causó una conmoción cerebral. Para deleite de los niños, vomité, pero cuando vieron sangre salieron corriendo. Fui tambaleándome hasta casa, me llevaron al hospital, me cosieron la herida y tuve que quedarme unos días en cama. Algo es algo.
El padre de Lise-Lott me encerró en el sótano una vez porque le dije a su hija que mi padre era policía; me lo había inventado, obviamente. Su padre tampoco lo era, aunque supongo que solía decirlo para que nadie se atreviera a meterse con ella, pero por lo visto sí tenía derecho a encerrar a la gente. Si no recuerdo mal, trabajaba de enfermero en Karsudden, un hospital mental para criminales peligrosos. Imagino que fue allí donde aprendió el castigo. Funcionó a la perfección: nunca más mentí sobre mi padre, pero Lise-Lott continuó metiéndose conmigo. En casa no opinaban que fuera muy buena idea encerrar a la gente en el sótano, así que nunca lo probamos con ella, a pesar de que yo lo pedía con insistencia.
Tras recordar durante un rato mi miserable niñez, entro en el edificio en el que ahora vive Lise-Lott por la entrada del sótano. En la escalera me cruzo con su madre, que precisamente sale de su piso. Por tanto, Lise-Lott debe de estar en casa y, además, me fijo en que la puerta no queda cerrada con llave, lo que me facilita muchísimo las cosas. Su madre está como siempre: ha engordado algunos kilos, pero lleva la misma permanente de vieja, la misma boca de rumiante mascachicles y la misma expresión enfadada y soberbia. Evidentemente, no me ve, a pesar de que nos rozamos al cruzarnos en la escalera. Antes de que la puerta se cierre oigo las voces tenues de la tele en el interior del piso. Ahora ya sé dónde está.
Subo un par de escalones más y espero unos minutos junto a una ventana que da a la calle. Oigo la puerta de entrada otra vez y alguien sube corriendo. El cartero pasa a toda prisa por mi lado sin percatarse de mi insignificante figura y en seguida vuelve a la escalera para continuar la entrega del correo por el edificio. Esta vez tampoco me ve.
Cuando desaparece, bajo al piso de Lise-Lott, abro la puerta con cuidado, entro en silencio en el recibidor, cierro sin hacer ruido y echo el cerrojo.
Está sentada con los pies dentro de un barreño con agua y un cigarrillo en la mano, viendo una estúpida telenovela que echan en la televisión. Pienso que la realidad supera muchas veces la ficción, y entro en la zona iluminada. Ni siquiera parece sorprenderse, sólo se me queda mirando con desgana por debajo del flequillo y me pregunta: «¿Qué pasa aquí?» Se lo explico mientras ella me mira y luego mira de nuevo el televisor sin inmutarse.
—No recuerdo nada de eso —se limita a decir, y da unas caladas a su cigarrillo antes de volver a la telenovela.
Doy unos pasos al frente y la agarro de la nuca con una mano.
—Pues intenta recordar —le digo amenazante, pero ella sólo me mira interrogante.
—¿Qué coño haces? —replica, tranquila—. ¿Estás mal de la cabeza o qué?
—Puede ser —le respondo.
—¡Suéltame! —me dice, irritada.
—Recuérdame —le ordeno yo clavándole los dedos en la nuca—. ¿Te acuerdas de lo que me hiciste en el cuello?
Intento hacerle recordar, se lo explico, pero ella no deja de mirarme embobada. Entonces la tiro al suelo, hago que se ponga de rodillas, todavía sujetándola con fuerza por la nuca, y le hundo la cabeza en el barreño. La mantengo sumergida un rato mientras ella agita los brazos y los pies, sin soltar el cigarrillo entre el dedo índice y el corazón. Cuando al final la saco, parece que ha espabilado. Resopla y parpadea para quitarse el agua de los ojos y poder verme con claridad.
—¿Qué quieres que haga? —gimotea cuando recupera un poco el aliento.
—Quiero que recuerdes —le digo sin soltarle la nuca—. Que recuerdes, que comprendas y que me pidas perdón.
—¡Pero es que no me acuerdo! Yo no tengo la culpa...
—Tienes que recordar —la interrumpo—, tienes que recordar cómo me atormentabais día sí, día también. Debes comprender que no se puede maltratar a una persona como hacíais tú y tus amigas sin dejar huella. Una huella profunda, irreparable. ¿No lo entiendes? ¿No entiendes que podría ser uno de tus hijos el que estuviera ahí fuera en el barro con la cara destrozada y la ropa hecha jirones? ¿Cómo te sentirías, eh?
—Me... me sentiría fatal —gimotea, y empiezan a brotar las lágrimas, que resbalan hasta mezclarse con los chorretones de agua que le caen por las mejillas.
—Entonces, ¿por qué lo hacías? —pregunto con resignación.
—¡Pero si no sé si lo he hecho! —grita ella, desesperada—. Sólo éramos niños, no puedo creer que...
Me canso de su cháchara y su mala memoria, así que vuelvo a sumergirle la cabeza en el agua, más tiempo ahora. Veo cómo el cigarrillo se va consumiendo hasta tocarle los dedos y al final lo suelta porque le quema. Cuando la vuelvo a sacar está totalmente agotada y ya no tiene fuerzas para sostenerse de rodillas, así que tengo que soltarle la nuca y levantarle la cabeza agarrándola por el pelo. Se la sacudo de un lado a otro y ella tose y resopla durante varios minutos sin conseguir pronunciar una sola palabra. Mientras tanto, le hablo de sueños destrozados, de una infancia sin sol, de una vida en soledad y de una alma desnuda y marchita. Cuando por fin recupera la facultad de hablar, deja escapar un «perdón». No la creo, pero no importa, va a morir de todos modos.
—Tu sufrimiento ha sido muy corto —le digo—. El mío ha durado treinta y ocho años. Pero se me está cansando el brazo. Adiós, Lise-Lott.
Por última vez le meto la cabeza en el agua, aunque ella ya se ha rendido. Se agita de modo reflejo un rato y luego se queda quieta. La dejo donde está, de rodillas, caída sobre el barreño, pero no puedo evitar volver a colocarle la colilla entre los dedos antes de levantarme.
En la tele están discutiendo y alguien sale de la habitación dando un portazo. Me marcho tranquilamente y cierro la puerta con cuidado, dejando atrás a Lise-Lott.