Martes por la noche
Tras varias semanas en el hospital, por fin podía regresar a casa. Por fin porque echaba en falta poder dormir en su propia cama, sentarse sola frente a su propio televisor y poder escoger el programa que quería ver, con su propio café recién hecho humeando en la taza sobre la mesita situada frente al sofá. Echaba de menos el olor de su casa, el perfume de su jabón y también el del lavavajillas, así como el agradable aroma de viejas mermeladas caseras que había ido impregnándose en las paredes.
Por otro lado, a decir verdad, no era en absoluto «por fin», ya que tenía dificultades para caminar tras la fractura de fémur, y le resultaría engorroso tener que arreglárselas completamente sola. Su interés por la comida había ido menguando con el paso de los años, ahora ya casi no le encontraba sabor, pero aún así tenía que comer, y el hospital resultaba muy práctico en ese sentido: te lo servían todo, y tú no tenías que preocuparte de la compra, de la cocina ni de fregar.
El chico del servicio de transporte dejó la maleta de viaje junto a la puerta de entrada y esperó pacientemente a que ella sacara el manojo de llaves del bolso. Introdujo la llave en la cerradura con cuidado y, con un chasquido, la puerta se abrió.
—¿Quiere que la ayude a entrar? —preguntó el muchacho con amabilidad.
—No, no es necesario. Podré arreglármelas sola. Gracias por todo —respondió ella mientras se despedía con un gesto de la mano.
—¡Vaya con cuidado, y recupérese pronto! —se despidió el joven mientras bajaba los escalones de espaldas para cerciorarse de que la mujer podía entrar sola en casa.
Tras encender la luz del vestíbulo, Ingrid se limpió los zapatos en la alfombrilla, apoyó la muleta en el rincón junto a la puerta y dio un paso hacia el perchero, frente al que se quitó el abrigo con cierto esfuerzo mientras se balanceaba sobre la pierna sana. Se estiró para coger una percha cubierta de terciopelo rojo con flecos dorados en la que colgó el abrigo. Luego dio un par de pasos más hasta sentarse en un taburete. Se quitó las botas de piel y las colocó de manera simétrica bajo el perchero, estiró el brazo hasta alcanzar la maleta y descorrió la cremallera lateral. De la maleta sacó un par de zapatillas anatómicas, deslizó los pies en su interior y, apoyándose en la pared, logró incorporarse de nuevo.
Con ayuda de la muleta atravesó el vestíbulo, echó un vistazo rápido e insatisfecho a su imagen en el espejo y siguió avanzando en dirección a la cocina. Se detuvo en el umbral de la puerta y se inclinó hacia adelante para alcanzar el interruptor que estaba junto al marco.
En mitad de la acción se percató de que había un olor extraño. Los olores de siempre seguían allí, pero entre lo conocido, algo extraño se abría paso hasta sus orificios nasales. Olía a piel. Piel y... ¿heces? Luego encendió la luz.
En un primer momento se quedó sin aliento, petrificada, sin comprender lo que estaba viendo. Al cabo de unos segundos, sin embargo, su cerebro logró asimilar la imagen del hombre que yacía muerto en el suelo y comenzó a hiperventilar. Se acercó a trompicones hasta una de las sillas que había alrededor de la mesa y la sacó de debajo para dejarse caer en ella a continuación. No era capaz de apartar la mirada de la masa sanguinolenta que era el rostro, mientras permanecía sentada largo rato sin hacer otra cosa más que pensar en espirar e inspirar, espirar e inspirar sin prisa, pausadamente. Transcurrieron varios minutos hasta que su respiración se normalizó. Se dio cuenta entonces de que todo lo demás estaba en orden: no habían tocado nada de la encimera y las seis sillas estaban colocadas de manera simétrica alrededor de la mesa redonda. No había rastro de ninguna pelea, sólo un hombre tumbado en el suelo. Un hombre muerto. Santo cielo, ¿quién podía ser? Y ¿por qué diablos estaba allí, en su cocina?
Se incorporó de nuevo con gran esfuerzo y caminó hasta el teléfono que colgaba de la pared del vestíbulo. Descolgó el auricular y permaneció un instante pensativa antes de marcar el número de la compañía de taxis. Tras haber solicitado uno que, según la operadora, no tardaría en llegar más de diez o doce minutos, deshizo todo lo que había hecho anteriormente: se quitó las zapatillas, las metió en la maleta, cerró la cremallera, se puso las botas y el abrigo, apagó las luces y cerró la puerta con llave. Luego bajó por el caminito con el bolso colgado al hombro, la maleta en una mano y la muleta en la otra hasta llegar a la acera, donde aguardó el taxi.
—¡Ingrid! —exclamó sorprendida la enfermera Margit—. ¡Creía que tenía usted ganas de regresar a casa!
Margit Olofsson era una mujer de mediana edad, alta, de formas redondeadas y una melena de color rojo intenso, el tipo de persona que irradia atención humana y maternal.
—Margit, ha ocurrido algo terrible...
—Ingrid, querida, siéntese, por favor, ¡tiene muy mal aspecto! ¿Ha pasado algo? ¿No se encuentra bien?
Margit Olofsson tomó a la mujer del brazo y la acompañó hasta una de las butacas de la recepción del hospital. Bajo su bata blanca asomaban unos vaqueros desgastados por numerosos lavados.
—No sabía qué hacer... —dijo Ingrid en tono suplicante—. Estaba confundida y no sabía a quién acudir... Hay... No te rías de mí pero... hay un hombre muerto en mi cocina.
—¡Dios santo! ¿Quién es?
—No lo sé. Nunca lo había visto. No han sido ladrones ni nada parecido, no han tocado nada. Sólo está allí tumbado, muerto.
—Parece una locura... ¿Está usted segura de que está muerto?
—Totalmente. Eso se nota. Todo está... en silencio, quieto.
—Debe de haberse asustado mucho.
—Sí, por eso he vuelto.
—Sí, claro. Ay, cielo... —Margit trató de consolarla pasándole el brazo por encima de los hombros—. Habrá llamado usted a la policía, ¿verdad?
—Yo... No —reconoció Ingrid—. Me parecía tan irreal. No podía...
Lo primero que pensó la enfermera fue en llamar a la policía, pero de pronto se le ocurrió que quizá Ingrid Olsson no estaba del todo en sus cabales. La estudió pensativa unos segundos y echó un vistazo al reloj.
—Haremos lo siguiente: yo salgo dentro de dos horas y media; después iremos juntas a su casa y entonces decidiremos qué hacer, ¿de acuerdo?
—Sí, está bien.
—¿Se ve con fuerzas suficientes para esperar tanto rato?
—Sí, no te preocupes.
—Iré a buscarle algo para comer y una revista.
La enfermera se alejó a paso ligero con los zuecos traqueteando contra el suelo de mármol. Al poco estaba ya de vuelta con café, ensaimadas, galletas y un montón de revistas femeninas.
—¿Estará usted bien?
—Sí, sí. Gracias, Margit. ¡Qué buena eres!
—Entonces nos vemos más tarde. ¡Hasta luego!
E Ingrid se quedó allí sentada consigo misma pero sin sentirse muy sola, ya que estaba convencida de que Margit lo gestionaría todo del mejor modo posible.
Cuando la enfermera estuvo por fin de vuelta, había cambiado la bata blanca del hospital por un vestido ancho y negro de algodón y un plumón desabrochado de color azul que se agitaba a medida que se acercaba a Ingrid. Los zuecos habían sido reemplazados por un par de botines negros, y el traqueteo, por unos pasos prácticamente inaudibles.
—Tengo el coche en el aparcamiento —le dijo a Ingrid con una cálida sonrisa al tiempo que le ofrecía su brazo para que se apoyara al levantarse de la butaca—. ¿Se ha aburrido mucho?
—Qué va, en absoluto. He estado leyendo todo el tiempo.
Las mujeres salieron juntas del hospital y bajaron, a paso de tortuga, por una pequeña cuesta hasta llegar a un camino enlosado. Pasaron entre unos arbustos de agracejo y finalmente alcanzaron la enorme explanada del aparcamiento. Tras superar unas cuantas hileras de coches se detuvieron junto a un Ford Mondeo de color blanco. Margit abrió el vehículo accionando un botón del mando y ayudó a Ingrid a tomar asiento en el lado del acompañante.
—Así ha hecho algo de ejercicio, Ingrid. Es bueno que camine usted un poco. Puede tomárselo como parte de su rehabilitación.
Ingrid le sonrió a la amable enfermera cuando ésta subió a su lado en el vehículo, tras el volante. Le costaba creer que de verdad hubiera un cadáver en su cocina. ¿Y si lo hubiera imaginado todo? Quizá las pastillas para el dolor le estaban provocando alucinaciones. Resultaba de lo más inverosímil que hubieran asesinado a alguien en su casa.
Cuanto más se acercaban a su domicilio, más se tambaleaban los cimientos de la falsa seguridad en la que la habían sumido las revistas durante las horas pasadas en la recepción del hospital. Había un cadáver en la cocina. Punto. ¿Cómo se vería afectada su vida en adelante por ese motivo? Lo más probable era que la casa se llenara de policías y técnicos forenses que lo examinarían todo con lupa en busca de huellas dactilares y pistas. ¿Quién iba a limpiarlo todo cuando se fueran? Colocarían un precinto amarillo alrededor de la casa y los vecinos se acercarían a curiosear. Periodistas, quizá. Interrogatorios.
Sin duda tendría que pasar mucho tiempo antes de que su vida volviera a la normalidad. Aunque, ¿sucedería eso realmente algún día? ¿Podría llegar a sentirse a gusto en una casa donde un asesino desconocido había matado a otro hombre? Bueno, era muy poco probable que así fuera. Lo mejor sería desterrar todo aquello de su mente y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Aun así, ella no estaba involucrada de ninguna manera en el asunto, sólo había tenido mala suerte. A diario moría gente asesinada, en Suecia y también en otros lugares. Una no podía estar preocupándose continuamente por esa clase de cosas, aunque lo que tenía de particular ese asesinato era que había tenido lugar en su propia casa. Debía hacer borrón y cuenta nueva, olvidarse del tema y seguir con su vida.
La subida por el caminito, ambas cogidas del brazo en plena oscuridad de noviembre, se le hizo interminable. La grava crujía bajo sus pies, y la única luz con la que contaban era la que arrojaba una farola situada a un lado del sendero y el aplique de pared en la escalinata. La temperatura rondaba los cero grados y los vientos otoñales del norte doblegaban las copas desnudas de los árboles frutales y hacían tiritar de frío a las dos mujeres.
En cuanto la enfermera abrió la puerta y metió la nariz en la casa, percibió el nauseabundo olor. Ingrid lo notó ahora de inmediato, y le pareció curioso no haber reparado en seguida en él la vez anterior. Encendió la lámpara del vestíbulo y permaneció de pie en la entrada mientras Margit se desprendía rápidamente de sus botas, iba hasta la cocina, se detenía en el umbral y buscaba a tientas el interruptor. Cuando se encendió la luz, la enfermera miró a su alrededor unos segundos hasta que sus ojos encontraron lo que andaban buscando. Sin dudar ni un instante se abalanzó sobre el cuerpo inerte que yacía en el suelo, metió sus habituados dedos bajo el cuello de la camisa en busca del pulso y en seguida pudo constatar lo que ya sabía: el hombre estaba muerto. Se incorporó y fue hasta el teléfono.
El comisario Conny Sjöberg estaba tumbado en su sofá frente al televisor viendo «Bolibompa», el programa infantil de la tarde. En su regazo tenía a un enloquecido bebé de un año que daba saltos arriba y abajo intentando hacerse con las gafas de su padre, a pesar de las continuas advertencias más o menos estrictas de éste. Las gafas estaban ya tan manchadas de huellas que el policía apenas podía ver a través de ellas. Junto al revistero había otro pequeño que sacaba todo cuanto encontraba y lo esparcía a su alrededor. Sjöberg constató de nuevo —ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo había pensado— que necesitaban archivadores de manera urgente, y se prometió que los compraría al día siguiente. Delante del televisor, de rodillas en el suelo, había una señorita de cuatro años de edad, totalmente absorta ante la contemplación de una cebra, una jirafa y dos ositos de peluche que ponían orden en un dormitorio infantil. Como si se encontrara en el lugar más seguro del planeta, permanecía por completo ajena a la guerra que se estaba desarrollando a su alrededor, mientras seguía con interés el programa sin hacer el menor caso a la devastación de los gemelos.
sa, la esposa de Conny Sjöberg, estaba en la cocina recogiendo la mesa de la cena acompañada de su dicharachera hija de seis años, a la que le encantaba fregar los platos. Sjöberg podía oír desde el sofá su aguda vocecita incluso a través del ruido del televisor y los gritos salvajes de los dos bebés. El hijo mayor, Simon, de ocho años, había ido a casa de un vecino después del colegio; de lo contrario, la familia estaría ahora al completo.
El piso de los Sjöberg era un prodigio de orden y limpieza, teniendo en cuenta el número de personas que vivían en él. Cabe decir que se trataba de una necesidad vital para el bienestar del padre de familia, por lo que era él quien se ocupaba de que todo estuviera en su sitio. Cuando los niños llegaban a casa y empezaban los juegos, los baños y la preparación de la cena, el hogar podía causarle a un espectador no habituado una impresión de caos general. Pero cuando daban las nueve y los críos estaban en la cama, ya no quedaba ni rastro de la actividad que había tenido lugar poco antes.
Lo mismo ocurría por la mañana: a pesar de que siete personas se hubieran pasado dos horas correteando por la casa como gallinas, cualquier indicio del ajetreo desaparecía en cuanto la puerta de la calle se cerraba tras la última. Sjöberg se decía que para los niños era bueno partir del orden cada vez que iban a generar un nuevo caos, aunque en realidad se trataba más bien de que a él le costaba poner en orden sus pensamientos si a su alrededor no estaba todo en su sitio. Como comisario de la policía judicial, era importante para él poder organizar sus pensamientos basándose en determinadas pautas, listas y tablas, pero eso resultaba sencillamente inviable si había algo que le molestara a la vista.
El piso de la calle Skånegatan, muy cerca de la plaza Nytorget, era grande, tenía cuatro dormitorios y una cocina generosa, pero aun así se quedaba pequeño. Los gemelos compartían habitación y las niñas también. Simon tenía su propio espacio, pero dentro de no mucho tiempo las chicas también necesitarían estar separadas. Además, empezaba a urgirles otro aseo. Las mañanas se hacían insufribles porque siempre había cola para entrar, y para poder estar un rato tranquilo con el periódico mientras desayunaba, Sjöberg siempre se levantaba el primero. A las cinco y media ya se ponía en marcha, se afeitaba, se duchaba, encendía la cafetera eléctrica, se preparaba un par de tostadas con queso y cogía el periódico. Podían pasar veinte minutos antes de que el resto del mundo asomara la cabeza, y una vez esto sucedía no era poco lo que había que hacer en un breve espacio de tiempo. Había que calentar biberones, cambiar pañales, untar tostadas, buscar ropa y vestir a los niños, trenzar pelos y cepillar dientes. E, inundándolo todo, un constante bullicio de voces, piececitos que saltaban y correteaban, muebles que cambiaban de sitio y aquel maldito cochecito de pedales que en el piso de abajo sonaba como si se hubiera desatado la ira del mismísimo dios Tor. Puede que no pareciera una situación envidiable, pero a Sjöberg le encantaba esa vida, y ni él ni sa se habían arrepentido jamás de su ruidosa familia.
Aun así, debían mudarse a un lugar más espacioso. Pero un piso en el centro de la ciudad, más grande y mejor que el que ya tenían sería difícil de encontrar y, con seguridad, también sería mucho más caro. La idea de una casa unifamiliar o adosada tampoco les resultaba muy atractiva. Se sentían a gusto donde estaban, habían echado raíces allí. Estaban satisfechos con la escuela y la guardería, los niños tenían sus amigos, ambos estaban cerca del trabajo y de todo lo demás: tiendas, restaurantes y muchos de sus amigos. Sin duda, sería difícil encontrar un lugar mejor donde vivir.
Conny oyó a su hija Sara gritar desde la cocina: «Pescado, pescado, pes-cado, yo no quiero pes-cado, pes-cado, pes-cado...», y en su mente relajada se preguntó por qué diantre estaría cantando eso, con lo que le gustaba el pastel de salmón. Al mismo tiempo sonó el teléfono y se oyó un ruido sordo cuando Sara saltó de la silla para ir corriendo a contestar.
—¡Hola, soy Sara! —canturreó.
—...
—Bien, ¿y tú?
—...
—No, está viendo «Bolibompa».
—...
—Vale, iré a decírselo. ¡Adiós!
—¿Quién es? —preguntó sa.
—¡Es Sandén! —gritó Sara a mitad de camino del salón, donde entró galopando—. ¡Papá, Sandén está al teléfono, quiere hablar contigo!
—Pues tendrás que quedarte vigilando a los chicos, Sara —dijo Sjöberg quitándose a Christoffer de encima y dejándolo en el suelo mientras se levantaba del sofá contra su voluntad.
—Pues vaya —suspiró cansado cuando colgó el teléfono.
Se percató de la arruga de descontento que se había formado en el entrecejo de su mujer. La entendía perfectamente: quedarse sola con cinco niños a la hora de acostarlos no era en absoluto envidiable.
—¿Qué ha pasado? —preguntó sa.
—Una mujer mayor que había estado ingresada en el hospital volvió a casa y encontró un cadáver en su cocina. Tengo que ir a ver.
—Y ¿quién era?
Aunque a sa no le gustara la situación, no podía evitar sentir fascinación por el trabajo de su marido. Lo dejaba que se desahogara en casa y siempre trataba de aportar ideas razonables sobre los casos de los que él se ocupaba, que, por otra parte, solían ser bastante desagradables. No eran pocas las ocasiones en las que Sjöberg le pedía su parecer, y a menudo ella lo guiaba e inspiraba en los casos más complicados.
—Eso es lo más extraño —respondió Sjöberg pensativo—. La mujer no tiene ni idea de quién es. El hombre está muerto en su casa, pero ella no lo había visto nunca.
—Madre mía, qué horror.
sa sintió un escalofrío cuando se imaginó un cadáver en el suelo de la primera cocina que le vino a la mente: la suya propia.
—Lo más probable es que se cruzaran en algún momento —añadió, reflexiva—. En alguna parte...
—Ya veremos —dijo Sjöberg, y le dio un beso apresurado en los labios—. Tal vez tenga que quedarme toda la noche, no lo sé. Espero que te vaya bien.
—A ti también, y suerte —repuso ella acariciándole la mejilla antes de que la dejara con un profundo suspiro.
La anciana era más joven de lo que había imaginado. Debía de rondar los setenta y estaba reclinada en un sofá desgastado de dos plazas de color marrón oscuro, moderno hacía cuarenta años. Una muleta descansaba entre él sofá y su pierna. Estaba quieta, con una mirada fija que no desvelaba nada de lo que estaba pasando por su cabeza. No parecía asustada ni triste, y tampoco parecía sentir mucha curiosidad por lo que ocurría a su alrededor. Sandén estaba en el pasillo que llevaba al salón comedor hablando con una mujer de mediana edad, pero la anciana no parecía escuchar su conversación. Sus ojos se veían grises detrás de unas grandes gafas doradas y tenía el pelo canoso y corto. Llevaba unos pantalones finos marrón claro con dobladillo que cubrían sus delgadas piernas y calzaba unos zapatos negros. En la parte de arriba llevaba un polo de lana gris.
Sjöberg se acercó a ella para saludarla y la mujer lo miró sin el menor interés. Le tendió la mano y ella se la estrechó con languidez, dirigiéndole al mismo tiempo un breve saludo con la cabeza.
—¿Puede esperar aquí un momento? Volveré en seguida a hablar con usted —pidió Sjöberg con amabilidad.
—Aquí estaré —respondió la mujer con la mirada perdida al frente.
Sjöberg volvió entonces al vestíbulo. Sandén le echó una mirada rápida y le señaló con la cabeza la cocina sin interrumpir la conversación que mantenía con la mujer más joven. El comisario observó de soslayo aquella figura regordeta. Podía tener cualquier edad comprendida entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años, y a pesar de la arruga de preocupación entre sus cejas y el tono de voz serio con el que hablaba, a Sjöberg le pareció vislumbrar un destello lleno de vida en sus ojos verdes. Su imponente melena rojiza ondeó cuando se volvió y se cruzó con sus ojos. Por algún motivo, el policía se ruborizó y apartó la mirada de inmediato. Le entró una sed repentina y sintió un escalofrío.
Se aproximó a la puerta de la cocina y observó el cuerpo inerte durante unos segundos para luego seguir escudriñando la estancia sin entrar en ella. Ésa era su oportunidad para hacerse una idea de la escena del crimen antes de que se abarrotara de fotógrafos, técnicos forenses y policías. La primera impresión del lugar del crimen podía ser fundamental, y se tomó su tiempo antes de cruzar el umbral.
En la cocina no había ninguna señal de que hubiera tenido lugar una violenta pelea. Saltaba a la vista que todo estaba en orden y no había muebles volcados en el suelo. Las encimeras y demás zonas de trabajo estaban despejadas, y en el centro de la mesa redonda se veía un tapete blanco de ganchillo debajo de un frutero vacío y un candelabro de latón. El hombre muerto yacía en el suelo, junto al frigorífico. Iba vestido con una chaqueta azul marino con la cremallera bajada a medias, pantalones de color beige y zapatos marrones de piel. Tenía la cara magullada, y un hilo de sangre había corrido desde la nariz hasta el suelo. Por lo demás, así tumbado boca arriba sobre el suelo de madera, su semblante parecía bastante sosegado.
Sjöberg salió de la cocina y pasó por delante de Sandén y de la anciana en el recibidor. Un agradable aroma de perfume no excesivamente intenso penetró por los orificios de su nariz. Salió al porche y llamó a sus hombres. El fotógrafo y los técnicos forenses sabían de antemano lo que tenían que hacer, pero dio directrices a los agentes para que colocaran precinto policial en el exterior y echaran un vistazo por el jardín. Por su parte, él hablaría un rato con la dueña de la casa antes de pedirle que abandonara el lugar.
—¿Su nombre es Ingrid Olsson? —preguntó Sjöberg.
—Sí —respondió ella, escueta.
—Lamento tener que pedirle que se ausente de la casa durante algún tiempo. Debemos procesar la escena del crimen y no puede quedarse usted aquí.
Ingrid volvió a mirarlo inexpresiva, sin decir nada.
—¿Tiene usted algún sitio donde pasar la noche?
—Hablaré con Margit, la enfermera.
—¿La enfermera? —preguntó Sjöberg.
—Sí, acababan de darme el alta del hospital y cuando llegué a casa me encontré con el cuerpo. No sabía qué hacer, así que le pedí a Margit, la enfermera de la planta en la que estaba, que me ayudara.
—Comprendo. ¿Podría contármelo usted todo desde el principio, por favor?
Ingrid Olsson le contó su historia con voz monótona, mientras Sjöberg escuchaba con atención y de vez en cuando tomaba notas en su bloc y la interrumpía con alguna pregunta. Le sorprendió la calma que conservaba la anciana señora, pero al mismo tiempo constató que era bueno que no se alterara. A pesar de todo, iba a seguir viviendo en la casa y en su situación muchas personas habrían decidido mudarse en el acto. Pero ¿qué clase de persona despachaba una muerte en su domicilio simplemente encogiéndose de hombros? Probablemente la misma clase que apagaba el televisor cuando en el telediario hablaban de guerra y sufrimiento, o que desviaba la mirada cuando se topaba con músicos callejeros o con voluntarios que recogían fondos para Save the Children. Sjöberg era consciente de que la intuición era un instrumento importante en su trabajo pero no quería sacar conclusiones precipitadas, por lo que se conformó con pensar que Ingrid Olsson seguramente estaba más turbada de lo que demostraba.
—De modo que no conocía usted al muerto —continuó el comisario—. ¿Está segura de ello?
—No lo había visto nunca —dijo ella con decisión.
—¿Tiene usted hijos o familiares que tengan acceso a la casa?
—Nadie tiene acceso a la casa. No, no tengo hijos.
—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí?
—Dieciséis años. Me mudé a esta casa para estar más cerca de mi hermana cuando mi marido murió.
—¿Dónde vivía antes?
—Me crié en Österåker y estuve viviendo allí hasta que vine aquí.
—Entonces, ¿su hermana reside en el vecindario?
—Falleció.
—Lo lamento. ¿Quién podía saber que estaba usted en el hospital? —preguntó Sjöberg—. Dicho de otro modo, ¿quién sabía que usted no estaba en casa?
—Bueno, nadie en especial. Los vecinos, tal vez. El cartero. Qué sé yo.
—¿Tiene contacto con los vecinos?
—Nos saludamos.
—¿Habían entrado en su casa con anterioridad?
—Nunca. Aquí no hay nada que robar.
Sjöberg asintió en silencio. Por lo que había visto en la casa hasta el momento no creía que se pudiera encontrar nada de valor más que el televisor, aunque estaba claro que tampoco éste era muy nuevo. De las paredes sólo colgaban réplicas baratas y fotos enmarcadas, y los muebles de la casa eran más bien escasos, todos ellos de los años sesenta y setenta.
—Me conformo con esto por el momento —dijo Sjöberg cerrando el bloc de notas—. Lo más probable es que aparezca algún motivo para volver a hablar con usted. Procuraremos que la casa quede en su estado original cuando hayamos terminado, así que no debe usted preocuparse. Bueno, pues muchas gracias —dijo estrechándole la mano a modo de despedida.
Una sonrisa fugaz cruzó los labios de la mujer cuando sus manos se tocaron, y de pronto al comisario le pareció de lo más encantadora.
En el vestíbulo se topó con Sandén, que también iba de camino a la cocina.
—¿Tenía algo que contar? —preguntó Sjöberg.
—¿Margit Olofsson? No, acompañó a la anciana desde el hospital, comprobó que lo que decía era cierto y luego llamó a la policía —respondió Sandén.
Sjöberg le pidió que bajara la voz llevándose el dedo índice a los labios, al tiempo que señalaba el interior del salón con la cabeza, tras lo cual continuaron casi en susurros:
—O sea, que no tienen relación de ningún tipo.
—No, sólo es enfermera en la planta donde estaba la otra. La anciana está sola, y supongo que le cogió cariño. Margit Olofsson no tiene nada que ver en esto —dijo Sandén con discreción.
Gabriella Hansson, inspectora de la policía científica, se les acercó por el pasillo agitando una cartera con la mano enguantada.
—Parece que podemos determinar la identidad del fallecido —les dijo sacando un permiso de conducir—. Hans Vannerberg, nacido en el 62.
—¿Algo más de interés? —preguntó Sjöberg al tiempo que sacaba el bloc del bolsillo interior de su chaqueta y anotaba la información.
—Algunas tarjetas de crédito, tarjetas de visita (por lo que parece, es agente inmobiliario), fotos de unos niños y un carnet de donante de órganos, aunque me temo que ya es demasiado tarde para eso. Y una considerable suma en metálico, lo que hace pensar que el móvil del asesinato no ha sido el robo. Mañana os haré llegar la cartera.
—Bien. Gracias —dijo Sjöberg.
Se había sentido afligido al oír lo de las fotos. Siempre le resultaba difícil informar de un fallecimiento, pero cuando había niños de por medio le costaba contener la emoción. Ingrid Olsson salió en ese momento del salón ayudada por la enfermera.
—Nos vamos —dijo Margit Olofsson a la pareja de policías—. Me encargaré de que Ingrid consiga donde dormir.
—Es usted muy amable. Lamentamos esta situación, pero no podemos hacer nada al respecto —repuso Sjöberg—. Nos pondremos en contacto con las dos.
A duras penas consiguió reprimir un leve escalofrío, pero la sed que sentía se agudizó más aún.
—Sólo una última pregunta —dijo dirigiéndose a Ingrid Olsson—. Hans Vannerberg, de unos cuarenta y cuatro años, ¿le suena de algo?
—No, en absoluto.
—Piense en ello, por si acaso —recomendó el comisario—. Hasta la vista.
—¿Qué impresión te ha dado? —preguntó Sandén después de que las dos mujeres desaparecieron por la puerta.
—Bastante fría. Me ha sorprendido su falta de interés. Pero supongo que debe de estar conmocionada.
—A mí no me ha parecido la clásica y adorable ancianita, precisamente. Una mujer más bien cortante. Pobre Margit, la que le ha tocado. ¿Crees que se la llevará a su casa?
—Probablemente —respondió Sjöberg—. Me ha parecido una mujer comprometida. Vayamos afuera, a ver si han encontrado algo interesante en el jardín.
Una agente joven, Petra Westman, se acercó a ellos cuando salieron al porche.
—Hemos encontrado unas cuantas huellas de pisadas en el suelo —dijo sin darles tiempo a preguntar—. Hace un tiempo idóneo y hemos podido sacar buenos moldes.
—¿Hombre o mujer? —preguntó Sandén.
—Creo que tenemos dos zapatos diferentes —respondió Westman—, pero los dos son de hombre.
—¿Nada más?
—No, por el momento, no.
La joven desapareció a continuación entre las sombras y Sjöberg miró angustiado a Sandén.
—Quédate aquí mientras yo voy a comisaría a echarle un vistazo al tal Vannerberg. Debería estar en la lista de desaparecidos. Después supongo que me tocará hablar con la familia —declaró con un suspiro—. Guarda fuerzas para mañana, a las once haremos un repaso de todo.
Se agachó para quitarse las fundas azules que cubrían sus zapatos y se las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Después bajó de prisa hasta el coche protegiéndose del viento.
De camino a la comisaría puso el CD «Brothers in arms», de Dire Straits, y aprovechó para llamar a sa. Ya eran las once de la noche, pero supuso que su esposa aún estaría despierta, disfrutando de la tranquilidad después del trabajo que suponía acostar a cinco niños.
—Hola, ¿cómo va eso?
—Bien. Ya están todos dormidos y yo estoy leyendo. ¿Y tú, qué tal?
—He estado en la escena del crimen y ahora vuelvo a la comisaría para comprobar quién es la víctima. Luego imagino que tendré que ir a su casa. Por lo que parece, es padre de familia.
—Lo siento, cariño, por ti y por ellos. ¿Y la anciana?
—Un poco ausente. Afectada, probablemente. Nunca había visto a la víctima y tampoco le sonaba el nombre.
—Qué raro. Pero debían de tener algún tipo de conexión, quizá sin saberlo.
—Eso mismo pienso yo.
—De lo contrario, podrían haberlo matado tranquilamente en el bosque.
—La casa permaneció vacía varias semanas, mientras la anciana estaba en el hospital. Alguien lo sabía, engañó al hombre para que acudiera allí y luego lo asesinó. Era agente inmobiliario.
—Pero no se mata a nadie en casa de un desconocido sólo porque ésta esté vacía...
Siempre había que tomar en serio los puntos de vista de sa, pero en este caso Sjöberg dudaba. De cualquier forma, la realidad era ésa y la mayoría de los homicidios no eran más que actos de violencia normales, sin ningún tipo de psicología complicada, planificación previa ni simbología subyacente.
—Vete a dormir —le ordenó con dulzura—. No sé si podré volver a casa esta noche. Te llamaré.
—Adiós, cariño, pensaré mucho en ti —dijo sa a modo de despedida.
Sjöberg dio las gracias a su ángel de la guarda por la maravillosa compañera que le había sido concedida en la vida. Y, de inmediato, su mente regresó a Hans Vannerberg, deseó fervientemente que no tuviera esposa y que los niños de las fotos de la cartera fueran tan sólo sus sobrinos.
La comisaría de policía se encontraba al final de la calle Östgötagatan, junto al canal de Hammarby, un edificio moderno y grande de oficinas con la fachada de cristal. A esa hora reinaba el silencio y no había muchas lámparas encendidas al otro lado de los paneles translúcidos. Pasó la tarjeta por el lector de la entrada principal e introdujo su código: «CACA». Para elegirlo se había inspirado en el mayor interés actual de su hija Maja, de cuatro años, y cada vez que lo marcaba se ponía de buen humor; sólo esperaba que nadie lo espiara por encima del hombro.
Sus pasos resonaban desolados en el suelo de mármol del vestíbulo. Lotten, la recepcionista, se había marchado horas antes a casa, con el portero y sus afganos. Los dos estaban igual de locos por los perros. Sjöberg no pudo evitar sonreír al pensar que era muy probable que los perros de Lotten y del portero, Micke, se mandaran felicitaciones de Navidad y también de cumpleaños. Se preguntó si ellos celebraban años caninos o humanos y decidió preguntárselo a alguno de los dos cuando tuviera ocasión.
Subió a grandes zancadas por la escalera hasta el primer piso y abrió con llave la puerta de su despacho, que seis horas antes creía haber cerrado por última vez ese día. Arrojó su chaqueta sobre una silla y se sentó tras el escritorio. Después marcó el número del servicio de guardia del Departamento de Crímenes Violentos de la policía nacional, pero cambió de idea antes de que se estableciera la conexión. En su lugar prefirió buscar a Vannerberg en el listín telefónico, y lo encontró sin mayor dificultad. Introdujo la dirección en el callejero y, para su sorpresa, descubrió que el barrio donde vivía no quedaba muy lejos del lugar del crimen.
Decidió llamar a Sandén, que respondió casi de inmediato.
—Hola, Jens. ¿Qué tal va por ahí?
—De momento no hemos encontrado nada nuevo. Los de la científica están en ello. Hansson cree que se lo cargaron con una silla de la cocina, y el sitio donde hemos encontrado el cuerpo parece ser también el lugar del crimen, como sospechábamos.
—Oye, los municipales que llegaron primero, ¿no seguirán ahí, por casualidad?
—No, se fueron mientras tú hablabas con Ingrid Olsson.
—Puede que conozcan a la víctima. Tengo que comprobarlo para asegurarme. Quizá a ellos les conste como desaparecido.
Sandén le dio los nombres de los agentes y Sjöberg llamó a continuación a la comisaría local donde trabajaban. Acertó a la primera y encontró que uno de ellos estaba puliendo su informe. Sjöberg le comentó lo que quería.
—Sí, la esposa vino esta tarde y lo declaró desaparecido desde ayer, pero aún no hemos tenido tiempo de hacer nada. Ya eran las cinco cuando vino.
—Y ¿por qué no nos dijisteis que teníais a un desaparecido con las mismas características que el muerto?
—No pensamos en ello. Es que no parecía que hubiera nada turbio en el asunto...
—¿Al respecto de qué? —preguntó Sjöberg irritado.
—Pues del desaparecido. Parecía de lo más normal, nada turbio, y tampoco la mujer.
—Pero el cadáver sí que te pareció turbio... —bufó Sjöberg.
—Sí, es un poco raro que te maten así, en casa de una anciana y todo eso...
Riéndose, Sjöberg le pidió a su colega que le mandara la denuncia por fax de inmediato. Se serenó y le dio las gracias por su ayuda. Tras colgar el teléfono se dirigió a la sala de la fotocopiadora, donde se quedó esperando junto al fax. Al final, el maldito documento comenzó a imprimirse y él lo leyó allí mismo, de pie. La fecha de nacimiento coincidía, al igual que los datos de la esposa y sus tres hijos. La víctima trabajaba como agente inmobiliario y, según su mujer, había desaparecido alrededor de las seis de la tarde del día anterior. Le había dicho que iba a ir andando a visitar a alguien que quería vender la casa y que volvería al cabo de una hora, pero no regresó.
Sjöberg miró su reloj y comprobó que era más de medianoche. Sopesó si debía ir a ver a la familia en ese mismo instante —la esposa debía de estar desesperada por la angustia—, pero optó por aguardar hasta el día siguiente. Si la familia estaba durmiendo, prefería dejarlos descansar. Él, por su parte, también iba a necesitar unas horas de sueño para poder lidiar con la ardua tarea que le esperaba.
Está de pie sobre el césped húmedo por el rocío y observa sus propios pies descalzos. Mira hacia abajo cuando debería mirar hacia arriba, pero hay algo que le impide hacerlo. Siente la cabeza tan pesada que apenas puede levantarla. Hace acopio de todo el valor y la fuerza que posee para alzar el rostro, pero todavía no se atreve a abrir los ojos. Deja descansar la cabeza un instante, reclinada sobre su blanda nuca. Y, al final, los abre.
Allí está otra vez, en la ventana, la hermosa mujer con el pelo rojo, cegador como un sol alrededor de su cabeza. Esboza unos pasos de baile y sus miradas se cruzan con una expresión de sorpresa. Él levanta los brazos hacia ella pero pierde el equilibrio y cae hacia atrás cuan largo es.
Conny Sjöberg se incorporó de golpe en la cama. Apretó las palmas con fuerza contra los ojos y sintió el sudor que corría por todo su cuerpo. Temblaba de pies a cabeza pero no lloraba; respiraba de forma rápida y entrecortada por la nariz, aunque no emitía sonido alguno. Apenas podía abrir la boca de tan seca que la tenía, y sentía frío. Se balanceó hacia adelante y hacia atrás unas cuantas veces con la cara entre las manos hasta calmarse y luego se dirigió al baño.
Otra vez ese sueño, ese sueño constante y repetitivo. Bebió dos vasos de agua antes de atreverse a mirarse en el espejo. Todavía le temblaba todo el cuerpo, pero su respiración ya comenzaba a normalizarse. El mismo sueño sin sentido una y otra vez; no comprendía por qué le afectaba tanto.
Sin embargo, en esa ocasión había un rasgo diferencial: la mujer había adoptado un rostro familiar.