Jueves por la tarde
La nieve caía como una cortina al otro lado de la ventana. Mientras observaba los copos danzar alrededor de la luz de las farolas y las personas caminar por la acera, con las mejillas sonrosadas y nieve en el pelo, Thomas pensó que el ambiente era más cálido fuera que dentro, en su desnuda cocina. Aun así, se planteó que quizá debería hacer algo con su casa. Siempre había pensado que no valía la pena decorarla sólo para sí mismo, pero en los últimos días comenzaba a verlo todo de un modo algo distinto. Había sentido cierta alegría tras lo ocurrido el lunes: su aventura. Pensaba en ello de esa manera como una aventura, porque por primera vez desde que tenía memoria había traspasado el límite. Había hecho algo prohibido.
La margarina se había derretido en la sartén y ya empezaba a adquirir un color dorado. Se apresuró a abrir el paquete con ayuda de las tijeras, echó la escalopa de cerdo congelada al fuego y tiró el envase al fregadero. El agua hirviendo se salía de la cazuela; secó los fogones eléctricos con papel de cocina y un pedazo se quedó adherido a una de las planchas, por lo que en la estancia comenzó a oler a quemado. Vertió los macarrones y los revolvió con la espumadera. La pasta terminó de cocerse mucho antes que la escalopa, y, cuando por fin ésta acabó de freírse, Thomas se dio cuenta de que se le había quemado. Lo echó todo junto en un plato y lo engulló en apenas un par de minutos, a pesar de que con la mitad ya se sentía saciado. Sin embargo, no valía la pena guardarlo, y prefería comérselo antes que tirarlo.
De pronto tomó una decisión y se levantó de la silla con tanto ímpetu que a punto estuvo de volcarla. Salió con paso decidido al recibidor y empezó a hurgar en una caja de un armario en busca de una cinta métrica. Luego se subió a la silla y midió la ventana de la cocina. Al día siguiente, después del trabajo, iría a la tienda de la esquina, elegiría una tela bonita y encargaría que le cosieran un par de cortinas para la cocina.
Fregó los cacharros de la cena, limpió los fogones y la encimera y se preparó un café. Después se sentó en la cama con la almohada detrás de la espalda y comenzó a ojear el periódico de la tarde que había comprado de camino a casa después del trabajo. De pronto se quedó de piedra. Un cuarto de página lo ocupaba una foto de Hans —el rey Hans—, que, según el periodista, había sido hallado muerto dos días antes en una casa al sur de la ciudad, propiedad de una anciana llamada Ingrid Olsson, quien, a su vez, afirmaba no conocer a la víctima. Era una foto tomada en verano, con el pelo rubio ondeando al viento; Hans estaba moreno y sonreía feliz.
—Quien ríe el último ríe mejor —murmuró.
Según informaba el periódico, la familia estaba conmocionada, pero la mujer que Thomas veía en su cabeza era una persona muy distinta de una afligida esposa. Fue en ese instante cuando decidió enterarse de cómo le iban las cosas a Ann-Kristin. Por su parte, era la primera vez que se sentía especial. Ahora era una persona importante que sabía cosas que nadie más sabía.