Sábado de madrugada

Volvió lentamente la cabeza y constató que estaba sola en la cama. Se incorporó despacio hasta quedar sentada y miró a su alrededor. Las luces estaban apagadas, pero una puerta que daba a un baño estaba entreabierta, y desde allí llegaba luz suficiente como para que pudiera hacerse una imagen de la habitación en la que se encontraba. Había pocos muebles pero eran de estilo moderno. En la pared que quedaba a su derecha se veía una ventana con una persiana veneciana hecha a medida. En el alféizar descansaba una maceta cuadrada y grande de un material gris parecido al cemento, con una planta bien cuidada cuyo nombre desconocía. Enfrente tenía una pared cubierta con armarios a medida de color blanco, y a la izquierda de éstos había una puerta cerrada. Al otro lado quedaba el baño. La gran cama de matrimonio tenía sábanas caras de algodón de Egipto en tonos beige y marrón. A ambos lados había mesillas de noche sujetas a la pared. En la que tenía más cerca vio dos botellas de cerveza vacías. ¿Había bebido más todavía? A su espalda había un cabecero tapizado y dos apliques de pared. En el techo, cuatro altavoces empotrados y un riel con ojos de buey. Maldición. Le dolía todo el cuerpo y sentía el corazón desbocado. Estaba borracha como una cuba y no tenía la menor idea de dónde se encontraba. ¿En una habitación de hotel? En ese caso, debía de ser una suite. De un hotel muy caro. ¿Cómo podía ser tan estúpida? ¿Por qué no se había largado del bar con Jamal? Antes de irse, él ya le había dicho que estaba ebria. ¿Por qué no le había hecho caso? Mira que quedarse allí sentada flirteando con desconocidos, coqueteando...

Pero ¿lo habían hecho? Sólo habían estado hablando. De política, además; no estaban ligando. Y ella no estaba interesada lo más mínimo en los cincuentones. Tenía veintiocho años y nunca había sentido atracción por ningún hombre mayor. Tampoco ayer. No había habido ese tipo de vibraciones en el aire; sólo había sido una interesante conversación. Ciertamente era guapo y atractivo, culto, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza la idea de tener algo que ver con él.

Entonces, ¿cómo había terminado allí, estuviera donde estuviese? ¿Se había emborrachado tanto que no había sido capaz de llegar a casa por su propio pie? Quizá sólo hubiese dormido allí. No, ni hablar. Por el dolor que sentía ahí abajo, estaba muy claro. Pero ¿el culo?... El sexo anal no era lo suyo. Nunca lo había sido y nunca lo sería. ¿Se había emborrachado tanto como para aceptar semejante propuesta? En ese caso, debía de estar prácticamente inconsciente. ¿Se habría aprovechado aquel hombre tan agradable —Peder, recordó que se llamaba—, se habría aprovechado de ella mientras estaba como una cuba? Por delante y por detrás, encima. Médicos Sin Fronteras... Y ella se lo había tragado. Menuda furcia estaba hecha, una furcia de pies a cabeza.

Tenía un vago recuerdo de que se sentaron juntos en un taxi. Iban en la misma dirección, sí. Él iba a bajarse de camino a la plaza de Telefonplan, donde ella tenía su apartamento. Se había agarrado a él al salir del bar del Clarion, ahora lo recordaba. De repente se había sentido muy borracha y le costaba caminar con las botas nuevas. Él la ayudó, llamó a un taxi y se disponía a acompañarla un tramo. Pero luego su mente se quedó en blanco. Recordaba haber tenido dificultades para entrar en el taxi, pero lo que vino después... Ni idea. Debería haber cenado bien. Y bebido menos.

«No seas tan dura contigo misma, Petra —se dijo—. No has hecho nada malo. Después de una noche agradable te fuiste a casa con un hombre simpático, o a un hotel, o donde coño esté, y pasaste una noche salvaje con él. Traviesa. Además, era guapo, listo y culto, justo lo que necesitabas. Una borrachera y un poco de sexo. Un poco de vida, como le había dicho Jamal. Fine.»

Aunque quizá ni siquiera fuera él con quien había terminado en la cama. Peder Fryhk. A lo mejor era el taxista, o cualquier otro, el que le había puesto la mano encima en el estado lamentable en el que acabó. De pronto le vino otra idea desagradable a la cabeza. Tal vez le hubiera robado. Apartó el edredón y se levantó de la cama. Joder, cómo le dolía. La cabeza y ahí abajo. Ni un movimiento brusco más. Allí estaba. En el suelo, junto a la cama, vio su bolso y su ropa amontonada. Y al lado, dos condones usados, joder. Se agachó con cuidado para recoger el bolso y se sentó en el borde de la cama para estudiar el contenido. El móvil seguía allí, y las llaves. El monedero también estaba. Lo abrió y comprobó que no faltara nada; tanto el dinero como las tarjetas de crédito estaban en su sitio. La placa de policía seguía escondida en su sitio, detrás del carnet de conducir, todo estaba en orden. Un alivio, a pesar de como se sentía. El reloj que le habían regalado sus padres al terminar en la academia de policía seguía en su muñeca. Eran las cuatro y cuarto de la mañana. ¿Qué hacer?

Cogió su ropa, levantó los dos condones cuidadosamente entre el índice y el pulgar y fue de puntillas hasta el lavabo. No quería que él la oyera, si es que seguía allí. No obstante, no tenía muy claro por qué, ya que era evidente que ya la había visto desnuda. Se tambaleaba y veía algo borroso, pero logró llegar hasta el baño y cerrar la puerta sin hacer mucho ruido. Al echar un vistazo alrededor constató que estaba en casa de alguien, no en un hotel. El baño era el sueño de cualquier diseñador. Grande y aireado, azulejos y mosaico italianos, jacuzzi y ducha esquinera con mampara de cristal. Ni hablar de ducharse, no allí. Quería irse a casa cuanto antes y dormir la mona en su propia cama. Limpiarse de todo lo que tuviera que ver con aquella maldita noche.

Estaba a punto de soltar los dos preservativos en la taza del váter cuando algo le hizo cambiar de opinión. En algún rincón de la niebla que poblaba su cabeza había un resquicio de duda que la corroía. ¿Acaso no la habían violado, a pesar de todo? Por muy borracha y... coqueta que hubiera estado la noche anterior, nadie tenía derecho a aprovecharse de ella en aquella situación. Sexo con una mujer inconsciente equivalía a violación. A pesar de que ella se culpaba a sí misma, ningún hombre tenía derecho a hacer eso. No según la ley, y tampoco por sentido común.

Permaneció un rato inmóvil, pensativa, contemplando su propia imagen en el espejo. Alta y delgada, con el pelo liso de color ceniza por encima de los hombros, peinado con la raya en medio. Sus ojos eran de un tono indefinido, posiblemente castaños o de color gris oscuro. Aunque ella prefería considerarlos verdes. Tenía los labios finos, pero su nariz era estrecha y bastante puntiaguda y de un tamaño perfectamente normal, en su opinión. No se atrevió a mirarse por debajo del cuello. Aquel baño no era el lugar más indicado para estar desnuda.

¿Se llevaba los condones? El hombre que los había usado podía preguntarse dónde estaban. Por otra parte, su idea había sido arrojarlos por el desagüe, para ella era lo más natural. Pero mejor no arriesgarse, no quería que sospecharan de ella. ¿No tenía una caja de preservativos en el bolso?

Saco un par de ellos y con dedos torpes y la mirada borrosa logró pasar más o menos la mitad del asqueroso contenido de los condones a los que acababa de abrir. Los dos usados los ató y los metió en un pequeño compartimento con cremallera del bolso. Los nuevos los dejó con cuidado junto al lavamanos para que no se saliera el contenido. Después se vistió, cogió los dos condones y abrió la puerta sin hacer ruido. Caminó de puntillas hasta la cama y dejó los preservativos donde había encontrado los otros dos. Luego cogió las dos botellas de cerveza de la mesilla de noche, vació las pocas gotas que quedaban sobre la cama y se las metió en el bolso.

Ahora tenía la cabeza más despejada, a pesar del doloroso bombeo de las sienes, pero el equilibrio lo llevaba peor. A base de voluntad, logró que las piernas le obedecieran, aunque en realidad lo que le apetecía era echarse a dormir. Debía largarse de allí, y cruzaba los dedos para no encontrarse con el hombre con el que había pasado la noche.

Con cuidado hizo girar el pomo de la puerta y ésta se abrió sin hacer el menor ruido. Ante sus ojos se abría una gran sala que en su opinión definía a la perfección el concepto de distribución diáfana. El techo era alto; comedor, sala de estar y cocina todo en uno, en una misma estancia más grande que todo su piso. Los muebles eran acordes con la moda del momento: maderas claras y ventanas grandes sin cortinas ni otros accesorios. Se encontraba en una casa unifamiliar. A su derecha, no muy lejos, vio una escalera que descendía al sótano. De pronto tuvo la fuerte sensación de que había alguien allí, puesto que le pareció oír unos leves sonidos procedentes de abajo.

Al otro lado de la sala estaba el recibidor y la puerta de la calle. Caminó de puntillas en esa dirección y descubrió sus botas y su abrigo colgado en una percha, pero al pasar ¡unto a la cocina se detuvo. Sobre el mostrador de granito blanco y negro que separaba la cocina del resto del espacio había unas cuantas botellas de cerveza de la misma marca que las que llevaba en el bolso. «Más vale asegurarse», se dijo. Quería evitar a toda costa despertar sospechas, y lo más probable era que las dos botellas que habían desaparecido de la habitación lo hicieran. Cogió dos botellas de la barra y sacó su llavero del bolso, donde llevaba un abridor de propaganda. El problema era abrir las botellas sin hacer ruido. Cogió un paño que colgaba del pomo del armario que había bajo el fregadero y cubrió con él la primera botella mientras la abría. La chapa chistó y Petra pensó que el ruido debía de haberse oído en toda la casa.

De repente sonó una risa en el piso de abajo. A punto estuvo de morirse del susto, pero aprovechó la ocasión para abrir la segunda botella. A continuación vació el contenido de ambas en el fregadero, aunque olvidó enjuagarlo con agua para disimular el olor. A paso ligero volvió a la habitación y al pasar por delante de la escalera sintió un escalofrío. Habría jurado que había alguien moviéndose allí. Cruzó de prisa el dormitorio hasta la mesilla, dejó las botellas donde debían estar y, en un reflejo, se estiró la blusa hacia abajo y se acomodó el pelo detrás de las orejas. Y allí estaba él, en el umbral de la puerta. Peder Fryhk.

Sonriente, con los mismos ojos amables que la noche anterior, igual de bien peinado, con un albornoz blanco y zapatillas. Petra notó que se le aceleraba el corazón, pero no le quedaba otra que mantener la entereza y seguir actuando hasta el final.

—¿Estás despierta? —dijo él en un tono considerado y un tanto sorprendido.

Abrió los brazos a la espera de que fuera a su encuentro, pero ella era incapaz de dar un paso. Tampoco le hizo falta, porque al cabo de un instante ya lo tenía delante, abrazándola suavemente y con cariño, como si fuera en extremo delicada. Lo cual era cierto, pero no en la zona de los hombros, precisamente. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, pero logró ocultarlo con un movimiento. Para su sorpresa, vio que éste respondía al abrazo y respiró profundamente mientras trataba de mantenerse firme. Él tomó su cabeza entre las manos y la apartó despacio para poder mirarla a los ojos.

—Pensaba que no te levantarías hasta la hora de comer —dijo con una sonrisa que hizo que se plegaran todas las arrugas de sus ojos—. Ayer pillaste una buena.

—Lo sé —dijo Petra—. Yo... No debería haber bebido la última copa. Además, había cenado muy poco. No suelo... Perdona.

—No, no, no pasa nada. Estabas de lo más encantadora.

Le dio un beso en la mejilla. Petra sintió ganas de vomitar, pero en cambio se oyó decir:

—Gracias por la velada. Fue muy agradable.

El dolor en sus partes le golpeaba al ritmo del pulso sanguíneo. Él volvió a rodearla y le dijo casi en susurros:

—Gracias a ti. Fue maravilloso. Tú estabas maravillosa.

Ya era suficiente. Tenía que largarse de allí. Y rápido. Puso sus manos sobre las de él, que descansaban sobre sus caderas, y las apartó con suavidad.

—Tengo que irme —dijo con su voz más suave mirándolo directamente a los ojos.

—¿Estás segura de que no quieres quedarte un rato más? —preguntó él al tiempo que le guiñaba un ojo.

—No, no puede ser. Lo siento. Ni te imaginas el dolor de cabeza que tengo.

Petra logró esbozar una risita y meneó la cabeza en un intento de parecer irónica.

—Puedo darte un par de pastillas, si quieres. Las tengo en el baño.

Hizo ademán de ir a buscarlas, pero ella lo detuvo.

—No, gracias, estoy bien. Siempre intento evitar los medicamentos. Ya sabes, a lo hecho, pecho.

Se mordió la lengua. Probablemente era el comentario más estúpido que jamás había hecho, pero él se rió y la rodeó con el brazo mientras la escoltaba a través del dormitorio y por la bonita sala contigua.

—¿Quieres que llame un taxi? —preguntó.

—Creo que necesito dar un paseo.

Peder la ayudó a ponerse el abrigo y tuvo que sentarse en un taburete para no perder el equilibrio mientras se ponía las botas. La ayudó luego a ponerse de pie y Petra dedujo que tendría que soportar un abrazo más antes de poder salir de aquella casa.

—¿Quieres verme otra vez? —le preguntó él durante el abrazo de despedida.

«¿Por qué esas cosas nunca suceden de verdad?», pensó Petra.

—En todo caso, te llamo —dijo, y se despidió con una sonrisa.

A las cinco y media de la madrugada del sábado, Petra Westman se encontraba delante del número 6 de la calle Lusthusbacken, en el barrio de lsten, el oeste de la ciudad, adonde había llegado en taxi desde la zona sur.

El trayecto hasta allí había ido precedido de ciertas medidas que, en su estado de aturdimiento, aún no era capaz de juzgar si habían estado llenas o carentes de sentido. Simplemente había seguido su instinto. En cuanto se separó de Peder Fryhk en su bonita y funcional casa, lo primero que hizo fue averiguar el número de la calle en el que estaba. Le bastó con echar un vistazo a su buzón, donde también vio cómo se escribía su apellido. En el cruce más cercano pudo saber además el nombre de la calle, y tomó nota en su teléfono: «Peder Fryhk, Båtsviksvägen, 12.» Después de un rato andando, se cruzó con una anciana que paseaba a su bull-terrier y que le indicó el camino hasta el metro más cercano. «Mälarhöjden», añadió en la nota del móvil.

Después había llamado al oficial de guardia de la policía de Hammarby. Petra lo conocía y, gracias a eso, el chico había accedido a darle el número del médico de guardia.

—Pero, Westman, ¿cuándo empezaste tú en tráfico? —le había preguntado, sorprendido.

—Tengo que ponerme en contacto con el médico como sea. No seas tan curioso —le había dicho con una socarronería que esperaba haber transmitido por teléfono.

—Yo soy el que llama al doctor para que venga —había insistido él, pero al final Petra había logrado convencerlo de que esa vez lo haría ella.

El chico se había conformado y así había sido cómo había conseguido el nombre y el teléfono de una tal Astrid Egnell, cuya dirección había obtenido llamando a información telefónica. Allí era donde se encontraba ahora.

Decidió que sería mejor llamar primero al teléfono antes que a la puerta de la médica, ya que probablemente estaría durmiendo. Según lo esperado, fue ella misma la que contestó.

—Soy la oficial Petra Westman, de la policía de Hammarby —comenzó diciendo, intentando hablar lo más claramente posible a pesar de estar en un estado en el que le resultaba más fácil balbucear—. Por lo que me han dicho, estás de guardia.

Estaba en lo cierto.

—Necesito ayuda con un análisis de estupefacientes.

—Estaré en la comisaría dentro de media hora —respondió Astrid Egnell.

—Había pensado en ahorrarte esa molestia —dijo Petra—. Estoy en tu calle, y me pregunto si podríamos hacerlo en tu casa.

—No permito que entren conductores borrachos en mi casa —replicó, tajante, la médica.

—Supongo que esto es algo irregular, pero resulta que la que necesita hacerse el análisis soy yo misma —intentó Petra.

Vio que una cortina se apartaba en el segundo piso y saludó ruborizada a la doctora. La línea se había quedado muda.

—Sospecho que he sido drogada y necesito saber de qué sustancia se trata —prosiguió ella—. Puedo identificarme, y no soy violenta, así que no tienes por qué preocuparte.

Todavía reinaba el silencio. Petra rebuscó su cartera entre las botellas del bolso, logró sacar su placa policial y la levantó en dirección a la ventana. Evidentemente era imposible que la médica de guardia viera qué le estaba mostrando, pero por fortuna le sirvió como una especie de bandera blanca.

—¿Estás bajo los efectos de alguna sustancia? —le preguntó.

—Me temo que sí —respondió Petra—. Por eso he venido.

Con la condición de que no hiciera ruido y no despertara a su familia, que dormía, Petra pudo entrar en la cocina de Astrid Egnell, donde se sentó obedientemente en una silla.

—¿Puedes explicarme qué sucede? —preguntó la doctora, que no llevaba más que una bata.

—Preferiría no entrar en detalles; sólo me gustaría saber qué cantidad de alcohol tengo en sangre, y si hay alguna otra droga en mi organismo.

—Y ¿cómo quieres que informe de esto? ¿Has pensado en ello?

Astrid Egnell era amable a pesar de su tono severo. Petra podía entender perfectamente su escepticismo ante el asunto.

—Preferiría que no informaras de nada, que esto quedara entre tú y yo. Estoy dispuesta a pagarte para que me hagas esos análisis.

—Yo no analizo las muestras —dijo Astrid Egnell, ahora en un tono un poco más dulce—. Hay que mandarlas al laboratorio central, el LEC, y tardamos varias semanas en recibir los resultados.

Petra no había caído en la cuenta de esas complicaciones. De pronto tuvo una idea, pero se la guardó para sí.

—Yo me ocuparé de eso —dijo simplemente—. Tú eres médica, tú haces las pruebas. Yo me las llevo y ya me las arreglaré. Te librarás de mí en cuanto me des esas muestras.

Astrid Egnell la observó extrañada.

—¿Te duele algo? —preguntó de manera inesperada.

—Sí, la cabeza.

—¿Tienes lagunas? ¿Te cuesta caminar?

Ella asintió en silencio.

—Puede que por más de una razón —dijo la doctora, y abrió su maletín sobre la mesa de la cocina sin mirarla a los ojos.

Petra no respondió.

—Cierra el puño —pidió la médica, y le colocó una banda elástica alrededor del bíceps.

—Puede que por más de una razón —dijo Petra, y soltó una risita.

La doctora la miró con una sonrisa y le introdujo la aguja en la parte interior del codo.

—Lo sé, estoy ebria —señaló Petra.

Sintió que la tensión comenzaba a disiparse, pero no podía relajarse. Tenía un largo día por delante, y la idea de volver a casa y echarse a dormir la había aparcado por el momento.

—Necesitamos también una muestra de orina. Intenta no hacer ruido.

Le tendió un recipiente plástico y le indicó un aseo que estaba junto a la puerta de entrada. Petra hizo lo que debía y le devolvió el bote a la médica, que lo introdujo en una bolsa de plástico a la que luego hizo un nudo. Acto seguido metió el tubo de ensayo con la muestra de sangre y la bolsita con el recipiente de la orina en otra bolsa, esta vez del supermercado Ica, junto con algunos papeles que debían ir al laboratorio. Cuando terminó, Petra hizo un intento de pagar, pero Astrid Egnell se negó a aceptar el dinero.

—El próximo tren para Linköping sale a las 8.00. Te aconsejo que vayas a casa y te duches antes de entregar las pruebas porque no pareces muy sobria. Cuídate —le recomendó la mujer antes de cerrar la puerta.

A las 10.40, con unos veinte minutos de retraso, Petra Westman se bajó del tren en la estación central de Linköping. Su único equipaje era una bolsa de Ica que contenía dos botellas de cerveza, un tubo de ensayo con sangre, un botecito de orina, dos preservativos usados y su viejo cepillo de dientes. En el andén se encontró con un hombre llamado Håkan Carlberg, a quien había visto en dos ocasiones anteriores: la primera había sido en la boda de su prima, y la segunda en la boda de su otra prima. Las dos veces se habían sentado a la misma mesa; por lo visto, la segunda estuvo motivada por el éxito que había tenido la distribución de los invitados en la primera boda. Håkan Carlberg era un tipo atlético de unos cuarenta años, con el pelo oscuro y rapado. Era de carácter alegre y agradable, y tenía una mirada picarona, al menos cuando estaba de fiesta. Petra esperaba que ese día no fuera muy diferente de los demás.

No obstante, no era por su modo de ser que Petra lo había despertado a las siete y media de la mañana de un sábado avisándole de que iba a ir de visita. Håkan Carlberg trabajaba para la policía científica en el Laboratorio Estatal de Criminología, el LEC, y disponía de conocimientos e instrumental que Petra necesitaba aquella lúgubre mañana de noviembre.

Iba sin afeitar y, por su atuendo, podía deducirse que era su día libre, con sus vaqueros desgastados y una camiseta celeste de manga larga que asomaba por debajo de un chaleco azul marino. Petra no tenía claro cuál era la manera más natural de saludarse, así que le tendió la mano para no parecer descarada. Sin embargo, él la ignoró por completo y le dio un fuerte abrazo, lo que la hizo sentirse aún más idiota, pero al mismo tiempo le infundió esperanzas.

—¿Desayunamos? —propuso Håkan—. No me ha dado tiempo.

—A mí tampoco —confesó ella, y dirigieron sus pasos hacia el edificio de la estación y el restaurante que allí había.

—No voy a negarte que no es poca la curiosidad que siento —dijo Håkan cuando se sentaron a una mesa junto a una de las ventanas que daban a la calle.

Ambos cogieron un bocadillo de paté y agua mineral con gas, además de una taza de café. Petra había insistido en invitar al desayuno y al final lo consiguió, a pesar de algunas objeciones por parte del hombre.

—Traigo unas cosillas a las que me gustaría que les echaras un vistazo —dijo—. Off the record, por así decirlo, pero aplicando todas las reglas del arte.

—Vaya por Dios. ¿Una investigación privada?

—Algo así.

—¿Un novio en el punto de mira? —dijo Håkan en tono burlón.

—Si sólo fuera eso... —suspiró Petra—. No, no es nada ilícito. Por lo menos, no en ese sentido.

—Y ¿de qué se trata?

—Hay un par de botellas de cerveza de las que me gustaría que extrajeras las huellas dactilares.

—Muy bien, lo haré de buen grado. Pero ¿era necesario que vinieras hasta Linköping para esto? Tenéis vuestro propio laboratorio para esas cosas.

—Lo sé —suspiró Petra—. Pero es que hay más.

—Dispara.

—Tengo sangre y orina para hacer análisis de alcohol y drogas. Y también esperma, del que me gustaría extraer el ADN.

Petra miró a Håkan Carlberg con gesto avergonzado. Sabía que eso era mucho pedir.

—¿Estás de broma? —repuso él, serio—. ¿«Off the record»? ¿Sabes lo que cuesta una prueba de ADN?

—Lo sé —dijo Petra. Aunque en realidad no tenía ni idea, era consciente de que se trataba de mucho dinero.

—¿Qué sentido tiene una prueba de ADN si no tenemos nada con lo que cotejarla? ¿Quieres un diagrama bonito para colgarlo en la pared o algo así?

—Sé de quién es el ADN. Cuando lo atrapemos, tendremos con qué comparar.

—Vale, pues entonces podemos hacer la prueba de ADN, cuando tengamos un caso. ¿Así que vais a atrapar al dueño de esa muestra de esperma?

—Tarde o temprano. Me ocuparé de ello.

—Entonces, ¿por qué no hay ya una investigación en marcha? Petra, será mejor que me cuentes lo que te traes entre manos, o de lo contrario perderé el interés.

Ella suspiró profundamente y comió en silencio durante unos minutos. El dolor de cabeza regresó con fuerza y se lomó media botella de agua de un solo trago. Håkan comió también mientras su mirada se paseaba interrogante entre ella y lo que sucedía al otro lado del cristal, que no era nada.

—Vamos, Petra —dijo finalmente—. Cuéntamelo. Aunque decida no ayudarte, no se lo diré a nadie. Lo prometo. Excepto a Helena. Y puede que a Anna.

Sus primas. Petra lo miró aterrada. Él buscó su mirada y se echó a reír a carcajadas.

—Soy una tumba —dijo de repente serio otra vez—. Creo que tal vez puedo hacerme una idea de lo que ha pasado.

Se inclinó por encima de la mesa y puso su mano sobre la de ella.

—¿Te han violado? —le preguntó con cautela.

Petra sintió que estaba a punto de llorar, pero irguió la espalda y le dio otro trago al agua para despojarse de aquella sensación. Al igual que en casa de la médica de guardia, le infundía cierta tranquilidad el hecho de que la atendieran con comprensión.

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero creo que debe de haber sido algo así.

Y le contó toda la historia. Håkan Carlberg la escuchó con atención y sólo la interrumpió en alguna ocasión para hacer una pregunta o pedir una aclaración.

—¿Cómo te encuentras ahora? —le preguntó cuando terminó su relato—. A nivel físico, quiero decir. Mentalmente pareces en forma, inmersa como estás en investigaciones privadas y otras cosas interesantes.

Su tono jocoso disipó la pesada atmósfera que rodeaba la mesa y Petra sonrió por primera vez en muchas horas.

—Tengo un dolor de cabeza horrible, molestias en la entrepierna y en el trasero y mala coordinación de las extremidades. Aunque ahora ya no me siento tan torpe como antes. Esta mañana también veía borroso, pero ya se me ha pasado.

Una vez lo hubo contado todo, fue más fácil hablar. Lo sucedido quedó reducido a una historia, algo que había tenido lugar pero que ya no ocupaba su conciencia más que en un aspecto meramente clínico. Cruzaba los dedos para que continuara siendo así.

—Y ¿por qué no presentas una denuncia? —quiso saber Håkan Carlberg.

—Pero si yo soy la policía, joder.

—Ya sabes a qué me refiero.

—¿Te gustaría que tus compañeros llevaran un caso que te atañera a ti? ¿Que analizaran tu esperma y... te hicieran análisis de sangre y te tomaran las huellas dactilares?

Petra se dio cuenta de lo absurdo que parecía mientras Håkan la miraba entretenido al escuchar aquel símil quizá no muy acertado.

—Sí, eso de las huellas parece realmente espantoso —rió—. Pero entiendo lo que quieres decir. Examinada por el médico de la policía en una camilla de ginecólogo mientras tus colegas del departamento están a tu lado con el boli en la mano. Que te vean como a una víctima en lugar de buscar al culpable. No parece una situación muy cómoda, no. ¿Crees que tienes algún desgarro?

—Seguro que sí —dijo Petra—, pero nada que no se cure con algo de tiempo. Por lo menos le agradezco que usara condón. Imagínate si encima me quedo embarazada, o algo peor.

—¿No te asusta que intuya que lo vas a pillar? Siendo policía...

—No sabe que lo soy. Le dije que trabajaba en una agencia de seguros.

—Pero llevabas la placa encima.

Petra guardó silencio un instante.

—La llevo escondida detrás del carnet de conducir. No creo que me revisara el monedero y...

—Por supuesto que lo hizo —la interrumpió Håkan—. Querrá saber con quién se acuesta. Cómo te llamas. Dónde vives.

—En cualquier caso, si lo hizo, no encontró la placa.

—Y si lo hizo, la experiencia debió de parecerle aún más excitante. Pero quizá también sienta que tiene más motivos liara sospechar.

—¿Intentas asustarme?

—Sólo quiero que te andes con cuidado.

—Cogí los condones usados y los cambié por otros dos sin usar. Además, le pedí disculpas por haberme emborrachado tanto, e interpreté una escena de despedida digna de un Oscar. No hay motivo para preocuparse.

—Espero que tengas razón. Es un procedimiento de violación muy refinado, eso hay que reconocerlo.

—Si es que fue una violación —suspiró Petra, resignada—. Tal vez, a pesar de todo, fui yo, que estaba muy borracha y predispuesta. Pero nunca he hecho nada parecido antes, ni lo voy a hacer, pongo a Dios por testigo...

—Por tu descripción, parece un tipo de lo más refinado —dijo Håkan frotándose las mejillas sin afeitar—. Nada de ataques durante la noche en el bar, ni manoseos, ni propuestas obscenas. Sólo una conversación culta.

—Guapo, encantador e inteligente. No debería tener ningún problema para ligar.

—Lo que lo hace realmente perverso —replicó él—. Prefiere mujeres inconscientes a otras que estén dispuestas.

—Deberías haber visto cómo me trataba por la mañana —dijo Petra—. Como a una muñeca de porcelana. En la vida real, esa clase de tipos no existen.

—Vaya teatro montasteis ambos. Él se hacía el sensible, el amoroso, fingía estar agradecido por vuestro pequeño homenaje, y tú lo mismo. Los dos sabíais que te había violado, pero ninguno decía nada. Con eso te colocas 1-0 a tu favor, Petra. Él cree que sabe algo que tú no sabes, pero en realidad es al revés.

—Tarde o temprano lo pillarán —declaró ella, convencida—. Esto lo ha hecho antes y volverá a hacerlo. Espero que mis fluidos corporales no tengan que ser utilizados como prueba, pero si es necesario, adelante.

Petra le pasó la bolsa del supermercado por encima de la mesa.

—Cuídalo bien —dijo.

—Veré lo que puedo hacer —asintió Håkan Carlberg al tiempo que le guiñaba un ojo y cogía la bolsa.