Sábado por la tarde

Esta vez Sjöberg sí se acordó de ponerse la bufanda antes de salir de casa, cosa que agradecía ahora que estaba en las gradas de un campo de fútbol en el que soplaba una fuerte ventolera, viendo cómo una pandilla de chiquillos de ocho años correteaban por la hierba artificial del Hammarby IP intentando meter una pelota en la portería. Sin embargo, cuando miró a los demás padres del público, se percató de que la bufanda era del color equivocado.

Simon Sjöberg había jugado a fútbol en el Hammarby, en Kanalplan, todo el otoño, hasta que unas semanas antes habían trasladado los entrenamientos a las instalaciones de la escuela Eriksdalsskola. No obstante, debido al buen tiempo, ese amistoso contra un equipo de cinco de Marieberg se iba a jugar al aire libre. Sjöberg concluyó que, en el ámbito futbolístico, eso de «buen tiempo» no guardaba relación alguna con la temperatura y la fuerza del viento, sino únicamente con el color del cielo.

A su lado estaban Sara y Maja, sus dos hijas, cada una ensimismada en la pantalla de su Nintendo DS, sin mostrar el menor interés por el partido. Asa se encontraba en la piscina cubierta de Eriksdalsbadet con los gemelos, lo que habría preferido Sjöberg, en lugar de estar allí pasando frío.

Su interés por el fútbol se limitaba a los partidos de la selección en los grandes campeonatos aunque, por lo que podía deducir, en el terreno de juego no había ninguna estrella potencial. Por otro lado, los jugadores le parecían muy tiernos allí corriendo y persiguiendo el balón con expresiones de profunda seriedad, al tiempo que proferían exclamaciones de lo más auténticas: «¡Pasa, estoy libre!», «¡Cuidado, atrás!» y «¡Buen trabajo, chavales!». Sjöberg aplaudía cuando alguien hacía algo interesante con el balón, independientemente de si era un jugador local o uno del equipo visitante.

El juego iba y venía por el reducido campo de juego, y pasó un buen rato antes de que uno de los jugadores del Marieberg tuvo una pequeña dosis de suerte y logró meter el balón con la punta del pie en la portería del Hammarby. Sjöberg tuvo que reconocer para sí que no se sentía muy decepcionado y comenzó a aplaudir tranquilamente, cuando un hombre de traje que estaba un poco más abajo en las gradas de repente se incorporó y bajó a toda prisa hasta la banda corta del campo.

—¿Te importaría sacar a ese mierda de una maldita vez? —le gritó al consternado entrenador local. Sjöberg sabía que era el padre de uno de los niños que jugaban en el equipo—. ¡Saca a ese mocoso pelirrojo, que no sabe ni correr, coño!

El «mocoso pelirrojo» era un compañero de clase de Simon al que Sjöberg no conocía mucho, pero por lo que había estado observando, el chico, que jugaba de defensa derecho, no lo había hecho ni mejor ni peor que los demás chavales. El entrenador, un tipo poco deportivo que vestía ropa de calle y que probablemente no había elegido el trabajo por voluntad propia sino que simplemente había aceptado cuando se lo pidieron, estaba mudo, mirando con cara de espanto al enfurecido papá futbolero. Sjöberg se percató de que incluso la mujer que lo acompañaba se había puesto de pie, pero se había quedado en las gradas gesticulando furiosa. Pasaron unos segundos antes de que pudiera reaccionar, pero cuando se cruzó con la mirada desconcertada de Simon desde el campo, sintió que lo invadía una calma que no había sentido en mucho tiempo.

Se levantó y bajó los pocos escalones que había hasta el campo con pasos largos y decididos, con un aplomo que no reconocía en sí mismo. En las gradas reinaba el silencio, e incluso el partido que se jugaba en el campo de al lado se había interrumpido. Apoyó la mano en el hombro del tipo y lo hizo volverse. Tenían la misma estatura, pero en ese momento Sjöberg se sentía mucho más alto y, con un tono de voz controlado, fue escupiéndole las palabras:

—¿Éste es el ejemplo que le das a tu hijo? Te estás poniendo en ridículo delante de todos estos chavales y de sus padres. Un hombre adulto metiéndose con un niño..., menudo cobarde.

Acto seguido devolvió al hombre, que se había quedado mudo, a su sitio en las gradas y lo obligó a hundirse en su asiento.

—Y tú siéntate también —le espetó a la mujer, que parecía estar pensando «tierra, trágame».

Cuando después volvió la mirada hacia el terreno de juego vio que el niño pelirrojo estaba llorando. Y, durante uno de los instantes en los que se sentiría más orgulloso a lo largo de su vida, fue testigo de cómo su hijo de ocho años se dirigía decididamente hacia la víctima del incidente y le pasaba el brazo por los hombros. Los demás chicos del equipo siguieron su ejemplo, y después de que el entrenador del equipo contrario le susurró algo al oído a uno de sus jugadores, incluso los chicos del Marieberg se acercaron para consolarlo.

Sjöberg volvió a su sitio en las gradas entre el aplauso de los espectadores, aunque evitó cruzarse con sus miradas. En cambio, prefirió seguir contemplando con la cabeza alta la melé de niños que se había formado en el campo. Pero de pronto sintió como si una mano helada le atrapara el corazón, cuando sus ojos recayeron en el chiquillo que se había quedado solo en la portería local.

Conny Sjöberg pensaba en ello cuando más tarde estaba con el delantal puesto pelando patatas en la cocina. Se disponía a preparar la cena junto con los niños cuando Sandén lo llamó al móvil y le propuso ir a tomar una cerveza.

—¿A tomar algo? —dijo Sjöberg, sorprendido—. Pensaba que tenías visita de tus suegros.

En el mismo instante en que lo dijo recordó la conversación de la cafetería del hospital el día anterior, y una sensación de incomodidad lo recorrió de pies a cabeza.

—¡Mierda! —exclamó, y miró temeroso a Asa, que estaba intentando armar un puzzle con los más pequeños en la mesa de la cocina.

Ella lo fulminó con la mirada.

—La respuesta a tu pregunta es no, bajo ningún concepto —dijo Sjöberg, resuelto.

—Ay, ay —replicó Sandén con alegría—. ¿Ya la has vuelto a cagar? Nos vemos. Espero.

Sjöberg colgó el teléfono. Se había olvidado por completo de la dichosa cena de Navidad. Por un instante sopesó la posibilidad de pedir un aplazamiento, pero era algo impensable. Él era quien había tomado la iniciativa y el primero en hablar de team-building, como se le llamaba ahora. Sí que era cierto que él siempre se había mostrado reacio a que la cena tuviera lugar un sábado y que fuera en noviembre, pero eso era lo que sucedía cuando lo planificabas tarde. Además, había delegado la responsabilidad en Hamad, así que no tenía más remedio que morderse la lengua.

—Esta noche tenemos la cena de Navidad —le dijo Sjöberg a su esposa con aflicción—. Me había olvidado por completo.

—Será con acompañante, me imagino —repuso Asa con sarcasmo.

—Sabes que el presupuesto no da para tanto.

—No, si yo también tengo hoy una cena; tendrás que buscar una canguro.

—No digas tonterías, Asa. Me doy cuenta de que la he cagado, de que me he cargado el sábado y todo eso, pero ¿qué quieres que haga? Soy el jefe, joder.

—Hoy has trabajado, mañana también vas a trabajar. No puedes pasarte toda la semana fuera, trabajar luego el fin de semana entero y encima tener una cena de trabajo el sábado por la noche. ¡Y confiar en que yo voy a encargarme de todo! Yo también tengo un empleo con el que cumplir. Y una vida que vivir.

—Ya lo sé —dijo Sjöberg—. Yo aporto mi grano de arena. Sólo que a veces las cosas van así, ya lo sabes. En ocasiones es al revés. Cuando tú tienes mucho trabajo y yo estoy más relajado, soy yo el que se encarga de todas las tareas.

—¿Ah, sí? Y ¿cada cuánto sucede eso? Yo siempre ando estresada por el trabajo. Soy profesora, joder.

Los niños miraron alarmados a sus padres. Ahora mamá también estaba diciendo palabrotas, lo que era mala señal.

—Venga, id a ver la tele o algo —dijo Sjöberg irritado a los tres mayores agitando la mano en el aire—. Mamá y yo tenemos que hablar.

Los niños salieron de prisa y Sjöberg cerró la puerta. Luego continuaron con la discusión elevando el tono.

—Imagínate que hubiera sido yo la que hubiera llegado a casa el sábado a las cinco de la tarde y hubiera dicho que tenía una cena, ¿eh? ¿Qué me habrías dicho tú?

Los ojos de Asa echaban chispas, y Sjöberg también estaba empezando a enfadarse de verdad.

—Te habría dicho «¡Qué bien! Puede que necesites relacionarte con tus compañeros de trabajo tranquilamente, sin obligaciones. ¡Pásalo bien!». Eso es lo justo —respondió con un tono soberbio que fue la gota que colmó el vaso.

—¡Tú podrías permitirte el lujo de decir eso porque no sucede nunca! —gritó Asa.

—Eso es culpa tuya.

—¡No, la culpa es tuya! Yo no tengo la menor posibilidad de salir con mis amigos porque tú nunca estás en casa y yo debo estar aquí para ocuparme de los niños, de la limpieza, de la comida y de todo lo demás.

—Me parece que en este momento soy yo el que está con el delantal puesto. Y tú la que está con una copa en la mano.

Sjöberg dio un largo trago a su cerveza mientras Asa proseguía.

—¿Acaso tengo que estarte agradecida por librarme de cocinar una tarde a la semana? No me parece que tú me agradezcas mucho las otras seis.

—¿De verdad te resulta tan pesado hervir unos macarrones y calentar congelados en el microondas?

Sabía que ahora estaba siendo injusto, y sabía que su actitud despectiva sacaba de quicio a Asa, pero ¿qué podía hacer? Ella estaba ladrando como un perro encadenado y él tenía que ir a la maldita cena de Navidad.

Asa se puso de pie y salió de la cocina con paso decidido para sentarse delante de la tele con los tres mayores. Christoffer y Jonathan tiraron el puzzle al suelo despreocupadamente y luego siguieron los pasos a su madre. Sjöberg esperaba que los otros tres volvieran para echarle una mano con la comida, pero no fue así. Recogió el rompecabezas del suelo y puso la mesa para seis. Después fue al dormitorio y se vistió con unos vaqueros bonitos, una camisa limpia y una americana nueva que no se había puesto nunca. Se imaginó que Asa se mosquearía un poco más por que la estrenara un día que ella no lo acompañaba.

Cuando Sjöberg tuvo lista la comida, la cocina estaba escrupulosamente limpia y ordenada. Incluso los fogones estaban impecables, a pesar de que había tres ollas con comida. Entró en el cuarto de la tele, besó a todos los niños y les informó de que la cena estaba lista. Por último, le dio también un beso a Asa, en la cabeza, y le dijo que tenía que irse. Si se podía sentir la temperatura del hielo en el cuero cabelludo de alguien, ésa era Asa.

Media hora más tarde, Sjöberg estaba sentado con Sandén en el St. Andrews Inn de la calle Nybrogatan, con una gran Erdinger Weissbier delante.