No estamos locos
Hospital del amor absurdo, sala cuatro, lunes, 8:02 de la mañana.
Carlos ocupa el primer puesto delante de la ventanilla bautizada con el nombre «novio por encargo». Ha madrugado mucho para ocupar el primer puesto, cual quinceañera para coger el mejor sitio en el concierto de los Backstreet Gays. A pesar de las ojeras de auténtico oso panda, madrugar no le ha supuesto un gran problema debido a la mala costumbre de su jefa de hacerle levantarse a las seis de la mañana y trabajar, para más inri, lo cual resulta incluso peor que madrugar (esto lo escribí cuando tenía trabajo. O sea, hace muchos años).
Tras él hay varios especímenes de origen diverso y algunos estarían de muy buen ver de no ser porque a esas horas no está guapo nadie y sus legañas sólo le permiten ver a una distancia no superior a los cuatro milímetros (es decir, no alcanza a vislumbrar ni la punta de la nariz, y si lo intenta se le queda una cara de gilipollas que me expliquen cómo va a ligar de este modo).
Una mujer de aspecto sórdido y bastante siniestro abre la ventanilla con un golpe seco. Carlos se sobresalta porque estaba ya en el quinto sueño y advierte que el sujeto que va justo detrás de él en la cola se encuentra a una distancia demasiado pequeña de su culo. Se vuelve medio abriendo los ojos y, enseñando sus dientes, le grita:
—¡Zape! ¡Échate p’allá, coño, que es mu’ temprano! ¡Hale, venga!
La mujer le hace un gesto con la mano para que se acerque y comienza a preguntarle los datos con la misma voz del contestador de su teléfono móvil, como si no tuviera sangre en las venas (o como si estuviera hasta el moño de aguantar a niñatos como Carlos todas las mañanas).
—Bueno, ya tengo sus datos. Ahora, por favor, proceda a darme las características del novio que quiere que le consigamos.
—¿Cómo dice?
—Que a ver si aumentamos las dosis de cafeína al levantarnos, leñe.
—Qué barbaridad, qué agradable es la gente que trabaja aquí.
—Al grano. ¿Qué buscas en un tío? Aparte de que la tenga grande, claro, que eso ya es mucho pedir, pero como sé que eres un maricón depravado no te vas a conformar con un tamaño estándar.
—¿Mande?
—Además de mariquita, sordo. O idiota, váyase usted a saber. Proceda, por favor, que no tengo toda la mañana.
—Poooooosss… —Carlos se lo piensa como si estuviera delante del quiosco mirando el surtido de gominolas con una moneda de veinte céntimos que le ha dado su tío hace un rato para que se compre chucherías (que ya es encogido el tío, ya se podía haber estirado y darle un leuro)— Pues mira que sea emocionalmente estable, maduro y que tenga buen corazón, que sea buena persona.
La buena mujer hace una mueca conteniendo una sonrisa; pero no una sonrisa de esas de complicidad, sino de las que dicen «qué pena me das, nene, mira que es triste lo tuyo».
—Las dos primeras cosas son prácticamente imposibles de encontrar en el sexo masculino. Haberte quedado hetero, hijo, o haber nacido lesbiana, ¿a mí que me cuentas? Lo de que sea buena persona, quieres decir tonto de remate, ¿no?
—No, mujer. Tonto no. Que tenga buenas intenciones, pero porque quiere. Vamos, que no me vale que no tenga maldad ninguna porque sea idiota, sino porque prefiere ser buena gente.
—Vale, introducido este dato acabamos de desestimar al 50 por ciento de los hombres. Y te advierto que los heteros ya están descontados, que aquí no prometemos conversiones extrañas ni amores imposibles.
—Menos mal. A Dios gracias. Bueno, a san Palomo Cojo o al que sea.
—¿Qué más, reina?
—Que sepa escuchar. Quiero decir, que sea lo bastante interesante como para que me den ganas de escucharle pero, al mismo tiempo, que no sea tan egocéntrico como para no prestar atención a lo que yo tengo que decir.
—Vale, que escuche es fácil.
—Pero que no esté pensando en la lista de la compra mientras lo hace, por favor. Que entienda.
—Eso me ha quedado claro, que sea tan marica como tú.
—Ya sabe usted a lo que me refiero.
—Sí, sí. Con el último dato, la proporción se ha quedado en un 20 por ciento.
—Joder. ¡Qué barbaridad!
—A ver, nene, si fuera tan fácil no estaría abierta esta sección y yo no tendría trabajo. Benditos maricones horribles que os crean traumas de por vida y que os impiden buscar un novio por vosotros mismos. Qué sería de mi sueldo sin ellos…
—Vale, pues también quiero que sea guapo (por pedir que no quede) e inteligente.
—Claro, claro, y yo que me toque la lotería mañana.
—¿Cómo dice?
—A ver si me aclaro. Quieres un tío guapo, inteligente, que la tenga grande (esto no puede faltar, que se te ve en la cara que no te conformarías con un pichacorta ni de lejos, por muy de mosquita muerta que me vengas), que sea buena persona pero lo bastante inteligente como para poder ser malo cuando sea necesario (ese punto que tanto os pone a los gays), interesante y que además te escuche. ¿Y tú crees que eso es fácil?
—Mujer, no sé…
—Nos quedamos con un dos por ciento de la población, así que ya me dirá el señor si tiene alguna exigencia más.
—Que fojhsisomror bien.
—¿Cómo?
—Que folle bien —expresa Carlos bajando la voz para que el resto de integrantes de la cola dejen de señalarlo con el dedo mientras se descojonan a su costa.
—Ah, bueno, acabáramos. ¡Cómo se me podía haber pasado! Mucho pedir una persona comprensiva, inteligente y bla, bla, bla y al final lo que cuenta es lo que cuenta: el mandao’. Si ya lo decía yo, que el moña éste de las narices no me engañaba con la cara de princesa de los cuentos de Disney…
—Mujer, es que eso es esencial, ¿no? Sobre todo para no tener la cara que tiene usted.
—Claro, claro. Te queda un 0’4 por ciento de la población.
—Coño, pues sí que ha bajado el porcentaje.
—Es que… que sepan follar… Me pides unas cosas, jomío…
—Bueno, y claro, que haya algo entre nosotros. Quiero decir, que surja algo, un sentimiento o algo así.
—Jajajajajajaja, jajajajaja, jajajajajajaja… Perdona es que… Jajajajaja, ay, jajaajaj… jajajajaja… jajajaja… Me matas… Jajajajaja jajajajaja, tjo, tjo, jajajajajajaja que nos ha salido… Jajaja… Romántica lajajajajaja… niña, ays, ays… Esto es buenísimo. Deberías venir todos los lunes, corazón. Jijijiji.
—…
—Tu porcentaje se queda en un 0’0000000002 por ciento.
—¿Y eso que quiere decir?
—Que mejor te pongas a la cola de aquella ventanilla, reina.
Carlos se gira y vislumbra que al otro lado de la sala hay un pequeño ventanal que reza «Muñecos hinchables, fantasías imposibles y apuestas timoratas». Así que, mientras trata de entender qué narices hace allí en lugar de estar viendo el último capítulo de Mujeres Desesperadas, inflándose a gominolas y chocolate y dándose por vencido, se dirige hacia la ventanilla tarareando aquello de…
—Noooo estamos locos, sabemos lo que queremos…
… Vive la vida igual que si fuera un sueño.
;)