Pon un desquiciao en tu vida
La verdad es que cuando uno sale ahí fuera y se pone a conocer gente se percata muy pronto de que el personal está fatal de lo suyo. Asúmelo: hay una ingente cantidad de tíos con un ladrillazo dado. Los psicólogos podrían estar forrándose si no fuera porque nadie se quiere dar cuenta de los problemas que tiene. Y si se dan cuenta prefieren mirar hacia otro lado o, por ejemplo, pagarlos con ingenuos de tu calaña que se deciden a darles una oportunidad.
Yo tengo una amiga que cuando le dices que estás aburrido o que tu vida está resultando muy monótona últimamente siempre te suelta la misma respuesta. Durante unos segundos se queda en silencio, como si estuviera meditando cual oráculo de la sabiduría, y luego te dice:
—Pon un desquiciao en tu vida.
¿Qué quiere decir esto? Bien, para empezar hemos de buscar la palabra desquiciado en el diccionario de los ilustres académicos y descubriremos ante nuestro asombro (ya que mi amiga lo usa como el pan nuestro de cada día) que no viene. Entonces, usando nuestra inteligencia, si es que la tenemos, buscaremos «desquiciar» y encontraremos lo siguiente:
—Desencajar o sacar de quicio algo. Desquiciar una puerta, una ventana.
—Descomponer algo quitándole la firmeza con que se mantenía.
—Trastornar, descomponer, exasperar a alguien.
Efectivamente, el desquiciao está fuera de quicio (con tu capacidad adivinatoria de Aramis Fuster lo has acertado), trastornado y descompuesto (y no hablo del tema escatológico, aunque lo cierto es que siempre la acaba cagando). Pero el desquiciao, además, presenta la facultad de sacar de quicio a los demás, ya que suele ser como el perro del hortelano: ni come ni deja comer. Y, como no sabe qué leches espera de la vida, te tiene a ti a punto de convertirte en el diseñador gráfico que retoca las fotos de Mariah Carey: completamente agotado y con un esguince en la muñeca.
El desquiciao es el típico que te envía mensajes a medianoche (mensajes de «te necesito con toda mi alma», para más inri), que te llama a las cinco de la madrugada con número oculto mientras respira fuertemente (en plan maniaco sexual que se lo está montando con una botella de Font Vella), que cuando te ve te habla de quedar, de tomar unas copas, de tener cinco hijos y de vivir en las afueras de la ciudad en la casa que compraréis cuando tengáis la vida asentada y llevéis diez años de matrimonio y será el mismo que cuando por fin claudiques y te decidas a darle una oportunidad ante su insistencia te dirá aquello de:
—Pero es que yo no quiero nada contigo. Que haya bailado el Estoy por ti de Amistades Peligrosas pegándote la cebolleta al culo y agitando una bandera con tu nombre por encima de tu cabeza no quiere decir nada en absoluto. Siento mucho que me hayas malinterpretado.
Y para colmo pondrá cara de «tú tienes un problema grave, ¿eh?». En este punto, no, no utilices la violencia. No servirá de nada, sólo para quedar como un histérico y darle la razón con respecto a lo del problema grave.
Para hacer esto más creíble hemos acudido a la experta en desquiciados de la Universidad Especializada en Técnicas de Agilipollamiento Mental, mi fiel amiga alias la mecagoentoslosdesquiciaosdeestemundoydelotro, también conocida con el dulce nombre de Sonia:
—El desquiciadou tiene unas sofisticaudas técnicas de seducción. Perou al mismo tiempou jugará con la ambigüedad más que Miguel Bosé. Nunca te dejará clarou que quiere pasar el restou de su vida contigou, pero hará que lou pienses a touda cousta. Vamous, lo que se conoce poupularmente como un gilipoullas de three al four.
Esto léase con acento pseudoinglés, que así parece más de Orfords. Sonia forever[3].
Los desquiciaos recurren habitualmente a la técnica de dar una de cal y una de arena, de modo que nunca puedes estar seguro de lo que quieren verdaderamente. En un segundo te prometen el oro y el moro y al segundo siguiente están tonteando con la vecina de enfrente (que, para colmo, es más fea que la madre de Tamara) que ha venido a tu casa a pedirte una pizca de azúcar moreno (y para cotillear, todo sea dicho). Y no, no lo hacen porque de repente se hayan enamorado de tu vecina de enfrente sino porque son unos tocapelotas de primera.
Si superas la fase del tonteo con un desquiciao, agárrate porque vienen las curvas más peligrosas de toda tu vida. Pensemos que hemos tenido la paciencia y la fuerza sobrehumana para creer que, por un momento, entendemos su manera de actuar y decidimos embarcarnos en una relación cuerpo a cuerpo (una batalla campal. Aún no lo sabes, pero es lo que estás comenzando). Porque, eso sí, cuando nos enamoramos de los desquiciados nos sale ese complejo de salvador tan guay, nos colocamos el traje de Supermoña y pensamos que en el fondo, pero muy en el fondo, él es buena persona y conseguiremos que cambie según se vaya enamorando de nosotros. Así, saldrán de nuestros labios frases similares a las que siguen:
—Qué mono. Pues si me ha mandado un mensaje a las cuatro de la mañana para decirme que se acuerda de mí en medio de su borrachera…
Probablemente lo ha hecho porque le ha estado tirando los tejos a todo bicho viviente en el pub en el que se encuentra y nadie le ha hecho ni puñetero caso, con lo que pretende obtener su ración de autoestima contigo.
—Si actúa de esa manera es porque es un bala perdida. No sabe lo que quiere…, pero me quiere, le gusto…
Esto es lo peor que te puede pasar del mundo. Has caído en la justificación del desquiciao, de modo que cualquier cosa que haga, por muy perra que sea y por mucho daño que te haga, conducirá necesariamente a que lo hace por un motivo justificado. La frase preferida de los que están con un desquiciao es:
—Él es así, pero en el fondo me adora.
Y se hace, pura y llanamente porque tenemos que creérnoslo para poder continuar con él. Y porque, muy en el fondo, queremos pensar que cambiará por nosotros. ¿Pero cómo narices cambia una persona que no cree que tenga que cambiar nada en absoluto y que se adora a sí misma?
Esto es lo que hará que pases por alto detalles sin importancia como:
—Que esté tonteando con el camarero del bar («lo hace porque acabo de decirle que le quiero, se ha puesto nervioso porque lo del compromiso siempre suena muy fuerte y es una manera de echar balones fuera»).
—Que se le haya olvidado tu cumpleaños («es porque no tiene dinero, porque él es así de poco detallista y de despistado… forma parte de su encanto y lo hace porque anoche le dije “te quiero” por teléfono y bla, bla, bla»).
—Que se haya cepillado al amigo aquel que hizo en su excursión a Madrid para la que no contó contigo en absoluto («forma parte de su encanto, le dije “te quiero” antes de que subiera al autobús y bla, bla, bla, bla»).
Que no, que por mucho que le digáis que le queréis, él no os va a querer. Sólo os tiene de reserva, porque le solucionáis la vida, porque le subís la autoestima y porque… porque ejercéis un papelón de madre que ya le gustaría a la Felicity Huffman en Mujeres Desesperadas hacerlo la mitad de bien que vosotros (cuatro niños pequeños y revoltosos se quedan en bragas al lado de lo que tienes que aguantar tú cada día). Tú eres el psicólogo de El silencio de los corderos, por aquello de intentar buscar una explicación medio lógica que de sentido a la experiencia surrealista que estás viviendo, y él es Hannibal Lecter, con ganas de comerse hasta al más pintado por mucho bozal que trates de ponerle. Tú eres la madre superiora del convento y él es el Sister Act, que de monja no tiene más que la cara de bueno que pone cuando le regañas.
En resumidas cuentas, si te encuentras con una persona que un día te dice blanco y al siguiente negro, que te regala el oído pero luego no hace nada para demostrarlo (hechos, queridos, no palabras), que cuando le estás contando lo mal que te ha ido el día está mirando al culo del que hace footing justo delante y que, además, nunca, jamás reconozca una sola cosa mal que haya hecho y trate de convencerte del consabido «forma parte de mi encanto»… ¡corre más que si vieras a Farruquito en un semáforo!
O si consideras que estás tan aburrido como para embarcarte en una aventura de semejantes dimensiones y digna de documental de Félix Rodríguez de la Fuente… ¡adelante! Como dice mi sabia amiga, la diversión está asegurada (la diversión, el descontrol, el desorden mental y otros trastornos derivados… ¡Viva!).
Así que, cuando le dije a Sonia el otro día que estaba un poco aburrido de mi vida y me dijo que pusiera un desquiciao en ella, mi respuesta fue más o menos así:
—Nena, para estar con un gilipollas siempre hay tiempo…
Y líbranos del mal, amén.