Siempre hay un roto para un descosido
Imagina que este fin de semana quieres ir a ligar (lo cual no es muy difícil. No, lo de ligar sí es difícil, me refiero a imaginar que quieres meterla en caliente). Pero resulta que tu amigo de siempre, ése que es más guapo que tú y al que siempre le entran todos los tíos buenos del bar mientras a ti se te queda la cara del perrito de «él nunca lo haría», no puede porque se ha echado novio y quiere pasar una velada romántica (es decir, desea hacer lo que tú: follar como un conejo, sólo que él ya tiene con quien).
Te armas de valor y le comentas a una amiga tu problema para que te acompañe en otra más de tus incursiones y haga las veces de mariliendres. Ella escucha atentamente cómo le suplicas que vaya contigo, que puede que tu futuro dependa de esta noche, que Esperanza Gracia ha dicho que los astros se alinean y es muy fácil encontrar marido para los Capricoños. Tu amiga te mira y te dice:
—Cásate conmigo. Yo estaría encantada.
—Ponte a la cola —le respondes instintivamente y haciéndote el chulito.
Justo en ese momento caes en la cuenta de que la cola de la que hablas está llena de verdad, pero de mujeres. ¡Mujeres! Y, ¿dónde están los hombres, por favor? Efectivamente, tienes muchas amigas que te dicen: «eres perfecto, sólo tienes un defecto, pero por lo demás eres el hombre perfecto». Evidentemente, ese defectillo de nada, sin importancia, nada que no pueda hacer que te cases con cualquiera de ellas un día de estos, es que te gustan los hombres tanto o más que a ellas. Y no hablo en plan filántropo. No, no es eso.
Claro que alguna de ellas ha llegado a decirte:
—Eso no importa. Así tenemos más cosas en común.
Como si estuviéramos hablando de ver el mismo tipo de películas o de que a los dos os guste comer un sándwich de atún en escabeche a las cuatro de la tarde de los viernes de último de mes. También hay alguna que otra lesbiana que te dice que quiere tener un hijo en el futuro y que va a necesitar tu semen (fíjate, te ves reducido por momentos a una invisible célula y te preguntas «¿esto es todo lo que quieres de mí?»).
Bromas aparte, ¿dónde carajo están los hombres? Eso fue exactamente lo que te atreviste a plantear tras la conversación con tu amiga: sí, sí, sí, muchas mujeres dicen que eres perfecto. Pero ¿cuántos hombres te lo han dicho? Y de esos, ¿cuántos son gays (o lo eran en su momento, que con esto de las modas nunca se sabe) y querían algo en condiciones contigo? La respuesta es fácil: a ver, si tenemos en cuenta el movimiento de rotación del planeta Mercurio en perpendicular con Saturno, lo multiplicamos por 3’1416 y lo dividimos por el número de veces que has babeado delante de la tele por el Cantizano, el resultado final es… Tantatachán…
Tataaaaaaaa…
Cero. Cero patatero.
Claro, como es natural, piensas que el fallo está en ti, no en que los hombres busquen cosas distintas a las mujeres o que ellas se hayan preocupado por conocerte un poquito más. No. Supones que eres tú, que a la vista está, no eres muy sociable que digamos. Porque… ¿qué le dices tú a los tíos para espantarlos de esa manera? A los pocos que se te acercan, digo.
Veamos cómo se desarrolla una noche en uno de esos antros de perdición y lujuria popularmente conocidos como discotecas de ambiente (al fin y al cabo todas las noches son iguales, no sé ni por qué nos molestamos en acudir allí fin de semana tras fin de semana esperando hallar algo nuevo).
Situación: estás pasándolo en grande con tu amiga, que al final ha accedido a acompañarte porque no soportaba verte sollozar, y se te acerca un hombre; da igual si es alto, bajo, feo o guapo. La cuestión es que se te acerca.
Hombre 1: —Hola, bailarín. ¡Qué bien bailas! ¿Nunca te han dicho que bailas genial? ¿Bailamos?
Pensamiento tuyo: a ver… Ha utilizado la raíz de «bailar» cuatro veces en un total de… ¿cuánto? ¿Diez palabras? Vale, los nervios pueden traicionar, pero es que tú no ves al sujeto nervioso. ¡Lo ves un poco flipado!
—Esto… ja, ja, ja… No… Luego… Es que esta canción no me hace mucha gracia… —mientes, mientes mucho, porque en realidad la canción la has bailado más veces que Madonna el Vogue o Kylie Minogue el Can’t Get You Out Of My Head en sus conciertos.
El tío se marcha con una sonrisa en su cara y, efectivamente, descubres que se pone a bailar como si estuviera en el casting de la película Dirty Dancing y que su paso favorito es levantar las manos y la cabeza con los ojos cerrados en mitad de la pista mientras os señala a todos cuando se decide a bajarlos… Beyoncé en sus videoclips sobreactúa menos.
Hombre 2: se trata del típico chulito que parece que te está haciendo un favor por hablar contigo. Durante breves instantes te sientes como si fueras la niña fea con gafas de culo de vaso de la película americana que no puede entrar en el equipo de animadoras y que, caminando por el pasillo del instituto, se topa con el capitán del equipo de rugby, el cual le habla por primera vez.
—Perdona, ¿tienes un cigarro, guapo?
—Sí, claro —¡me ha llamado, guapo! ¡Me ha llamado guapo! Ya verás cuando lo escriba en mi diario rosa con una foto de él en la portada, aquélla que le robé durante aquel partido.
Le das el cigarro.
—¿Y tienes fuego?
—Sí, claro —en el cuerpo, en el cuerpo, arrima el cigarro, que ya verás.
Le das el mechero.
—¿Me lo enciendes? —usando un tono que viene a decirte «baby, haz lo que yo te mande».
—Sí, claro. ¿Quieres que también me lo fume por ti, hijo?
El momento mágico se ha roto, vuelves a ser el de siempre y las gafas de culo de vaso se han difuminado junto a tus aspiraciones de ser animadora. Demasiado imbécil. Si le das más coba, acabará llevándote a su casa, pero no para acostarse contigo, sino para que le hagas la colada, le planches las camisas, le des masajitos antiestrés en los pies y le prepares la comida del día siguiente para que él tenga tiempo de ir al gimnasio y tontear en los vestuarios con otros cachas como él.
Hombre 3: bailas con tus amigos tranquilamente. Entonces te pisan y te dicen aquello de:
—Uy, ¡perdona! —y suena de lo más convincente teniendo en cuenta que el individuo lleva diez minutos pegándose demasiado a ti con la intención de encontrar el momento oportuno de darte el pisotón. No sabes si soltarle una hostia, porque a lo mejor se está cachondeando de ti, o decirle: «cariño, si necesitas hablar con alguien, aquí tienes el número de uno de los mejores psicólogos de España y el extranjero».
—Nada, no pasa nada —contestas al final todo conciliador tú (qué vas a hacer, tampoco te vas a poner en plan chulo, que no eres lo que se dice un hombre musculado).
—Hola yo soy Pepito y éste es mi amigo Manolito.
Esto suena a «hombre número uno y hombre número dos buscan a un tercero para hablar, amistad y lo que surja» (es decir, echar un polvo los tres).
—Mira es que de repente me ha salido un esguince en el tendón que va de la rótula al codo y no puedo bailar. Fíjate tú… Una pena, ¿eh? Pero ya que nos conocemos y somos tan amigos, otro día si acaso.
Hombre 4: ni te habías fijado que estaba. Aparece de repente y está un tanto nervioso.
—HOLA.
—Hola.
—¿QUÉ TAL?
—Bien —contestas, aunque no puedes decir lo mismo de él, pero aun así le devuelves la pregunta por cortesía, que se note que has estudiado en los mejores colegios—. ¿Y tú?
—¿Vamos al baño?
Te propone ir a la baño a TI, que has aprendido que en los baños hay tantas cosas malas, tras una puerta cerrada con un desconocido… Uy, qué mal pensado eres, ¿eh? Pues si a lo mejor el hombre solamente te quiere contar lo mal que lo está pasando porque no tiene agua caliente en casa o te va a enseñar una cicatriz de nacimiento que tiene en la nalga y lo quiere hacer allí que hay más luz… Ay, es que eres lo peor.
—Esto… Mira, no. Es que acabo de ir, que me han hecho efecto los doce cubatas y he meado durante diez minutos. Vamos que ha sonado el CD completo de los grandes éxitos de Nino Bravo en el bar de al lado mientras meaba, que lo he escuchado yo a través de la pared.
—Venga… Vente conmigo… Y te dejo que te corras en mi boca.
Anda, oye, ¿pero tú buscas una relación seria, verdad? Mi intuición divina me dice que sólo quieres amistad. Además, a mí es que, verás, lo de correrme en la boca de un desconocido en uno de esos limpísimos baños de las discotecas de ambiente no es algo que me llame excesivamente la atención. Llámame raro si quieres, chico.
Lo despachas, claro.
Hombre 5: naturalmente, a estas alturas estás ya un poquitín borde y te has cansado de sonreír y de seguirle el rollo hasta al más colgado. Además, como ya se te han acercado unos cuantos y has actuado de lo más diplomático, el resto ve vía libre y se empiezan a colocar en fila, pero no para casarse contigo precisamente.
—Hola, ¿me invitas a una copa?
—Claaaaro. ¿Tengo pinta de Banco de España? ¿O de Fondo Monetario Internacional?
Hombre 6: —Hola, mi amigo, el que está ahí, se va a casar mañana con su novia de toda la vida. Pero dice que te ha visto y se ha enamorado perdidamente de ti y que sería capaz de no casarse si le haces caso.
Lo estudias detenidamente y mirando en derredor, a ver si descubres dónde han escondido la maldita cámara oculta, y a continuación te diriges a su amigo y le dices:
—Oye, tú cásate, ¿eh? Por mí que no quede, que te vayas directo de aquí a la iglesia, así, con lo puesto, y que la muerte os separe.
Hombre 7: —Hola, soy nuevo en la ciudad y me preguntaba si tú me la podrías enseñar… decirme dónde puedo comer, dónde están los cines, lo del transporte, que no me acabo de enterar…
Te vuelves a tu amiga mariliendres, que está junto a ti en ese momento, y le dices:
—No, este no me ha visto cara de Fondo Monetario. ¡Este me ha visto cara de Pelocho!
Hombre 8: —Hola, guapo. ¿Nunca te han dicho que bailas estupendamente?
—¿Y a usted nunca nadie le ha dicho que es un pelín mayor para acercarse a chavalines de mi edad? ¡Vamos, que podría ser mi tatarabuelo, oiga!
Hombre 9: —Hola. Tengo un problema. No sé si me gustan los hombres… Es que necesito probarlo, porque mi novia…
—¡Ahí va! ¡Pero si me he dejado el potaje de lentejas puesto en la candela y ya debe de estar listo! Lo siento, pero me tengo que ir.
Otra opción: «¡Ostras, Pedrín! ¡Que me he dejado la plancha enchufada!».
Inevitablemente sales a tomar el aire un rato con un esguince del codo a la rodilla, un potaje de lentejas imaginario en la candela, fastidiado porque no has podido bailar la canción que más te gustaba de todas las que han puesto y preguntándote si tienes cara de ONG o de número de información gratuita. Cuando te calmas entras y descubres que el chulito del fuego está hablando con los del trío, que el hombre mayor se está morreando con el de las dudas sexuales, que el que se iba a casar le está tirando los tejos a su amigo…
En esos instantes te acuerdas de la famosa frase: siempre hay un roto para un descosido. Pero ¿y tu roto? Se estará rompiendo la boca de la risa, porque lo que es aparecer… ¿O es que al final vas a acabar casado con una mujer y compartiendo hasta los hombres con ella?
Por lo que parece, así es. Deja ya de llorar, asume que eres raro de narices y que los tíos prefieren lavarle los tangas a Rappel antes que estar contigo y empieza a imaginar cómo será darte la vuelta en la cama y encontrarte con dos melones en lugar de un torso musculado…
Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo. Y piensa que puede ser peor: que podrías acabar con mi ex, insisto…