Cómo romper el hielo y no morir en el intento
Coincidiremos todos en que estamos en tiempos difíciles. Y esto no lo digo ni por la política, ni por las guerras, ni por el cambio climático, ni por la superpoblación, ni porque casi siempre quedemos los últimos en Eurovisión. Lo digo porque, bueno, señoras y señores, lo de ligar está complicado. Y es que el mercado está fatal. Entre los que se creen que el mundo gira alrededor de su ombligo, los que piensan que debes morir por sus huesos, los que se quedaron en la tierna (pero detestable) edad de los quince años y jamás desarrollarán su cerebro más allá (a menos que un meteorito caiga en la charcutería de al lado de su casa y ya no puedan comprar el chorizo Pamplonica cuando quieran), los que van de estrechos pero, en realidad, quieren arrancarte la ropa a mordiscos y las zorras que aparecen en los momentos más inesperados disfrazadas de personas con sentimientos y todo (y qué bien actúan las jodías), la cosa está fatal. Un verdadero drama digno de película de serie B, de verdad.
Para salvar estos tiempos difíciles y de mucho onanismo, tal día como hoy pretendo arrojar luz sobre las sombras de los cuartos oscuros a los que acudís para buscar sexo fácil e impulsar el ligoteo de toda la vida, un arte que se está perdiendo porque cada vez da más pereza currártelo para terminar puteado por un gilipollas de tres al cuarto que se siente bien atropellando gatos y minando tu autoestima y que, además, la tiene pequeña (los hay de todas clases y sabores, oigan; unos regalitos). Por eso vamos a hablar sobre las geniales frases que puedes decir cuando alguien te gusta, te mola, te alegra la pajarilla, te produce ganas de mirar pa’ Cuenca y todos los sinónimos que tu calenturienta mente de pervertido pueda imaginar.
Pasaremos por alto los guiños intermitentes de sendos ojos y el muy típico «¿Estudias o trabajas?», que tan anticuado y manido ha quedado y que a mí me suena mucho a esa colonia llamada Varon Dandy, tan horrible y que recuerda al trifásico por lo menos. Repetid conmigo «estudias o trabajas» no, malo, caca. Vale, ya está. Ahora sí, con voz de «su tabaco, gracias»: habéis ingresado en el artículo sobre cómo ligar en una discoteca número cuatro mil quinientos ochenta y cinco. Si me pagaran un euro por cada uno de estos, yo sonreiría mucho más y dejaría de buscar un ricachón para pegar un braguetazo. Éstas son algunas frases que debemos tener en cuenta en el noble arte de entrarle a alguien:
—¿Qué hace alguien como tú en un sitio como éste? Ésta es muy socorrida y muy peliculera. Tanto que, sobre todo, debe ser utilizada en blanco y negro, en la barra de un bar de un hotel de cinco estrellas con música de piano sonando de fondo y un San Francisco entre las manos.
Para los que buscan el lado romántico no está mal, pero en un pub normal con el «A ella le gusta la gasoliiiinaaaa. Dame más gasoliiiinaaaa» de fondo, contigo medio alcoholizado y apestando a whisky y con tres mil ochocientas cincuenta y siete personas (tirando por lo bajo), una cucaracha y dos mosquitos empujándote y rozándote con alguna parte de su cuerpo, esto queda fatal. Es más, lo que deberías plantearte es qué coño haces tú en un sitio como ése y no preguntar desesperadamente a desconocidos cuya respuesta ni siquiera escucharás debido a que el tumulto os separará en cuestión de décimas de segundo y solamente podrás contemplar cómo se pierden en la multitud.
—Quién fuera cabra pa’ comerte to’ lo verde. Hay que decirlo con arte, acento andaluz y voz ruda de camionero a ser posible. Puede suceder que te miren con una cara muy utilizada y que sirve para indicarte que piensan que eres un pervertido (la habrás visto millones de veces, no te hagas el nuevo conmigo).
Si además el individuo procede a alejarte del lugar en el que se encuentra utilizando un palo, da por sentado que no le ha hecho ni puta gracia. Pero oye, es que falta mucho sentido del humor en las noches de marcha y es que la gente se pone de un borde subidito.
—Con ese culo te invitaba a cagar a mi casa. A ver, esto… Que sí, que hay muchas maneras de decir que te gusta el culo de alguien, pero el rollo escatológico como que no vende demasiado. Así que hacedme el favor de borrar esta frase de vuestras mentes. Y sí, mejor el «estudias o trabajas» que esto, dónde va a parar.
—Tienes unos ojos… como pa’ comerte to’ el potorro. No la recomiendo por ser demasiado directa y porque puede que en un abrir y cerrar de ojos te encuentres, o bien con una puñetazo en la boca que, aparte de echarte los dientes abajo, te dejará unos labios de colágeno preciosos, o bien con un cuerpo extraño gracias al cual y debido a la sorpresa puedes estar escupiendo bolas de pelo hasta tres semanas después (como los gatos cuando se purgan el estómago). Eso sí, esto no da lugar a confusiones (vamos que si te siguen hablando mojas seguro, no hay lugar para ambigüedades) y además aúna el momento romántico de los ojos con el fin explícitamente sexual (echar un polvo como Dior manda).
—Te voy a dejar el culo como un bostezo. Yo… Esto… Verás… es que no sé qué decir a esto… Salvo imaginarme un bostezo y sentir mucho dolor de repente. Creo que no hay una forma de entrar más grosera y, por ende, más clara que ésta. Y sabes que si a alguien que te dice esto le sigues hablando, esa noche haces de pasivo por cojones, vamos, que no hay tu tía y que serás capaz de hacer un estudio sociocultural de Cuenca para los anales (y nunca mejor dicho).
—Qué bien quedaría tu ropa tirada al lado de mi cama[4]. También alude directamente al plano sexual pero, además, es original y graciosa. A mí, por ejemplo, me gustó mucho cuando mi amigo me la dijo. Lástima que fuera a modo de anécdota y no porque quisiera ver mi ropa tirada al lado de su cama… Malditos heteros que no contemplan la posibilidad de estar confundidos con su orientación sexual…
—Sé que no soy el tío más guapo del bar pero soy el único que ha venido a hablarte[5]. Ésta aboga por el humor. Es graciosa, sin malicia y no está mal para comenzar una conversación absurda y romper el hielo. Puede ser que te ocurra lo mismo que le pasó a mi querido amigo heterosexual, que la tía a la que abordó con esta frase, se le quedó mirando fijamente y le contestó: «pues hay que joderse, qué mala suerte tengo».
Jope, pobrecico mi amigo. Aunque le está bien empleado por empeñarse en querer estar con mujeres.
—Oye, tú, eh, eh, sí… tú, ven. Que me has mirado y te quería preguntar si es que me conoces de algo. Si lo dices en plan agresivo el tío se acojona. Puede suceder que te pegue una hostia que lo flipes, pero probablemente, y más si es el típico chulo de miraditas, estará tan desconcertado que titubeará y todo (y aunque no ligues siempre te puedes echar unas risas a costa de tu patética agresividad y resentimiento respecto a los hombres). Si prefieres un lado más tímido, existe la versión «Oye, me suena tu cara, ¿nos conocemos de algo?». Como diga que sí, la has cagado porque seguro que ya te enrollaste con él en otra ocasión e ibas tan pasado que ni te acuerdas (y esto, aunque parezca que no, sucede muy a menudo).
—Oye, tú te llamas Almudena, ¿verdad? ¿Verdad? ¿VERDAD? Esto se dice mientras aprietas el brazo del sujeto con fruición y con los ojos fuera de las órbitas. Tal suceso le ocurrió a mi amiga Andrea, la Catequista. Un colgado le entró una buena noche como otra cualquiera de esta manera. Tan acojonada estaba que hasta dijo que sí, que se llamaba Almudena, que se llamaba como él quisiera, pero que aflojara la presión del brazo que se le estaban empezando a entumecer los dedos.
En clara consonancia con la anterior pero mucho más psicopática, puede dar lugar a huidas en manada, a patadas en el culo de porteros cachas y a panfletos con fotos tuyas acompañadas de frases como «cuidado con el maniaco obseso».
—Qué bien bailas; como te muevas así de bien en la cama… Ésta es la mar de socorrida porque quedas de puta madre y es una manera de invitar al sujeto a que baile contigo, aunque puede suceder que el chico se lo tome al pie de la letra y de fondo, mientras echáis el polvo prometido, haga sonar el Crazy In Love de Beyoncé con cruentas embestidas y movimientos poco sutiles de pelvis (algo que englobaríamos dentro de lo denominado «prácticas bizarras»). Después de algo así se te quitarán las ganas de hablarle a chicos que hayan visto demasiadas veces Dirty Dancing y cuando escuches a Irene Cara cantando el What a Feeling se te pondrán los vellos como escarpias y no precisamente por la emoción.
—Al verte me he dado cuenta de que somos almas gemelas. A menos que vayas a ligar dentro de un culebrón venezolano, en una comedia romántica americana, en una película de Disney o en una convención nacional de ingenuos románticos agilipollados y borrachos, no creo que vaya a servirte de mucho. Esto de utilizar lo cursi para ligar queda muy mal y muy desesperado. Pero verás, todo es probar. Luego no te quejes si se ríen de ti hasta que llegues a la menopausia.
—Se me ha metido algo en el ojo… ¿me ayudas? Por supuesto, esta estudiada estrategia de ligoteo resulta tan evidente y clara que yo creo que los sujetos implicados pensarán «no, no puede ser tan obvio» y seguro que caen. Para cuando se den cuenta de que sí, de que era real, ya tendrán tu lengua moviéndose dentro de su boca y no podrán hablar. También se acepta el típico «he perdido a mis amigos», «no tengo dinero para volver a casa», «¿quién soy, donde estoy?» y otros que puedan activar el lado ONG del posible ligue.
Por supuesto, el contenido de este artículo es susceptible de aumentar. Habrá segundas partes (aunque se diga eso de que nunca fueron buenas) y hasta terceras y cuartas si sigo por este camino de no comerme una rosca ni suplicando.
Para qué luego digan que los jóvenes no somos creativos… La necesidad (de zumbar, sí, pero necesidad al fin y al cabo) agudiza el ingenio.