CAPÍTULO VII
Solté el brazo de la chica. De la boca de Dolores se escapó un ronquido infrahumano. Estalló otra bomba atómica.
Dolores fue empujada brutalmente a un lado. Cayó de rodillas, apoyándose instintivamente con las manos en el suelo, arrojando torrentes de sangre por la herida causada primeramente en su cara.
Mientras me abalanzaba hacia la segura protección del diván, sentí sobre mi cabeza otro estampido. Los ecos del tercer disparo no fueron lo suficientemente poderosos para acallar el ruido de algo que estallaba sordamente, con fragor de huesos despedazados.
Me agazapé bajo el diván, en tanto que sacaba mi revólver. Dolores yacía boca abajo, con toda la parte posterior del cráneo horriblemente destrozada por el último impacto. Un charco de roja sangre se extendía lentamente bajo su cuerpo inmóvil, apenas sacudido por los últimos y leves espasmos provocados por la extinción de la vida en sus centros nerviosos.
Los disparos no se repitieron. La puerta saltó de una patada y Olsen penetró en la habitación, empuñando un revólver.
—¡Cuidado! —grité—. ¡Está en la ventana!
Olsen se retrajo un tanto. Miró hacia la ventana. Luego echó a correr, procurando hacerlo junto a la pared.
Entonces me puse en pie. Levanté el bastidor y me asomé fuera.
Un hombre descendía apresuradamente por la escalera de incendios. Estaba ya a la altura del segundo piso. En la calle había un coche aparcado, casi inmediatamente bajo la escalera.
Le intimé a detenerse.
—¡Alto! ¡Párese o haré fuego!
Por toda respuesta, el tipo se volvió y disparó contra mí. El muy canalla usaba una 45 del Ejército. Así había destrozado la cabeza de Dolores; una bala de ese calibre causa efectos devastadores en el organismo humano, sea cualquiera que sea el lugar donde haga impacto.
El proyectil pegó en la barandilla de hierro, perdiéndose a lo lejos con agudo chillido. Retrocedí un poco, volviéndome a asomar acto seguido.
Apunté y disparé varias veces rápidamente. El asesino estaba a punto de alcanzar el descansillo que le conduciría al segundo tramo. Se estremeció horriblemente al sentir en su espalda el impacto de los proyectiles de mi 38.
Abrió los brazos y soltó la pistola. Las balas le empujaron hacia el antepecho de la barandilla, sobre la cual se dobló en dos. Osciló un instante y luego acabó por voltear, cayendo a la calle.
Su cuerpo chocó contra el techo del automóvil que le aguardaba. Rebotó horriblemente, dejando como huella de la caída una enorme abolladura en la chapa, y luego cayó despatarrado sobre el cemento del arroyo. El conductor del vehículo arreó de inmediato, perseguido por unos cuantos disparos míos y de Olsen, que no consiguieron el menor efecto práctico.
Después se produjo el escándalo consiguiente en casos similares. La calle empezó a llenarse de gente, atraída por el tiroteo. Olsen y yo bajamos por la escalera de incendios, separando poco cortésmente a los primeros curiosos llegados.
El cuerpo del fulano había quedado boca arriba. El rostro había resultado sin daños apreciables, por lo que resultaba fácilmente identificable.
—¿Lo conoce usted, Olsen? —pregunté.
—Sí. Es un tal Buddy O’Treigh. Trabajaba para Curland.
Me puse en pie, frotándome pensativamente la mandíbula.
—Eso quiere decir —murmuré con lentitud—, que a Curland no le interesa que se conozca su paradero. ¿Por qué?
Olsen me miró como preguntándome con el gesto. Pero no podía decirle nada.
—Está bien —dije—. Me llevo el coche. Quédese aquí hasta que venga el forense y los de Identificación para recoger los restos. Yo me vuelvo a la Avenida Cuarta. Reúnase allí conmigo en cuanto pueda.
—Conforme.
Me abrí paso a viva fuerza y subí al coche. Esta vez no me olvidé de recargar el revólver, a continuación de lo cual llamé a Jefatura, para que vinieran a llevarse el cadáver de Buddy O’Treigh. Emprendí la marcha hacia mi puesto de actuación.
Parecía mentira que en el breve transcurso de poco más de dos horas hubiesen ocurrido tantas cosas. Habíamos empezado alrededor de las nueve de la mañana; eran las once y cuarto, más o menos, y ya habían muerto tres personas, amén de dos heridos… Sin contar con el loco que seguía emperrado en su manía de hacer saltar la ciudad por los aires. No, desde luego, no podía quejarme de inactividad.
Mientras volaba hacia el final de la Avenida Cuarta, pensé en Curland. ¿Cómo había sabido que me dirigía a casa de la Fuller? ¿Filtraciones en el Departamento? Esto me preocupaba menos, con ser bastante motivo para que me doliera la cabeza, que la muerte de la Fuller en sí. El asesinato de la provocativa pelirroja demostraba hasta la saciedad que Curland no quería bajo ningún concepto ser conducido a presencia de Loganion. Algo temía… ¿Qué? El diablo lo sabía, yo no, desde luego.
La sirena me abrió paso entre la muchedumbre estacionada en las proximidades de la casa de Loganion. Frené el coche y salté a tierra.
Un hombre acudió a mi encuentro, además del sargento Nichols. Antes de hablar con nadie, lo hice con el sargento.
—¿Qué hay por aquí, Nichols?
—Nada de particular, teniente. Todo sigue igual. El loco está parapetado en el mismo sitio y no ha pestañeado siquiera desde que se fue usted.
—«El Uñas» se me escapó. Di orden de búsqueda general. ¿Han comunicado algún resultado?
—En absoluto, señor.
—Si consigo echarle el guante encima, le daré un buen puñetazo en las narices —dije, rabioso. Entonces reparé en el hombre que había a nuestro lado.
El hombre me enseñó una insignia conocida de sobra.
—Dipensio, de la F. B. I, —dijo—. ¿Teniente Fox?
—El mismo —contesté—. Encantado de saludarle, Dipensio.
—Lo mismo digo, teniente. Escuche, desearía hablar con usted a solas.
—Muy bien, venga acá —aprobé. Me lo llevé a unos pasos de distancia y saqué cigarrillos. Fumamos.
—Mi presencia aquí no obedece a mera casualidad, teniente —dijo el federal—. En realidad, venía para interrogar al profesor Loganion, cuando me encontré con todo este jaleo. Hermoso bollo, ¿eh, teniente?
—Y que lo diga —suspiré—. ¿Qué le pasa con el loco?
—Tenemos sospechas de filtraciones que afectan a la seguridad nacional. Loganion podría decirnos algo… Pero no está en condiciones de ser interrogado, ahora, claro —manifestó el «fed».
—Eso puede apreciarlo usted mismo, Dipensio —dije, señalando con el pulgar hacia la casa—. Tengo entre manos un buen asunto, pero me parece que el suyo no debe ser menos. ¿Puedo saber, en realidad, lo que les sucede?
—Unos documentos importantes han desaparecido. Loganion es por ahora uno de los sospechosos. No acabamos de creer que sea él, pero tampoco conviene fiarse. El profesor estaba entre los que tenían acceso a dichos documentos y, claro, hemos de seguir la pista a quienes pueden habérselos llevado.
—Esto se convierte, al parecer, en un caso de espionaje.
—Mucho me lo temo, teniente —manifestó el «fed».
Miró hacia la casa.
—Y por ahora no podemos hacer nada. ¿Qué es lo que sabe usted, hasta ahora?
Se lo conté todo rápidamente. Al terminar, Dipensio se tironeó del labio inferior.
—¡Hum! De modo que hay gente interesada, al parecer, en que no aparezcan Curland y la fulana. Eso suena a extraño, ¿no le parece, Fox?
—Lo mismo creo yo —respondí—. No se arma tanto escándalo ni se mata a la gente por un simple asunto de faldas…
—¡Déjenme pasar! —gritó en aquel momento una voz—. ¡Teniente Fox, soy yo, Jessica McDye! ¡Diga a sus monos que me dejen pasar!
Dipensio me consultó con la vista.
—Es la secretaria del chiflado —dije. Levanté la mano sin volver siquiera la cabeza, y un segundo después, Jessica estaba de nuevo a nuestro lado.
—¡Buena faena me ha hecho usted, teniente! —explotó la muchacha, indignada—. Dejarme allí, abandonada…
—Amigo Dipensio —dije, sin hacerla demasiado caso—, ésta es la señorita McDye, secretaria del profesor Loganion. Señorita McDye, el señor Dipensio, de la F. B. I.
—Me lo suponía —dijo ella cortantemente—. Lo raro es que no hayan intervenido antes.
Dipensio se picó.
—Explíqueme usted eso un poco mejor, señorita McDye —dijo.
—Pues que tendrían que haber vellido antes aquí, a ver si ustedes tienen más habilidad para sacar al profesor de ahí —contestó la muchacha, mirándome con gesto duro.
—Lamento tener que decepcionarla, señorita, pero mi misión no es sacar de ahí al profesor. Eso es cosa del teniente Fox.
—Entonces, ¡estamos perdidos! —exclamó Jessica, desalentada.
—No tanto —gruñí, irritado. Consulté el reloj; eran ya las once y media. A las dos acababa el plazo que nos había marcado el loco—. De todas formas, aún queda tiempo.
—Eso, si no se desmaya antes —dijo la muchacha, de modo sorprendente.
—¿Eh? —exclamamos Dipensio y yo al unísono.
—Sí. El profesor tenía la tensión muy baja últimamente y había sufrido, durante la semana pasada, un par de lipotimias… desmayos, para que lo entiendan. Si se desmaya, caerá al suelo, tirará del alambre, soltará el seguro y…
Empecé a sudar como si me hallara en una caldera de agua hirviendo y los antropófagos estuvieron bailando la danza del estómago «a llenar» a mi alrededor.
—¡Jesús! —exclamó el federal, pálido como un difunto.
—¿Es cierto eso que ha dicho, señorita McDye? —pregunté, helado de pánico.
—Completamente cierto —respondió ella con acento que no dejaba lugar a las dudas.
Me pasé la mano por el rostro y la retiré chorreando. Mientras me la enjugaba con un pañuelo, Dipensio dijo:
—¿Qué sabe usted del profesor y de su novia?
—Últimamente estaba muy nervioso. Sus palabras, a veces, carecían de coherencia. Quise sugerirle la conveniencia de un descanso, pero me dijo que me metiera en mis cosas. Estaba, además, la enfermedad de su madre, que le traía bastante preocupado…
—¿Pensaba casarse pronto con Sweetie Randall? —pregunté yo.
—Ésos eran sus planes —contestó la muchacha, volviendo el rostro hacia mí—. Incluso había ordenado que le hicieran un estudio para hacer reformas en esa casa y vivir en ella después de su matrimonio con la señorita Randall.
—¿Qué sabe usted de ella? —preguntó el «fed».
—No gran cosa, excepto que es muy hermosa. Pero no me chocaría nada que, además de hermosa, fuese también ambiciosa.
—Y el sueldo de un científico —exclamé, pensando en las ventajas de que disfrutan los sabios en otro país que no hay por qué nombrar—, no es gran cosa, aquí en U. S. A. Por si fuera poco, esas gentes del Congreso se quejan de que no hacen más que gastar dinero.
—En su pecado llevan la penitencia —sentenció el «fed». Luego miró a la inmensa muchedumbre que rodeaba el lugar—. Esas gentes, ¿es que no se dan cuenta de lo que pasa, teniente?
Me encogí de hombros.
—Seguro que no acaban de creer lo de la bomba atómica —contesté—. Esto no impedirá que en el último momento, se maten todos por querer largarse de la ciudad.
Un agente vino con un radioteléfono en la mano.
—Teniente, el sargento Madison dice que no encuentra el menor rastro de Gene Curland.
—Contéstele que vaya quitándole el polvo al uniforme de patrullero —rezongué.
Luego levanta la vista hacia la casa en donde tenía apostados a dos agentes. Era una construcción de cuatro pisos, situada casi frente a la de Loganion.
—Vamos arriba a echar un vistazo, Dipensio —dije. El «fed» me siguió. Pegada a nuestros talones, vino también Jessica.
Subimos rápidamente al cuarto piso, cuyos moradores estaban gozando de las delicias del espectáculo en primera fila. Penetramos en la habitación donde estaban los agentes.
Uno de ellos acudió a recibirme.
—Ninguna novedad por ahora, teniente.
—Gracias, Burke. Déjeme sus prismáticos —pedí.
Burke me entregó los binoculares. Me fui hasta la ventana y, colocándome en un lado de la misma, escruté el espacio frontero.
El aparato óptico me aproximó notablemente las imágenes. El segundo piso de la otra casa venía a quedar, más o menos, a la misma altura que aquél en que estábamos. La ventana estaba abierta de par en par, dejando ver una espaciosa habitación, en cuyo centro había una gran mesa de madera. Sobre la mesa había un extraño artefacto, cuya sola vista me aterró.
Miré durante unos instantes en completo silencio. Luego dije:
—Señorita McDye.
—¿Sí, teniente?
Le pasé los gemelos.
—Mire usted y dígame si aquel artefacto es la bomba atómica.
Ella tomó los binoculares. Estuvo contemplando la habitación durante unos segundos y luego volvió el rostro hacia mí. Dipensio miró a su vez a través del aparato óptico.
—Sí —dijo Jessica, con el rostro más blanco que la cera.
Cuando Dipensio hubo terminado el examen, volví a miran. Tragué saliva.
No entiendo gran cosa, pero lo que podía ver era muy sencillo. Dos medias bolas de un metal gris plateado, de unos diez o doce centímetros de diámetro, cuya parte plana brillaba como el más pulido de los espejos, estaban situadas la una frente a la otra, separadas entre sí por una distancia de unos cincuenta centímetros. Cada bola estaba montada en una especie de soporte de forma prismática triangular, hecho con menudas viguetas de acero, muy parecidas a las de los «meccanos» infantiles, cuyo soporte se apoyaba, a su vez, en unos raíles atornillados directamente sobre la madera de la mesa. La estructura de cada soporte disponía de unas minúsculas ruedecillas a fin de que pudiesen deslizarse sin inconveniente por los rieles, los cuales harían de guía en el momento del disparo.
Uno de los soportes tenía tras sí un potentísimo muelle, el cual había sido tensado previamente hasta su total comprensión, quedando asegurado después por medio de una uña eléctrica que aparecía en posición vertical sobre el extremo más próximo a la media bola del ponzoñoso plutonio. En la parte superior de la uña se veía una menuda anilla a la cual estaba sujeto un alambre apenas visible, excepto en el trozo donde le hería directamente la luz, que era exactamente frente a la ventana. El alambre iba, en posición horizontal, desde la uña metálica hasta la parte izquierda de la ventana, en cuyo antepecho se veía descansando el brazo de un hombre.
Entre las dos semiesferas de plutonio se veía una pesada hoja de plomo, de casi tres centímetros de grueso por veinte de lado. Supuse que debía ser Ultra-P y que el profesor lo había colocado allí para evitar que las radiaciones de una media bola afectaran a la otra. La hoja de Ultra-P estaba en posición inestable, conectada también por el mismo alambre a la uña de seguridad. En el momento del tirón, el Ultra-P caería y las dos bolas chocarían entre sí. Entonces se alcanzaría la masa crítica y, ¡todos a volar hasta el Valle de Josafat!
La construcción me demostró que Loganion había estado meditando aquello durante largo tiempo, posiblemente desde que se enteró de la infidelidad de la Randall. Pero ¿qué clase de ideas monstruosas se habían forjado en el cerebro de aquel loco como para poner a una ciudad de cuarenta mil habitantes en el trance de ser arrasada? ¿Qué ocurriría si de repente le acometía un desmayo por falta de presión arterial?
—Espero —dijo el «fed» a mi lado, muy lentamente, como adivinando mis pensamientos— que la emoción y los celos eleven lo suficientemente su tensión como para no temer un desvanecimiento.
Recé fervorosamente para que así fuera. De lo contrario…
En aquel momento sonó el megáfono.
—¡Miren sus relojes! —bramó el chiflado—. ¡Sólo restan ya dos horas y veintidós minutos!
¡Y no teníamos el menor indicio de dónde podían hallarse los fugitivos! ¿Qué sucedería si habían conseguido forzar el cordón de vigilancia y habían logrado escapar de la ciudad? ¿Cómo hacerle creer a Loganion la verdad de lo ocurrido y que desistiera de sus insanos propósitos?
En aquel momento oí ruido de motores. Miré hacia el sur. Una columna de automóviles militares llegaba a la ciudad.
—¡Lo que nos faltaba! —exclamé, dándole al sombrero una vez más con la mano. Giré en redondo y eché a correr escaleras abajo, seguido por Jessica y el federal.