CAPÍTULO III
La voz de Loganion pasó sobre nuestras cabezas como el ruido de un tifón tropical. Sus ecos tardaron bastante en disiparse y nosotros tardamos aún más en reaccionar.
Era evidente que el chiflado se había organizado bien. Incluso había montado un altavoz para poder comunicarse con nosotros, sin necesidad de abandonar el puesto de observación que indudablemente tenía montado.
La emisora de TV empezó a actuar. Era imposible ya retirarla, de modo que antes de cinco minutos, me imaginé, todos los vecinos de Palmer Springs estarían situados ávidamente ante las pantallas de sus receptores… Si es que no echaban a correr por todos los medios. Bill Quash debía creerse que era broma lo de la bomba; si hubiera visto la maleta, habría seguido con el camión emisora hasta llegar al Canal de Panamá, sin pararse en el camino.
El alcalde se me echó encima.
—Teniente, ese loco…
—Lo sé, señor DeVryss. Estoy tratando de pensar un medio de reducirle a la impotencia. Tenga usted en cuenta que dispone de un rifle y que ya ha matado a uno de mis hombres y herido a otro. No quiero que se produzcan más bajas, ¿me comprende?
Homer DeVryss era un tipo menudo, enteco, calvo casi por completo, pero muy aficionado al dinero y a los placeres que éste puede proporcionar. Era el perfecto tipo del político y del cabildero, y cuando uno pensaba en los trucos que había utilizado para escalar el puesto que ostentaba, sentía ganas de vomitar. Pero era mi jefe por la voluntad del pueblo que regía, y le debía respeto y obediencia.
—Tiene que apresar a ese loco cuanto antes, teniente —me urgió DeVryss, secándose aprensivamente la calva con un pañuelo de seda—. Esto puede causar graves perjuicios a la ciudad. Ahora, precisamente, que estábamos encauzando el turismo comarcano…
¡Turismo comarcano! Bien sabía yo en qué consistía. Salas de fiestas, juego, chicas guapas y fáciles —fáciles con dinero, por supuesto— y ¿quién sabía si cosas aún peores? Todo esto había empezado a florecer a partir de la subida al poder de DeVryss y, naturalmente, si ese turismo fallaba, sus sanos ingresos se irían al cuerno.
—Está bien —dije—, haremos lo que podamos, señor alcalde. Pero creo que usted también podría colaborar.
—¿Cómo? ¿De qué manera, teniente?
—Vaya a ver al señor Curland y tráigaselo aquí cuanto antes. Ese loco —y señalé con la barbilla a la casa de pizarra— está deseando verle.
El rostro de DeVryss palideció.
—¿Cur… land? —murmuró.
—Ese mismo —contesté, y le volví la espalda—. Olsen, el teléfono.
Tomé el aparato. Llamé.
—¿Hickman?
—¿Señor? —Era el jefe de la patrulla situada directamente al otro lado de la casa.
—Escuche, vamos a ver si podemos distraer al loco por delante, por donde estoy yo. Entonces, ustedes penetrarán en la casa por la parte posterior y tratarán de reducirle a la impotencia, ¿estamos?
—Comprendido, señor.
—Han de tener mucho cuidado. Está armado con un rifle y ya ha matado a uno de los nuestros. No quiero más bajas y quiero, además, pescarle vivo. Esperen mi orden para actuar.
—Perfectamente, señor.
Devolví el aparato a Olsen. En aquel momento, un pelotón de técnicos de la TV empezaron a tender sus cables por el centro de la calzada, interponiéndose entre nosotros y la casa.
Lancé un bramido.
—¡Fuera de ahí! ¡Lárguense todos con su maldita emisora o los haré encerrar! ¿Es que no se han dado cuenta de que estamos delante de un loco peligroso que ya ha matado a un hombre?
Uno de los técnicos me miró como si el chiflado fuese yo.
—¡A mí qué me cuenta! —contestó abruptamente—. Yo sólo cumplo órdenes…
—¡Pues ahora va a cumplir las mías! —exploté—. ¡Sargento Nichols, saque a estos hombres y a su maldito camión de aquí! ¡Inmediatamente!
Nichols llamó a tres guardias y los técnicos retrocedieron. Entonces dije a Olsen:
—Averígüeme el número de teléfono de esa casa, quiero hablar con Loganion.
—Sí, señor.
El altoparlante rugió de nuevo.
—¡Atención un momento! Quiero que me escuchen todos. Estoy percibiendo movimientos por detrás de mi casa. Quiero que sepan una cosa. Por muy rápidos que sean, yo lo seré más.
Hubo una pausa estremecedora. Luego, el megáfono continuó:
—He instalado un dispositivo de disparo a mano. Aunque tirasen contra mí, en el momento de caer yo funcionaría el detonador y se produciría la explosión. Lárguense todos. Dejen que hable con Sweetie Randall y con Gene Curland, o volará la ciudad.
Sentí que los cabellos se me erizaban. Aquel tipo debía haberse enganchado un alambre a la muñeca, o algo por el estilo, de tal modo que, aun muriendo antes de explotar la bomba, su caída provocaría el disparo de la misma. Y todos nosotros nos iríamos a verle las narices a Satanás.
Volví el rostro hacia mi cuñado.
—Lear —dije con voz estrangulada—, ¿puede hacer eso?
—Teóricamente, sí. Y debes contar con que Loganion es uno de los mejores físicos del laboratorio donde yo trabajo.
—¡Pero… una bomba atómica de mano! —dije.
La voz de Olsen me distrajo por unos segundos.
—Teniente, me informan de la central que esa casa no dispone de teléfono.
Me pegué un puñetazo en lo alto del sombrero.
—Lo que nos faltaba —mascullé—. Diga que vengan técnicos o quién diablos sean y que nos monten un altoparlante para comunicarnos con Loganion. ¡Pronto, condenación! ¿Y qué hacen la señorita Randall y ese bastardo de Curland que no vienen? ¡Actívenles, diablos!
Observé que el público era cada vez más numeroso. Un emprendedor vendedor de refrescos instaló su carromato ambulante y empezó a forrarse con la venta de botellas y helados.
—¡Nichols! ¡Aparten la gente a cien metros de aquí o haré funcionar las mangas de los bomberos!
Olsen me dio otra noticia. No agradable, por supuesto.
—La Señorita Randall se niega en redondo a venir. Dice que no quiere ni oír hablar de Loganion.
—¡Que la traigan arrastrando por los cabellos! —vociferé—. ¿Es que no se da cuenta de que somos cuarenta mil tipos en la ciudad que podemos morir por el capricho de un chiflado?
—Sí, señor. Ah… otra comunicación, teniente. Gene Curland ha desaparecido y no se sabe dónde está.
Mi pobre sombrero sufrió la segunda abolladura de la mañana.
—¡Oh, no, Dios mío!
Una mano me alargó un cigarrillo encendido, cuyo humo aspiré con ansia.
—Gracias, Lear —dije. De repente le pregunté—: Oye, ¿crees de veras que Loganion ha podido montar esa bomba?
Mi cuñado se frotó pensativamente la mandíbula.
—Pues, sí —respondió, descorazonadamente—. Sobre todo, si ha conseguido el plutonio necesario y en la forma requerida.
—Explícate, te lo ruego.
—Seguramente debe tener dos fragmentos de plutonio. Juntos tienen un tamaño ligeramente superior al de una pelota de golf. Cada uno de ellos tiene forma de media esfera. La parte plana es absolutamente lisa y tan pulida como el mejor espejo. Separados son inofensivos, en el aspecto explosivo, se entiende. Ahora bien, en el momento en que los circuitos correspondientes entran en acción, lanzando uno contra otro con enorme potencia, de modo que las dos partes lisas entren en contacto total, entonces se alcanza la llamada masa crítica y se produce la reacción en cadena que origina la explosión nuclear.
—Pero Loganion no juntará los dos trozos de plutonio a mano.
—No, por supuesto. Lo más seguro es que se haya proporcionado un potente muelle que haga de disparador. El muelle tendrá un seguro que Loganion podrá quitar con un sencillo tirón de un alambre o algo parecido. Entonces…
—Entonces, ¡paf! —exclamó sombríamente.
Vino un automóvil dotado de altavoces y micrófonos. Tomé este último y lancé una intimación.
—¡Loganion! ¡Soy el teniente Fox! ¡Deseo hablar con usted! ¡Contésteme, se lo ruego!
La respuesta se demoró unos segundos.
—¿Qué es lo que quiere, teniente?
—Esperamos traer pronto a la señorita Randall. —Y no le quise decir nada de Curland, por temor a provocar la catástrofe antes de tiempo.
—Tiene que venir junio con ese canalla de Curland o, de lo contrario, dispararé la bomba. ¡Recuerden, han pasado cuarenta minutos; ya sólo quedan ochenta!
El altoparlante calló. Sentí que el sudor corría a chorros por mi cuello. Hacía calor, pero de repente me pareció como si el termómetro marcase el doble.
Percibí clavadas en mí las miradas de numerosas personas. Nadie acababa de creerse que se tratara de una bomba atómica. Esto no es que sea frecuente, sino que no ha sucedido, que yo sepa, y la gente, claro, no se lo tomaba del todo en serio.
—¿Y si disparásemos contra él?
—No —contestó Lear—. Al caer al suelo, tiraría del alambre y soltaría el seguro.
—Entonces, tampoco podemos usar gases lacrimógenos.
—No, pero podemos hacer otra cosa.
—¿Qué, Lear? —inquirí anhelantemente—. Estaba ansioso de hallar una solución que me permitiese salir de aquel maldito atasco.
—Parlamentar con Loganion… personalmente.
—¡Personalmente!
—Sí. Iré yo mismo. Somos compañeros de trabajo. Estamos en el mismo laboratorio Nos conocemos desde hace años tal vez a mí quiera escucharme… y quizá pueda distraer su atención lo suficiente para desarmar la bomba.
Ahora noté frío.
—Puedes… fallar, Lear.
—No fallaré. Sé cómo se manejan esos cacharros. Trataré de distraerle con mi charla… No hace falta tampoco desarmar la bomba, si la ha montado como me imagino. Puedo colocar un obstáculo entre las dos mitades de plutonio, un simple libro bastaría, de modo que, aunque él diese el tirón al alambre, los trozos de material escindible ya no podrían chocar y se evitaría la explosión. —Se chupó maquinalmente los nudillos, en tanto miraba a la casa—. Y todavía sé golpear, Burl.
—No me gusta, Lear —dije, pensando en mi hermana y sus tres niños—. ¿Qué haría Mary si se quedaba viuda de repente por el capricho de un maniático? ¿Qué diablos de culpa teníamos nosotros de que la Randall le hubiese plantado por Curland?
—Pero no veo otra solución, Burl —insistió mi cuñado—. Además, puedes dejarme un revólver. Si las cosas se ponen mal, siempre me queda el recurso de pegarle un tiro.
Vacilé unos momentos. No acababa de resolverme a hacer lo que me pedía mi cuñado. Era una solución viable, pero… el cadáver del policía seguía allí, ante nuestros ojos, sin que nadie hubiese osado dar un paso para rescatarlo.
En aquel momento, y antes de que adoptara una decisión, percibimos un fuerte revuelo cerca de la barrera que impedía el acceso al interior del recinto que habíamos establecido en torno a la casa. Una voz femenina chilló estridentemente.
—¡Déjeme pasar! —gritaba la mujer—. ¡Quiero Ver al jefe de las fuerzas policiales! ¡Es imperativo que lo vea cuanto antes!
De pronto, la barrera se rompió y una mujer corrió hacia nosotros, perseguida por un guardia cuya gorra se había quedado atrás.
—¡Eh, señorita! ¡Vuelva atrás! ¡Vuelva, no se puede pasar!
Lear respingó.
—¡Caramba! ¡Si es Jessica McDye!
—¿La conoces tú? —pregunté, un segundo antes de que un torbellino con faldas se nos echase encima.
—¡Oigan! —gritó la chica. Era joven y muy bonita—. ¿Quién es el jefe de todo esto? ¡Quiero hablar con él!
—Lo tiene usted delante, señorita McDye —dije, avanzando un paso hacia ella.
—¡Qué! ¿Me conoce usted?
—Acaban de decirme su nombre. —Señalé con el pulgar hacia mi cuñado—. Creo que la conoce a usted. Yo soy el teniente Fox. ¿Qué es lo que quiere de mí, señorita McDye?
Jessica McDye arrojó una rápida mirada hacia mi cuñado.
—¡Hola, profesor! ¡Me alegro de verle! —Luego se volvió hacia mí—. Teniente, déjeme pasar. Soy la secretaria de Loganion. Me he enterado por casualidad de lo que ocurre y quiero ayudarles… El me aprecia mucho… me hará caso y saldrá de ahí…; de lo contrario, hará estallar la bomba. Yo puedo evitarlo. Déjeme ir, teniente, por el amor de Dios… Además, tengo que darle un recado urgente…
Miré escrutadoramente a la muchacha. Era de mediana estatura, bien puesta de curvas y muy atractiva de rostro. Sus cabellos castaño rojizo caían alborotadamente sobre sus hombros, desprendido el lazo que los sujetaba en el forcejeo con el guardia. No tendría más allá de veinticinco o veintiséis años…, el ideal para un soltero de treinta y tres como un servidor de ustedes.
Extendí la mano hacia la casa.
—Mire hacia allí, señorita McDye —dije—. Hay ya un muerto. ¿Quiere usted hacer el número dos?
—No, por supuesto, pero el profesor Marlin sí parece aspirar a tan dudoso honor —manifestó ella sorprendentemente.
—¡Qué! —exclamé, atónito, en tanto volvía la cabeza.
Lear se había aprovechado de mi distracción y, pasando por entre medio de los coches policiales, se encaminaba hacia la casa de pizarra.