Capítulo 5

1

Cuando volvió a entrar fue para encontrarse con las miradas de cincuenta o más personas reunidas en la puerta; era obvio que todas ellas habían presenciado lo que acababa de ocurrir, aunque a cierta distancia. Nadie tosió siquiera hasta que él hubo pasado, luego oyó elevarse los susurros como el sonido de un enjambre de insectos. ¿Es que no tenían nada mejor que hacer que cotillear sobre su dolor? pensó. Cuanto antes se alejara de aquí, mejor. Se despediría de Estabrook y de Floccus y se iría de inmediato.

Volvió a la cama de Pai con la esperanza de que el místico hubiera dejado algún recuerdo para él, pero la única señal de su presencia era la muesca en la almohada en la que había reposado su hermosa cabeza. Anheló poder echarse él también allí un rato pero era un lugar demasiado público para permitirse semejante lujo. Ya lloraría su pérdida cuando se fuese de aquí.

Mientras se preparaba para irse apareció Floccus, su cuerpecito nervudo se crispaba como el de un boxeador que anticipara un golpe.

—Siento interrumpir —dijo.

—Iba a ir a buscarte de todos modos —dijo Cortés—. Sólo para darte las gracias y decirte adiós.

—Antes de que os vayáis —dijo Floccus parpadeando como un maníaco—. Tengo un mensaje para vos. —Se le había ido todo el color de la cara y tropezaba con cada dos palabras.

—Siento mi comportamiento —dijo Cortés para intentar tranquilizarlo—. Hiciste todo lo que pudiste y a cambio lo único que recibiste fue mi mal humor.

—No hace falta disculparse.

—Pai tenía que irse y yo tengo que quedarme. Así son las cosas.

—Es un placer teneros de vuelta —se entusiasmó Floccus—. De verdad, maestro, en serio.

El «maestro» le dio a Cortés una pista sobre el cambio de comportamiento.

—¿Floccus? ¿Me tienes miedo? —dijo—. Lo tienes, ¿no es así?

—¿Miedo? Eh, bueno, eh, sí. Por decirlo de alguna forma. Sí. Lo que ocurrió ahí fuera, que os acercarais tanto a la Mácula y que no os reclamara y el modo en el que habéis cambiado… —Cortés se dio cuenta que el atuendo negro seguía pegado a su cuerpo, su lenta descomposición le rodeaba los miembros de jirones de humo—. Eso le da un cariz diferente a las cosas. No lo había entendido; perdonadme, fue una estupidez; no había entendido, ya sabéis, que me encontraba en compañía de, bueno, tal poder. Si, ya sabéis, os he ofendido en algo…

—No lo has hecho.

—Puedo ser muy frívolo.

—Has sido una gran compañía, Floccus.

—Gracias, maestro. Gracias. Gracias.

—Por favor, deja de darme las gracias.

—Sí. Claro. Gracias.

—Decías que tenías un mensaje.

—¿Eso dije? Eso dije.

—¿De quién?

—Atanasio. Le gustaría mucho veros.

Aquí estaba la tercera despedida que debía, pensó Cortés.

—Entonces llévame con él, si eres tan amable —dijo y Floccus, en cuyo rostro se reflejaba el alivio de haber sobrevivido a esta entrevista, se volvió y lo alejó de la cama vacía.

En los pocos minutos que les llevó abrirse paso por el cuerpo de la tienda, el viento, que se había reducido casi a la nada al caer el crepúsculo, empezó a elevarse con renovada ferocidad. Para cuando Floccus lo hizo entrar en la cámara en la que esperaba Atanasio, el aire golpeaba las paredes con violencia. Las lámparas del suelo parpadeaban con cada ráfaga y bajo su luz nerviosa Cortés vio qué melancólico lugar había elegido Atanasio para su despedida. La cámara era un depósito de cadáveres, el suelo estaba cubierto de cuerpos envueltos en todo tipo de trapos y sudarios, algunos envueltos con todo cuidado, la mayor parte apenas cubiertos, una prueba más (como si hiciera falta) del poco poder que tenía aquel sitio como lugar de curación. Pero ese argumento carecía ya de interés. Este no era el momento ni el lugar para herir la fe de aquel hombre, no con el viento de la noche azotando las paredes y los muertos por todas partes a sus pies.

—¿Quieres que me quede? —le preguntó Floccus a Atanasio, era obvio que estaba desesperado porque lo rechazaran.

—No, no. Vete, por supuesto.

Floccus se volvió hacia Cortés e hizo una pequeña reverencia.

—Ha sido un honor, señor —dijo y luego se fue a toda prisa.

Cuando Cortés volvió a mirar hacia Atanasio, el hombre se había alejado hacia el otro extremo del depósito y miraba fijamente uno de los cuerpos amortajados. Se había vestido acorde con aquel sombrío lugar, el atuendo suelto y brillante que lucía antes desechado a favor de unas túnicas de un color azul tan profundo que eran casi negras.

—Bueno, maestro —dijo—. Estaba buscando un Judas entre nosotros y no me di cuenta de que eras tú. Qué descuido, ¿eh?

Su tono era casual, lo que hizo que la afirmación que Cortés ya encontraba confusa lo fuera doblemente.

—¿Qué quieres decir? —dijo.

—Quiero decir que nos engañaste para entrar en nuestras tiendas y ahora esperas partir sin pagar ningún precio por tu profanación.

—No hubo ningún engaño —dijo Cortés—. El místico estaba enfermo y pensé que aquí se podría curar. Si ahí fuera no cumplí con todas las formalidades, tendrás que perdonarme. No tenía tiempo para tomar clases de teología.

—El místico nunca estuvo enfermo. O si lo estuvo, lo enfermaste tú mismo para poder infiltrarte aquí como un gusano. Ni siquiera te molestes en protestar. Vi lo que hiciste ahí fuera. ¿Qué va a hacer el místico, entregarle algún informe sobre nosotros al Invisible?

—¿De qué me estás acusando, exactamente?

—Me empiezo a preguntar si vienes siquiera del Quinto, o quizá eso forma también parte de la conspiración.

—Na hay ninguna conspiración.

—Salvo que he oído que allí la revolución y la teología son malos compañeros de cama, cosa que por supuesto a nosotros nos parece extraño. ¿Cómo se puede separar una cosa de la otra? Si quieres cambiar aunque sea una pequeña parte de tu condición, debes esperar que las consecuencias lleguen antes o después a los oídos de las divinidades y luego debes tener preparadas tus razones.

Cortés lo escuchó todo y se preguntó si quizá no fuera más sencillo salir de la habitación y dejar a Atanasio con sus divagaciones. Estaba claro que nada de esto tenía ningún sentido. Pero le debía a aquel hombre un poco de paciencia, quizá, aunque sólo fuera por las sabias palabras que había pronunciado en la boda.

—Crees que estoy implicado en una conspiración —dijo Cortés—. ¿Es eso?

—Creo que eres un asesino, un mentiroso y un agente del Autarca —dijo Atanasio.

—¿Me llamas mentiroso a mí? ¿Quién es el que ha seducido a todos estos pobres mamones para que pensaran que aquí podían sanar, tú o yo? ¡Míralos! —Cortés señaló las filas—. ¿Llamas a esto sanar? Yo no. Y si les quedara algún aliento…

Bajó la mano y arrancó el sudario del cadáver que tenía más cerca. El rostro que había debajo era el de una mujer muy bonita. Los ojos abiertos estaban vidriados. Al igual que la cara: pintada y vidriada. Tallada, pintada y vidriada. Tiró un poco más de la sábana y oyó la risa dura y arisca de Atanasio al hacerlo. La mujer tenía un niño pintado encaramado en el pliegue del codo. Llevaba un halo dorado alrededor de la cabeza y tenía la manita levantada para dar la bendición.

—Es posible que yazca muy quieta —dijo Atanasio—. Pero no te engañes. No está muerta.

Cortés fue hacia otro de los cuerpos y retiró la tela que lo cubría. Debajo yacía una segunda Virgen, esta más barroca que la primera, con los ojos alzados en un beatífico desvanecimiento. Dejó que se le cayera el sudario entre los dedos.

—¿Te sientes débil, maestro? —dijo Atanasio—. Ocultas tu miedo muy bien pero a mí no me engañas.

Cortés miró de nuevo por la habitación. Había al menos treinta cuerpos allí dispuestos.

—¿Son todas Vírgenes? —dijo.

Atanasio leyó ansiedad en el desconcierto de Cortés y dijo:

—Ahora empiezo a ver el miedo. Esta tierra es sagrada para la Diosa.

—¿Por qué?

—Porque según la tradición se cometió un gran crimen contra su sexo en este punto. Una mujer del Quinto Dominio fue violada por aquí cerca y el espíritu de la Madre Santa llama sagrada a cualquier tierra así marcada. —Se agachó y descubrió otra de las estatuas, luego la tocó con gesto reverente—. Está aquí con nosotros —dijo—. En cada estatua. En cada piedra. En cada ráfaga de viento. Nos bendice porque nos atrevemos a acercarnos al Dominio de su enemigo.

—¿Qué enemigo?

—¿Es que no te permiten pronunciar su nombre sin hincarte de rodillas? —dijo Atanasio—. Hapexamendios. Tu Señor, el Invisible. Puedes confesarlo. ¿Por qué no? Ahora tú conoces mi secreto y yo el tuyo. Ya somos transparentes. Sin embargo todavía tengo una pregunta antes de que te vayas.

—¿Y cuál es?

—¿Cómo averiguaste que veneramos a la Diosa? ¿Fue Floccus el que te lo dijo o Nikaetomaas?

—Nadie. No lo sabía y no me importa demasiado. —Echó a andar hacia el hombre—. No les tengo miedo a tus Vírgenes, Atanasio.

Eligió una cercana y le quitó el velo, desde la corona de estrellas hasta los pies envueltos en nubes. Las manos de la imagen estaban enlazadas en actitud de plegaria. Cortés se inclinó, igual que lo había hecho Atanasio, y colocó la mano sobre los dedos entrelazados de la estatua.

—Por si te interesa —dijo—, creo que son muy hermosas. En otro tiempo yo también fui artista.

—Eres fuerte, maestro, lo reconozco. Esperaba que nuestra Señora te hincara de rodillas.

—Primero se supone que tengo que arrodillarme ante Hapexamendios y ahora ante la Virgen.

—Ante uno por lealtad, ante la otra por miedo.

—Siento desilusionarte pero mis piernas son mías y me arrodillo cuando yo lo decido. Si así lo decido.

Atanasio parecía confuso.

—Creo que incluso te lo crees —dijo.

—Pues claro que me lo creo, coño. No sé de qué clase de conspiración crees que soy culpable pero te juro que no hay ninguna.

—Eres el instrumento del Invisible, quizá más de lo que yo pensaba —dijo Atanasio—. Quizá ignoras su propósito.

—Oh, no —dijo Cortés—. Sé bien qué es lo que debo hacer y no veo razón para avergonzarme de ello. Si puedo reconciliar al Quinto, lo haré. Quiero que Imajica esté completa y habría creído que tú también. Puedes visitar el Vaticano. Te encontrarás con que está lleno de Vírgenes.

Como si sus palabras le inspiraran una violenta furia, el viento golpeó las paredes con renovada malicia, una ráfaga se coló en la cámara, levantó en el aire varios de los sudarios más ligeros y apagó una de las lámparas.

—Él no le salvará —dijo Atanasio, estaba claro que creía que el viento había venido para llevarse a Cortés—. Y tampoco tu ignorancia, si eso es lo que te mantiene a salvo.

Volvió la vista hacia los cuerpos que había estado estudiando cuando Floccus se fue.

—Señora, perdónanos —dijo— por hacer esto ante tus ojos.

Aquellas palabras eran una señal, al parecer. Cuatro de las figuras se movieron cuando él habló, se sentaron y se quitaron los sudarios de la cabeza. Estas no eran Vírgenes. Eran hombres y mujeres carestes y llevaban hojas en forma de medialuna. Atanasio volvió a mirar a Cortés.

—¿Querrás aceptar la bendición de nuestra Señora antes de morir? —dijo.

Alguien había empezado ya una plegaria a sus espaldas, oyó Cortés, y se dio la vuelta para ver que había otros tres asesinos allí, dos de ellos armados de la misma lunática forma que sus compañeros mientras la tercera (una niña no mucho mayor que Hurra, con el pecho desnudo y rostro de gacela) corría entre las filas descubriendo estatuas a medida que pasaba. No había dos iguales. Había Vírgenes de piedra, Vírgenes de madera, Vírgenes de escayola. Había Vírgenes talladas con tal tosquedad que apenas resultaban reconocibles y otras labradas con tal precisión que parecían a punto de ponerse a respirar. Aunque minutos antes Cortés había posado la mano en una de todas ellas sin sufrir ningún daño, el espectáculo lo enfermó un poco. ¿Sabía Atanasio algo sobre la condición de los maestros que él, Cortés, ignoraba? ¿Podría quedar subyugado de alguna forma por esta imagen de la misma forma que en una vida anterior quedaba cautivado por la visión de una mujer desnuda o a punto de estarlo?

Fuera cual fuera el misterio que había aquí, no pensaba dejar que Atanasio lo asesinara mientras él lo resolvía. Cogió aire y se llevó la mano a la boca al tiempo que Atanasio sacaba su propia arma y se lanzaba contra él a toda velocidad. El aliento resultó ser más rápido que el filo. Cortés soltó el pneuma, no contra Atanasio directamente, sino contra el suelo, delante de él. Las piedras contra las que chocó volaron en mil pedazos y Atanasio cayó de espaldas cuando lo golpeó la descarga. Dejó caer el cuchillo y se llevó las manos a la cara, chillaba tanto de furia como de dolor. Si había alguna orden en su clamor, los asesinos no la oyeron o hicieron caso omiso. Se mantuvieron a una respetuosa distancia de Cortés mientras éste se acercaba a su líder herido atravesando un aire todavía gris por las motas de piedra pulverizada. Atanasio yacía de lado, apoyado en un codo. Cortés se agachó al lado de Atanasio y con cuidado le quitó las manos de la cara. Tenía un corte profundo bajo el ojo izquierdo y otro encima del derecho. Ambos sangraban en abundancia, así como una veintena de cortes más pequeños. Pero ninguno de ellos resultaría fatal para un hombre que lucía las heridas de la misma forma que otros llevaban una joya. Se curarían y se sumarían al resto de sus cicatrices.

—Retira a tus asesinos, Atanasio —le dijo Cortés—. No he venido aquí para hacerle daño a nadie, pero si me obligas, mataré a todos y cada uno de ellos. ¿Me entiendes? —Le pasó un brazo por debajo al hombre y lo incorporó—. Ahora retíralos.

Atanasio se desprendió del brazo de Cortés y examinó a sus cohortes a través de una llovizna de sangre.

—Dejadlo pasar —dijo—. Habrá otra ocasión.

Los asesinos que se encontraban entre Cortés y la puerta se separaron aunque ninguno bajó ni envainó el arma. Cortés se levantó y dejó a Atanasio, y mientras pasaba ofreció un último comentario.

—No querría matar al hombre que me casó con Pai’oh’pah —dijo—, así que antes de que vuelvas a venir a por mí, examina las pruebas que haya contra mí, sean las que sean. Y busca en tu corazón. No soy tu enemigo. Todo lo que quiero hacer es curar Imajica. ¿No es eso también lo que quiere tu Diosa?

Si Atanasio tenía intención de responder, fue demasiado lento. Antes de que pudiera abrir la boca, se elevó un grito en algún lugar del exterior y un momento después otro, luego otro y después una docena: todos aullidos de dolor y pánico, retorcidos por las ráfagas de viento que los transmitían hasta quedar convertidos en chillidos capaces de romper los tímpanos. Cortés se volvió hacia la puerta pero el viento se había apoderado de la cámara entera y cuando ya se disponía a partir, una de las paredes se elevó como si una mano titánica la hubiera agarrado y la hubiera levantado en el aire. El viento, con toda su carga de gritos, entró a toda velocidad, volcó las lámparas y derramó el combustible cuando echaron a rodar. Atrapado por las mismas llamas que había alimentado, el aceite estalló en mil bolas de un color amarillo brillante, bajo cuya luz Cortés vio escenas de caos por todas partes. Los asesinos también se derrumbaban como las lámparas, incapaces de soportar el poder del viento. A una mujer la vio empalada en su propia hoja. A otro el viento lo arrastró hasta el aceite y quedó consumido al instante por la llama.

—¿Pero qué has invocado? —aulló Atanasio.

—Esto no es obra mía —respondió Cortés.

Atanasio chilló alguna otra acusación pero se la arrebató de los labios el caos desbocado. El viento arrebató otra de las paredes de la cámara de forma sumaria y sus jirones se elevaron por el aire como un telón que desvelara la escena de una catástrofe. La tormenta se movía a lo largo de todas las tiendas y destripaba aquella bestia escarlata y gloriosa en la que había entrado Cortés con tal sensación de asombro. Pared tras pared quedaba hecha jirones o arrancada del suelo, las cuerdas y las estacas que las sujetaban letales al echar a volar. Y visible más allá de la confusión, su causa: el otrora anodino muro de la Mácula, que ya no lo era tanto. Se agitaba como se había agitado el cielo que Cortés había visto debajo del Eje, un torbellino cuyo lugar de origen parecía ser un agujero rasgado en la tela de la Mácula. Aquella visión daba cuerpo a las acusaciones de Atanasio. Amenazado por asesinos y Vírgenes, ¿había Cortés invocado sin querer a alguna entidad del Primer Dominio para que lo protegiera? Si así era, tenía que encontrarla y calmarla antes de tener más vidas inocentes que añadir a la lista de aquellos que habían perecido por su causa.

Con los ojos clavados en la brecha, dejó la cámara y se dirigió hacia la Mácula. La ruta que los separaba era la autopista de la tormenta, que transportaba los detritos de sus hazañas de un sitio a otro, volvía a lugares que ya había destruido en un primer asalto para recoger a los supervivientes y lanzarlos al aire como sacos de plumón ensangrentado y luego abrirlos en las alturas. Había una lluvia roja en las ráfagas que salpicaba a Cortés en su avance, y sin embargo, la misma autoridad que condenaba a hombres y mujeres a su alrededor lo dejaba a él ileso. Ni siquiera era capaz de derribarlo. ¿La razón? Su aliento, que Pai había llamado en cierta ocasión la fuente de toda magia. Su manto se aferraba a él como lo había hecho antes, al parecer lo protegía del tumulto y, aunque no obstaculizaba sus pasos, le prestaba una masa que iba más allá de la carne y el hueso.

Con la mitad de la distancia cubierta, echó un vistazo atrás para ver si había alguna señal de vida entre las Vírgenes. El lugar era fácil de encontrar, incluso entre tanta carnicería. El fuego ardía con un fervor alimentado por el viento y a través del aire espesado por la sangre y los fragmentos, Cortés vio que se habían levantado varias de las estatuas de sus lechos de piedra y formaban ahora un círculo en el que se refugiaban Atanasio y varios de sus seguidores. No ofrecerían mucha resistencia contra esta anarquía, pensó, pero se podía ver a varios supervivientes más arrastrándose hacia aquel lugar con los ojos clavados en las Santas Madres.

Cortés le dio la espalda a aquella visión y continuó andando hacia la Mácula al tiempo que percibía allí la presencia de otra alma lo bastante pesada para soportar el asalto: un hombre ataviado con túnicas del color de las tiendas rasgadas, sentado con las piernas cruzadas en el suelo a no más de veinte metros de la fuente de la furia. Llevaba la cabeza encapuchada y tenía el rostro girado hacia el torbellino. ¿Era esta criatura monjil la fuerza que él había invocado? se preguntó Cortés. Si no era así, ¿cómo sobrevivía este tipo tan cerca del motor de la destrucción?

Empezó a gritarle al hombre mientras se acercaba, en modo alguno seguro de que su voz se oyese en medio del estrépito del viento y los gritos. Pero el monje lo oyó. Se dio la vuelta y miró a Cortés, la capucha le eclipsaba medio rostro. No había nada impropio en sus plácidos rasgos. Al rostro le hacía falta un buen afeitado; la nariz, rota en algún momento del pasado, habría que volverla a colocar; los ojos no necesitaban nada. Tenían todo lo que querían, al parecer, con sólo ver acercarse al maestro. Una amplia sonrisa se abrió en el rostro del monje, que se puso en pie al instante e inclinó la cabeza.

—Maestro —dijo—. Me hacéis un gran honor. —No había elevado la voz pero esta se transmitía a través de toda la conmoción—. ¿Ya habéis visto al místico?

—El místico se ha ido —dijo Cortés. Se dio cuenta de que no le hacía falta gritar. Su voz, como sus miembros, tenía aquí un peso sobrenatural.

—Sí, lo vi irse —respondió el monje—. Pero ha vuelto, maestro. Atravesó la Mácula por la fuerza y la tormenta vino tras él.

—¿Dónde? ¿Dónde? —dijo Cortés dando una vuelta completa—. ¡No lo veo! —Miró con expresión acusadora al hombre—. Me habría encontrado si estuviera aquí —dijo.

—Confiad en mí, lo está intentando —replicó el hombre. Se retiró la capucha. Los rizos rojizos empezaban a ralear pero aún le quedaban vestigios del encanto de un niño del coro—. Está muy cerca, maestro.

Ahora fue él el que se quedó mirando la tormenta, pero no a derecha e izquierda sino hacia arriba, al aire laberíntico. Cortés siguió su mirada. Había ringleras de lona rasgada que volaban al viento muy por encima de ellos, elevándose y cayendo como enormes pájaros heridos. Había trozos de muebles, ropas hechas jirones y fragmentos de carne. Y entre estas nubes de escoria, una forma rápida como una flecha y más oscura que el cielo o la tormenta descendía incluso al tiempo de posar sus ojos sobre él. El monje se acercó un poco más a Cortés.

—Es el místico —dijo—. ¿Me permitís protegeros, maestro?

—Es mi amigo —dijo Cortés—. No necesito protección.

—Creo que sí la necesitáis —respondió el otro y levantó los brazos por encima de la cabeza con las palmas extendidas como si quisiera desviar al espíritu que se aproximaba.

La criatura redujo su velocidad al ver el gesto y Cortés tuvo tiempo para ver con toda claridad la forma que se cernía sobre él. Era cierto, era el místico, o al menos sus restos. Ya fuera a hurtadillas o por pura fuerza de voluntad, había violado la Mácula. Pero su huida no le había proporcionado ningún consuelo. El uredo ardía más maligno que nunca, consumiendo casi por entero el cuerpo de sombras en el que se había clavado y envenenado; y de la boca del sufriente salía un aullido que no podría haber expresado más dolor si le hubieran arrancado las tripas del vientre delante de sus ojos.

Se había parado por completo y flotaba sobre los dos hombres como un buceador detenido en pleno descenso, con los brazos estirados y la cabeza, o sus restos, echada hacia atrás.

—¿Pai? —dijo Cortés—. ¿Has hecho tú esto?

El aullido continuó. Si había palabras en su angustia, Cortés era incapaz de distinguirlas.

—Tengo que hablar con él —le dijo Cortés a su protector—. Si le estás haciendo daño, por el amor de Dios, para ya.

—Salió del margen aullando así —dijo el hombre.

—Al menos deja caer tus defensas.

—Nos atacará.

—Correré el riesgo —respondió.

El hombre dejó caer a los lados las manos que desviaban el peligro. La forma que flotaba sobre ellos se retorció y giró pero no descendió. Otra fuerza lo reclamaba, comprendió Cortés. Se estaba debatiendo para resistirse a la llamada de la Mácula, que lo invocaba para que volviera al lugar del que había escapado.

—¿Me oyes, Pai? —le preguntó Cortés.

El aullido continuó sin amainar un instante.

—¡Si puedes hablar, hazlo!

—Ya está hablando —dijo el monje.

—Yo sólo oigo aullidos —dijo Cortés.

—Más allá de los aullidos —fue la respuesta— hay palabras.

Gotas de fluido caían de las heridas del místico al intensificarse su lucha por resistirse al poder de la Mácula. Hedían a putrefacción y quemaban el rostro levantado de Cortés pero su escozor trajo consigo la comprensión de las palabras cifradas en los chillidos de Pai.

—Perdidos —decía el místico—. Estamos… perdidos…

—¿Por qué has hecho esto? —preguntó Cortés.

—No he… sido yo. Envió la tormento para reclamarme.

—¿Desde el Primero?

—Es la… voluntad de Él —dijo Pai—. Su… voluntad…

Aunque la torturada forma que se debatía sobre él apenas se parecía a la criatura que había amado y con la que se había casado, Cortés todavía podía oír fragmentos de Pai’oh’pah en estas respuestas y, al oírlas, quería alzar su propia voz angustiada al pensar en el dolor de Pai. El místico había entrado en el Primero para acabar con su sufrimiento pero aquí estaba, todavía sufriendo y él era incapaz de ayudar o sanar a la criatura. Todo lo que podía hacer a modo de consuelo era decirle que lo entendía, y asiera. Su mensaje estaba muy claro. Durante el trauma de su despedida, Pai había percibido en él alguna evasiva. Pero no la había y así se lo dijo.

—Sé lo que tengo que hacer —le dijo al sufriente—. Confía en mí, Pai. Lo entiendo. Soy el Reconciliador. No voy a huir de ello.

Al oír esto, el místico se retorció como un pez en el anzuelo, incapaz ya de evitar que lo sacara de allí el pescador del Primero. Empezó a revolverse en el aire, como si pudiera ganar otro momento en este Dominio agarrándose a una mota de aire. Pero el poder que había enviado semejantes furias en su búsqueda lo había sujetado con demasiada fuerza y el espíritu se vio arrastrado de nuevo hacia la Mácula. Por puro instinto, Cortés levantó las manos hacia él aunque oyó, si bien hizo caso omiso, el grito de alarma del hombre que tenía a su lado. El místico quiso cogerle la mano y para ello estiró su cuerpo hecho de sombras al tiempo que ondulaba de forma grotesca los largos dedos alrededor de los de Cortés. El contacto provocó tal convulsión en el organismo de este que se habría visto arrojado al suelo si no hubiera sido porque su protector lo sujetó. Aun así, tuvo la sensación de que la médula le ardía en los huesos y olió el hedor de la putrefacción en su piel, como si la muerte se apoderara de él por dentro y por fuera. Era muy difícil, en medio de esa agonía, aferrarse al místico y mucho más distinguir las palabras que intentaba decir la criatura. Pero se debatió contra la necesidad de soltarse y luchó por encontrarle algún sentido a las pocas sílabas que fue capaz de comprender. Tres de ellas eran su nombre.

—Sartori…

—Estoy aquí, Pai —dijo Cortés, pensando quizá que la criatura se había quedado ciega—. Sigo aquí.

Pero el místico no llamaba a su maestro.

—El otro —decía—. El otro…

—¿Qué pasa con él?

—Lo sabe —murmuró Pai—. Encuéntralo, Cortés. Lo sabe.

Con esta orden se separaron sus dedos. El místico se estiró para coger de nuevo a Cortés pero una vez perdido su débil arraigo fue presa de la Mácula y al instante se lo llevaron hacia la brecha por la que había aparecido. Cortés quiso seguirlo pero sus miembros habían quedado más gravemente traumatizados por la convulsión de lo que había pensado y las piernas se limitaron a doblarse bajo él. Cayó con pesadez pero levantó la cabeza a tiempo para ver desaparecer al místico en el vacío.

Tirado en el duro suelo, recordó la primera vez que había perseguido a Pai por las calles vacías y heladas de Manhattan. Entonces también había caído y había levantado los ojos como ahora para ver cómo se le escapaba el enigma sin resolver. Pero aquella primera vez la criatura se había vuelto, se había vuelto y le había hablado desde el otro lado del río de la Quinta Avenida, le había ofrecido la esperanza, por frágil que fuera, de otro encuentro. No era así ahora. La criatura se había metido en la Mácula como el humo a través de una puerta llena de corrientes y su grito se había parado en seco.

—Otra vez no —murmuró Cortés.

El monje se había agachado a su lado.

—¿Podéis poneros en pie —preguntó—, o queréis que pida ayuda?

Cortés puso las manos debajo de su propio cuerpo y se incorporó hasta conseguir arrodillarse sin dar ninguna respuesta. Con la desaparición del místico, el viento maligno que había venido tras él y traído consigo tal devastación estaba amainando y al hacerlo, los escombros que había estado manteniendo en las alturas comenzaron a descender como un tosco pedrisco. Por segunda vez el monje levantó las manos para protegerlos de la fuerza que caía. Cortés apenas era consciente de lo que estaba pasando. Había clavado los ojos en la Mácula, que estaba perdiendo a toda prisa su agitación. Para cuando la lluvia de lona, piedras y cuerpos se detuvo, hasta el último rastro de los detalles había desaparecido de la partición y una vez más volvía a ser una ausencia sobre la que se deslizaba el ojo sin encontrar ningún lugar al que agarrarse.

Cortés se puso en pie, volvió la espalda al nulo lugar y examinó la desolación que yacía en todas direcciones salvo una. El círculo de Vírgenes que había vislumbrado a través de la tormenta seguía intacto y refugiados entre ellas había medio centenar de supervivientes, algunos de ellos arrodillados y sollozando o rezando; muchos besaban los pies de las estatuas que los habían protegido y sin embargo otros miraban hacia la Mácula de la que había salido la destrucción que había reclamado las vidas de todos salvo aquellos cincuenta además del maestro y el monje.

—¿Ves a Atanasio? —le preguntó Cortés al hombre que tenía a su lado.

—No, pero está vivo en alguna parte —fue la respuesta—. Es como vos, maestro: tiene demasiada resolución en su interior para morir.

—No creo que ninguna resolución me hubiera salvado si no hubieras estado aquí —comentó Cortés—. Tienes auténtico poder en esos huesos.

—Un poco quizá —respondió el monje con una sonrisa modesta—. Tuve un gran profesor.

—Yo también —dijo Cortés en voz baja—. Pero lo perdí. —Al ver que los ojos del maestro se llenaban de lágrimas, el monje hizo ademán de retirarse pero Cortés dijo—: No te preocupes por las lágrimas. Llevo demasiado tiempo huyendo de ellas. Deja que te haga una pregunta. Y lo entenderé si me dices que no.

—¿Qué, maestro?

—Cuando me vaya de aquí, voy a volver al Quinto para preparar una Reconciliación. ¿Confiarías en mí lo suficiente para unirte al Sínodo, en representación del Primero?

La dicha inundó el rostro del monje, que empezó a derramar lágrimas al tiempo que sonreía.

—Sería un honor para mí, maestro —dijo.

—Hay riesgo implicado —le advirtió Cortés.

—Siempre lo hubo. Pero no estaría aquí si no fuera por vos.

—¿Cómo es eso?

—Vos sois mi inspiración, maestro —respondió el hombre inclinando la cabeza en un gesto de deferencia—. Sea lo que sea lo que me pidáis, lo llevaré a cabo lo mejor que pueda.

—Quédate aquí entonces. Vigila la Mácula y espera. Te encontraré cuando llegue el momento. —Hablaba con más certeza de la que sentía pero quizá la ilusión de la competencia formara parte del repertorio de cada maestro.

—Estaré esperando —respondió el monje.

—¿Cómo te llamas?

—Cuando me uní a los carestes, me llamaron Chicha Jackeen.

—¿Jackeen?

—Significa tipo sin ningún valor —respondió el hombre.

—Entonces tenemos muchas cosas en común —dijo Cortés. Cogió la mano del hombre y se la estrechó—. Recuérdame, Jackeen.

—Jamás habéis dejado mi mente —respondió el hombre.

Aquí había un significado oculto que Cortés no era capaz de comprender pero este no era el momento de profundizar. Tenía por delante dos viajes difíciles y peligrosos: el primero a Yzordderrex, el segundo de vuelta al Retiro. Tras darle las gracias a Jackeen por sus servicios, Cortés lo dejó en la Mácula y se abrió camino a través de la devastación hacia el círculo de Vírgenes. Algunos de los supervivientes dejaban su refugio para empezar a buscar por el lugar, era de suponer que con la esperanza (vana, sospechaba) de encontrar a otros vivos. Era una escena de dolor y confusión que había presenciado demasiadas veces en su viaje a través de los Dominios. Por mucho que le hubiera gustado creer que era pura casualidad que estas escenas de devastación coincidieran con su presencia, no podía permitirse el lujo de dejarse llevar por semejante auto-engaño. Estaba desposado con la tormenta tanto como lo estaba con Pai. Más aún, quizá, ahora que había desaparecido el místico.

El comentario de Jackeen, que Atanasio era un alma demasiado resuelta para haber perecido, se confirmó cuando Cortés se acercó al círculo. El hombre se encontraba de pie en el centro de un grupo de carestes, dirigía una plegaria de acción de gracias a la Santa Madre por su supervivencia. Cuando Cortés alcanzó el perímetro, Atanasio levantó la cabeza. Tenía un ojo cerrado bajo una costra de sangre y suciedad pero había suficiente dolor en el otro para hacer arder una docena de ojos. Cortés se encontró con su mirada y no avanzó más, de todos modos el sacerdote redujo el volumen de su oración a un mero susurro para evitar así que el intruso oyera los términos de su devoción. Pero los oídos de Cortés no habían quedado tan embotados por el estrépito como para no poder captar unas cuantas frases. Aunque la mujer representada de tantos modos alrededor del círculo era con toda claridad la Virgen María, al parecer también se llamaba de otras formas, o bien tenía hermanas. Oyó que la llamaban Urna Umagammagi, madre Imajica y oyó también el nombre que Hurra le había susurrado por primera vez en la celda bajo la maison de santé: Tishalullé. Había un tercer nombre, aunque a Cortés le costó un poco de tiempo asegurarse de que lo había entendido bien y ese era Jokalaylau. Atanasio rezaba para que les hiciera un lugar a su lado en las nieves del paraíso, cosa que hizo preguntarse a Cortés con cierta amargura si aquel hombre había pisado alguna vez aquellos yermos para que pudiera pensar en ellos como un lugar celestial.

Aunque los nombres eran extraños, el espíritu que los inspiraba no lo era. Atanasio y su desesperada congregación le rezaban a la misma Diosa cariñosa en cuyos altares del Quinto se encendía un número incontable de velas cada día. Incluso Cortés en sus momentos más paganos había reconocido la presencia de esa mujer en su vida y la había adorado de la única forma que había sabido: con la seducción y la posesión temporal de su sexo. Si hubiera tenido una madre o una hermana cariñosa, quizá hubiera aprendido una forma mejor de demostrar su devoción que no fuera la lujuria, pero esperaba y creía que la Santa Mujer le perdonaría sus pecados, incluso aunque Atanasio no lo hiciera. Ese pensamiento lo consoló. Necesitaría toda la protección que pudiera reunir en la batalla que se encontraba a punto de emprender y no era poco consuelo pensar que la madre Imajica tenía lugares de culto en el Quinto, donde se libraría esa batalla.

Una vez terminado el servicio ad hoc, Atanasio dejó que su congregación se pusiera a la tarea de buscar entre los restos. Por su parte, él se quedó en el medio del círculo, donde yacían tirados unos cuantos supervivientes que habían conseguido llegar hasta allí pero habían perecido.

—Ven aquí, maestro —dijo Atanasio—. Hay algo que deberías ver.

Cortés entró en el círculo esperando que Atanasio le mostrase el cadáver de un niño o de alguna frágil belleza, un cuerpo roto. Pero el rostro que tenía a sus pies era el de un varón y en absoluto inocente.

—Lo conocías, creo.

—Sí. Se llamaba Estabrook.

Charlie tenía los ojos cerrados y la boca también: sellada en el momento de su fallecimiento. No había grandes señales de daño físico. Quizá su corazón se había limitado a rendirse en medio del alboroto.

—Nikaetomaas dijo que lo trajisteis aquí porque pensasteis que era yo.

—Pensamos que era un Mesías —dijo Atanasio—. Cuando nos dimos cuenta que no lo era, seguimos buscando; esperábamos un milagro. Y en su lugar…

—Me encontrasteis a mí. Por si sirve de algo, tenías razón. Es cierto que yo traje toda esta destrucción conmigo. No sé muy bien por qué y no espero que me perdones por ello pero quiero que entiendas que no encuentro ningún placer en ella. Todo lo que quiero es compensar el daño que he causado.

—¿Y cómo lo harás, maestro? —dijo Atanasio. El ojo bueno se había inundado de lágrimas al examinar los cuerpos—. ¿Cómo vas a compensar esto? ¿Puedes resucitarlos con lo que tienes entre las piernas? ¿Es ese el truco? ¿Puedes follarlos hasta devolverles la vida?

Cortés emitió un sonido gutural de asco.

—Bueno, eso es lo que pensáis los maestros, ¿no? No queréis sufrir, sólo queréis la gloria. Posáis vuestra vara en la tierra y la tierra da frutos. Eso es lo que pensáis. Pero no funciona así. Es vuestra sangre lo que la tierra quiere, es vuestro sacrificio. Y mientras lo neguéis, otros van a morir en vuestro lugar. Créeme, me cortaría la garganta ahora mismo si pensara que podría revivir a estas personas pero me han gastado una broma miserable. Tengo la voluntad de hacerlo pero mi sangre no vale nada. La tuya sí. No sé por qué. Ojalá no fuera así. Pero así es.

—¿A Urna Umagammagi le gustaría verme sangrar? —dijo Cortés—. ¿O a Tishalullé? ¿O a Jokalaylau? ¿Es eso lo que tus cariñosas madres quieren de este hijo?

—Tú no les perteneces. No sé a quién perteneces pero tú no saliste de sus dulces cuerpos.

—De algún sitio tengo que proceder —dijo Cortés y por primera vez en su vida dio voz a ese pensamiento—. Hay un propósito en mi interior y creo que Dios lo puso ahí.

—No busques demasiado lejos, maestro. Tu ignorancia quizá sea la única defensa que el resto de nosotros tenemos contra ti. Renuncia ahora a tu ambición antes de que averigües de lo que eres capaz de verdad.

—No puedo.

—Ah, pero si es muy fácil —dijo Atanasio—. Suicídate, maestro. Que la tierra beba tu sangre. Ahora mismo, ese es el favor más grande que podrías hacerles a los Dominios.

Cortés oyó en esas palabras el eco más amargo de una carta que había leído meses antes, en otra clase de jungla.

«Hazlo por las mujeres del mundo», le había escrito Vanessa. «Rebánate esa embustera garganta».

¿De verdad había recorrido los Dominios sólo para que le devolvieran el consejo que le había dado una mujer a la que había engañado en el amor? Después de tanto esfuerzo en busca de la comprensión, ¿al final era un maestro tan dañino y fraudulento como lo había sido en su papel de amante?

Atanasio leyó la precisión de este último dardo en el rostro de su objetivo y con una sonrisa salvaje lo remachó.

—Hazlo pronto, maestro —dijo—. Ya hay suficientes huérfanos en los Dominios, no hace falta que sigas satisfaciendo tus ambiciones ni un día más.

Cortés dejó pasar estos comentarios crueles.

—Tú me casaste con el amor de mi vida, Atanasio —dijo—. Jamás olvidaré ese favor.

—Pobre Pai’oh’pah —respondió el otro hombre para terminar de machacar el mismo punto—. Otra de tus víctimas. Qué veneno debe de haber en ti, maestro.

Cortés se volvió y abandonó el círculo sin responder mientras Atanasio repetía su anterior consejo para que lo acompañara durante el camino.

—Suicídate pronto, maestro —dijo—. Por ti, por Pai, por todos nosotros. Suicídate pronto.

2

A Cortés le hizo falta un cuarto de hora para abrirse camino entre los estragos provocados por la tormenta y salir a un claro; de camino tenía la esperanza de poder encontrar algún vehículo (el de Floccus, quizá) que pudiera requisar para el viaje de vuelta a Yzordderrex. Si no encontraba nada, sería una larga marcha a pie pero así tendrían que ser las cosas. La poca iluminación que le brindaban los fuegos que ardían tras él pronto fueron reduciéndose y se vio obligado a buscar a la luz de las estrellas, cosa que con toda probabilidad no habría llegado a mostrarle el vehículo si no se hubiera desviado su camino al oír los chillidos de la mascota porcina de Floccus Dado, Sighshy, que, junto con su carnada, seguía dentro. El coche había quedado volcado durante la tormenta, así que fue hasta allí sólo para soltar a los animales, luego planeaba continuar para encontrar otro. Pero mientras forcejeaba con la manilla apareció un rostro humano en la ventana empañada. Floccus estaba dentro y recibió la aparición de Cortés con un clamor de alivio casi tan agudo como el de Sighshy. Cortés trepó al costado del coche y después de muchas maldiciones y sudor consiguió abrir la puerta a base de fuerza bruta.

—Oh, sois toda una visión para mis ojos, maestro —dijo Floccus—. Creí que me iba a asfixiar ahí dentro.

El hedor era punzante y salió con Floccus cuando este trepó al exterior. Tenía la ropa recubierta de los excrementos de la carnada, y los de mamá también.

—¿Cómo demonios te metiste ahí? —le preguntó Cortés.

Floccus se limpió los restos de un zurullo de las lentes y parpadeó para mirar a su salvador a través de ellas.

—Cuando Atanasio me dijo que fuera a buscaros, pensé, Aquí pasa algo, Dado. Será mejor que te vayas mientras todavía puedes. Acababa de meterme en el coche cuando empezó la tormenta y el caso es que se volcó con todos dentro. Las ventanillas son irrompibles y las cerraduras estaban atascadas. No podía salir.

—Tuviste suerte de estar ahí dentro.

—Eso veo —observó Floccus mientras examinaba el lejano paisaje de destrucción—. ¿Qué ha pasado aquí fuera?

—Algo salió del Primero para cazar a Pai’oh’pah.

—¿El Invisible hizo esto?

—Eso parecería.

—Qué desagradable —dijo Floccus en voz baja y sin ninguna duda fue el eufemismo de la noche.

Floccus sacó a Sighshy y su carnada (dos de los cuales habían perecido bajo el peso de su madre) del vehículo y luego él y Cortés se pusieron a la tarea de volverlo a poner sobre las cuatro ruedas. Hizo falta cierto esfuerzo pero Floccus compensó con fuerza lo que carecía en altura y entre los dos pronto terminaron el trabajo.

Cortés había dejado clara su intención de volver a Yzordderrex pero no estaba seguro de las intenciones de Floccus hasta que arrancaron el motor. Luego dijo:

—¿Vas a venir conmigo?

—Debería quedarme —respondió Floccus. Hubo una pausa incómoda—. Nunca se me ha dado muy bien la muerte.

—Dijiste lo mismo del sexo.

—Es cierto.

—Eso no te deja muchas opciones, ¿verdad?

—¿Preferiríais ir sin mí, maestro?

—En absoluto. Si quieres venir, ven. Pero tenemos que irnos ya. Quiero estar en Yzordderrex antes del amanecer.

—¿Por qué, qué pasa al amanecer? —dijo Floccus con un temblor supersticioso en la voz.

—Es un nuevo día.

—¿Deberíamos dar las gracias por eso? —inquirió el otro hombre como si percibiera algún profundo saber en la respuesta del maestro pero no pudiera entenderlo del todo.

—Desde luego, Floccus, desde luego. Por el día y por la oportunidad.

—¿Y qué… esto… qué oportunidad sería esa exactamente?

—La oportunidad de cambiar el mundo.

—Ah —dijo Floccus—. Claro. Cambiar el mundo. Haré de eso mi plegaria de ahora en adelante.

—La compondremos juntos, Floccus. A partir de ahora tenemos que inventarlo todo, quienes somos, lo que creemos. Ya se han tomado demasiados caminos pasados. Se han repetido demasiados dramas antiguos. Cuando llegue la mañana, tenemos que haber encontrado una nueva forma.

—Una nueva forma.

—Eso es. Haremos de eso nuestra ambición, ¿de acuerdo? Ser hombres nuevos para cuando salga el cometa.

Las dudas de Floccus eran bien visibles, incluso a la luz de las estrellas.

—Eso no nos da mucho tiempo —observó.

Muy cierto, pensó Cortés. En el Quinto, no podía faltar mucho para el solsticio de verano y si bien todavía no comprendía las razones, sabía que la Reconciliación sólo se podía llevar a cabo ese día. Qué gran ironía. Después de haber desperdiciado varias vidas en busca de sensaciones, el tiempo que le quedaba para compensar el error de tal derroche se podía medir en términos de horas.

—Habrá tiempo —dijo con la esperanza de responder a las dudas de Floccus y calmar las suyas propias pero en el fondo de su corazón sabía que no estaba consiguiendo ninguna de las dos cosas.