13


Nicholas entrechocó las palmas de sus manos a modo de aplauso una sola vez.


–Pronto tendrás la oportunidad de arreglar viejas deudas con Carpenter, Thea. Pero primero esperaremos a que Faruq regrese con vuestras cosas…

–¡Eh! – exclamaron Thea y Jake al unísono.

–Tenía la certeza de que os mostraríais anhelantes por partir de inmediato, una vez supierais lo que os ofrezco. De modo que envié a Faruq a por vuestras pertenencias para ahorrar tiempo -continuó Nicholas, con disimulo.

Jake pareció creerlo y, a pesar de que Thea no, tampoco estaba de humor para indagar más.

–Vale; si tú lo dices. ¿Y qué es lo "segundo"?

–Lo segundo puede ser lo primero puesto que estamos esperando. Quiero asegurarme de que entendéis la gravedad del asunto. Quizá haga cosas que, a primera vista, no tengan mucho sentido o que incluso parezcan una amenaza explícita. Especialmente desde vuestra perspectiva actual, que sospecho será bastante paranoica a estas alturas. Es comprensible. Estáis completamente fuera de vuestro elemento aquí y trataréis con fuerzas cuyos propósitos son un enigma para vosotros. Quiero estar seguro de que os sentís enteramente cómodos con la situación antes de que nos pongamos en marcha. Aunque apenas tenemos tiempo para ello. De modo que os voy a pedir que confiéis en que no os vamos a traicionar cuando las cosas se pongan peligrosas y, de la misma forma, nosotros confiaremos en vosotros.

Thea movió la cabeza hacia un lado.

–¿Te das cuenta de que, por lo que acabas de decir, me haces sentir aún más recelosa?

–¡Oh, vaya! – río entre dientes-. Mira, os digo esto ahora porque no quiero tener que parar en la mitad de algo importante para aseguraros que no pretendo aniquilaros.

–A propósito -intervino Jake, de pronto-, ¿existe un pájaro nativo de Egipto con una larga y delgada cola, parecido a una lagartija?

–¿Cómo? – Nicholas miró a Jake confundido-. Desde luego que no.

–Ah. Entonces estará de migración. – Señaló hacia el cielo azul brillante, protegiéndose los ojos con la mano libre-. Es eso o algo realmente inusitado sobrevolando nuestras cabezas.

Miraron hacia las alturas. Nicholas emitió un grito de excitación y levantó el brazo en un ángulo recto con el puño hacia arriba. Thea y Jake observaban estupefactos cuando una lagartija delgada como un látigo, con lustrosas plumas en sus alas, bajó volando veloz y se posó sobre el brazo de la momia.

–¿Qué demonios es eso?

–Éste es Xian -respondió Nicholas, sonriéndole al pequeño dragón que se le aferraba con energía a la muñeca y que enrollaba su larguísima cola por el antebrazo-. Le pertenece a una amiga. Hace tiempo que no te veía, chico. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está Lu Wen?

Xian anduvo con pasos menudos a lo largo del brazo de Nicholas, sus garras como agujas clavándosele en la piel. La momia ignoró la molestia tanto como pudo. El dragón estaba agitado, lo que implicaba que algo le había ocurrido a su creadora. A pesar de lo inteligente que era la criatura, no podía hablar, de modo que Nicholas la interrogó con sencillas preguntas de "sí" o "no".

–¿Está Lu Wen bien? – La criatura se alteró aún más; Nicholas entendió que aquella reacción implicaba que ella estaba en peligro, pero Xian no sabía cuánto-. ¿Está en la pirámide perdida?

El dragón asintió con determinación. La momia no necesitó formularle más preguntas. El entendimiento lo golpeó de sopetón. Comprobó el escarabajo brújula. No sabía con seguridad a qué distancia se encontraba el Corazón, pero estaba claro que señalaba casi directamente hacia el sur. Rumbo a Saqqara y a la pirámide de Sanakht Nebka.

En la actualidad Saqqara no era más que uno de los muchos lugares en los que las ruinas desenterradas se erigían como las evidencias de la majestad del antiguo Egipto. Como Edfú, era también una ubicación de gran poder espiritual, uno de los territorios escogidos en el Oriente Próximo y Medio que albergaban una fuente de fuerza sobrenatural. Quizá una docena de zonas en la vastedad egipcia contaran con un poder similar. Estos lugares habían cobrado cierta importancia después del despertar del grandioso Osiris. Cuando otorgó a sus fieles los conocimientos necesarios para ejecutar el Hechizo de la Vida, les dijo que era necesario llevarlo a cabo en una de estas áreas de influencia. La intensa energía era uno de los componentes claves para la ceremonia; sin ella, el espíritu nunca quedaría vinculado al cadáver elegido.

Nicholas había convencido a Carpenter de que el Corazón era la llave para la resurrección, no esos lugares especiales. Así que, ¿cómo se había enterado Maxwell Carpenter de ello? Los sectarios, por supuesto. El zombi debía haber utilizado la habilidad de control mental para interrogarlos en Port Said. ¿Y luego voló los petroleros para enterrar su rastro? No tenía forma de saberlo. Lo importante era que Carpenter estaba allí ahora y que había llegado el momento de que alguien le diera una merecida patada en el culo.


Carpenter se percató de que la disonancia espiritual aumentaba según avanzaban por un túnel excavado por debajo del desierto. La barrera que separaba los reinos de los vivos y de los muertos era muy delgada aquí. Pensó que podría tender la mano, apartar la tela de la realidad y cruzar el umbral de las tierras de penumbra. Percibió la vibración de la navaja que parecía invitarlo a poner en práctica sus pensamientos. Pero estaba aquí para llevar a cabo lo contrario. Venía en busca de la inmortalidad, de forma que nunca más tuviera que enfrentarse con el terrorífico Inframundo.

La sectaria caminaba penosamente por delante de él, medio cargando sobre sí o medio arrastrando a la momia. El túnel descendía en un ángulo estable unos sesenta metros más o menos. Las luces dispuestas en él y separadas por distancias parejas, ofrecían una iluminación adecuada. Finalmente giraron; el túnel se abrió formando una larga antecámara. Dos tipos, uno con la toalla enrollada en la cabeza y otro blanco, cepillaban la suciedad acumulada en un mural en la pared. La consternación y la sorpresa se adueñaron por igual de sus gestos cuando vieron entrar a Carpenter con sus rehenes.

–Eh vosotros, pequeños hijos de puta -espetó, sonriendo de oreja a oreja-, ¿os apetece practicar un poco de vuestro abracadabra?

Se oyeron gritos y siguieron débiles esfuerzos de resistencia. Otros dos sectarios entraron en la antecámara por una puerta opuesta a la pared del mural. No obstante, el número de personas no suponía una gran diferencia. Carpenter contaba con la ventaja física que le brindaba su poder y con la psicológica de haber sometido a su compañera momia. Con la dulzura asiática como rehén, obligó a los cinco sectarios a retroceder hasta el umbral de la puerta y entrar en lo que parecía ser algún tipo de cámara de enterramiento.

Comprendió que se encontraba en el interior de la llamada pirámide de Sanakht Nebka, enterrado bajo una cantidad ingente de arena. Aquella parecía ser la cámara principal del lugar. Era bastante espaciosa, de unos nueve metros de largo por cinco de ancho, con el techo a unos cuatro metros de altura. Tenía una serie de pequeños nichos intercalados en ambos laterales, decorados seis de ellos con una estatua. Un sarcófago de alabastro dominaba en el centro de la cámara. A la habitación se podía acceder por dos entradas; la puerta por la que acababan de entrar y un hueco central que conducía directamente hacia el exterior. Por la apariencia del hueco daba la sensación de que la pirámide no estaba enterrada por completo. Por un rectángulo, a unos noventa metros por encima de su cabeza, pudo ver el brillante azul del cielo.

Viendo algunas cajas de herramientas en un lateral, Carpenter se rió. Agarró un rollo de cinta adhesiva y ordenó a un par de sectarios que ataran a la momia con ella. De sus lloriqueos pudo averiguar que su nombre era Lu Wen Ku… algo. Incluso siendo tan fuerte como él, tendría problemas para liberarse de la cinta adhesiva si tenía los brazos fuertemente atados contra el pecho y las piernas. Y con una tira de cinta a modo de mordaza, se aseguraría de que no empezara a estorbar el proceso con sus gritos y mandatos.

Quizá la momia pudiera ayudar en la ceremonia, pero Carpenter no quería arriesgarse. Estos inmortales tenían mucho poder; sería más fácil manipular a los simples humanos si ella quedaba completamente fuera de juego. Había considerado matar a Lu Wen, pero podría volver a la vida en algún punto crítico y fastidiarlo todo. Además, quizá necesitara averiguar algún detalle que los sectarios no supieran y lo tendría muy difícil si ella estaba muerta.

Estaba volviendo en sí cuando la arrastró a una esquina junto a la entrada de la cámara de enterramientos. Sonrió y la palmeó en la cabeza, luego avanzó hasta quedarse detrás del sarcófago, junto a la salida. Los sectarios estaban apiñados en el extremo opuesto de la cámara. Sherin había estado hablando con ellos en árabe mientras ataban a la momia. Al parecer les había informado de lo perverso que era Carpenter porque estaban visiblemente acobardados. Aparte de observarlo con atención a él y a Lu Wen, todo lo que hacían era quedarse allí de pie, quietos, y temblar.

–¿Cuántos de vosotros habláis inglés? – preguntó Carpenter. Sherin, claro; sólo el tipo blanco levantó la mano. Por las miradas de incomprensión con las que los demás lo miraron, el zombi se sintió seguro de que no le estaban mintiendo. A la mujer y al hombre blanco les dijo:- Cooperad y os dejaré salir andando de aquí. ¿Lo habéis entendido?

Estaba diciendo la verdad; nada le importaban aquellas personas siempre y cuando le dieran lo que quería. Daba igual, por sus miradas comprendio que no se creían ni una sola de sus palabras. No había problema; si no podía convencerlos para que hablaran, los coaccionaría. Por lo menos, al principio, había intentado hacerlo por las buenas. Metió la mano en el bolsillo y arrojó un objeto sobre el centro del sarcófago.

–¿Sabéis lo que es eso? – inquirió, retirando a un lado la tela que lo cubría. Expuesto a las luces halógenas que colgaban en la cámara de enterramientos, el Corazón de Osiris era un objeto con una forma parecida a la de una pera y con un matiz rojo tan intenso que parecía casi negro. Lo miró y vio que su apariencia era diferente a la vez anterior. Carpenter se sobrepuso a un estremecimiento y palmeó la tapa del sarcófago cerca del Corazón-. ¿Lo veis? ¿Eh? Miradlo bien.

Todos contuvieron el aliento. Sí, era muy probable que Sherin los hubiera informado ya. El zombi lanzó una mirada hacia la momia. Lo miraba alternativamente a él y a la reliquia; su rostro una mezcolanza de emociones.

El hombre blanco se adelantó, maldiciendo a Carpenter y tratando de coger el Corazón. El zombi lo golpeó con el revés de la mano, lanzándolo por el aire hasta que chocó contra uno de los nichos de la pared y fracturándole la mandíbula.

–No me jodas -espetó-. Es hora de ponernos manos a la obra. De forma que, ¿vais a decirme cómo puede esta cosa hacerme inmortal?

Sherin pareció haberse olvidado súbitamente de que sabía hablar inglés. Claro; ahora que estaba de vuelta entre sus amigos, había reencontrado el pilar que la hacía fuerte. Empezó donde se había quedado el tipo blanco, maldiciéndolo en árabe y contagiando su irritación a los demás.

Carpenter golpeó con la palma de la mano el sarcófago, que emitió un golpe seco, y los acalló a todos. Señalando con un dedo a la mujer, el zombi concentró su voluntad y exigió:

–¿Puedes decirme cómo se lleva a cabo la ceremonia que hace a la gente inmortal?

Ella gorgoteó y finalmente escupió una afirmación. Una luz verde llameó en los ojos del no muerto.

–Muy bien. ¿Cuál es el primer paso?


Thea no estaba contenta con la manera en la que evolucionaba la situación. Sforza les tomaba el pelo con la posibilidad de rastrear a Carpenter pero se negaba a informarles de cualquier detalle significativo sobre lo que era él o qué estaba ocurriendo realmente. Y ahora iban a ir en pos de un zombi hijo de la grandísima puta, pero Nicholas no estaba dispuesto a proporcionarles armas. No estaba especializada en ellas y, sin embargo, se sentía desnuda yendo de caza sin contar al menos con una pistola. Jake y ella no habían traído consigo sus armas desde los Estados Unidos. Pensó que Rafiq podría conseguirles alguna, pero no parecía probable que fueran a encontrarse con él hasta que todo hubiera pasado. Suponiendo que salgamos vivos de esto.

–Pensé que estábamos del mismo lado -dijo, probando suerte una última vez-. ¿Acaso no tienes una simple 38 Especial guardada en algún cajón? ¿Es que se supone que vamos a tener que depender de nuestra astucia y las rápidas patadas a la cabeza?

–Estoy de acuerdo en que tenemos un interés común, pero aún no estoy seguro de que estemos del mismo lado. – Trasladó la extraña lagartija voladora a su hombro y le murmuró algo a Ibrahim, que regresó a toda prisa al interior del mausoleo.

–Thea, a mí no me importa no tener un arma -admitió Jake.

Lo fulminó con la mirada. No estás siendo de mucha ayuda.

–Perfecto. Teniendo su comentario en cuenta, ¿qué era lo que estabas diciéndome acerca de la confianza? Esto nos ayudaría mucho a calmar nuestras sospechas sobre vosotros, chicos.

Su sexto sentido confirmaba que podía confiar en que lo que Nicholas Sforza les había contado era verdad. Los hilos de la probabilidad parecían favorables en lo referente a él. A pesar de ello, eso no significaba que fuera a obedecerle a pies juntillas.

Nicholas lo reflexionó y asintió.

–Ése es un buen punto. Entiendo lo que yo estaría pensando si estuviera en vuestra situación. Muy bien, venid.

Los condujo al interior de la tumba y pasaron junto a un sarcófago muy ornado. Un estrecho panel, situado en una de las paredes, se abrió para dar paso a la escalera por la que habían descendido con los ojos vendados poco antes. Thea había tenido la sospecha de que cruzaron por algunas cámaras subterráneas, pero quedó estupefacta por lo que vio. La cámara en la que entraron era enorme; había luces eléctricas dispuestas en los soportes para las antorchas que iluminaban con claridad los murales de colores vivos pintados sobre las paredes al estilo del antiguo Egipto. Un sinnúmero de umbrales daban paso a otras estancias. Estaba claro que ésta era sólo una pequeña parte del extenso complejo.

Nicholas los guió por un túnel que desembocaba en una habitación más pequeña que parecía ser un almacén. Los dejó esperando en el pasillo, de modo que Thea sólo pudo entrever las pilas de cajas sin etiquetar y armarios entreabiertos de los que colgaban diversas prendas. La momia regresó junto a ellos llevando consigo una escopeta y una pistola automática.

–Esto es todo lo que tenemos, además, claro, del rifle que utiliza Ibrahim.

–Genial, gracias. – Thea cogió la pistola, una Glock 9mm-. ¿Tienes más cargadores?

–Sólo uno. – Extrajo un cargador del bolsillo y tendió la escopeta hacia Jake.

–Es un poco pesada -comentó Jake, mirando la Spas-12 con recelo.

Thea le palmeó en el hombro.

–Las chicas se pirran por los tíos con grandes armas. Ahora en serio, Jake, ¿prefieres no poder contar con ella en caso de necesidad?

Jake aceptó el arma con un sonoro suspiro, aunque la sostuvo con cuidado y con los dedos bien alejados del gatillo.

–¿Amenti? – La voz de Ibrahim resonó en las profundidades del túnel-. ¡Faruq está de regreso!

–Bien. Si ya estamos satisfechos en esta cuestión, ¿no os parece que va siendo hora de que nos pongamos en marcha?

–Tú primero -respondió Thea, comprobando que había activado el seguro del arma antes de guardarla en un bolsillo lateral de sus pantalones cargo.

–Déjame que te pregunte algo -comenzó Nicholas mientras se apresuraban por el pasadizo-, ¿cómo te viste metida en todo esto?

–¿Te refieres a Carpenter, los monstruos y las enigmáticas reliquias?

–Sí.

–Añádelo a tu lista de casos crónicos sin resolver. – Le dedicó una sonrisa traviesa-. Tú nunca respondiste a mi pregunta, ¿recuerdas?

–¿Y cuál era esa pregunta?

–¿Qué eres? Tus… empleados o lo que sean, te llamaron "Amenti". Nosotros, bueno, creemos que significa "momia".

Nicholas rió.

–¿Sí? Eso es gracioso. ¿Y qué creéis que es una momia?

–Ahí está la clave, ¿no te parece?

–No soy ni vagamente parecido a Carpenter, si eso es lo que te preocupa. Soy una persona viva y que respira.

Thea había advertido que Nicholas Sforza respiraba, se movía y reaccionaba de manera semejante a la de cualquier otro ser humano. Por el contrario, a pesar de que Carpenter pudiera parecer un ser vivo a simple vista, una mirada más atenta sería capaz de descubrir que había algo que no encajaba, algo que no estaba en su lugar. De forma que el argumento de Nicholas no era nada nuevo.

Percibió un destello picaro en sus ojos. Por lo visto, si ella jugaba a ser tímida, él lo pretendería también. A mi no me importa, chico duro. Averiguaré lo que quiero saber antes o después.


Carpenter percibió la presencia del primer zombi justo cuando comenzó a sonsacarle los detalles de la ceremonia de resurrección a la mujer sectaria. Se giró para mirar el umbral de entrada y vio a un horror animado, sus dedos huesudos arañando las paredes pétreas mientras arrastraba los pies hacia el interior del recinto. Cuando lo miró, el cadáver pareció entusiasmarse y emitió leves gruñidos de su garganta casi podrida.

Carpenter sintió náuseas en su estómago atrofiado incluso a pesar de que una sonrisa se le dibujó en los labios. La criatura se detuvo a unos pocos metros y realizó un esfuerzo patoso tratando de juntar los talones, a la vez que extendía rigurosamente un brazo frente a él. Mirándolo más de cerca, Maxwell vio que el zombi vestía los harapos restantes de lo que había sido un uniforme de militar alemán. ¿Un jodido zombi nazi? ¿Qué cojones hace un alemán muerto en Egipto? Él ya había muerto cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y se encontró con algunos espíritus sin descanso en el Inframundo que habían muerto durante la batalla. Le llevó unos cuantos segundos, pero finalmente recordó que hubo un frente en el norte de África. Carpenter no estaba seguro de si quería que un nazi lo ayudara en esto, vivo o muerto. Aún así, no tenía mucho donde elegir.

El zombi estaba en muy buenas condiciones teniendo en cuenta el tiempo que llevaba muerto. Pese a no estar tan entero como él, el soldado estaba descarnado y no completamente putrefacto. Carpenter se había topado con unos cuantos zombis que estaban muy cerca de ser tan conscientes y de estar tan físicamente enteros como lo estaba él. La mayoría no era otra cosa que cáscaras en avanzado estado de descomposición, todos secos hasta los tendones y con la carne restante putrefacta. El soldado estaba en un punto medio; era evidente que su cuerpo estaba hecho un asco, pero aún no había quedado reducido a un autómata. Recordó que los zombis que se habían visto atraídos hacia él en el pasado estaban en unos estados lamentables.

¿Tenía que ver acaso con la superioridad de su condición? ¿Percibían su poder? ¿Buscaban que les mostrara la forma para estar tan enteros?

–¿Es eso, Fritz? – preguntó-. ¿Tienes la esperanza de que te enseñe cómo llegue a estar así? No es mucho mejor de como estás tú, créeme. ¿Por qué si no iba a estar en este maldito país?

El soldado muerto se esforzó por mover la mandíbula y gruñó confuso.

–Buen punto -respondió Carpenter. No trates de mantener discusiones filosóficas con los cadáveres, se reprendió. Hay demasiado moho en sus cabezas-. Muy bien, Fritz. ¿Por qué no esperas junto a la entrada del túnel y vigilas? Asegúrate de que nadie nos interrumpa. Ah, y apaga todas las luces del túnel cuando te marches.

El zombi se marchó arrastrando los pies después de realizar otro saludo. Carpenter acababa de volver al arduo proceso de extraer información a Sherin sin lesionarle el cerebro cuando aparecieron otros dos cadáveres. Cada uno de ellos estaba tan putrefacto que era imposible determinar qué habían sido en vida. No importaba; su presencia implicaba mayor fuerza y ayudarían a los sectarios en el proceso cuando él estuviera ocupado en otras tareas. Una vez los dispuso en las posiciones deseadas, uno de ellos junto a Lu Wen y el otro en línea con los sectarios, se percató de que no era necesario que pronunciara en voz alta sus órdenes; bastaba con pensar y concentrarse un poco. Tenía que pensar algo más para captar la atención de los cadáveres, pero no le resultaba complicado en exceso. De su experiencia personal sabía que los fantasmas no tenían problemas para entenderse los unos con los otros. El idioma de la muerte era universal. De alguna forma debía estar en sintonía con ese idioma y, por ello, podía comunicarse con sus homólogos muertos andantes.

Con todo, no tenía la menor idea de por qué los zombis se veían atraídos hacia él. Tampoco sabía si el convocarlos mentalmente era eficaz. En cualquier caso estaba bastante satisfecho con los resultados. No había forma de saber cuántos cadáveres andantes acudirían a él si se quedaba allí el tiempo suficiente. De momento, tres eran suficientes.


Nicholas aferró la manija de la puerta mientras Ibrahim conducía el Audi con una temeridad impropia incluso para los conductores cairinos. Faruq se había quedado para contactar con cualquier otro grupo disponible. En caso de que Nicholas fallara y no pudiera recuperar el Corazón, otras fuerzas convergerían en Saqqara al anochecer. Los Amenti recuperarían la reliquia de una forma u otra.

Thea y Jake compartían el asiento de atrás con una neverita repleta de agua embotellada que los azotaba cada vez que se deslizaba de un lado a otro por causa de los súbitos giros que daba el coche. Estudiando la posición del escarabajo brújula, Nicholas determinó que el Corazón no se había movido durante algún tiempo. Lo más probable es que Carpenter continuara en Saqqara para cuando ellos hubieran llegado allí. Las ruinas estaban sólo a unos veintiocho kilómetros al sur de la ciudad y, por la velocidad a la que conducía Ibrahim, llegarían a su destino en otros tantos minutos… si el Audi no se estropeaba por el camino.

A pesar de los esfuerzos del aire acondicionado, el coche era una sauna. Nicholas estaba feliz por haberse pintado aquella mañana símbolos con henna que lo protegían del calor agobiante. El encantamiento era provisional, sus efectos sólo se prolongarían durante una semana, pero sería suficiente para evitar que se desmayara por causa de la incidencia de los rayos del sol o la deshidratación. Nicholas miró de soslayo hacia Ibrahim, que conducía con un alocado ensimismamiento. Los amuletos que llevaba, los últimos que quedaban en la maleta de Nicholas y que él le había regalado, desprendían pequeños destellos cuando la luz del sol se reflejaba sobre ellos. Los encantamientos brindarían a Ibrahim cierta protección contra el peligro y mejorarían sus reflejos. Asimismo, Nicholas le había advertido que no desempeñara el papel de héroe; pero tenía la sospecha de que sus palabras habían caído en saco roto. Sólo podía esperar que los amuletos fueran suficientes para mantener con vida a su amigo mortal en el conflicto que estaba por acontecer.

Thea y Jake no contaban con protección sobrenatural. Nicholas había considerado prestarles alguna, pero tenía un cupo limitado de amuletos e Ibrahim y él eran prioritarios. Parecían familiarizados con los riesgos implícitos en la aventura y él no podría malgastar el tiempo asegurándose de que estuvieran bien. Lo fundamental era recuperar el Corazón, todo lo demás sería una mera distracción.

La conducción se relajó cuando hubieron emergido de la caótica afluencia del tráfico de la ciudad. El Audi se desvió hacia el sur por una carretera que los llevó más allá de las grandes pirámides de Gizeh. Saqqara estaba sólo a unos minutos de distancia.

–¿Qué es lo que hace tan especial a este lugar? – preguntó Jake, una vez seguro de que no acabarían pereciendo en un terrible accidente de tráfico.

–¿Saqqara? Allí fue donde se engendró el concepto de pirámide. ¿Has oído hablar de la pirámide escalonada de Zoser? Fue diseñada por el arquitecto Imhotep. Fue el precursor de esas bellezas. – Nicholas señaló los amenazantes y hercúleos polígonos que se alzaban a su derecha-. Los cimientos de Saqqara se asentaron hace casi cinco mil años. ¿Sabéis? La civilización entonces no era tan avanzada. Y este hombre, Imhotep, contaba con la visión y el talento necesarios para crear cosas con las que sus contemporáneos ni siquiera habían soñado.

–¿Y qué es la "pirámide perdida"? – inquirió Thea. Apoyó uno de los brazos contra el reposa cabezas del asiento del conductor y le dirigió a Nicholas una mirada de franca curiosidad.

Cohibido por la cercanía de sus intensos ojos verdes, Nicholas se giró para mirar las pirámides.

–Muy bien, hemos pasado de puntillas sobre el tema de lo sobrenatural, pero es evidente que estamos hablando de poderes arcanos. Existen diversos lugares de poderío espiritual por toda la región y hacia el Oriente Medio. Saqqara es uno de ellos. Supongo que es muy probable que esta fuerza, este poder, tuviera mucho que ver con que los faraones de las primeras dinastías decidieran construir sus tumbas aquí. Entre ellos estaba el faraón de la Tercera Dinastía, Sanakht Nebka. Reinó después del breve mandato de seis años de Sekhemkhet, sucesor de Zoser. Este último era, entre otras cosas, mecenas de Imhotep. El arquitecto era el auténtico modelo de hombre del Renacimiento; además de arquitecto era escriba, físico, sacerdote y vidente. Tenía un intelecto sin igual. En cualquier caso, diseñó la pirámide escalonada de Zoser y la tumba de Sekhemkhet, pero quedó incompleta debido a la repentina muerte del faraón. Aunque Imhotep era un anciano entonces, se dedicó a preparar el complejo funerario para Nebka, modificando los diseños que habían sido concebidos primeramente para Sekhemkhet. Murió antes de haberlo terminado, de forma que sus discípulos sólo pudieron completar la pirámide escalonada y el templo principal. Lo normal es que el recinto contara además con otras estructuras de apoyo. El resultado final de la tumba de Nebka era una versión más grandiosa de la pirámide escalonada de Zoser, una maravilla de su época.

Thea frunció los labios en un gesto de disgusto.

–¿Y cómo es que nadie ha oído hablar de ella? Quiero decir, todos sabemos algo acerca de las pirámides de Gizeh y Zoser. ¿Pero de Nebka?

–Sí, bueno, desafortunadamente para su papel en la historia, Nebka no escogió su lugar de enterramiento tan bien como Zoser. Hizo construir la pirámide sobre una planicie a un kilómetro de las de sus predecesores. Esto le permitía dominar el horizonte sobre el oeste, lo cual era importante para los antiguos egipcios. El sol poniente, que seguía el carro de Ra hacia la vida después de la muerte, tenía mucho que ver en ello. El problema estribaba en que, debido a una peculiaridad en la geografía, la pirámide sucumbió a la violencia del clima. En el transcurso de los siglos, la arena terminó por cubrir la pirámide escalonada. En las últimas dinastías, alguien recordaba algo sobre una pirámide dedicada a Nebka, pero nadie sabía cuál era su ubicación.

–Muy bien, chico listo. ¿Y cómo fue que la encontraste?

–No fui yo. Pero si te refieres a los arqueólogos, ocurrió porque se tropezaron con ella. Saqqara había sido durante tres mil años el lugar escogido para la construcción de múltiples tumbas; entre otras, las que ya conocemos. Sólo era cuestión de tiempo que la encontraran.

Aquello no era del todo cierto. La verdad era que algunos Imkhu recordaban la largamente perdida pirámide de Sanakht Nebka y enviaron a una secta del Culto de Isis, haciéndose pasar por arqueólogos experimentados, para que dieran con ella. Nicholas no había estado allí, pero Lu Wen le había contado que habían excavado un túnel desde una mastaba próxima y se habían encontrado con el pináculo de la pirámide. Estaban restaurando el interior de la misma, al menos lo estaban haciendo antes de que Carpenter apareciera. Nicholas tenía la sospecha de que la pirámide necesitaría grandes reparaciones una vez hubiera finalizado el día.


Carpenter sabía que las cosas se torcerían antes o después. El tipo con la mandíbula fracturada gruñó algo en árabe a sus compañeros mientras él andaba ocupado sonsacándole más información a Sherin. Poco después, todos ellos sacaron unos cuchillos y atacaron. Carpenter se percató, casi de forma inmediata, de que la agresión era una maniobra de despiste. A la vez que tres de los sectarios lo rodeaban a él y a sus zombis, el cuarto hirió mortalmente con su espada a la mujer sectaria y luego se degolló a sí mismo. El zombi que estaba de pie detrás de ellos, no reaccionó a tiempo y sólo pudo ver cómo se desangraban hasta morir.

Carpenter le quitó el cuchillo a su rival, rompiéndole el antebrazo en el proceso. Su mano empuñaba la navaja un instante después, pero logró resistirse a su influencia. Necesitaba a aquellas personas vivas. En lugar de asestarle una puñalada con el arma, agarró con violencia el brazo sano del sectario y lo apretó tan fuerte que le fracturó el hueso, arrojando después al hombre a un lado.

Aulló a sus zombis para que se contuvieran, sin embargo, ya era demasiado tarde. El otro sectario de habla inglesa trató de esquivar a uno de los zombis para rescatar a la momia, que luchaba por liberarse de sus ataduras en la esquina. El zombi no estaba por la labor de permitir que aquello sucediera. La criatura extendió la mano derecha, apresando la muñeca del sectario y retorciéndola, mientras que con la izquierda rompía el cuello del hombre con un golpe seco. El sectario se desplomó sobre el suelo como una cometa rota.

El último sectario había rescatado el Corazón e intentaba alcanzar la salida. Carpenter y su séquito de zombis habían estado lo suficientemente ocupados con sus oponentes, como para que el pequeño bastardo pudiera escapar de la cámara de enterramientos. Carpenter corrió tras él, enviando sus pensamientos a la cosa que guardaba el otro extremo del túnel. A pesar de su valor, aquel hombre no tuvo la oportunidad de completar sus objetivos. Fritz le cortó la retirada antes de que hubiera alcanzado la mitad del túnel. El zombi propinó al sectario un sólido revés, lanzándolo por los aires y haciéndolo chocar contra la pared. Cayó pesadamente sobre el suelo; el Corazón resbalándosele entre los dedos, hasta yacer en la mugre.

Carpenter cogió el Corazón y arrastró al hombre aturdido de vuelta a la cámara de enterramiento. El ataque de los sectarios suponía una sorpresa y un error bastante embarazoso. Había estado tan seguro de sí que no se había molestado en registrarlos. Pero era la mirada decidida de los sectarios lo que le había cautivado. ¿Matar a un amigo y luego degollarse uno mismo? Había que tener un par de huevos para hacerlo. Unos enormes, unos que arrastraran por el suelo.

–Menudo puñado de idiotas comprometidos -dijo, sus palabras contagiadas de una mezcla entre el disgusto y el respeto.

Tal vez hubiera sido una maniobra fútil, pero había sido jodidamente eficaz. Sólo permanecían con vida dos de los sectarios y ninguno hablaba inglés. Carpenter no conseguiría sonsacarles nada. No podría obligarles a hacer nada, si no sabían qué les estaba diciendo. Pudo advertir su preocupación cuando estaba interrogando a su compañera. De hecho, los muy cabrones no sabían qué era lo que estaba haciendo hasta que el tipo blanco recobró el sentido y se lo dijo.

Después de arrojar al hombre sobre el suelo arenoso, Carpenter se había dado cuenta de que la navaja había saltado a su mano de nuevo. En el pasado, se habría sentido incómodo porque aquella cosa tuviera una voluntad propia, pero ahora nació una sonrisa en sus labios. Levantando el Corazón, se giró hacia Lu Wen, aún atada y amordazada en una esquina.

–Sé que tú me entiendes -dijo, canalizando su voluntad-, al parecer no voy a enterarme de los pasos esenciales en este proceso del Hechizo de la Vida. ¿Pueden llevarlo a cabo sólo dos?

Obligada por el mandato mental, Lu Wen asintió con un gruñido.

–Muy bien, puesto que no puedo ordenarles a ellos hacerlo, voy a probar un viejo método de persuasión.

Carpenter depositó el Corazón sobre el sarcófago. Después de sacar la hoja de la navaja, arrastró el filo brillante por la superficie de la reliquia. Se elevaron unas volutas de humo cuando el metal antinatural arañó la superficie del Corazón y unas densas gotas de un líquido dorado brotaron de la fisura. Al mismo tiempo, un temblor sacudió la habitación; una lluvia tenue de gravilla cayó desde el techo. Los sectarios hiparon consternados y se abrazaron el uno al otro, mientras que la momia Lu Wen gritaba a través de su mordaza y se tensaba contra la cinta adhesiva que la mantenía apresada. Carpenter la miró.

–Ha sido sólo un arañazo. Te sugiero que les ordenes a estos tipos que colaboren conmigo, a menos que quieras comprobar qué sucede si lo corto en pedazos.

Una ira palpable llameaba en los ojos de Lu Wen, su intensa mirada se detuvo en el Corazón herido. Asintió, moviendo la cabeza sólo un poco.


Thea había concentrado su sexto sentido desde que viera a Nicholas Sforza fuera del hotel aquella mañana. Lo había mantenido en funcionamiento desde entonces y empezaba a sentir el cansancio mental que derivaba del intento de canalizar su percepción. Cuando el Audi tomó rumbo oeste para dirigirse hacia la meseta, Thea pudo avistar las ruinas de Saqqara. La conmoción dejó fuera de combate su estado de hiper percepción.

–Oh, vaya -dijo, con voz entrecortada.

Jake miró en rededor.

–¿Qué?

–Vi esa luz brillante descendiendo en un arco -explicó Thea. La había visto sólo durante un instante, pero había quedado grabada al fuego en su memoria. A pesar de su leve daltonismo, los matices y colores le habían robado el aliento. No era exactamente un arco iris, sino algo más parecido a una grandiosa arcada de auroras boreales elevándose hacia las alturas del cielo de medio día-, relucía y fluctuaba, ¿es ésa la palabra? Y ascendía hasta muy arriba… Era preciosa. -Thea advirtió que Nicholas Sforza y su amigo egipcio la miraban de forma extraña. No saben nada acerca de nuestro sexto sentido-. Eh, a veces puedo ver cosas -reveló con una sonrisa tímida.

Nicholas había mencionado algo sobre que el lugar era una ubicación de gran poder espiritual; ¿habría podido ver aquello con su vista natural? Thea quería volver a mirar, pero decidió esperar hasta haberse recuperado un poco de su incipiente dolor de cabeza.

–Bien -respondió Nicholas. Parecía estar a punto de decir algo, pero negó con un gesto de la cabeza-, a pesar de lo mucho que me gustaría poder hablar sobre tus alucinaciones, tenemos que planear de qué manera entraremos. Mirad allí, ¿veis aquello que está pasado las ruinas de Zoser? ¿Un par de coches y algunas excavaciones? Allí está la entrada del túnel a la tumba de Nebka. Puedo aseguraros que el Corazón está entre unos sesenta o noventa metros al norte, lo que lo sitúa en el interior de la pirámide.

–¿Hay alguna otra entrada? – indagó Jake.

–Un canal de ventilación que desciende directamente hasta la cámara de enterramientos.

–¿Qué extensión tiene?

–Unos noventa metros.

–Muy bien. Así qué, prácticamente, sólo contamos con una entrada.

–A menos que necesitemos entrar rápidamente -intervino Nicholas. No parecía estar bromeando acerca de saltar por el canal de ventilación-. Yo puedo bajar por el canal, pero arrastraré conmigo un puñado de mugre y arena en el descenso. Lo que, obviamente, delataría mi presencia.

–De modo que… -Thea calló cuando advirtió la presencia de un guardia que los observaba acercándose al lugar de la excavación. Había algo extraño en él-. Mirad a ese tío. Cualquiera diría que está colgado.

Nicholas y Jake se inclinaron hacia el costado del conductor para poderlo ver bien. El guardia los miraba directamente, para ser más exactos, tenía la vista perdida a medio metro por encima del Audi, pero era evidente que no veía nada. Sus ojos estaban muy abiertos y cubiertos por una película neblinosa. Rastros salados de lágrimas secas se abrían camino por sus mejillas, y abría y cerraba la boca como si no supiera qué decir.

–Dios Santo -empezó Jake-, parece que no hubiera pestañeado desde hace horas. ¿Veis sus ojos?

Thea asintió, tenía la boca seca. Aquel era un buen ejemplo de la clase de cosas retorcidas que Carpenter gustaba de practicar. Haciendo una mueca por el dolor que palpitaba en su cráneo, invocó su sexto sentido. Débiles tentáculos de posibilidad se marchitaban en torno al guardia como hojas secadas por el sol. La oportunidad de hacer otras cosas en la vida le había sido arrebatada; ahora era poco más que una cáscara hueca. Muy pronto, Carpenter, prometió. Me aseguraré de darte tu merecido muy pronto, hijo de puta.


Carpenter miró hacia Lu Wen.

–¿Te importaría repetirlo?

A pesar de lo atada que se encontraba, la momia procuraba sentarse lo más erguida posible. Carpenter había retirado la cinta que le tapaba la boca para que pudiera hablar con los dos sectarios restantes. En lugar de ello, había iniciado un intento descabellado por convencer al zombi de que se rindiera. Estaba tan perplejo que no podía hacer otra cosa que escudriñarla.

–Deten esto ahora -dijo ella-. No puedes creer que realmente tendrás éxito. Incluso aunque te informes sobre cómo llevar a cabo el Hechizo de la Vida, tu alma no sobrevivirá al juicio. Tu espíritu será destruido por los Jueces de Ma'at y tu existencia terminará ahí. Sólo nos importa el Corazón. No lo corrompas más y abandona este lugar inmediatamente. Aún podrás seguir viviendo durante algún tiempo, aunque sólo sea esa parodia de vida que sufres.

–¿Tienes idea de qué he tenido que aguantar para llegar hasta aquí, bonita? De verdad que no sería capaz de empezar siquiera a narrarte la mierda con la que me he encontrado. ¿Y se supone que debo dejarlo todo de lado y largarme sólo porque lo dices tú? Desde luego, debo reconocer que tienes valor. Pero si no cortas el rollo y pones a ésos dos a trabajar, le diré a Fritz que empiece a trocear vuestro preciado Corazón para tomarlo de comer.

Carpenter había ordenado al cadáver nazi que estuviera dentro de la cámara porque era el más consciente de sus tareas. Guardar la entrada no era algo que requiriera una gran inteligencia, de modo que uno de los zombis decrépitos se encargaba de eso ahora. Carpenter estaba seguro de que Fritz podría acatar las órdenes sin quedarse en blanco en un momento crítico. Lo único que le incomodaba era dejarle la navaja. Pese a lo cansado que estaba por la influencia que aquella cosa trataba de imponerle, se sentía desnudo sin ella. De hecho, creyó que el arma no permitiría cambiar de manos; no obstante, para su sorpresa, se había acomodado con desenvoltura en la palma de la mano del soldado. El zombi estaba ahora de pie junto al sarcófago; sostenía la navaja directamente sobre el Corazón. Carpenter le había ordenado que cortara la reliquia en cuanto él estuviera en peligro. Había pronunciado en voz alta la orden, a pesar de que era el pensamiento lo que importaba. Por la expresión que tenía Lu Wen, estaba claro que no tenía dudas de que el cadáver acataría las órdenes. Pese a ello, continuó desafiando a Carpenter.

–No harás más que asegurar tu destrucción -contestó ella.

Carpenter sintió cómo la llama de la ira comenzaba a dominarlo.

–¿Sí? Quizá deba pedirle a Fritz que practique un poco contigo antes. ¿Crees que así cambiarías la cantinela?

–Tal vez el problema sea que no entiendes lo que significa ser inmortal. Las amenazas como la tuya no significan nada para alguien para quien la muerte no tiene ningún significado.

–Tengo miles de ideas sobre cómo asesinar a alguien. Me encantaría probarlas todas contigo. – Su labio se arrugó a causa de la rabia apenas contenida-. ¿De verdad crees que la muerte no tiene significado? Eso es porque no has pasado suficiente tiempo conmigo.

–¿Qué puedes hacer? No eres más que un cadáver demasiado testarudo como para yacer muerto. – Lo miró con frialdad-. No tendrás la menor oportunidad de triunfar en esto. En este momento nuestras fuerzas están convergiendo. Mis hermanos recuperaran el Corazón de Osiris y luego te enviarán a ti y a tus abominables compañeros al reino al que pertenecéis. Cada segundo que permaneces aquí, te acercas un poco más a la destrucción.

–Espero que lo hagas bien, nena. Porque si no es así, puedes estar jodidamente segura de que no descansaré hasta acabar contigo.

–Te lo he advertido -dijo.

Luego, después de tomar aliento, Lu Wen ladró algo en una lengua arcana. Otro temblor de menor intensidad sacudió la habitación. Los débiles ojos de Carpenter por poco no se percataron del movimiento súbito a tiempo de esquivar a una de las estatuas que había saltado desde su nicho y pretendía golpearlo con su bastón. Lo cierto era que las seis estatuas habían cobrado vida, aunque su visión de la muerte no lo registraba. ¿Qué cojones son estas cosas? No tenía tiempo para preocuparse de ello. Ordenó a Fritz y al otro zombi que atacaran mientras él volvía junto a la momia.

Mas ella ya estaba liberándose; otra de las estatuas cortaba la cinta adhesiva que la había mantenido apresada. Carpenter buscó la pistola para reducirla con rapidez, cuando algo pasó como un rayo junto a él. Era la cabeza de uno de los zombis. Dos de las efigies lo habían troceado en cuestión de escasos segundos. Echó un vistazo en rededor y vio que Fritz se defendía bastante bien gracias a la ayuda de la navaja demoníaca. Advirtió que la última estatua avanzaba en dirección al Corazón, al tiempo que su compatriota apaleaba al soldado y lo hacía recular en dirección a uno de los nichos.

¡Todo se está yendo a la mierda otra vez! Sus planes habían fallado cuando había estado próximo a cumplir sus objetivos. Con la velocidad del rayo, agarró el Corazón y corrió hacia la puerta.


Nicholas miró la entrada del túnel con una mueca de frustración. Habían aparcado el Audi tan cerca de él como habían podido. Estaban sentados dentro con las ventanillas bajadas, pero como no corría ni una brisa ligera, hacía un calor asfixiante.

–Muy bien, Thea. Entiendo que no te parezca muy buena idea entrar a la carga sin haber madurado un plan de ataque, pero ¿por qué estamos aquí sentados sin hacer nada? ¿A qué estamos esperando? ¿Quieres asegurarte de que Carpenter está aquí? Estoy convencido de que lo está y de que aún tiene el Corazón en su poder. Es más, te prometo que está en la cámara de enterramientos.

–¿Recuerdas cuando nos encontramos con el demonio Carpenter en Chicago? – preguntó Ibrahim-. ¿Junto al edificio?

–¿La Torre Sears? Joder, es verdad. – Miró hacia atrás, a Thea y Jake-. Allí fue donde Carpenter nos sorprendió y robó el Corazón. Contaba con un apoyo de cuatro o cinco cadáveres.

–De forma que quizá cuente con algunos aquí también -aventuró Jake.

–No lo sé, es muy posible que el muy cerdo tenga a una docena de muertos andantes escondidos y esperando a que nosotros aparezcamos.

Thea negó con la cabeza.

–No percibo ningún peligro en el entorno. Todo mana del interior de tu pirámide.

Nicholas enarcó una ceja.

¿Que no percibes peligro? Vale, pero aún así no veo otra alternativa que…

En ese instante una figura negra pasó como un rayo por el vano abierto de la ventana del pasajero. Xian corrió por los regazos de Nicholas e Ibrahim, emitiendo extraños graznidos y batiendo las alas.

–¿Dónde ha estado esa cosa? – se preguntó Thea.

–Ha debido estar vigilando a Lu Wen desde el canal de ventilación. – El inmediato y altísimo graznido que profirió Xian pareció indicar que Nicholas estaba en lo cierto-. Teniendo en cuenta su forma de actuar, creo poder aseguraros que algo marcha mal ahí abajo. Eso significa que ha llegado el momento de dejar de planear y ponernos en marcha.

La mano de Thea apresó su hombro con sorprendente fortaleza.

–¡Espera! Tienes razón; hay algo… Y parece que las variables hayan cambiado.

–¡No tenemos tiempo para mierdas ininteligibles, mujer!

–¡Escúchame! Creo que… Sí, si puedes, baja por ese jodido canal ahora mismo. Nosotros iremos por delante.

Había algo en su tono que le daba ganas de marcharse a toda prisa. Como no tenía tiempo de discutir, decidió hacer lo que ella sugería. Salieron del Audi y se encaminaron hacia el túnel. Xian ganó velocidad en el aire y describió un pronunciado arco por delante de ellos. Nicholas extrajo algo de su bolsillo mientras corría y lo arrojó un poco más adelante. Canalizó la poderosa energía de su espíritu y murmuró una orden. La figurilla se hinchó y cobró forma. Sherlock se sentó frente a ellos. El perro encantado, tan negro como el carbón, había permanecido demasiado tiempo en la calidez del bolsillo y ahora miraba alrededor con ojos expectantes.

–Llevaos a Sherlock con vosotros. ¡Tened cuidado de no poneros en su camino! – advirtió Nicholas, mientras corría a toda velocidad hacia la cúspide de la pirámide.


Carpenter podía sentir cómo el Corazón latía en sus manos y rezumaba aquella sustancia peculiar y brillante. Lu Wen estaba en el quicio de la puerta; murmuraba algo mientras cogía un amuleto encantado de su collar.

La furia se adueñó del zombi. Su medida era infinita, su duración sería eterna. ¿Esta puta cree que puede detenerme? Que la jodan. Carpenter sacó el martillo e invocó toda la fuerza a su disposición. Fuerzas oscuras anegaron su alma, hinchándolo como a una garrapata. Su espíritu chilló por la necesidad de desquitarse con la criatura que se erigía frente a él, y con todos aquellos que osaran ponerse en su camino. ¡Nadie podría negarle el triunfo cuando estaba tan cerca de obtenerlo! Había tenido la inmortalidad al alcance de la mano y aún podría obtenerla. Envió la energía hacia el exterior, buscando a cualquiera, lo que fuera que pudiera ayudarlo a alcanzar la victoria.

El amuleto hechizado en la mano de Lu Wen había aumentado hasta convertirse en una katana centelleante.

–Tu existencia ha llegado a su fin -dijo ella, surcando el aire con un par de movimientos mortíferos del arma.

Percibió cómo las otras cuatro estatuas se movían para atacarlo también.

–Aún no -respondió él, justo antes de que las paredes que contenían los nichos estallaran hacia el interior y un torrente de no muertos inundara la cámara.


Thea y Jake quedaron levemente conmocionados cuando un gigantesco perro negro apareció de la nada. No obstante, aquella fue una distracción momentánea comparada con la que los aguardaba en el túnel. Las únicas opciones viables requerían que entrara en el túnel, pero era precisamente allí donde percibía un peligro como nunca había conocido. No había otra posibilidad más que la de aspirar hondo y entrar.

Se precipitó a gran velocidad, el mastín corrió junto a ella y Jake e Ibrahim cerrando la retaguardia. Un zombi surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre ellos. Thea se detuvo en seco y se preparó para asestarle, con un giro, una patada alta. Sin embargo, de pronto ya no tenía ningún objetivo frente a sí. El perrazo había saltado hacia delante y había apresado entre sus mandíbulas el muslo del zombi. Continuó corriendo, balanceando la cabeza de un costado a otro y estrellando el cadáver del muerto andante repetidamente contra las paredes del túnel. El zombi se partió en pedazos después de unos cuantos golpes y yació convulso en el suelo durante un momento cuando el perro lo soltó.

–Vaya… No está mal -alabó Thea, al tiempo que Jake e Ibrahim se apresuraban para ponerse a su altura. Quizá esto no sea tan difícil después de todo.

Entonces se movió la tierra y docenas de esqueletos comenzaron a brotar de la arena del desierto.


Nicholas alcanzó la cúpula de la pirámide, desenterrada y apartada a un lado para dejar sitio al espacio rectangular que hacía las veces de canal de ventilación. Hasta él ascendía un coro inhumano de chillidos. Podía ver destellos intermitentes cuando las figuras se movían frente a las luces abajo. Aquella parecía ser una línea directa hacia el infierno.

Xian descendió volando por el canal y regresó unos segundos después graznando salvajemente. Nicholas tomó aquella reacción como que las cosas marchaban muy mal allí abajo. Gracias al amuleto de Selket contaba con la agilidad de un escorpión. Aspiró profundamente y saltó hacia la abertura, manteniendo las piernas rectas y los brazos pegados a los costados de su cuerpo y deslizándose a una velocidad de vértigo.


Carpenter no estaba seguro de qué era lo que había hecho, sin embargo, estaba muy satisfecho con el resultado. Las criaturas que brotaban de la tierra eran muertos vivientes y sabía que debía haberlos invocado de alguna manera, pero el cómo seguía siendo un misterio. Ni siquiera podría llamarlos zombis. Podía ver la fuerza de vida apagada que llameaba en su interior, apenas suficiente para animar sus largamente muertos cuerpos. No obstante, había algo familiar en esa energía…

Se dio cuenta entonces de que era él. Estaba vertiendo su poder a aquellas cosas. Carpenter podía sentir cómo la energía recorría libremente su espíritu; se asemejaba a una membrana que se extendía más y más cada segundo que pasaba, prendiendo con su chispa de vitalidad todos los cadáveres que encontraba. Y, a pesar del terrible poder requerido, se sentía rebosante de energía, de vida. Fue en ese momento cuando se percató de lo fundamental. Quizá estuviera canalizando esa energía, pero ésta provenía del Corazón.

Carpenter miró hacia la cosa que latía en sus manos; una capa de fluido dorado bañaba sus dedos. Percibía las dilatadas profundidades de poder que tenía al alcance, un océano de energía que podría emplear para cualquier propósito que pudiera imaginar. Intuía que el secreto para controlarlo pendía de la punta de su lengua. Podía saborearlo, estaba tan cerca de…

El golpe le fracturó el brazo izquierdo, así como la mayoría de las costillas. El martillo cayó entre la masa de cadáveres andantes cuando se estrelló contra la pared. Mientras invocaba el poder del Corazón para curar sus heridas, le llovieron otros golpes, lo bastante violentos como para pulverizar piedra. Carpenter no podía reaccionar, sus sentidos estaban demasiado dispersos y su atención completamente dedicada al Corazón. Llorando por causa de la frustración y la agonía, arrojó lejos de sí la reliquia. Al instante recuperó su percepción. Nicholas Sforza estaba erguido por encima de él, observando cómo el Corazón de Osiris se desvanecía en medio de una horda de muertos vivientes. Carpenter aprovechó ese momento de distracción para continuar corriendo hacia la salida.

A pesar de haber roto la conexión con el poder del Corazón, podía percibir aún cómo la energía fluía en las criaturas que había convocado. Las criaturas se arremolinaban en torno a Sforza, la otra momia y las estatuas, y luchaban con furiosa dedicación. El poder estaba decreciendo con celeridad pero, si se apresuraba, quizá pudiera aprovechar la distracción y alcanzar la libertad. Corrió por el túnel, abriéndose camino entre las decenas de cadáveres vivientes. Por el camino, Carpenter se dio cuenta de que, de alguna manera, la navaja había regresado a su recientemente curada mano izquierda. Estando tan débil como se sentía, no creía ser capaz de resistirse por más tiempo a la melodía embriagadora del arma. Empero la alternativa era la destrucción. Primero sal de aquí; ocúpate luego de las consecuencias.

Carpenter irrumpió de golpe en el desierto; la navaja le bombeaba la energía necesaria para correr hasta el Océano Atlántico sin detenerse. Cientos de no muertos se arremolinaban a su alrededor en la meseta, aunque pudo percibir que, los que estaban más lejos, vacilaban y caían inertes. Tenía que irse, alejarse ya. Pero entonces alguien se plantó frente a él, una mujer vestida con un pantalón caqui y con el rostro manchado de sangre. La intensa luz que manaba de ciertas partes de su cuerpo cegó su visión de la muerte.

–Tú, hijo de puta -comenzó Thea Ghandour-, ¿qué cojones has hecho ahora?


Nicholas vio a Maxwell Carpenter de pie sosteniendo el Corazón de Osiris en su mano, mientras que decenas de cadáveres atacaban a Lu Wen, un par de sectarios desventurados y a algunas estatuas guardianas. Embargado por la neblina carmesí de la venganza, su espíritu ka se enrolló a su alrededor como lo haría una capa protectora y se dejó caer desde el canal de ventilación para cargar contra Carpenter. Invocando la total fortaleza de sus amuletos, Nicholas estrelló al zombi contra el suelo. Varios muertos vivientes lo sujetaron entonces, pero él se deshizo de ellos arrojándolos a un lado. Manos muertas apresaban sus brazos y piernas, haciéndole jirones la ropa y tirando de él. Su ka retorció los hilos del destino lo suficiente para que él pudiera deslizarse entre sus mórbidos atacantes y caer justo encima de Carpenter.

Una punzada en el brazo le llamó la atención vagamente. Una zona débil de su conciencia le advirtió que el escarabajo brújula había registrado un movimiento súbito del Corazón. Carpenter ya no lo tenía… ¿Dónde?

Siguiendo los temblores del amuleto, Nicholas se abrió paso a la fuerza entre una masa de muertos andantes que atacaban furiosos a un par de sectarios. Una de las criaturas, con más sustancia que el resto y vistiendo algún tipo de uniforme militar, cogió el Corazón. Sforza se abalanzó contra él antes de que pudiera dar un paso. Azotó a la cosa hasta hacerla retroceder a la pared; los puños lo golpeaban con tanta violencia que atravesaban la carne y rompían en dos partes los huesos hasta que la criatura se desplomó junto a la tumba. Una docena más de cuerpos saltaron sobre él, su determinación y número sobrepasaba la sutil aura de protección con la que le proveía su espíritu a Nicholas. Agarró el Corazón fuertemente contra su pecho, al tiempo que se debatía contra los no muertos. La adrenalina corría por sus venas mientras se esforzaba por desembarazarse de todos sus atacantes. Cuando hubo arrojado a un lado al último de los cadáveres, Nicholas se sintió embargado por la sorpresa al comprobar que, de pronto, la paz reinaba en la cámara. Al otro extremo de la habitación, Lu Wen estaba cubierta de sangre y miraba confusa en rededor los montones de cuerpos inertes.

Nicholas se quitó la rota y sangrienta camisa, y encontró un pedazo relativamente limpio en el que envolver el Corazón de Osiris. Caminó hasta la abertura del canal de ventilación; el sol de medio día descendía en un haz de luz e iluminaba la reliquia. Al mismo tiempo que miraba el ab-Asar, una sonrisa se dibujaba en sus labios. Por fin, pensó. Por fin en casa, sanos y salvos.


Thea estaba tranquila, extrañamente ajena a lo que la rodeaba. Carpenter se erguía frente a ella, visiblemente aliviado. Podía ver todas las heridas que él había sufrido como si siguieran un patrón; comprendió cuál era la gravedad de cada una y cuánto daño podría infligirle si le golpeaba de una manera determinada. Sin embargo, mientras lo examinaba, sus opciones comenzaron a decrecer a velocidad constante; el muy cerdo estaba curándose. Tenía que actuar antes de que él pudiera regenerarse por completo.

–Al parecer alguien ha intentado apagar una hoguera con tu cara -dijo, moviéndose hacia la izquierda y alejándose de la navaja que él empuñaba.

–¿Eh, por qué tienes que ser así? – respondió él, dedicándole una sonrisa que era sorprendentemente cálida y encantadora, a pesar del estado penoso de su rostro.

–No lo hagas más difícil, Carpenter. Has causado demasiado dolor, arruinado demasiadas vidas, para que esto termine de alguna otra forma. Tú suerte está echada.

–Qué curioso. Estaba a punto de decirte que no perdieras la vida intentando alguna maniobra inútil.

Thea podía oír el estruendo de la escopeta de Jake y el staccato del rifle de asalto de Ibrahim, así como algún que otro gruñido y bufido del extraño mastín encantado. Los muertos vivientes hormigueaban por todas partes pero, por algún motivo, los dejaban a ellos dos en paz. Eso estaba bien. Había vaciado ya toda la munición de la Glock en esas cosas y Carpenter requería toda su atención. Lo observó como lo haría un halcón; sopesando todas las variables que se extendían frente a sus ojos.

Su mano izquierda, un resplandeciente cometa de luz, embistió y se estrelló contra el costado de la cabeza del zombi. Vio el amago de reacción y el objetivo auténtico de su contraataque y supo que podría girarse y cogerlo desprevenido desde el lateral. Pero, al mismo tiempo que se giraba, advirtió el destello aceitoso y entendió que no se había movido con la suficiente velocidad. Un fuego frío le ardió en el costado del rostro; un dolor tan horrible que no tenía igual. La hoja de la navaja desgarró su ojo izquierdo, atravesó su mejilla y la zona lateral de la mandíbula. Pese a lo increíblemente penoso que era el dolor, el daño más terrible lo sufría en el centro de su espíritu. Las palabras no podrían describirlo, las comparaciones no harían justicia al grado de agonía que sacudía su cuerpo y su alma.

Como estando a oscuras en un túnel, entrevió la gélida sonrisa de Carpenter, deforme allí donde su puñetazo había aplastado el costado de su cara. La sangre manaba a borbotones y se deslizaba cálida por su rostro y cuerpo. Vio el parpadeante arco iris negro de la hoja que se preparaba para asestar otro golpe.

La ira, ardiendo tan furiosa como frío era el dolor que padecía, la dominó. Desafiando lo inevitable, ignorando la agonía que sufría, Thea se abalanzó al mismo tiempo que la navaja describía un movimiento arqueado hacia abajo. Su mano derecha, natural y no adornada con algún símbolo místico, apresó la muñeca de Carpenter y la retorció. Gritando a partes iguales por el tormento y la victoria, Thea tiró con brusquedad de la mano que había capturado. La dirigió para que la hoja cortara profunda y limpiamente el cuello de Maxwell Carpenter, separándole así la cabeza del tronco.

–Vete al infierno -susurró, mientras se desplomaba a su lado.