SEGUNDA PARTE


SECRETOS Y REVELACIONES


5


Beckett contempló a la criatura maltrecha que se sentaba frente a él y recapacitó sobre la inmortalidad. Había pensado en el tema a menudo, analizándolo desde puntos de vista tan dispares como el filosófico o mediante una sencilla admiración. En esta ocasión lo hacía con una mezcla de metafísica y fisiología.


Si el mundo obedeciera el ciclo natural de vida y muerte, el ser al que miraba no habría podido retener en su interior la chispa de la vida. Y no se refería a la limitada concepción que de la "vida" tenían los mortales, sino a un espectro más amplio que incluía a los seres sobrenaturales; entes como los fantasmas, zombis y vampiros. Teniendo en cuenta que a tales criaturas se las consideraba no muertas, quizá el término "no vida" era el más adecuado en las presentes circunstancias.

Beckett estaba interesado en los factores que separaban la no vida del cuerpo del vampiro. El fuego y la luz del sol eran las principales causas. Una estaca atravesando el corazón paralizaba, si acaso no aniquilaba en el acto. Las consecuencias de separar la cabeza del tronco dejaban poco lugar a dudas. Si no se contaba con la posibilidad de ejecutar cualquiera de estas acciones, un ataque constante como un par de docenas de disparos de bala, atropellar a la criatura varias veces o tirarla desde una altura considerable conllevaría el mismo resultado.

En general, todos los vampiros sabían que los efectos de tales prácticas suponían una terminación definitiva de sus no vidas. No obstante, Beckett conocía casos anómalos en los que los efectos no se cumplían con la precisión acostumbrada. La cosa sentada frente a él era una de las más recientes pruebas de que para cada regla existe una excepción.

La explicación residía en la sangre y la edad. La sangre de un vampiro envejecía como los vinos más excelentes; aumentando su potencial con el paso de los siglos. La sangre determinaba todo desde la extensión de los poderes del vampiro hasta cuan complicado era destruirlo. Beckett, al que se le consideraba maduro en términos de los no muertos, disfrutaba de un poder sobrenatural significativo. Y, sin embargo, a pesar de su tremenda fortaleza, no podría haber albergado la esperanza de sobrevivir a una caída de setenta y tres pisos. A diferencia de él, Critias, primogénito del clan de vampiros Brujah, lo acababa de conseguir.

El no muerto era definitivamente un anciano; había sido Abrazado cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo. El hecho de que el vampiro no fuera un grumo de pedazos enrojecidos después de caer a plomo desde semejante altura era una prueba evidente del poder de la sangre. Y el que Critias hubiera recobrado la conciencia habiendo transcurrido sólo cinco noches, lo hacía incluso más extraordinario. La respuesta natural de un vampiro después de recibir un daño extremo era la de deslizarse hacia el letargo. Este estado de trance era mucho más profundo que el reposo mortecino que los no muertos entendían como período de sueño. No había nada que pudiera despertar al vampiro antes de que su cuerpo hubiera terminado de restablecerse.

Beckett podía percibir que Critias estaba haciendo cuanto podía para resistirse al seductor sueño reparador. El anciano vampiro tenía que atender importantes asuntos antes de sucumbir a la inconsciencia. Y era ésta precisamente la razón por la que Beckett se encontraba sentado frente a la amoratada y quebrantada figura que descansaba en el sillón.

Critias le había pedido que acudiera a una reunión privada, presumiblemente para agradecerle que salvara su no vida después de la caída desde la Torre Sears hacía casi una semana. Empero Beckett tenía la sospecha de que aquello era sólo un pretexto. En las cinco noches que siguieron al acontecimiento, la población vampírica de Chicago había entrado en un caótico frenesí. Entre los más exaltados se encontraban los subalternos del clan Brujah y aquellos que engrosaban las filas de su gran amigo y rival Khalid al-Rashid, primogénito del clan Nosferatu. Ambos grupos habían estado peinando la ciudad en busca de tres mortales y de una reliquia de poder descomunal. Además de haber herido de manera severa a Critias, estos mortales habían destruido a un vampiro y lesionado a otro en una pelea en la Torre Sears. Aquel había pasado a ser el ataque más importante en un año en el que los supuestos "cazadores de monstruos" habían seguido la pista y aniquilado a casi una docena de no muertos en la zona.

La tan deseada reliquia había sido una incógnita para Beckett, pero había dedicado las últimas noches a investigar cuanto pudiera sobre ella para remediar ese desconocimiento. Aún así, no estaba seguro de contar con tanta información sobre el tema como Critias o Khalid. Pero eso no tenía demasiada importancia porque tenía la sospecha de que sabía más que ellos acerca de los otros dos actores del drama. De una cosa estaba seguro, había topado con una situación realmente interesante.

Critias se aclaró la garganta emitiendo un gorjeo líquido.

–Saludos, Beckett. Te agradezco que hayas venido a verme.

Aquella era la primera cosa que Critias había dicho desde que lo condujeran al estudio hacía diez minutos. El vampiro no estaba seguro de si el primogénito había estado distraído por causa de la neblina que pudiera provocarle el dolor, que hubiera estado absorto pensando en otras cuestiones o quizá lo estuviera poniendo a prueba. Lo cierto es que importaba poco; Beckett había aguardado mucho más por razones menos primordiales.

–En primer lugar, debo disculparme por mis recientes acusaciones. Mi sospecha de que los Gangrel pudierais estar conspirando con los agentes mortales para atacar a los de nuestra raza era completamente equívoca.

Beckett encubrió su estupefacción e irritación tras un correcto asentimiento. Gracias al "error" de Critias, el contingente vampírico de Chicago al completo había estado pensando que tanto él como sus compañeros Gangrel habían formado una alianza con los cazadores de vampiros. Desde el principio Beckett había sabido que la idea era tan absurda como lo era intentar demostrar su inocencia. Tenía cosas más trascendentes que hacer que educar a un puñado de no muertos ignorantes. Sentía curiosidad por saber por qué Critias había decidido admitir su equivocación, especialmente cuando había creído tan ciegamente en la conspiración hacía apenas una semana.

–Lo he visto a través de una mirada renovada… -La broma transformó su risa en un ataque de tos; Beckett se concedió obsequiarle con una sonrisa compasiva. Los ojos de Critias habían estallado en las cuencas debido al impacto de la caída. La ruina en la que se había convertido su cara enmarcaba el refulgir cerúleo de sus ojos regenerados. Después de limpiarse una baba sanguinolenta de los labios con la mano izquierda (aparentemente el único miembro que podía mover sin que le causara un dolor atroz), el primogénito continuó-. Lo he visto a través de una mirada renovada. Me doy cuenta de que los que nos dan caza no pueden estar aliados con ninguno de los Cainitas. Están en posesión de habilidades extrañas y terroríficas con las que demuestran no necesitar ningún tipo de ayuda externa.

Beckett estaba hipnotizado con el monólogo de Critias. En espacio de pocos minutos, el vampiro antiguo admitía haber cometido dos errores y tener miedo, e incluso hablaba con sentido del humor. Quizá con la caída hubiera descubierto el significado de la humildad.

–Te lo agradezco, primogénito. Debes saber que no te guardo rencor. La vida es demasiado breve como para albergar malos sentimientos como consecuencia de estos malos entendidos.

Critias le dedicó una sonrisa torcida.

–Pero ésta no es la razón por la que te pedí que vinieras esta noche.

–¿De veras? – Beckett se sentía invadido por la curiosidad.

–Hablé con Khalid al-Rashid anoche. Me explicó que te había hablado sobre el Matusalén que duerme bajo la ciudad, una criatura con tanto poder que su despertar culminaría en la destrucción total de Chicago. Quizá te interese saber que, hasta hace unas noches, yo desconocía por completo su existencia. Pues pensé que este Matusalén había muerto en el saqueo a Cartago hace dos milenios -Critias se inclinó hacia delante para enfatizar la trascendencia de lo que estaba aún por decir-. Fue él quien me transmitió el don de la no vida. Se trata de Menelao, mi sire y creador.

Beckett percibió cómo la Bestia de su interior se revolvía con una mezcla de sorpresa, temor y confusión. Hacía escasas semanas que se había enterado de que un vampiro de inconcebible antigüedad dormía bajo las calles de Chicago; que, de hecho, lo había estado haciendo desde que la ciudad se asentó. Supo que esta criatura, Menelao, empleaba sus vastos poderes para manipular a los vivos y no muertos del área. Y él mismo hubiera sido sometido a esta servidumbre de no ser por sus increíblemente bien afinados instintos de supervivencia. Abandonó la ciudad en el mismo instante en el que se percató de la insidiosa presencia de una mente poderosa que pugnaba por controlarlo. Regresó sólo después de haberse armado con el brazalete que lo protegía de la percepción insigne del Matusalén.

Pese a que Critias ignoraba la influencia que Menelao ejercía sobre él, lo cierto era que se había convertido en uno de sus agentes primordiales. O así lo había creído Beckett. De momento podía pensar en una razón por la que el antiguo revelara el vínculo con su sire: el primogénito Brujah había descubierto que Beckett había desenmascarado el secreto de Menelao. No sólo que la anciana criatura existía, sino dónde dormía protegida por una cuadrilla de guerreros nativos americanos que habían cuidado de él desde que cediera al sopor hacía dos siglos.

En cualquier momento, un sinnúmero de vampiros irrumpirían en la habitación y lo harían pedazos para asegurarse de que nunca comunicara el secreto a nadie. Sus manos, largamente transformadas en fieras y peludas garras, que evidenciaban su naturaleza animal, se cerraron en torno a los brazos del sillón con tanta fuerza que las uñas penetraron en el cuero. Las ventanas de su nariz se ensancharon y sus ojos carmesíes brillaron tras las gafas oscuras, al tiempo que buscaban la presencia de posibles agresores. Un instinto más básico que el de luchar o huir era lo único que impedía a Beckett lanzarse sobre la mesita y atacar a Critias. El instante pasó. No surgieron asesinos de paneles secretos. El antiguo permaneció sentado donde estaba, callado y quieto. El Gangrel pensó que podría estar incurriendo en la paranoia. Aún así, Menelao posiblemente era la criatura más poderosa con la que se había encontrado y estar dentro de su área de influencia le invitaba a adoptar una postura de atención y precaución. Una parte de sí convino en que abandonar aquella ciudad era la mejor opción, pero el porcentaje mayor de sí mismo no podía hacerlo sin haber satisfecho antes la curiosidad.

–Lo siento Critias, pero no comprendo por qué me estás contando esto.

–No tengo la intención de paralizarte por el terror antes de destruirte. – El vampiro rió y tragó antes de sucumbir a otro acceso de tos-. Por favor, relájate. No te deseo ningún mal.

El que el antiguo utilizara su conmoción como método para convencerlo de sus buenas intenciones, transformó la inquietud de Beckett en rabia. Extrajo sus garras del cuero y, limpiando los restos del material de debajo de las uñas, fulminó a Critias lanzándole una mirada por encima de las manos.

–Gracias por aclarármelo. Pero no has respondido a mi pregunta.

–Es muy simple. Como estoy seguro de que habrás sospechado, yo, y otros muchos Cainitas de esta ciudad, hemos servido como agentes de Menelao durante algún tiempo y sin saberlo. – Los nervios reconstruidos en uno de los flancos del rostro de Critias se sacudieron espasmódicos cuando éste evocó un recuerdo doloroso-. Resulté casi destruido por la caída desde la Torre Sears. Sin tu ayuda inmediata me habría enfrentado a la muerte definitiva. Pero sólo a través de la ingente cantidad de heridas que sufrí después de ese… accidente… eh, pude liberarme de la influencia de mi sire.

Qué peculiar. Aquí tenemos otra lección acerca de la edad y el poder de la sangre.

–¿Y al lograrlo es cuando te percatas del dominio que Menelao ha ejercido sobre ti todo este tiempo?

–Exacto. Ha sido así durante tanto tiempo que me extrañaría haberme dado cuenta de ello si no hubiera tenido el accidente. Especialmente porque yo lo creía muerto en la caída de Cartago. – Su rostro retorcido adoptó una expresión que bien pudiera parecerse a la melancolía-. Han transcurrido siglos y sólo ahora sé que no sucumbió.

Reinó el silencio. Después de un rato, Beckett tosió al comprobar que el primogénito se había perdido en sus recuerdos. Critias sacudió la cabeza y continuó como si nada.

–Esta manipulación explica muchas de las decisiones que tomé; por ejemplo y para empezar, revela por qué vine a parar a Chicago.

–¿O por qué te arrojaste persiguiendo una chuchería desde un rascacielos sin tener en cuentas las consecuencias?

Critias asintió.

–Eres tan perspicaz como acostumbras, Beckett. – Se sirvió de su brazo hábil para enderezarse en el asiento-. ¿Sabes qué es esa "chuchería"?

Algo en el tono que empleó el antiguo lo puso en guardia otra vez.

–Khalid dijo que se trataba de una reliquia egipcia.

–Es eso y mucho más. Ahora me doy cuenta de que Menelao quería que recuperara el canope para él. Contiene un poder excepcional. Como bien sabes, despertar del letargo deja al Cainita debilitado durante algún tiempo; la transición hacia la vigilia completa merma su poder de manera temporal. En el caso de Menelao eso implicaría que el control sobre aquellos que ha dominado menguaría y que sería vulnerable frente a un ataque de su rival, Helena, hasta haber recuperado la totalidad de su fortaleza. – La penetrante mirada de Critias se reflejó en la de Beckett-. Al canalizar la energía del canope, Menelao podría despertar con su poder al completo. Es más, su fuerza lo haría imparable, lo convertiría en el dios del mundo moderno.

Beckett aguardó un instante antes de preguntar.

–¿Y qué opinas sobre eso?

Una sonrisa se dibujó en los labios del primogénito.

–Antes de la caída habría hecho todo cuanto estuviera a mi alcance para lograr que eso sucediera. En este momento entiendo el peligro que representa su despertar. A pesar de que fue mi sire y mentor, no puedo permitir que suceda. No debe conseguir el canope.

–No creo que eso constituya un problema. Por lo que sé, la criatura que lo tiene no está bajo la influencia de Menelao.

El vampiro sabía además que la criatura había abandonado Chicago, pero prefirió guardarse el detalle hasta haber obtenido una cantidad equivalente de información. O quizá ni siquiera lo compartiera, todo dependía de la actitud que adoptasen los restantes figurantes del drama.

–Ésa es la razón por la que nos hemos reunido hoy; entiendes qué es lo que está enjuego. No puedo confiar siquiera en mis tenientes más próximos porque ellos también se encuentran bajo la influencia de Menelao. Tú eres el único que…

–Espera, ¿cómo estás tan seguro de que no estoy siendo manipulado por él?

–El dolor de mis heridas mantiene mi mente despierta. Percibo las cosas con una claridad desconocida desde hace tiempo. Siento que Menelao sabe que he sufrido una lesión importante, pero aún no ha descubierto que me he liberado de su control. Puedo intuir el peso de su influencia en mi entorno. Distingo que, al igual que en mi caso, su aura fluye a tu alrededor pero no en tu interior. Sólo en ti puedo confiar para que recuperes la reliquia y la mantengas a salvo de la ambición de Menelao. – Critias señaló su cuerpo encogido-. Lo haría yo mismo, pero…

–¿Y qué hay de Khalid? Fue él quien me informó de todo esto. Él y unos pocos de sus subalternos están libres del control de Menelao y ya están buscando el tarro egipcio. ¿Por qué no permitir que se encargue él?

El primogénito entornó los ojos.

–Porque, a pesar de lo que te haya asegurado, Khalid ha pasado a ser uno de los agentes de Menelao, tal y como yo lo fui en su día.


Beckett cogió el El hacia el cementerio Graceland de Chicago en un estado de abstracción. Hacía un mes había estado ocupándose de su investigación sobre el origen de los vampiros. Ahora se encontraba sumido en un conflicto que involucraba a diversos clanes, antiguos no muertos, reliquias poderosísimas, cazadores de monstruos mortales, los muertos andantes y las momias. En comparación, sus estudios sobre los Cainitas parecían bastante prosaicos.

Estaba sorprendido por el cariz que había adoptado el encuentro con Critias. Se erigía como un interesante contrapunto a la charla que había mantenido con Khalid al-Rashid después de la batalla en la Torre Sears hacía cinco noches. El primogénito Nosferatu había intentado recuperar la reliquia egipcia después de que ésta cayera desde el piso septuagésimo tercero, mientras Beckett rescataba a Critias que, a su vez, se había arrojado por la ventana en pos del canope. Khalid admitió no haber tenido éxito cuando Beckett y él se encontraron unas noches después. La reliquia había desaparecido. Para un auténtico maestro en el arte de reunir información, aquel fracaso debía de haber sido un duro varapalo.

Compadeciéndose de Khalid, decidió no compartir con nadie lo que sabía acerca de la reliquia. No era sabio divulgar más información de la necesaria y las cosas se estaban complicando de tal manera que Beckett quería saber cuanto pudiera del tarro y de todos los involucrados, antes de dar otro paso.

La noche de la batalla, Beckett alcanzó el punto de impacto bajo la Torre Sears antes que Khalid. Se percató inmediatamente de que la reliquia había desaparecido. Alguien la había recogido en la zona en la que había caído a pocos pasos del grumo caótico en el que se había convertido el cuerpo de Critias y había huido con ella. Era frustrante pero inevitable preguntarse quién se la había llevado. Beckett sólo conocía a una persona que pudiera haber alcanzado el aparcamiento donde el tarro había aterrizado, antes de que él llegase; esto es, exceptuando a Critias, que no estaba en disposición de hacer otra cosa que sangrar. Esa persona no podría haber sido un vampiro porque todos ellos estaban en la Torre Sears. Tampoco uno de los cazadores. Todos, salvo dos de ellos, estaban muertos y uno de los restantes había arrojado el canope por la ventana.

Khalid pensó que podría haber sido la enigmática momia, es decir, el guardián del tarro. Pero Beckett sabía que no era así porque se había topado con ella justo después de tomar tierra en su forma de murciélago sobre el aparcamiento. La momia poseía la apariencia de un ser humano corriente, pero su esencia era… diferente. Del mismo modo, la momia pudo verlo por lo que realmente era y se encontraron en el instante en que Beckett pugnaba por recuperar su forma humana. Pero la momia estaba más interesada en recuperar su reliquia que en tratar con un vampiro. El inmortal había caminado a su alrededor con las manos en alto y había corrido hacia el extremo opuesto del aparcamiento con su asistente siguiéndolo de cerca. Por el vocerío que la momia intercambió con su lacayo mientras abandonaban el recinto, parecía que alguien llamado Carpenter había huido con el canope unos pocos segundos antes.

Las noches siguientes, Beckett realizó numerosas llamadas telefónicas y visitó algunas páginas de Internet poco conocidas, investigando en fuentes mundanas y místicas para descubrir todo lo que pudiera sobre reliquias egipcias y sobre los heréticos seguidores del faraón Akenatón. Leyó un sinnúmero de rumores, conjeturas y mitos hasta llegar finalmente a la descripción de una leyenda que versaba sobre un robo acaecido poco después de la muerte del faraón. Las historias que leyó discurrían en torno a diversas posibilidades, entre las que contaban que el faraón fue asesinado, se suicidó o que sufrió algún tipo de enfermedad; pero todas ellas convenían en que los sacerdotes descubrieron que una preciada reliquia había sido robada del palacio. El ab-Asar, el Corazón de Osiris. Beckett siguió otras pautas de investigación para asegurarse de que su corazonada contaba con una base verídica y, después de algún tiempo resolvió que ya contaba con la suficiente información como para vincular el objeto robado con aquello que se llevaron del canope fracturado. Sumando las alusiones de Khalid al-Rashid a un "corazón" y la participación de las momias, estaba ya en condiciones de elaborar una hipótesis. Las fuentes no se ponían de acuerdo a la hora de determinar si se trataba realmente del fragmento de un dios egipcio muerto. Beckett, por su parte, tenía que encontrar aún evidencias de que existieran realmente los dioses y no sólo un atajo de aspirantes al trono. Con independencia de estas discusiones, todos parecían estar convencidos de que el Corazón era bastante poderoso. Pero qué hacía en Chicago era un enigma.

Asimismo, había recabado alguna información concerniente a la momia. Khalid le había informado de que los mortales habían atacado el Templo de Akenatón (donde la momia salvaguardaba la reliquia) en el centro de la ciudad y que habían robado el Corazón ante las mismísimas narices del inmortal. Horas más tarde, Beckett confirmó que la momia y un hombre llamado Nicholas Sforza eran la misma persona. Sforza era un tipo curioso. Existían lazos que lo vinculaban con la mafia, se había desvanecido en circunstancias misteriosas hacía un año, después de que todos los miembros de su familia hubieran muerto en accidentes fatales, asaltos o suicidios y no se le había vuelto a ver desde entonces. Al menos no hasta una fría noche de marzo en la planta superior de un aparcamiento próximo a la Torre Sears.

Eso lo conducía hasta Carpenter, el ladrón, de quien no sabía nada. Lo cual no era del todo sorprendente pues la única evidencia de su existencia procedía de lo que había podido escuchar de la conversación entre Sforza y su ayudante. En lugar de continuar perdiendo el tiempo con búsquedas inútiles, la noche previa a su encuentro con Khalid, Beckett regresó al aparcamiento. No le haría falta transformarse en lobo para seguir el rastro de la reliquia; su nariz humana era lo suficientemente sensible como para captar el inusual aroma. No estaba seguro de si podría llegar a olvidar aquel olor único y penetrante. Sin ninguna duda pertenecía al tiempo de los faraones. Siguió el rastro hacia el suroeste durante unos kilómetros hasta alcanzar los límites del Mercado de Carne. El vello se le erizó al aproximarse a lo que parecía un almacén abandonado; no sabía nada del tal Carpenter, pero la momia Sforza había hablado de él sumamente turbado. No le aclaró quién o qué era. Beckett se preguntó si era uno de los cazadores que, a diferencia de los demás, había conseguido eludir que lo capturasen. En tal caso era probable que estuviera involucrado en el ataque al Templo de Akenatón y con el primer robo de la reliquia. Si era así, podría tener que mediar con algo más que un hombre corriente si conseguía llegar hasta el Corazón. Sin mencionar el hecho de que estos cazadores contaban con ciertas habilidades muy eficaces contra los no muertos.

Beckett no tenía ninguna intención de terminar con una estaca clavada en el pecho. Pero su curiosidad le impedía huir presa del pánico. Después de todo, él solo había rastreado al gran Menelao hasta su guarida secreta y escapado de allí ileso. Y comparados con un Matusalén, ¿qué representaban un puñado de "cazadores de monstruos"?

Menelao permaneció vivido en su recuerdo mientras se acercaba al almacén. Estaba protegido del control del antiguo gracias al brazalete encantado que llevaba consigo. Era más que probable que el Matusalén supiera ya de su existencia; sus agentes estarían persiguiéndolo mediante unos métodos más convencionales. Podría estar protegido contra el escrutinio místico, pero dos de los guardianes nativos de Menelao lo habían visto a cara descubierta: el guardia al que había herido mientras investigaba en el escondrijo y William Decorah. Este último había sido un topo al servicio del amigo Gangrel de Beckett, Augustus Klein, y retenido cautivo por parte de Critias. Le había proporcionado la suficiente cantidad de sangre de no muerto para curar sus heridas, escapar y reunirse con sus compañeros indios, pero Beckett no contaba con que ese acto le otorgara un privilegio especial. Sonrió. Ésa no era más que otra razón para zanjar los asuntos tan rápido como pudiera y marchar de la ciudad.

Beckett emergió de su ensimismamiento al percibir el olor del Corazón escapando del almacén. Teniéndolo en cuenta, pensó que no tendría problemas para entrar. Antes de continuar siguiendo el rastro, decidió echar un vistazo dentro de la estructura. Cuanto más averiguara sobre su presa, tanto mejor. Mientras trataba de forzar la cerradura, advirtió el delgado destello del cable de seguridad en el cristal de la ventana. Durante unos instantes se preguntó qué debía hacer y finalmente decidió proseguir. Dispondría de unos cinco minutos para inspeccionar el lugar antes de que la patrulla de vigilancia llegara, eso era más que suficiente para hacerse una idea general. Y, de cualquier forma, en esa etapa del juego se sentía ya como un toro en una tienda de porcelana china. Guardó sus ganzúas, golpeó uno de los cristales con el codo, corrió la cerradura de la puerta y entró. El lugar, que se encontraba vacío, estaba compuesto por dos pisos espaciosos con un par de puertas de garaje en la zona principal y una oficina construida en la esquina superior izquierda. El olor acre del Corazón impregnaba completamente el lugar. Pero, al igual que el rastro que lo había conducido hasta ese local, contaba ya con unas cuantas noches de antigüedad. Con una rápida ojeada al piso superior confirmó que el almacén estaba desierto. Al comprobar la espartana oficina, captó una tenue pista de un segundo olor. Le resultaba complicado diferenciarlo del penetrante hedor que la reliquia había dejado tras de sí, pero finalmente consiguió seguirlo hasta un traje ensangrentado y hecho jirones que se encontraba oculto en uno de los cajones inferiores de la mesa. Después de olerlo con atención, una imagen surcó su mente.

Sostuvo frente a sí las ropas del individuo con el que se había dado de bruces en un callejón hacía unas pocas semanas. Beckett había estado siguiendo a los cazadores en aquel momento y se encontró con un hombre vestido de negro; un ser que hedía a muerte vieja y al frío de la tumba. No se trataba de la sutil esencia de un vampiro, sino del pútrido olor de los muertos sin descanso. Carpenter era un cadáver andante, un zombi. Un zombi que lo había obligado mentalmente a huir a toda prisa. Un zombi que se había atrevido a imponer su voluntad sobre Beckett. Un zombi que estaba escapando con el Corazón de Osiris.

Beckett se había estado preguntando qué estaría haciendo el zombi con los cazadores aquella noche. Le parecía muy posible que la reliquia de la momia fuera el vínculo. Quizá Carpenter sabía que los mortales tenían planeado asaltar el Templo de Akenatón y merodeó por la periferia hasta que pudo encontrar el momento idóneo para robar el Corazón. Tenía la sospecha de que había mucho más en esa historia, pero aún tenía que averiguar qué. Le resultaba francamente frustrante que el cadáver andante no hubiera escogido permanecer en la ciudad para responder a sus preguntas.

Una vez que se aseguró de a quién o mejor dicho, qué era lo que estaba persiguiendo, optó por seguir el rastro. Guiaba directamente hacia el sureste. La proliferación de los astilleros pronto le ofrecieron la clave de hacia dónde se había dirigido Carpenter, no obstante, Beckett rastreó el olor hasta el embarcadero donde avistó la popa de un inmenso navío de carga que acababa de zarpar.

Un guardia de seguridad, inseguro de qué podía estar haciendo Beckett allí, se acercó. Su físico delgado y musculoso, y sus ropas gastadas parecían indicar que se trataba de un trabajador, posiblemente un marinero del puerto o uno en busca de empleo. El vampiro, por su radiante cabello ébano y sus gafas de cristal oscuro, contrastaba como un niño bonito en los barrios bajos. Siguió una breve conversación en la que cada uno de ellos trató de averiguar cuanto pudo sobre las intenciones del otro. Empero, Beckett era el más diestro de los dos porque contaba con unos cuantos siglos de experiencia. Averiguó lo que quería saber sin ofrecerle al guardia ninguna pista de quién era o qué estaba haciendo allí.

El vigilante, cuya etiqueta en la solapa rezaba WALPERT, le confirmó que los barcos de mercancías atracaban en ese muelle constantemente, descargando grandes cargamentos y partiendo con nuevos productos.

–Ah, sí… Un carguero llamado Meroe Atlantic levó anclas de ese amarre hace unos cuantos días. Suele seguir una ruta regular, ¿sabes? A estas alturas debe encontrarse en el Canal de San Lorenzo.

–¿Sabes hacia dónde se dirigía? – inquirió Beckett, aun teniendo una sospecha firme.

El hombretón se encogió de hombros, al tiempo que realizaba un perezoso bucle con el dedo.

–Cada compañía sigue una ruta diferente; viajan hasta otro país, cambian de carga y regresan. Creo que los buques de Meroe Global navegan hasta uno o dos países árabes.

–¿Incluyendo Egipto?

Otro encogimiento de hombros.

–Sí, puede que sí.

–¿La embarcación viaja desde aquí hasta allí sin escalas intermedias?

–No, todos atracan en los distintos puertos que encuentran por la ruta. Llevan parte de la carga desde aquí hasta Nueva York, a Norfolk o Charleston; luego continúan hacia España, Italia o dónde sea, rodean Turquía o lo que tú has dicho, Egipto y regresan tomando un rumbo contrario.

Otros puertos implicaban escalas; si además sumaba la necesidad de transferir la mercancía, eso significaba que a un barco le llevaría algún tiempo ir desde Chicago hasta la desembocadura del río Nilo.

–¿Has dicho que las rutas eran regulares? ¿Cuánto le lleva al Meroe Atlantic completar el circuito?

Walpert se rascó la barbilla mientras lo meditaba.

–Joder tío, la verdad es que de ese barco en particular no tengo ni idea, pero todos los de mercancías suelen tardar más o menos lo mismo. ¿Desde aquí hasta allí y vuelta? Unos dos meses aproximados.

Beckett asintió. Lo que significaba un mes, posiblemente menos, en cubrir uno de los trayectos. Eso le daba tiempo más que suficiente para averiguar algunas cosas en la ciudad. Le dio las gracias al guardia y comenzó a alejarse del muelle, mientras reflexionaba sobre los posibles cursos de acción que debía tomar.

–Escucha -vociferó el vigilante a su espalda-, si estás buscando trabajo puedes pasarte por la mañana. Las oficinas están justo allí.

–Quizá lo haga.

–Eh, tío… ¿Te importa si te pregunto por qué llevas gafas de sol en plena noche?

–No, en absoluto -respondió Beckett despidiéndose de él con una mano.


Beckett fue devuelto al presente como consecuencia de un súbito frenazo del tren elevado en el que viajaba. Una ojeada a la plataforma exterior le informó de que aún quedaban dos estaciones antes de llegar al cementerio.

Se sorprendió de lo ensimismado que había estado recordando los acontecimientos de la semana pasada. Odiaba admitirlo pero lo cierto era que no podía dejar de pensar en Carpenter. Se había enfrentado a príncipes y antiguos; había sido testigo de horrores que habrían aterrorizado al más depravado de los vampiros. Lo que no podía asumir era que un patético cadáver andante se hubiera atrevido a imponerse con un simple truco mental. Éste estaba siendo uno de los traumas más humillantes que había tenido que asimilar.

Y las sorpresas aún no habían cesado. También estaba Critias con su reciente confesión honesta. El que aparentemente había sido una de las marionetas de Menelao, el primogénito Brujah, decía haberse liberado del control de su sire al sufrir un accidente que por muy poco no lo enfrentó a la muerte definitiva. Critias le había comentado que su compañero primogénito y rival, Khalid al-Rashid, no estaba exento de la manipulación del Matusalén. No hacía falta ser brillante para darse cuenta de que ambos estaban tratando de influenciarlo con la esperanza de que recuperara el Corazón de Osiris para uno de ellos. Y, por supuesto, ambos habían procurado hacerle creer que su única intención era mantener la reliquia fuera del alcance de Menelao. Al menos en eso estaban todos de acuerdo. Pero Beckett no tenía intención de entregarle el objeto ni a Critias ni a Khalid. Era muy probable que el primero no estuviera sujeto a ningún control, pero eso no lo convertía en un guardián aceptable del poder que evidentemente poseía el Corazón. Y no tenía forma de averiguar si Khalid estaba o no al servicio de un semidiós durmiente. Teniendo en cuenta todos los factores, Beckett creyó conveniente alejar la reliquia de cualquier control dominante. La mejor opción parecía ser la de guardarla en algún lugar seguro donde nadie pudiera encontrarla.

Rastrearía el objeto pero no por las mismas razones por las que sus compañeros lo querían. No estaba interesado en obtener un poder o prestigio mayor; prefería dejar tales objetivos a otros de su raza. Su pasión era la sabiduría. Pese a que el Corazón de Osiris le intrigaba sobremanera, era más bien de una forma intelectual, no como una herramienta con la que conseguir la omnipotencia.

El problema estribaba en que, a pesar de que sabía que el zombi estaba de camino a Egipto y que llevaba la reliquia consigo, no conocía el destino exacto ni el motivo por el que se dirigía allí. Beckett le habría preguntado a Nicholas Sforza, pero la momia también había abandonado la ciudad recientemente para ir allí, aunque en avión, no en carguero. Consideró interrogar a los cazadores; aún conservaba el recuerdo del aroma de la mujer y no le sería difícil encontrarla, pero su instinto le decía que ellos no tenían idea de lo que estaba ocurriendo. Y, por ende, habían demostrado en más de una ocasión ser dignos rivales de un vampiro. Optó por no tener que descubrir si preferían hablar o luchar contra él.

La esperanza pues residía en consultar a la única vampira Gangrel que conocía en la región, y que además era quien lo había arrastrado a este disparate: la antigua vampira Inyanga.


Beckett desmontó en Sheridan y se encaminó hacia el cementerio de Graceland. Deseó que Inyanga estuviera aún por allí. Solía vagar por el medio oeste y las grandes planicies durante semanas. Normalmente no se sentía incómodo por tener que suspender su búsqueda una semana o dos; el tiempo no era un bien valioso para una criatura como él. Sin embargo, los acontecimientos que rodeaban al Corazón de Osiris eran cada vez más rápidos y significativos, y sabía que debía actuar con premura si no quería quedarse atrás.

Al parecer Inyanga había percibido también la importancia del momento. El vampiro la encontró aguardando junto a la tumba de Mies van der Rohe, en el mismo punto donde se habían reunido cuando llegó a Chicago hacía unas semanas.

–Madre Inyanga -saludó, con una inclinación de cabeza.

La bruja dio un paso hacia delante con una economía de movimiento semejante a la de otros antiguos no muertos.

–Has estado ocupado estas últimas semanas. ¿Qué información me traes?

Beckett no se sintió amilanado por lo abrupto de su conducta. Inyanga se distinguía por su franqueza. Aún así, no estaba seguro de si podía percibir algo más en su tono. Tal vez la reciente conversación sobre Menelao lo había vuelto paranoico. Se acercó y paseó junto a la arrugada Gangrel, mientras trataba de poner orden en sus recuerdos. Beckett había viajado hasta Chicago para entrevistarse con Inyanga y averiguar cosas del pasado de la mujer que pudieran ayudarlo en su estudio sobre los no muertos. Antes de compartir dicha información, ella le pidió que averiguara quién estaba cazando a los Cainitas. Ese tipo de intercambios eran recurrentes entre los vampiros y como se había sentido interesado por el éxito de los mortales cazadores, Beckett consideró que el trato era justo.

El investigarlos a ellos lo condujo hasta el Corazón de Osiris y los enigmas colaterales que involucraban a Carpenter, el zombi, a la momia Nicholas Sforza y al Matusalén Menelao. El asesinato de los Vástagos se convirtió rápidamente en una nota a pie de página en una historia de mayor envergadura. En ese instante, Beckett estaba ocupado tratando de darle algún sentido al extraño melodrama que se desarrollaba en la ciudad. Como resultado de ello, no había progresado mucho en la tarea que Inyanga le había encomendado. No había descubierto de qué manera obtenían los mortales esos poderes que eran devastadores para los Cainitas. Tampoco había podido averiguar cómo sabían tanto de los hábitos, fortalezas y debilidades de los no muertos. Tenía la sospecha de que obtener las respuestas no le resultaría sencillo y que requeriría un tiempo y una diligencia mucho mayores de las que había dedicado hasta el momento.

Empero él no se encontraba allí para ofrecer un informe final, sino para pedirle a Inyanga que lo ayudara a rastrear el Corazón de Osiris. Se rumoreaba que era capaz de hablar con los espíritus; Beckett había pensando que sería una gran idea contactar con la sombra de uno de los ayudantes de Sforza. Sabía que la momia había contado con una plantilla generosa en la ciudad, que muchos de ellos habían perecido en el ataque al Templo de Akenatón y que otros tantos habían caído en el asalto a la guarida de los cazadores poco después.

Al relatar los acontecimientos que habían acaecido en las últimas semanas, Beckett volvió a apreciar que había algo más tras la conducta de curiosidad comedida que había mostrado Inyanga en su último encuentro. Resultaba complicado dilucidar los pensamientos de un vampiro de su edad; al igual que sus compañeros primogénitos, Critias y Khalid, Inyanga había vivido los suficientes años como para dominar severamente sus emociones. Y se percató de que era precisamente eso lo que lo incomodaba. No debería poder advertir su impaciencia y tampoco el hambre que manaba de ella.

Una desagradable sospecha oprimió sus intestinos atrofiados. Dejó de hablar en el mismo instante en que los diversos pensamientos surcaron su mente como corrientes eléctricas. ¿Acaso estaba Menelao manipulándola también a ella? Había tenido en cuenta la posibilidad hacía unas noches, pero pensó que por su costumbre de alejarse de Chicago durante largos períodos de tiempo y la seguridad que tenía de que algo extraño estaba ocurriendo en la ciudad, todo parecía indicar que ella estaba libre de cualquier manipulación. No obstante, seguía volviendo a la Ciudad del Viento y lo había urgido a llevar a cabo una investigación que lo había conducido directamente al Corazón de Osiris. ¿Podría aquello constituir una prueba de la influencia de Menelao?

El poder necesario para controlar a tres Cainitas antiguos, por no mencionar a una veintena de criaturas menores, tenía que ser inigualable. Beckett se sintió sobrecogido por una oleada de terror mientras se preguntaba de qué manera podía protegerlo el brazalete contra la dominación del Matusalén.

Cohibido por la penetrante mirada de la anciana, el vampiro se dio cuenta de que no podía asegurar que ella o cualquiera de los demás primogénitos de Chicago no estuvieran bajo la influencia de Menelao.

Hasta el momento le había hablado sobre la acusación que Crinas había formulado sobre que los Gangrel podían estar aliados con el ganado y del análisis que había hecho en el lugar donde Augustus Klein había afrontado la muerte definitiva. Retomó la historia explicando que había seguido el rastro de los cazadores desde allí hasta un edificio de viviendas que había sido devorado por las llamas. Siempre que los rastreaba hasta una ubicación, el lugar de marras había sufrido un asalto donde habían muerto algunos cazadores.

–Por fin, hace unas noches, supe que Critias había capturado a los dos restantes. Los tenía retenidos en su oficina en la Torre Sears, de donde trataron de escapar. Quizá te sorprenda saber que hirieron gravemente a Critias y destruyeron a Graham, un miembro de su equipo, antes de darse a la fuga.

Beckett omitió haber descubierto la guarida de Menelao o lo que sabía acerca del Corazón de Osiris. Técnicamente, ninguno de esos detalles tenía que ver con la tarea que Inyanga le había encomendado.

–¿Sabes por qué los capturó Critias en lugar de aniquilarlos sin más?

–Sospecho que, al igual que tú, estaba interesado en conocer sus secretos. – Dudó un momento sobre si debía o no mencionar algo referente al Corazón. No sentía remordimiento alguno si eso lo beneficiaba. Pero a Inyanga no le sería difícil saber de la existencia de la reliquia por otros medios, si acaso no lo sabía ya. De cualquier forma, no sentiría benevolencia hacia Beckett si pensaba que omitía su mención de manera deliberada. Vigilándola mediante su increíble visión periférica, añadió:- Al parecer encontró una reliquia en su poder, algo que llamaron el Corazón de Osiris.

Inyanga entornó los ojos, lo que para ella era ser sumamente expresiva.

–Oí hablar de él hace mucho tiempo… ¿Qué ha sucedido con él? ¿Todavía está en manos de Critias?

–No, se perdió cuando el ganado huyó. Es muy posible que lo tengan ellos otra vez.

Si de alguna manera consiguieron embarcar en el carguero en el que Carpenter subió y si lograron arrebatárselo, meditó Beckett. Era poco probable que hubiera ocurrido, pero no imposible.

–¿Qué piensas hacer ahora?

Aún no había conseguido dilucidar qué pretendía Inyanga, de forma que su respuesta continuó siendo vaga.

–Creo que los mortales que aún siguen vivos pueden haber abandonado la ciudad. Estoy convencido de que tendrán una interesantísima historia que relatarme si logro encontrarlos.

Inyanga afirmó con un gesto que de tan rápido, apenas fue perceptible.

–Aguardaré impaciente nuevos informes.

Beckett entendió el comentario como una despedida y se transformó en lobo. Galopó con rumbo al molino abandonado que le servía de refugio en la ciudad de Chicago. Cuando hubo recorrido un kilómetro y medio, cambió de opinión y se dirigió hacia el sur. Dos horas más tarde embarcó en un vuelo nocturno con destino a Nueva York. El avión tomaría tierra a las cuatro y media de la madrugada en el aeropuerto de La Guardia y él se encontraría a salvo bajo tierra media hora después. Contaba con un margen de error en caso de retraso, pero seguía sintiéndose incómodo en un avión estando tan cercano el amanecer.

Había sentido la imperiosa necesidad de alejarse de Chicago inmediatamente. Era como estar en el centro rodeado por una serie de fuerzas convergentes pero sin tener la menor una idea de dónde procedían. Lo único de lo que estaba seguro era de que Menelao debía permanecer sumido en su sopor; que el Corazón de Osiris viajaba hacia Egipto; y que sólo podía confiar en sí mismo para asegurarse de que el Matusalén no lograra posar sus manos sobre la reliquia, convirtiéndose así en un dios sobre la tierra.