Si el mundo obedeciera el ciclo natural de vida y muerte, el
ser al que miraba no habría podido retener en su interior la chispa
de la vida. Y no se refería a la limitada concepción que de la
"vida" tenían los mortales, sino a un espectro más amplio que
incluía a los seres sobrenaturales; entes como los fantasmas,
zombis y vampiros. Teniendo en cuenta que a tales criaturas se las
consideraba no muertas, quizá el término "no vida" era el más
adecuado en las presentes circunstancias.
Beckett estaba interesado en los factores que separaban la no
vida del cuerpo del vampiro. El fuego y la luz del sol eran las
principales causas. Una estaca atravesando el corazón paralizaba,
si acaso no aniquilaba en el acto. Las consecuencias de separar la
cabeza del tronco dejaban poco lugar a dudas. Si no se contaba con
la posibilidad de ejecutar cualquiera de estas acciones, un ataque
constante como un par de docenas de disparos de bala, atropellar a
la criatura varias veces o tirarla desde una altura considerable
conllevaría el mismo resultado.
En general, todos los vampiros sabían que los efectos de
tales prácticas suponían una terminación definitiva de sus no
vidas. No obstante, Beckett conocía casos anómalos en los que los
efectos no se cumplían con la precisión acostumbrada. La cosa
sentada frente a él era una de las más recientes pruebas de que
para cada regla existe una excepción.
La explicación residía en la sangre y la edad. La sangre de
un vampiro envejecía como los vinos más excelentes; aumentando su
potencial con el paso de los siglos. La sangre determinaba todo
desde la extensión de los poderes del vampiro hasta cuan complicado
era destruirlo. Beckett, al que se le consideraba maduro en
términos de los no muertos, disfrutaba de un poder sobrenatural
significativo. Y, sin embargo, a pesar de su tremenda fortaleza, no
podría haber albergado la esperanza de sobrevivir a una caída de
setenta y tres pisos. A diferencia de él, Critias, primogénito del
clan de vampiros Brujah, lo acababa de conseguir.
El no muerto era definitivamente un anciano; había sido
Abrazado cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo. El
hecho de que el vampiro no fuera un grumo de pedazos enrojecidos
después de caer a plomo desde semejante altura era una prueba
evidente del poder de la sangre. Y el que Critias hubiera recobrado
la conciencia habiendo transcurrido sólo
cinco noches, lo hacía incluso más extraordinario. La respuesta
natural de un vampiro después de recibir un daño extremo era la de
deslizarse hacia el letargo. Este estado de trance era mucho más
profundo que el reposo mortecino que los no muertos entendían como
período de sueño. No había nada que pudiera despertar al vampiro
antes de que su cuerpo hubiera terminado de
restablecerse.
Beckett podía percibir que Critias estaba haciendo cuanto
podía para resistirse al seductor sueño reparador. El anciano
vampiro tenía que atender importantes asuntos antes de sucumbir a
la inconsciencia. Y era ésta precisamente la razón por la que
Beckett se encontraba sentado frente a la amoratada y quebrantada
figura que descansaba en el sillón.
Critias le había pedido que acudiera a una reunión privada,
presumiblemente para agradecerle que salvara su no vida después de
la caída desde la Torre Sears hacía casi una semana. Empero Beckett
tenía la sospecha de que aquello era sólo un pretexto. En las cinco
noches que siguieron al acontecimiento, la población vampírica de
Chicago había entrado en un caótico frenesí. Entre los más
exaltados se encontraban los subalternos del clan Brujah y aquellos
que engrosaban las filas de su gran amigo y rival Khalid al-Rashid,
primogénito del clan Nosferatu. Ambos grupos habían estado peinando
la ciudad en busca de tres mortales y de una reliquia de poder
descomunal. Además de haber herido de manera severa a Critias,
estos mortales habían destruido a un vampiro y lesionado a otro en
una pelea en la Torre Sears. Aquel había pasado a ser el ataque más
importante en un año en el que los supuestos "cazadores de
monstruos" habían seguido la pista y aniquilado a casi una docena
de no muertos en la zona.
La tan deseada reliquia había sido una incógnita para
Beckett, pero había dedicado las últimas noches a investigar cuanto
pudiera sobre ella para remediar ese desconocimiento. Aún así, no
estaba seguro de contar con tanta información sobre el tema como
Critias o Khalid. Pero eso no tenía demasiada importancia porque
tenía la sospecha de que sabía más que ellos acerca de los otros
dos actores del drama. De una cosa estaba seguro, había topado con
una situación realmente interesante.
Critias se aclaró la garganta emitiendo un gorjeo
líquido.
–Saludos, Beckett. Te agradezco que hayas venido a
verme.
Aquella era la primera cosa que Critias había dicho desde que
lo condujeran al estudio hacía diez minutos. El vampiro no estaba
seguro de si el primogénito había estado distraído por causa de la
neblina que pudiera provocarle el dolor, que hubiera estado absorto
pensando en otras cuestiones o quizá lo estuviera poniendo a
prueba. Lo cierto es que importaba poco; Beckett había aguardado
mucho más por razones menos primordiales.
–En primer lugar, debo disculparme por mis recientes
acusaciones. Mi sospecha de que los Gangrel pudierais estar
conspirando con los agentes mortales para atacar a los de nuestra
raza era completamente equívoca.
Beckett encubrió su estupefacción e irritación tras un
correcto asentimiento. Gracias al "error" de Critias, el
contingente vampírico de Chicago al completo había estado pensando
que tanto él como sus compañeros Gangrel habían formado una alianza
con los cazadores de vampiros. Desde el principio Beckett había
sabido que la idea era tan absurda como lo era intentar demostrar
su inocencia. Tenía cosas más trascendentes que hacer que educar a
un puñado de no muertos ignorantes. Sentía curiosidad por saber por
qué Critias había decidido admitir su equivocación, especialmente
cuando había creído tan ciegamente en la conspiración hacía apenas
una semana.
–Lo he visto a través de una mirada renovada… -La broma
transformó su risa en un ataque de tos; Beckett se concedió
obsequiarle con una sonrisa compasiva. Los ojos de Critias habían
estallado en las cuencas debido al impacto de la caída. La ruina en
la que se había convertido su cara enmarcaba el refulgir cerúleo de
sus ojos regenerados. Después de limpiarse una baba sanguinolenta
de los labios con la mano izquierda (aparentemente el único miembro
que podía mover sin que le causara un dolor atroz), el primogénito
continuó-. Lo he visto a través de una mirada renovada. Me doy
cuenta de que los que nos dan caza no pueden estar aliados con
ninguno de los Cainitas. Están en posesión de habilidades extrañas
y terroríficas con las que demuestran no necesitar ningún tipo de
ayuda externa.
Beckett estaba hipnotizado con el monólogo de Critias. En
espacio de pocos minutos, el vampiro antiguo admitía haber cometido
dos errores y tener miedo, e incluso hablaba con sentido del humor.
Quizá con la caída hubiera descubierto el significado de la
humildad.
–Te lo agradezco, primogénito. Debes saber que no te guardo
rencor. La vida es demasiado breve como para albergar malos
sentimientos como consecuencia de estos malos
entendidos.
Critias le dedicó una sonrisa torcida.
–Pero ésta no es la razón por la que te pedí que vinieras
esta noche.
–¿De veras? – Beckett se sentía invadido por la
curiosidad.
–Hablé con Khalid al-Rashid anoche. Me explicó que te había
hablado sobre el Matusalén que duerme bajo la ciudad, una criatura
con tanto poder que su despertar culminaría en la destrucción total
de Chicago. Quizá te interese saber que, hasta hace unas noches, yo
desconocía por completo su existencia. Pues pensé que este
Matusalén había muerto en el saqueo a Cartago hace dos milenios
-Critias se inclinó hacia delante para enfatizar la trascendencia
de lo que estaba aún por decir-. Fue él quien me transmitió el don
de la no vida. Se trata de Menelao, mi sire y
creador.
Beckett percibió cómo la Bestia de su interior se revolvía
con una mezcla de sorpresa, temor y confusión. Hacía escasas
semanas que se había enterado de que un vampiro de inconcebible
antigüedad dormía bajo las calles de Chicago; que, de hecho, lo
había estado haciendo desde que la ciudad se asentó. Supo que esta
criatura, Menelao, empleaba sus vastos poderes para manipular a los
vivos y no muertos del área. Y él mismo hubiera sido sometido a
esta servidumbre de no ser por sus increíblemente bien afinados
instintos de supervivencia. Abandonó la ciudad en el mismo instante
en el que se percató de la insidiosa presencia de una mente
poderosa que pugnaba por controlarlo. Regresó sólo después de
haberse armado con el brazalete que lo protegía de la percepción
insigne del Matusalén.
Pese a que Critias ignoraba la influencia que Menelao ejercía
sobre él, lo cierto era que se había convertido en uno de sus
agentes primordiales. O así lo había creído Beckett. De momento
podía pensar en una razón por la que el antiguo revelara el vínculo
con su sire: el primogénito Brujah había descubierto que Beckett
había desenmascarado el secreto de Menelao. No sólo que la anciana
criatura existía, sino dónde dormía protegida por una cuadrilla de
guerreros nativos americanos que habían cuidado de él desde que
cediera al sopor hacía dos siglos.
En cualquier momento, un sinnúmero de vampiros irrumpirían en
la habitación y lo harían pedazos para asegurarse de que nunca
comunicara el secreto a nadie. Sus manos, largamente transformadas
en fieras y peludas garras, que evidenciaban su naturaleza animal,
se cerraron en torno a los brazos del sillón con tanta fuerza que
las uñas penetraron en el cuero. Las ventanas de su nariz se
ensancharon y sus ojos carmesíes brillaron tras las gafas oscuras,
al tiempo que buscaban la presencia de posibles agresores. Un
instinto más básico que el de luchar o huir era lo único que
impedía a Beckett lanzarse sobre la mesita y atacar a Critias. El
instante pasó. No surgieron asesinos de paneles secretos. El
antiguo permaneció sentado donde estaba, callado y quieto. El
Gangrel pensó que podría estar incurriendo en la paranoia. Aún así,
Menelao posiblemente era la criatura más poderosa con la que se
había encontrado y estar dentro de su área de influencia le
invitaba a adoptar una postura de atención y precaución. Una parte
de sí convino en que abandonar aquella ciudad era la mejor opción,
pero el porcentaje mayor de sí mismo no podía hacerlo sin haber
satisfecho antes la curiosidad.
–Lo siento Critias, pero no comprendo por qué me estás
contando esto.
–No tengo la intención de paralizarte por el terror antes de
destruirte. – El vampiro rió y tragó antes de sucumbir a otro
acceso de tos-. Por favor, relájate. No te deseo ningún
mal.
El que el antiguo utilizara su conmoción como método para
convencerlo de sus buenas intenciones, transformó la inquietud de
Beckett en rabia. Extrajo sus garras del cuero y, limpiando los
restos del material de debajo de las uñas, fulminó a Critias
lanzándole una mirada por encima de las manos.
–Gracias por aclarármelo. Pero no has respondido a mi
pregunta.
–Es muy simple. Como estoy seguro de que habrás sospechado,
yo, y otros muchos Cainitas de esta ciudad, hemos servido como
agentes de Menelao durante algún tiempo y sin saberlo. – Los
nervios reconstruidos en uno de los flancos del rostro de Critias
se sacudieron espasmódicos cuando éste evocó un recuerdo doloroso-.
Resulté casi destruido por la caída desde la Torre Sears. Sin tu
ayuda inmediata me habría enfrentado a la muerte definitiva. Pero
sólo a través de la ingente cantidad de heridas que sufrí después
de ese… accidente… eh, pude liberarme de la influencia de mi
sire.
Qué peculiar. Aquí tenemos otra lección
acerca de la edad y el poder de la sangre.
–¿Y al lograrlo es cuando te percatas del dominio que Menelao
ha ejercido sobre ti todo este tiempo?
–Exacto. Ha sido así durante tanto tiempo que me extrañaría
haberme dado cuenta de ello si no hubiera tenido el accidente.
Especialmente porque yo lo creía muerto en la caída de Cartago. –
Su rostro retorcido adoptó una expresión que bien pudiera parecerse
a la melancolía-. Han transcurrido siglos y sólo ahora sé que no
sucumbió.
Reinó el silencio. Después de un rato, Beckett tosió al
comprobar que el primogénito se había perdido en sus recuerdos.
Critias sacudió la cabeza y continuó como si nada.
–Esta manipulación explica muchas de las decisiones que tomé;
por ejemplo y para empezar, revela por qué vine a parar a
Chicago.
–¿O por qué te arrojaste persiguiendo una chuchería desde un
rascacielos sin tener en cuentas las
consecuencias?
Critias asintió.
–Eres tan perspicaz como acostumbras, Beckett. – Se sirvió de
su brazo hábil para enderezarse en el asiento-. ¿Sabes qué es esa
"chuchería"?
Algo en el tono que empleó el antiguo lo puso en guardia otra
vez.
–Khalid dijo que se trataba de una reliquia
egipcia.
–Es eso y mucho más. Ahora me doy cuenta de que Menelao
quería que recuperara el canope para él. Contiene un poder
excepcional. Como bien sabes, despertar del letargo deja al Cainita
debilitado durante algún tiempo; la transición hacia la vigilia
completa merma su poder de manera temporal. En el caso de Menelao
eso implicaría que el control sobre aquellos que ha dominado
menguaría y que sería vulnerable frente a un ataque de su rival,
Helena, hasta haber recuperado la totalidad de su fortaleza. – La
penetrante mirada de Critias se reflejó en la de Beckett-. Al
canalizar la energía del canope, Menelao podría despertar con su
poder al completo. Es más, su fuerza lo haría imparable, lo
convertiría en el dios del mundo moderno.
Beckett aguardó un instante antes de
preguntar.
–¿Y qué opinas sobre eso?
Una sonrisa se dibujó en los labios del
primogénito.
–Antes de la caída habría hecho todo cuanto estuviera a mi
alcance para lograr que eso sucediera. En este momento entiendo el
peligro que representa su despertar. A pesar de que fue mi sire y
mentor, no puedo permitir que suceda. No debe conseguir el
canope.
–No creo que eso constituya un problema. Por lo que sé, la
criatura que lo tiene no está bajo la influencia de
Menelao.
El vampiro sabía además que la criatura había abandonado
Chicago, pero prefirió guardarse el detalle hasta haber obtenido
una cantidad equivalente de información. O quizá ni siquiera lo
compartiera, todo dependía de la actitud que adoptasen los
restantes figurantes del drama.
–Ésa es la razón por la que nos hemos reunido hoy; entiendes
qué es lo que está enjuego. No puedo confiar siquiera en mis
tenientes más próximos porque ellos también se encuentran bajo la
influencia de Menelao. Tú eres el único que…
–Espera, ¿cómo estás tan seguro de que no estoy siendo
manipulado por él?
–El dolor de mis heridas mantiene mi mente despierta. Percibo
las cosas con una claridad desconocida desde hace tiempo. Siento
que Menelao sabe que he sufrido una lesión importante, pero aún no
ha descubierto que me he liberado de su control. Puedo intuir el
peso de su influencia en mi entorno. Distingo que, al igual que en
mi caso, su aura fluye a tu alrededor pero no en tu interior. Sólo
en ti puedo confiar para que recuperes la reliquia y la mantengas a
salvo de la ambición de Menelao. – Critias señaló su cuerpo
encogido-. Lo haría yo mismo, pero…
–¿Y qué hay de Khalid? Fue él quien me informó de todo esto.
Él y unos pocos de sus subalternos están libres del control de
Menelao y ya están buscando el tarro egipcio. ¿Por qué no permitir
que se encargue él?
El primogénito entornó los ojos.
–Porque, a pesar de lo que te haya asegurado, Khalid ha
pasado a ser uno de los agentes de Menelao, tal y como yo lo fui en
su día.
Beckett cogió el El hacia el cementerio Graceland de Chicago
en un estado de abstracción. Hacía un mes había estado ocupándose
de su investigación sobre el origen de los vampiros. Ahora se
encontraba sumido en un conflicto que involucraba a diversos
clanes, antiguos no muertos, reliquias poderosísimas, cazadores de
monstruos mortales, los muertos andantes y las momias. En
comparación, sus estudios sobre los Cainitas parecían bastante
prosaicos.
Estaba sorprendido por el cariz que había adoptado el
encuentro con Critias. Se erigía como un interesante contrapunto a
la charla que había mantenido con Khalid al-Rashid después de la
batalla en la Torre Sears hacía cinco noches. El primogénito
Nosferatu había intentado recuperar la reliquia egipcia después de
que ésta cayera desde el piso septuagésimo tercero, mientras
Beckett rescataba a Critias que, a su vez, se había arrojado por la
ventana en pos del canope. Khalid admitió no haber tenido éxito
cuando Beckett y él se encontraron unas noches después. La reliquia
había desaparecido. Para un auténtico maestro en el arte de reunir
información, aquel fracaso debía de haber sido un duro
varapalo.
Compadeciéndose de Khalid, decidió no compartir con nadie lo
que sabía acerca de la reliquia. No era sabio divulgar más
información de la necesaria y las cosas se estaban complicando de
tal manera que Beckett quería saber cuanto pudiera del tarro y de
todos los involucrados, antes de dar otro paso.
La noche de la batalla, Beckett alcanzó el punto de impacto
bajo la Torre Sears antes que Khalid. Se percató inmediatamente de
que la reliquia había desaparecido. Alguien la había recogido en la
zona en la que había caído a pocos pasos del grumo caótico en el
que se había convertido el cuerpo de Critias y había huido con
ella. Era frustrante pero inevitable preguntarse quién se la había
llevado. Beckett sólo conocía a una persona que pudiera haber
alcanzado el aparcamiento donde el tarro había aterrizado, antes de
que él llegase; esto es, exceptuando a Critias, que no estaba en
disposición de hacer otra cosa que sangrar. Esa persona no podría
haber sido un vampiro porque todos ellos estaban en la Torre Sears.
Tampoco uno de los cazadores. Todos, salvo dos de ellos, estaban
muertos y uno de los restantes había arrojado el canope por la
ventana.
Khalid pensó que podría haber sido la enigmática momia, es
decir, el guardián del tarro. Pero Beckett sabía que no era así
porque se había topado con ella justo después de tomar tierra en su
forma de murciélago sobre el aparcamiento. La momia poseía la
apariencia de un ser humano corriente, pero su esencia era…
diferente. Del mismo modo, la momia pudo verlo por lo que realmente
era y se encontraron en el instante en que Beckett pugnaba por
recuperar su forma humana. Pero la momia estaba más interesada en
recuperar su reliquia que en tratar con un vampiro. El inmortal
había caminado a su alrededor con las manos en alto y había corrido
hacia el extremo opuesto del aparcamiento con su asistente
siguiéndolo de cerca. Por el vocerío que la momia intercambió con
su lacayo mientras abandonaban el recinto, parecía que alguien
llamado Carpenter había huido con el canope unos pocos segundos
antes.
Las noches siguientes, Beckett realizó numerosas llamadas
telefónicas y visitó algunas páginas de Internet poco conocidas,
investigando en fuentes mundanas y místicas para descubrir todo lo
que pudiera sobre reliquias egipcias y sobre los heréticos
seguidores del faraón Akenatón. Leyó un sinnúmero de rumores,
conjeturas y mitos hasta llegar finalmente a la descripción de una
leyenda que versaba sobre un robo acaecido poco después de la
muerte del faraón. Las historias que leyó discurrían en torno a
diversas posibilidades, entre las que contaban que el faraón fue
asesinado, se suicidó o que sufrió algún tipo de enfermedad; pero
todas ellas convenían en que los sacerdotes descubrieron que una
preciada reliquia había sido robada del palacio. El ab-Asar, el
Corazón de Osiris. Beckett siguió otras pautas de investigación
para asegurarse de que su corazonada contaba con una base verídica
y, después de algún tiempo resolvió que ya contaba con la
suficiente información como para vincular el objeto robado con
aquello que se llevaron del canope fracturado. Sumando las
alusiones de Khalid al-Rashid a un "corazón" y la participación de
las momias, estaba ya en condiciones de elaborar una hipótesis. Las
fuentes no se ponían de acuerdo a la hora de determinar si se
trataba realmente del fragmento de un dios egipcio muerto. Beckett,
por su parte, tenía que encontrar aún evidencias de que existieran
realmente los dioses y no sólo un atajo de aspirantes al trono. Con
independencia de estas discusiones, todos parecían estar
convencidos de que el Corazón era bastante poderoso. Pero qué hacía
en Chicago era un enigma.
Asimismo, había recabado alguna información concerniente a la
momia. Khalid le había informado de que los mortales habían atacado
el Templo de Akenatón (donde la momia salvaguardaba la reliquia) en
el centro de la ciudad y que habían robado el Corazón ante las
mismísimas narices del inmortal. Horas más tarde, Beckett confirmó
que la momia y un hombre llamado Nicholas Sforza eran la misma
persona. Sforza era un tipo curioso. Existían lazos que lo
vinculaban con la mafia, se había desvanecido en circunstancias
misteriosas hacía un año, después de que todos los miembros de su
familia hubieran muerto en accidentes fatales, asaltos o suicidios
y no se le había vuelto a ver desde entonces. Al menos no hasta una
fría noche de marzo en la planta superior de un aparcamiento
próximo a la Torre Sears.
Eso lo conducía hasta Carpenter, el ladrón, de quien no sabía
nada. Lo cual no era del todo sorprendente pues la única evidencia
de su existencia procedía de lo que había podido escuchar de la
conversación entre Sforza y su ayudante. En lugar de continuar
perdiendo el tiempo con búsquedas inútiles, la noche previa a su
encuentro con Khalid, Beckett regresó al aparcamiento. No le haría
falta transformarse en lobo para seguir el rastro de la reliquia;
su nariz humana era lo suficientemente sensible como para captar el
inusual aroma. No estaba seguro de si podría llegar a olvidar aquel
olor único y penetrante. Sin ninguna duda pertenecía al tiempo de
los faraones. Siguió el rastro hacia el suroeste durante unos
kilómetros hasta alcanzar los límites del Mercado de Carne. El
vello se le erizó al aproximarse a lo que parecía un almacén
abandonado; no sabía nada del tal Carpenter, pero la momia Sforza
había hablado de él sumamente turbado. No le aclaró quién o qué
era. Beckett se preguntó si era uno de los cazadores que, a
diferencia de los demás, había conseguido eludir que lo capturasen.
En tal caso era probable que estuviera involucrado en el ataque al
Templo de Akenatón y con el primer robo de la reliquia. Si era así,
podría tener que mediar con algo más que un hombre corriente si
conseguía llegar hasta el Corazón. Sin mencionar el hecho de que
estos cazadores contaban con ciertas habilidades muy eficaces
contra los no muertos.
Beckett no tenía ninguna intención de terminar con una estaca
clavada en el pecho. Pero su curiosidad le impedía huir presa del
pánico. Después de todo, él solo había rastreado al gran Menelao
hasta su guarida secreta y escapado de allí ileso. Y comparados con
un Matusalén, ¿qué representaban un puñado de "cazadores de
monstruos"?
Menelao permaneció vivido en su recuerdo mientras se acercaba
al almacén. Estaba protegido del control del antiguo gracias al
brazalete encantado que llevaba consigo. Era más que probable que
el Matusalén supiera ya de su existencia; sus agentes estarían
persiguiéndolo mediante unos métodos más convencionales. Podría
estar protegido contra el escrutinio místico, pero dos de los
guardianes nativos de Menelao lo habían visto a cara descubierta:
el guardia al que había herido mientras investigaba en el
escondrijo y William Decorah. Este último había sido un topo al
servicio del amigo Gangrel de Beckett, Augustus Klein, y retenido
cautivo por parte de Critias. Le había proporcionado la suficiente
cantidad de sangre de no muerto para curar sus heridas, escapar y
reunirse con sus compañeros indios, pero Beckett no contaba con que
ese acto le otorgara un privilegio especial. Sonrió. Ésa no era más
que otra razón para zanjar los asuntos tan rápido como pudiera y
marchar de la ciudad.
Beckett emergió de su ensimismamiento al percibir el olor del
Corazón escapando del almacén. Teniéndolo en cuenta, pensó que no
tendría problemas para entrar. Antes de continuar siguiendo el
rastro, decidió echar un vistazo dentro de la estructura. Cuanto
más averiguara sobre su presa, tanto mejor. Mientras trataba de
forzar la cerradura, advirtió el delgado destello del cable de
seguridad en el cristal de la ventana. Durante unos instantes se
preguntó qué debía hacer y finalmente decidió proseguir. Dispondría
de unos cinco minutos para inspeccionar el lugar antes de que la
patrulla de vigilancia llegara, eso era más que suficiente para
hacerse una idea general. Y, de cualquier forma, en esa etapa del
juego se sentía ya como un toro en una tienda de porcelana china.
Guardó sus ganzúas, golpeó uno de los cristales con el codo, corrió
la cerradura de la puerta y entró. El lugar, que se encontraba
vacío, estaba compuesto por dos pisos espaciosos con un par de
puertas de garaje en la zona principal y una oficina construida en
la esquina superior izquierda. El olor acre del Corazón impregnaba
completamente el lugar. Pero, al igual que el rastro que lo había
conducido hasta ese local, contaba ya con unas cuantas noches de
antigüedad. Con una rápida ojeada al piso superior confirmó que el
almacén estaba desierto. Al comprobar la espartana oficina, captó
una tenue pista de un segundo olor. Le resultaba complicado
diferenciarlo del penetrante hedor que la reliquia había dejado
tras de sí, pero finalmente consiguió seguirlo hasta un traje
ensangrentado y hecho jirones que se encontraba oculto en uno de
los cajones inferiores de la mesa. Después de olerlo con atención,
una imagen surcó su mente.
Sostuvo frente a sí las ropas del individuo con el que se
había dado de bruces en un callejón hacía unas pocas semanas.
Beckett había estado siguiendo a los cazadores en aquel momento y
se encontró con un hombre vestido de negro; un ser que hedía a
muerte vieja y al frío de la tumba. No se trataba de la sutil
esencia de un vampiro, sino del pútrido olor de los muertos sin
descanso. Carpenter era un cadáver andante, un zombi. Un zombi que
lo había obligado mentalmente a huir a toda prisa. Un zombi que se
había atrevido a imponer su voluntad sobre Beckett. Un zombi que
estaba escapando con el Corazón de Osiris.
Beckett se había estado preguntando qué estaría haciendo el
zombi con los cazadores aquella noche. Le parecía muy posible que
la reliquia de la momia fuera el vínculo. Quizá Carpenter sabía que
los mortales tenían planeado asaltar el Templo de Akenatón y
merodeó por la periferia hasta que pudo encontrar el momento idóneo
para robar el Corazón. Tenía la sospecha de que había mucho más en
esa historia, pero aún tenía que averiguar qué. Le resultaba
francamente frustrante que el cadáver andante no hubiera escogido
permanecer en la ciudad para responder a sus
preguntas.
Una vez que se aseguró de a quién o mejor dicho, qué era lo que estaba persiguiendo, optó por seguir
el rastro. Guiaba directamente hacia el sureste. La proliferación
de los astilleros pronto le ofrecieron la clave de hacia dónde se
había dirigido Carpenter, no obstante, Beckett rastreó el olor
hasta el embarcadero donde avistó la popa de un inmenso navío de
carga que acababa de zarpar.
Un guardia de seguridad, inseguro de qué podía estar haciendo
Beckett allí, se acercó. Su físico delgado y musculoso, y sus ropas
gastadas parecían indicar que se trataba de un trabajador,
posiblemente un marinero del puerto o uno en busca de empleo. El
vampiro, por su radiante cabello ébano y sus gafas de cristal
oscuro, contrastaba como un niño bonito en los barrios bajos.
Siguió una breve conversación en la que cada uno de ellos trató de
averiguar cuanto pudo sobre las intenciones del otro. Empero,
Beckett era el más diestro de los dos porque contaba con unos
cuantos siglos de experiencia. Averiguó lo que quería saber sin
ofrecerle al guardia ninguna pista de quién era o qué estaba
haciendo allí.
El vigilante, cuya etiqueta en la solapa rezaba WALPERT, le
confirmó que los barcos de mercancías atracaban en ese muelle
constantemente, descargando grandes cargamentos y partiendo con
nuevos productos.
–Ah, sí… Un carguero llamado Meroe
Atlantic levó anclas de ese amarre hace unos cuantos días.
Suele seguir una ruta regular, ¿sabes? A estas alturas debe
encontrarse en el Canal de San Lorenzo.
–¿Sabes hacia dónde se dirigía? – inquirió Beckett, aun
teniendo una sospecha firme.
El hombretón se encogió de hombros, al tiempo que realizaba
un perezoso bucle con el dedo.
–Cada compañía sigue una ruta diferente; viajan hasta otro
país, cambian de carga y regresan. Creo que los buques de Meroe
Global navegan hasta uno o dos países árabes.
–¿Incluyendo Egipto?
Otro encogimiento de hombros.
–Sí, puede que sí.
–¿La embarcación viaja desde aquí hasta allí sin escalas
intermedias?
–No, todos atracan en los distintos puertos que encuentran
por la ruta. Llevan parte de la carga desde aquí hasta Nueva York,
a Norfolk o Charleston; luego continúan hacia España, Italia o
dónde sea, rodean Turquía o lo que tú has dicho, Egipto y regresan
tomando un rumbo contrario.
Otros puertos implicaban escalas; si además sumaba la
necesidad de transferir la mercancía, eso significaba que a un
barco le llevaría algún tiempo ir desde Chicago hasta la
desembocadura del río Nilo.
–¿Has dicho que las rutas eran regulares? ¿Cuánto le lleva al
Meroe Atlantic completar el
circuito?
Walpert se rascó la barbilla mientras lo
meditaba.
–Joder tío, la verdad es que de ese barco en particular no
tengo ni idea, pero todos los de mercancías suelen tardar más o
menos lo mismo. ¿Desde aquí hasta allí y vuelta? Unos dos meses
aproximados.
Beckett asintió. Lo que significaba un mes, posiblemente
menos, en cubrir uno de los trayectos. Eso le daba tiempo más que
suficiente para averiguar algunas cosas en la ciudad. Le dio las
gracias al guardia y comenzó a alejarse del muelle, mientras
reflexionaba sobre los posibles cursos de acción que debía
tomar.
–Escucha -vociferó el vigilante a su espalda-, si estás
buscando trabajo puedes pasarte por la mañana. Las oficinas están
justo allí.
–Quizá lo haga.
–Eh, tío… ¿Te importa si te pregunto por qué llevas gafas de
sol en plena noche?
–No, en absoluto -respondió Beckett despidiéndose de él con
una mano.
Beckett fue devuelto al presente como consecuencia de un
súbito frenazo del tren elevado en el que viajaba. Una ojeada a la
plataforma exterior le informó de que aún quedaban dos estaciones
antes de llegar al cementerio.
Se sorprendió de lo ensimismado que había estado recordando
los acontecimientos de la semana pasada. Odiaba admitirlo pero lo
cierto era que no podía dejar de pensar en Carpenter. Se había
enfrentado a príncipes y antiguos; había sido testigo de horrores
que habrían aterrorizado al más depravado de los vampiros. Lo que
no podía asumir era que un patético cadáver andante se hubiera
atrevido a imponerse con un simple truco mental. Éste estaba siendo
uno de los traumas más humillantes que había tenido que
asimilar.
Y las sorpresas aún no habían cesado. También estaba Critias
con su reciente confesión honesta. El que aparentemente había sido
una de las marionetas de Menelao, el primogénito Brujah, decía
haberse liberado del control de su sire al sufrir un accidente que
por muy poco no lo enfrentó a la muerte definitiva. Critias le
había comentado que su compañero primogénito y rival, Khalid
al-Rashid, no estaba exento de la manipulación del Matusalén. No
hacía falta ser brillante para darse cuenta de que ambos estaban
tratando de influenciarlo con la esperanza de que recuperara el
Corazón de Osiris para uno de ellos. Y, por supuesto, ambos habían
procurado hacerle creer que su única intención era mantener la
reliquia fuera del alcance de Menelao. Al menos en eso estaban
todos de acuerdo. Pero Beckett no tenía intención de entregarle el
objeto ni a Critias ni a Khalid. Era muy probable que el primero no
estuviera sujeto a ningún control, pero eso no lo convertía en un
guardián aceptable del poder que evidentemente poseía el Corazón. Y
no tenía forma de averiguar si Khalid estaba o no al servicio de un
semidiós durmiente. Teniendo en cuenta todos los factores, Beckett
creyó conveniente alejar la reliquia de cualquier control
dominante. La mejor opción parecía ser la de guardarla en algún
lugar seguro donde nadie pudiera encontrarla.
Rastrearía el objeto pero no por las mismas razones por las
que sus compañeros lo querían. No estaba interesado en obtener un
poder o prestigio mayor; prefería dejar tales objetivos a otros de
su raza. Su pasión era la sabiduría. Pese a que el Corazón de
Osiris le intrigaba sobremanera, era más bien de una forma
intelectual, no como una herramienta con la que conseguir la
omnipotencia.
El problema estribaba en que, a pesar de que sabía que el
zombi estaba de camino a Egipto y que llevaba la reliquia consigo,
no conocía el destino exacto ni el motivo por el que se dirigía
allí. Beckett le habría preguntado a Nicholas Sforza, pero la momia
también había abandonado la ciudad recientemente para ir allí,
aunque en avión, no en carguero. Consideró interrogar a los
cazadores; aún conservaba el recuerdo del aroma de la mujer y no le
sería difícil encontrarla, pero su instinto le decía que ellos no
tenían idea de lo que estaba ocurriendo. Y, por ende, habían
demostrado en más de una ocasión ser dignos rivales de un vampiro.
Optó por no tener que descubrir si preferían hablar o luchar contra
él.
La esperanza pues residía en consultar a la única vampira
Gangrel que conocía en la región, y que además era quien lo había
arrastrado a este disparate: la antigua vampira
Inyanga.
Beckett desmontó en Sheridan y se encaminó hacia el
cementerio de Graceland. Deseó que Inyanga estuviera aún por allí.
Solía vagar por el medio oeste y las grandes planicies durante
semanas. Normalmente no se sentía incómodo por tener que suspender
su búsqueda una semana o dos; el tiempo no era un bien valioso para
una criatura como él. Sin embargo, los acontecimientos que rodeaban
al Corazón de Osiris eran cada vez más rápidos y significativos, y
sabía que debía actuar con premura si no quería quedarse
atrás.
Al parecer Inyanga había percibido también la importancia del
momento. El vampiro la encontró aguardando junto a la tumba de Mies
van der Rohe, en el mismo punto donde se habían reunido cuando
llegó a Chicago hacía unas semanas.
–Madre Inyanga -saludó, con una inclinación de
cabeza.
La bruja dio un paso hacia delante con una economía de
movimiento semejante a la de otros antiguos no
muertos.
–Has estado ocupado estas últimas semanas. ¿Qué información
me traes?
Beckett no se sintió amilanado por lo abrupto de su conducta.
Inyanga se distinguía por su franqueza. Aún así, no estaba seguro
de si podía percibir algo más en su tono. Tal vez la reciente
conversación sobre Menelao lo había vuelto paranoico. Se acercó y
paseó junto a la arrugada Gangrel, mientras trataba de poner orden
en sus recuerdos. Beckett había viajado hasta Chicago para
entrevistarse con Inyanga y averiguar cosas del pasado de la mujer
que pudieran ayudarlo en su estudio sobre los no muertos. Antes de
compartir dicha información, ella le pidió que averiguara quién
estaba cazando a los Cainitas. Ese tipo de intercambios eran
recurrentes entre los vampiros y como se había sentido interesado
por el éxito de los mortales cazadores, Beckett consideró que el
trato era justo.
El investigarlos a ellos lo condujo hasta el Corazón de
Osiris y los enigmas colaterales que involucraban a Carpenter, el
zombi, a la momia Nicholas Sforza y al Matusalén Menelao. El
asesinato de los Vástagos se convirtió rápidamente en una nota a
pie de página en una historia de mayor envergadura. En ese
instante, Beckett estaba ocupado tratando de darle algún sentido al
extraño melodrama que se desarrollaba en la ciudad. Como resultado
de ello, no había progresado mucho en la tarea que Inyanga le había
encomendado. No había descubierto de qué manera obtenían los
mortales esos poderes que eran devastadores para los Cainitas.
Tampoco había podido averiguar cómo sabían tanto de los hábitos,
fortalezas y debilidades de los no muertos. Tenía la sospecha de
que obtener las respuestas no le resultaría sencillo y que
requeriría un tiempo y una diligencia mucho mayores de las que
había dedicado hasta el momento.
Empero él no se encontraba allí para ofrecer un informe
final, sino para pedirle a Inyanga que lo ayudara a rastrear el
Corazón de Osiris. Se rumoreaba que era capaz de hablar con los
espíritus; Beckett había pensando que sería una gran idea contactar
con la sombra de uno de los ayudantes de Sforza. Sabía que la momia
había contado con una plantilla generosa en la ciudad, que muchos
de ellos habían perecido en el ataque al Templo de Akenatón y que
otros tantos habían caído en el asalto a la guarida de los
cazadores poco después.
Al relatar los acontecimientos que habían acaecido en las
últimas semanas, Beckett volvió a apreciar que había algo más tras
la conducta de curiosidad comedida que había mostrado Inyanga en su
último encuentro. Resultaba complicado dilucidar los pensamientos
de un vampiro de su edad; al igual que sus compañeros primogénitos,
Critias y Khalid, Inyanga había vivido los suficientes años como
para dominar severamente sus emociones. Y se percató de que era
precisamente eso lo que lo incomodaba. No debería poder advertir su
impaciencia y tampoco el hambre que manaba de
ella.
Una desagradable sospecha oprimió sus intestinos atrofiados.
Dejó de hablar en el mismo instante en que los diversos
pensamientos surcaron su mente como corrientes eléctricas. ¿Acaso
estaba Menelao manipulándola también a ella? Había tenido en cuenta
la posibilidad hacía unas noches, pero pensó que por su costumbre
de alejarse de Chicago durante largos períodos de tiempo y la
seguridad que tenía de que algo extraño estaba ocurriendo en la
ciudad, todo parecía indicar que ella estaba libre de cualquier
manipulación. No obstante, seguía volviendo a la Ciudad del Viento
y lo había urgido a llevar a cabo una investigación que lo había
conducido directamente al Corazón de Osiris. ¿Podría aquello
constituir una prueba de la influencia de Menelao?
El poder necesario para controlar a tres Cainitas antiguos,
por no mencionar a una veintena de criaturas menores, tenía que ser
inigualable. Beckett se sintió sobrecogido por una oleada de terror
mientras se preguntaba de qué manera podía protegerlo el brazalete
contra la dominación del Matusalén.
Cohibido por la penetrante mirada de la anciana, el vampiro
se dio cuenta de que no podía asegurar que ella o cualquiera de los
demás primogénitos de Chicago no estuvieran bajo la influencia de
Menelao.
Hasta el momento le había hablado sobre la acusación que
Crinas había formulado sobre que los Gangrel podían estar aliados
con el ganado y del análisis que había hecho en el lugar donde
Augustus Klein había afrontado la muerte definitiva. Retomó la
historia explicando que había seguido el rastro de los cazadores
desde allí hasta un edificio de viviendas que había sido devorado
por las llamas. Siempre que los rastreaba hasta una ubicación, el
lugar de marras había sufrido un asalto donde habían muerto algunos
cazadores.
–Por fin, hace unas noches, supe que Critias había capturado
a los dos restantes. Los tenía retenidos en su oficina en la Torre
Sears, de donde trataron de escapar. Quizá te sorprenda saber que
hirieron gravemente a Critias y destruyeron a Graham, un miembro de
su equipo, antes de darse a la fuga.
Beckett omitió haber descubierto la guarida de Menelao o lo
que sabía acerca del Corazón de Osiris. Técnicamente, ninguno de
esos detalles tenía que ver con la tarea que Inyanga le había
encomendado.
–¿Sabes por qué los capturó Critias en lugar de aniquilarlos
sin más?
–Sospecho que, al igual que tú, estaba interesado en conocer
sus secretos. – Dudó un momento sobre si debía o no mencionar algo
referente al Corazón. No sentía remordimiento alguno si eso lo
beneficiaba. Pero a Inyanga no le sería difícil saber de la
existencia de la reliquia por otros medios, si acaso no lo sabía
ya. De cualquier forma, no sentiría benevolencia hacia Beckett si
pensaba que omitía su mención de manera deliberada. Vigilándola
mediante su increíble visión periférica, añadió:- Al parecer
encontró una reliquia en su poder, algo que llamaron el Corazón de
Osiris.
Inyanga entornó los ojos, lo que para ella era ser sumamente
expresiva.
–Oí hablar de él hace mucho tiempo… ¿Qué ha sucedido con él?
¿Todavía está en manos de Critias?
–No, se perdió cuando el ganado huyó. Es muy posible que lo
tengan ellos otra vez.
Si de alguna manera consiguieron embarcar
en el carguero en el que Carpenter subió y si lograron
arrebatárselo, meditó Beckett. Era poco probable que hubiera
ocurrido, pero no imposible.
–¿Qué piensas hacer ahora?
Aún no había conseguido dilucidar qué pretendía Inyanga, de
forma que su respuesta continuó siendo vaga.
–Creo que los mortales que aún siguen vivos pueden haber
abandonado la ciudad. Estoy convencido de que tendrán una
interesantísima historia que relatarme si logro
encontrarlos.
Inyanga afirmó con un gesto que de tan rápido, apenas fue
perceptible.
–Aguardaré impaciente nuevos informes.
Beckett entendió el comentario como una despedida y se
transformó en lobo. Galopó con rumbo al molino abandonado que le
servía de refugio en la ciudad de Chicago. Cuando hubo recorrido un
kilómetro y medio, cambió de opinión y se dirigió hacia el sur. Dos
horas más tarde embarcó en un vuelo nocturno con destino a Nueva
York. El avión tomaría tierra a las cuatro y media de la madrugada
en el aeropuerto de La Guardia y él se encontraría a salvo bajo
tierra media hora después. Contaba con un margen de error en caso
de retraso, pero seguía sintiéndose incómodo en un avión estando
tan cercano el amanecer.
Había sentido la imperiosa necesidad de alejarse de Chicago
inmediatamente. Era como estar en el centro rodeado por una serie
de fuerzas convergentes pero sin tener la menor una idea de dónde
procedían. Lo único de lo que estaba seguro era de que Menelao
debía permanecer sumido en su sopor; que el Corazón de Osiris
viajaba hacia Egipto; y que sólo podía confiar en sí mismo para
asegurarse de que el Matusalén no lograra posar sus manos sobre la
reliquia, convirtiéndose así en un dios sobre la tierra.