4


Nicholas se despertó al amanecer del día siguiente. A pesar del largo viaje y el cambio de clima, se sentía como nuevo. Desayunó junto a Indihar, Lu Wen e Ibrahim en el patio. Todos habían madrugado y Faruq estaba haciendo los preparativos para viajar a Edfú, hogar de los Imkhu. Por lo visto, Nicholas e Ibrahim tendrían que partir pronto hacia allí. Indihar contactaría con uno de sus compañeros Shemsu-heru en la rivera del delta del Nilo, para prevenirlo de la posible llegada del Corazón. La mujer había decidido no conducir a Nicholas ante sus superiores. Lu Wen formaba parte del Culto de Isis y no tenía interés alguno en viajar a la fortaleza de los Seguidores de Horus. En lugar de ello, se encontraría con sus camaradas y transmitiría las noticias del mismo modo que Indihar. La comunicación verbal llevaba su tiempo pero no tenían otra alternativa debido a la escasa cobertura telefónica en la región.


A las mujeres les aguardaba un largo viaje, pero la distancia que tenían que cubrir Nicholas e Ibrahim era aún mayor. A vista de pájaro, Edfú estaba a más de setecientos cuarenta kilómetros al sur de El Cairo. El aeropuerto más cercano estaba en Luxor, a ciento cuarenta kilómetros río abajo de Edfú. Al llegar a Luxor estaba previsto que alquilaran un coche para recorrer el resto del trayecto por carretera. Los turistas escogían esa ruta a menudo, aunque normalmente viajaban protegidos por la seguridad de los autobuses y transportes vacacionales. Los viajeros solitarios no solían encontrarse con dificultades en la primera parte del recorrido, pero los problemas eran constantes en la zona alta de Egipto. Nicholas no estaba demasiado preocupado, aunque sus camaradas Amenti no fueran a acompañarlo. El que Indihar no fuera con él no lo incomodaba en absoluto, puesto que no era una compañera de viaje agradable. Había tenido la esperanza de pasar más tiempo con Lu Wen, peto se resignó a esperar el momento en el que el asunto del Corazón estuviera solucionado. De cuando en cuando tenía que recordarse que, siendo la criatura que era, su tiempo no era limitado.

A pesar de lo temprano de la hora, el desayuno fue más relajado que la conversación de la noche anterior. Unas horas de descanso habían bastado para calmar los ánimos y asimilar todo cuanto Nicholas les había relatado.

Percatándose de la mano de Nicholas buscando la cafetera, Indihar preguntó:

–¿Por qué vistes túnicas, Ankhotep?

La mayoría de las momias no insistía en que se las llamara con el nombre de su primera o segunda vida. Dependía más bien del temperamento y elección de aquel que se dirigía a ellas. Nicholas formaba parte de aquellos con una sensibilidad más moderna, Indihar, sin embargo, se encontraba al otro lado del espectro. Lu Wen, por su parte, estaba a medio camino entre los dos extremos.

–Fui a dar una vuelta por la ciudad ayer por la tarde.

–Faruq nos mencionó algo al respecto cuando llegamos -confirmó Indihar al tiempo que ella y Lu Wen le dedicaban una tenue mirada de preocupación-. Sabes que no es seguro, ni siquiera para nosotros. El Cairo está contaminado por la presencia del enemigo.

–Lo sé, aunque desde anoche, tenemos que preocuparnos por uno menos.

–Ah, Faruq nos comentó algo sobre… ¿patear traseros? – preguntó Lu Wen.

–¡Claro! – rió él-. Le dije que iba a tramitar un caso de pateo de traseros. Propinar unos azotes, repartir patadas en el culo, ese tipo de cosas. Ya sabéis, ¿no?

Las momias le sonrieron educadamente, recordándole que no estaba hablando con personas de su entorno profesional. Su yo moderno procedía de un contexto cultural muy diferente al de las dos mujeres. Indihar era nativa de El Cairo y Lu Wen había vivido su segunda vida en China.

–¿Y qué tal te fue?

Nicholas les explicó que se había dado cuenta de que un hombre los espiaba a él e Ibrahim, y que había decidido averiguar para quién trabajaba.

–Descubrí que se trataba de un vampiro; uno de los Seguidores de Set. Estaba protegido por algunos lacayos. No tenía pensado atacar hasta que uno de los guardias me obligó a hacerlo. Pero no volverán a molestarnos.

Indihar frunció el ceño, asintiendo con aprobación.

–Esas criaturas son cada vez más atrevidas.

Nicholas arqueó una ceja.

–¿A qué te refieres?

–El Mar Muerto -replicó Lu Wen.

–Bueno, todo lo que Ibrahim y yo sabíamos es que ibais a golpear una gran concentración enemiga cerca del Mar Muerto. Considerando que, bueno, ya sabéis… -Se encogió de hombros con la esperanza de liberarse de la tensión del encuentro de la noche pasada-. Debió ser un asunto grave.

–Lo fue. Como siempre han hecho, los sirvientes de Apofis consiguieron aflorar lo peor que yace en la sociedad mortal. – La mirada sombría de Indihar le confería una belleza fría-. El conflicto que ha vuelto a estallar entre los israelíes y palestinos, no es más que uno de sus recientes logros.

–¿Cómo? ¿La lucha continuada en Israel? ¿Me estáis diciendo que los no muertos están detrás de eso?

–Ni siquiera los agentes del Corruptor pueden atribuirse el comienzo de ese problema -aclaró Lu Wen-, pero el enemigo lo está empleando a su favor. Tanto los Apepnu como los no muertos han estado alentando los antiguos odios que existían entre israelíes y palestinos llevando a cabo ataques en el nombre de sendos bandos.

–Me resulta familiar -farfulló Nicholas.

Indihar asintió.

–Medran en cada uno de los bandos para consumar sus atrocidades. Las víctimas creen que el otro grupo ha perpetrado el ataque y la escalada de violencia no deja de aumentar.

–Supongo que somos afortunados de que no sea aún peor -intervino Ibrahim. Se había sentido demasiado intimidado la noche anterior como para participar en una conversación entre momias. Pero con este tema estaba más familiarizado. Al haber crecido en la zona, conocía bastante bien las tensiones en el Oriente Medio-. El enemigo busca promover una guerra abierta en toda la región.

La mirada de Indihar se iluminó de orgullo.

–Desde luego. Creíamos que eso era lo que habían planeado. Nuestra emboscada fue el mayor golpe contra el enemigo desde que Osiris despertó. ¡Qué lástima que no estuvieras presente para unirte a la batalla, Ankhotep!

Nicholas sabía perfectamente por qué no había participado en aquel asunto. Había estado ocupado en Chicago tratando de recuperar el preciado ab-Asar. Y luego perdiéndolo. No tenía sentido seguir metiendo el dedo en la llaga. Vertió un poco de nata en su café.

–¿Y qué fue lo que ocurrió?

–Uno de los Mesektet auguró que el enemigo estaba agrupándose junto al Mar Muerto; tenían la intención de crear una fuerza de un tamaño desconocido desde los días del Nuevo Reino.

–En ambas orillas -explicó Lu Wen-. Tengo entendido que no resultaba fácil detectarlos porque los Apepnu acumularon una magia muy poderosa que los ocultaba a la vista, tanto mundana como mística. Pero con la ayuda del Culto de Isis, descubrimos su ubicación.

Indihar inclinó la cabeza en señal de gratitud.

–Planeaban asaltar multitud de asentamientos a lo largo de todo el territorio. No sólo las deseadísimas tierras de Israel y Palestina, sino que pretendían extenderse por el este hasta Jordania y por el norte hacia Siria. La tropa oeste estaba formada por unos quinientos mortales y treinta Asekh-sen bajo las órdenes de Hau-hra y Hemhemti.

–Dios… Basel y yo nos topamos hace tiempo con Hau-hra -Nicholas tembló al recordarlo. Ankhotep pertenecía a una tribu de momias en constante crecimiento y estaba al servicio del eterno Osiris y de la sabia Ma'at. Era un siervo del equilibrio dentro de la naturaleza. Los Apepnu, las momias Perdición, eran su antítesis. Siete esperpentos poderosos que se servían de una versión siniestra del don de Osiris para obtener la inmortalidad. El único objetivo de estas criaturas consistía en extender la corrupción por el mundo. Las momias Perdición ocupaban los rangos más elevados y poseían la mayor fortaleza entre los Apepnu, los servidores de Apofis, y su existencia era una atrocidad. Cada uno de sus cuerpos estaba retorcido de una manera horrenda; una prueba visible de la perversión que contaminaba sus almas. El encuentro que Nicholas había tenido con una de ellas había sido la experiencia más aterradora de su existencia. Fue pocas semanas después de su renacimiento como inmortal, en una excursión de un día por el Nilo que realizó junto a Basel Nyambek-Senemut. Tropezaron con un altercado en el río, Nicholas ignoraba qué estaba ocurriendo; todo desembocó en el caos con tanta rapidez que aún se sentía incapaz de recordarlo con claridad.

No obstante, había algo que permanecía inalterado en su memoria: la imagen de aquella horrible criatura conocida como Hau-hra del Rostro Invertido. Sin duda, un nombre ridículo pero pavorosamente preciso. La cabeza pelona del Apepnu parecía estar invertida sobre el cuerpo; la cara miraba hacia su musculosa espalda en lugar de hacerlo al frente. Y, sin embargo, el cráneo de la criatura sí que miraba en la dirección correcta, pero sus rasgos habían sido… injertados en el lado contrario. Su parte frontal era un espacio abigarrado de carne macilenta con sombras vagas allí donde una vez hubo una frente, una nariz y una mandíbula. Parecía que el rostro de ese lado se hubiera secado y volado, dejando sólo las orejas en su lugar. La porción trasera del cráneo de Hau-hra mostraba dos ojos colgando de sendas cuencas superficiales y un bulto de carne achaparrado con dos agujeros muy abiertos que daban forma a la nariz. Una raya horizontal dividía el cráneo bajo la nariz, una raja obscena que le servía como boca. Contaba además con la sombra de una mandíbula, aparentemente impuesta en la base del cráneo y de movimiento limitado. Se asemejaba a la obra de un escultor sin talento que trabajara sin tener idea de qué clase de materiales combinaba. El resto de su cuerpo estaba suspendido en una forma más o menos convencional; los brazos y piernas en sus lugares correspondientes, con un aspecto y longitud normales. De hecho, dejando a un lado el tema de su cabeza, Hau-hra contaba con un físico envidiable, el delgado y musculoso cuerpo de un corredor de maratón. Es más, tener sus rasgos invertidos no parecía mermar en absoluto su destreza. Poseía una doble articulación en perfectas condiciones que le procuraba bastante flexibilidad y podía desplazarse con la misma sencillez hacia delante o atrás.

–Hau-hra era… bueno, sólo evocar su imagen me produce escalofríos. Nos derrotó, así que tuvimos que volver corriendo hasta aquí como comadrejas -Nicholas no había conocido al Apepnu que se hacía llamar Hemhemti, pero se decía que esta momia Perdición era tan aterradora a su manera como lo era Hau-hra. Una sola de ellas ya era una amenaza severa, ¿pero dos y acompañadas de semejante ejército? Nicholas dio gracias a Ma'at de que sus compañeras momias descubrieran la conspiración a tiempo de detenerla-. Al parecer dedicaron grandes esfuerzos a la conscripción. Sólo puedo imaginarme cuan desagradable debía ser ese ejército contando con otro Apepnu y tantísimos segadores apoyándolos.

En realidad, no contaban con tantas unidades como para llamarlo un ejército, pero el grupo incluía un número significativo de saboteadores, asesinos y provocadores. Los chiquillos del Corruptor preferían extender su malicia manipulando a otros desde las sombras. Con una fuerza de ese tamaño podían causar cualquier tipo de estrago en la ya turbulenta región palestino-israelí. Cabía la posibilidad de que hubieran reunido a los grupos para una convención ya que, de otro modo, no habrían podido controlarlos a todos… o, conociendo los métodos predilectos de los lacayos de Apofis, es probable que los hubieran hechizado con algún oscuro encantamiento. Es posible que los mortales no tuvieran idea de cuál era su auténtica función en el asunto. Lo más seguro era que se tratara de mercenarios y fanáticos que no sabían a quién servían. Nicholas pensó que los vivos debían ser palestinos o israelíes; quizá ambos, separados en dos grupos, y seducidos con promesas vacías y mentiras. Los Apepnu eran leales a una fe con mayor antigüedad que la del Islam o la judía, pero eso no los contenía a la hora de disfrazar sus auténticas creencias para conseguir sus objetivos. Cada uno de los grupos debió creer que se reunía para atentar en nombre de su gente, cuando la verdad era que se habían convertido en una mera herramienta para esparcir la oscuridad de Apofis.

Los cientos de mortales no eran tan preocupantes como la congregación de tantos Asekh-sen en un solo lugar. Las criaturas, conocidas también como segadores, eran el resultado de los esfuerzos de las momias Perdición por crear inmortales perversos tras haber perdido constancia de cómo realizar sus antiguas ceremonias. El monstruo Kharebutu vinculaba ifrits, espíritus demoníacos, a cadáveres humanos en un intento pésimo por duplicar la inmortalidad. Los Asekh-sen eran poderosas fuerzas de choque, fuertes e implacables… y capaces de volver a la vida después de haber sido exterminadas, de la misma manera que lo haría un Amenti. El que los Asekh-sen contaran sólo con cuatro resurrecciones, cada una de ellas más retorcida y esperpéntica que la anterior, no mermó en absoluto su capacidad para inspirar miedo. Nicholas comprendió por qué todos los Amenti de la región se habían movilizado para combatir la amenaza.

–Has dicho "la tropa oeste". ¿Acaso el enemigo poseía alguna más?

–Sí, una fuerza situada en la orilla este del Mar Muerto y compuesta por el mismo número de mortales, guiada por una docena de ghuls que recibían órdenes directas de un Seguidor de Set llamado Zainab Jinnah.

Nicholas miró con fijeza su tenedor cargado con una mezcolanza de frutas. ¿Una segunda tropa compuesta por ghuls-vampiros? Estas criaturas estaban tan enemistadas con los inmortales como lo estaban las momias Perdición. Los más odiados eran los Seguidores de Set, chupasangres que reverenciaban al hermano asesino de Osiris. Los parientes inmortales de Nicholas debían haberse mostrado ansiosos por destruir a unos cuantos Seguidores.

–Ahora entiendo a qué te referías con lo de que son cada vez más atrevidos. Sin embargo, no conozco a ese tipo, a Zainab.

–Es… era una mujer. Es una antigua ghul con el rostro de un ángel pero con un corazón tan negro como el del mismo Set -escupió Indihar.

Lu Wen se rió.

–Bueno, ya no. Yo estaba con aquellos que combatieron contra la fuerza del este. No logramos destruirla en el ataque, pero tampoco consiguió huir ilesa. Recibió un golpe que le quemó su preciosa cara antes de escapar.

–La encontraremos antes o después, es sólo cuestión de tiempo -prometió Indihar.

Cuestión de tiempo, sin duda. Para los inmortales Amenti sólo importaba el hecho y no la posibilidad, se centraban por tanto en el cuándo y no en el condicional si.

–Qué curioso que las momias Perdición y los Seguidores de Set trabajen al unísono -reflexionó Nicholas.

–Sí, a pesar de ser herramientas de Apofis, tienden a reñir los unos con los otros. Creemos posible que llegaran a un acuerdo. El Corruptor se henchiría de sangre si las naciones árabes e Israel se dejaran llevar por la violencia.

–Y quizá incluso llegaran hasta Europa y los Estados Unidos.

–Como dice el dicho: cuantos más, mejor. – Indihar frunció el ceño-. Los mortales son capaces de infligir tamaños horrores los unos sobre los otros que podrían conseguir el mismo objetivo por sí solos en los próximos meses. Pero los Apepnu carecen de paciencia.

Nicholas asintió.

–¿Pero qué sacarían de ello los Seguidores de Set? No creí posible que estuvieran interesados en embarcarse en una empresa tan conflictiva. Eso actuaría en detrimento de su reserva de comida, ¿no es cierto?

–No estamos seguros de eso -admitió Lu Wen-, pero pensamos que estaban de acuerdo en agitar las tierras árabes con la intención de expulsar a la criatura Talaq y aumentar así su influencia sobre la región.

–¿Quién?

–No sabemos exactamente de qué se trata -intervino Faruq, emergiendo del sótano. Pese a ser mortal, Faruq pertenecía a ese grupo de sectarios que había dedicado su vida a servir a la causa de las momias. Había estudiado los antiguos tomos y modernos rumores con la misma precisión, catalogando las fuerzas de Apofis y aguardando el día en que Osiris regresara. Incluso los Amenti más sabios envidiaban sus conocimientos. Nicholas sabía que a los demás grupos dentro de la sociedad de las momias (especialmente a los Shemsu-heru y los Hijos de Osiris) les fastidiaba de sobremanera que Faruq prestara su ayuda a los radicales Eset-a-. Si la mitad de los rumores que he oído al respecto son verdad, Talaq ha gobernado en secreto Jordania desde que se asentó la nación. No es uno de los vuestros, pero creo que tampoco es un ghul. No obstante, está asociado con los Hashashin de alguna manera, así que es posible que sea un no muerto -Faruq se encogió de hombros-. Lo único que tengo claro es que la mayor parte de las actividades que se desarrollan en la región son obra suya.

Nicholas contrastó la información con lo que ya sabía. Había oído hablar de los vampiros de la secta Hashashin, un término que había acabado derivando en "asesino". Las momias no los repudiaban con la misma intensidad que a los Seguidores de Set, pero no eran por ello menos peligrosos para ellas. Estos asesinos mercenarios no muertos, habían llegado a tener cierta influencia a lo largo y ancho del Oriente Medio. Eran ante todo más enigmáticos e insidiosos que los mismos Seguidores y, desde luego, tan complicados de localizar y exterminar. Creyó poco probable toparse con uno de ellos o con este extraño individuo, Talaq, pero no estaba de más informarse un poco. ¿Quién sabe si lo necesitaría más adelante?

–Bien, de modo que los Apepnu andaban abriéndose paso a tiros hacia Israel, mientras que Zainab y su gente tenían la mirada puesta en las naciones árabes -razonó Nicholas-. Hasta que vosotros cargasteis contra ellos y los pulverizasteis.

–Así es. – El tono de Indihar era prosaico, pero su mirada se iluminó al recordarlo-. Con el paso de los siglos se volvieron muy autocomplacientes y estaban demasiado seguros de sus avances místicos. Surgimos de la nada, sirviéndonos de su preciada oscuridad para aproximarnos. Ellos eran más, pero nosotros somos Amenti. No pudieron contra la fortaleza de nuestro hekau.

Nicholas sentía el palpito de diversos sentimientos en su interior. No había intervenido en el asalto del Mar Muerto porque había tenido que encargarse de una misión en América; una tarea que había estado obligado a completar con un apoyo insuficiente debido al ataque en el Mar Muerto. Según lo que Indihar y Lu Wen le estaban narrando, su tropa contaba con fuerza más que suficiente y ¿acaso no habrían podido prescindir de una sola momia? Si hubiera sido así, el regreso de Nicholas hubiera sido glorioso y no una desgracia. Todo aquello formaba parte de la política. Los Eset-a eran como la oveja negra en una familia, se los mantenía marginados, se los despreciaba por el celo con el que buscaban las reliquias. Los demás grupos de momias trabajaban con los miembros Eset-a, pero nunca confiaban en ellos por completo. Y los recursos que tenían los Amenti y sus aliados, rara vez eran repartidos de forma equitativa con los Eset-a, a pesar de que lo desmintieran.

Revolcándose en su miseria como estaba, Nicholas casi pasó por alto el comentario de Indihar.

–¿Liquidasteis a uno de los Apepnu? – Aquella sí que era una buena noticia.

–Lo vi con mis propios ojos -continuó Indihar-. Hau-hra del Rostro Invertido cayó luchando con Senemut.

–¿De modo que fue así como Basel murió? ¿Aniquilando a Hau-hra?

Indihar asintió al tiempo que dirigía una mirada de soslayo hacia el interior del mausoleo.

–Luchó con valentía. Mientras recuperábamos su cuerpo, un par de segadores malditos huyeron con el cadáver de Hau-hra.

Lu Wen frunció el ceño.

–Hemhemti también escapó, oculto bajo una nube de su propio hedor.

Qué bueno saber que no soy el único que comete errores, pensó Nicholas. ¿Atacaron por sorpresa y no habían logrado capturar siquiera a una de las momias Perdición? El ser momias las convertía en inmortales, claro está, de forma que matarlas permanentemente era tan complicado en su caso como en el de un Amenti. Por ello los Amenti habían tratado de capturarlas. Al tenerlas cautivas, evitarían que anduvieran sembrando su execración hasta que lograran destruirlas.

–¿Sabe alguien cuánto tiempo le llevará a Hau-hra regresar a la vida?

–Por desgracia, Ma'at no juzga a las momias Perdición, con lo que le llevará menos tiempo que uno de los nuestros.

Ma'at era la deidad egipcia dedicada a la justicia, una entidad sin rostro que fortalecía el equilibrio de la naturaleza. La diosa de la justicia regentaba un consejo de cuarenta y dos jueces que habitaban en el mundo espiritual de las momias y que se conocía con el nombre de Duat. Dirimían qué almas inmortales merecían regresar a la vida. El alma de Basel debía haber descendido hasta allí y posiblemente se encontrara ahora frente a frente con los jueces de Ma'at. Nicholas había estado allí no hace mucho, cuando murió a manos de Maxwell Carpenter. A diferencia de Basel, él había renacido tras una breve estancia (algo menos de doce horas) en el Duat. Se daba cuenta, desde luego, de que el período había sido inusitadamente corto, teniendo en cuenta que la mayoría de las momias debían aguardar semanas e incluso meses, antes de que su alma pudiera reunir la fuerza necesaria para abrirse paso a través de la barrera que separaba el mundo espiritual del vivo y rehabitar su cuerpo. No estaba seguro de si su rápida recuperación había sido un regalo de Ma'at. Teniendo en cuenta que Carpenter se recuperó de sus propias heridas no mucho después, Nicholas sospechaba que sí. Con independencia de sus circunstancias particulares, todas las momias, incluidas las Perdición, pasaban por algo parecido. Pese a que no se enfrentaban al juicio de Ma'at, los espíritus Apepnu tenían que congregar suficiente energía espiritual antes de retornar a sus cuerpos. Hau-hra regresaría y pronto.

–Menuda mierda.

Lu Wen se encogió de hombros y depositó su mochila sobre el regazo.

–Los líderes escaparon, pero todos ellos estaban heridos de gravedad. Pasará algún tiempo antes de que recobren toda su fuerza.

–¿Y las tropas restantes? – Teniendo en cuenta lo que le estaban relatando, Nicholas no podía explicarse qué las hacía sentirse tan entusiasmadas sobre el asalto.

–Los aniquilamos a todos -confirmó Indihar respondiendo a la duda implícita de Nicholas-. Asimismo, nos hicimos con la mayor parte de los cadáveres de los segadores para que podamos destruirlos en cuanto renazcan.

–Quizá escaparan de la escaramuza uno o dos no muertos heridos -añadió Lu Wen-, pero ni uno más. Al resto los estacamos y destruimos en las colinas donde luchamos.

–Además, estamos casi seguros de que hemos echado por tierra sus planes. Hasta ese momento, los Apepnu no tenían idea de cuan fuertes somos. Creían que éramos sólo el puñado de inmortales que hemos sido durante siglos. Con un número demasiado escaso como para plantarles cara de forma directa. Ahora saben que se equivocaban.

–Eso me lleva a una cuestión sobre la que he estado reflexionando. ¿Acaso los Imkhu no pensaron que, digamos, era más prudente esperar a que las unidades se dispersaran y atacar a los grupos uno por uno? Es decir, ¿no habría sido más recomendable ocultar nuestra verdadera fortaleza?

Las mujeres negaron con la cabeza.

–Mantuvimos una discusión al respecto -admitió Lu Wen-, pero no podíamos correr el riesgo de que se diseminaran. Y, de todos modos, el enemigo sigue sin saber cuántos somos. Al haberlos golpeado de una manera tan severa, confiamos en hacerles creer que somos mucho más fuertes de lo que realmente somos.

–Una demostración de fuerza restará confianza al enemigo en un futuro -sentenció Indihar-. Se sentirán inseguros si creen que los vigilamos y conocemos todos sus movimientos. Lo más probable es que muestren disensión sobre qué curso de acción tomar. Perderán la seguridad que ha sido, hasta el momento, una de sus mejores herramientas. Si sometemos sus corazones al temor, venceremos.

Nicholas asintió con desgana. Antes de su resurrección, su inclinación natural había sido la de dar pasitos de bebé; ahora podía apreciar el mérito de pasar a la acción de forma atrevida y directa. Por desgracia, al hacer las cosas de ese modo, uno tendía a pasar por alto ciertas complicaciones que luego solían pasar factura en el momento más inoportuno. El asalto en el Mar Muerto era un ejemplo excelente. Si los Amenti hubieran optado por un curso de acción más sutil es muy posible que hubieran atrapado a las momias Perdición o al vampiro Zainab. En tal caso el éxito hubiera estado asegurado.

–No quisiera ser descortés, Amenti Nicholas -interrumpió Faruq-, pero he reservado dos billetes para ti e Ibrahim en un vuelo hacia el sur. Deberéis partir de inmediato si queréis llegar a tiempo al aeropuerto.

–Pude contactar con ellos anoche, así que estarán aguardando tu llegada -prometió Indihar mientras Nicholas se despedía de los presentes. Cuando se giró incómodo hacia ella para agradecerle la molestia, ella lo acalló-. Me doy perfecta cuenta de que no existe mucha simpatía entre nosotros. No, no intentes negarlo; no eres el único con la capacidad de percibir las emociones fuertes, ¿verdad? No te deseo ningún mal y procura no mortificarte tanto por tus fracasos.

–Jesús, ¿qué es esto, un discurso contra el desaliento?

–Ya sabes a qué me refiero, Ankhotep. A pesar del fracaso, Osiris no desfallece. ¿Y acaso no es cierto que uno pueda ganar batallas y perder la guerra? Apofis no es invulnerable y tampoco lo es Maxwell Carpenter. Sé fiel a Ma'at y despuntarás.

Nicholas estaba sin habla. Indihar no era cálida ni cariñosa; no tenía idea de qué responder a sus palabras de ánimo. Se aclaró la garganta y murmuró un tímido:

–Gracias.

Lu Wen se levantó y lo despidió con palabras de buena esperanza. Nicholas se acordó de pronto y extrajo la figurilla de Watson de su bolsillo.

–Lo rompí -se disculpó-, ¿Crees que tiene solución?

Echó una mirada con ojo crítico a la maltrecha efigie.

–No es irreparable. Me llevará algún tiempo, pero lo lograré. Claro que, si adquirieras cierta destreza esculpiendo, podrías hacerlo tú mismo.

–Lo sé, aunque no creo que disponga de la oportunidad a corto plazo.

Con una sonrisa en los labios, Lu Wen le devolvió la figurilla.

–Estoy segura de que tendrás tiempo de hacerlo. Quizá mientras estés de viaje puedas practicar arreglando los daños más superficiales.

–Buena idea, gracias.

–De nada. E Indihar tiene razón; no se nos juzga por un solo acontecimiento, sino por las acciones de toda una vida.

No pudo evitar sonreír al oír aquello. Para una momia, esa vida no tenía fin y sólo Ma'at tenía la capacidad de juzgar cuándo había llegado el momento definitivo.


Una vez acomodados en los asientos del Vuelo 133 de Egypt Air, Nicholas le propinó un codazo a Ibrahim.

–Has estado muy callado, ¿en qué estás pensando?

–No es nada Ame… eh, Nicholas.

–Ya veo. De forma que esa mirada de profunda tristeza es sólo una técnica para ligar con mujeres, ¿no?

Ibrahim frunció el ceño confundido.

–Realmente puedes llegar a ser de lo más peculiar, Nicholas.

–No cambies de tema, ahora estamos hablando de ti.

–No es nada, de verdad. Salvo que…

Nicholas lo animó a continuar con un gesto de la mano.

–Venga, que tú puedes.

Ibrahim echó un vistazo en rededor. Se encontraban en un vuelo diurno, finalizando ya la época álgida del turismo; unos pocos hombres de negocios se sentaban diseminados entre los visitantes que planeaban un día entero de excursionismo. Se inclinó hacia Nicholas y susurró:

–No entiendo por qué sigo vivo.

–¿Cómo que…? ¿Lo dices por lo que ocurrió en Chicago?

Ibrahim asintió.

–He hecho cuanto he podido por aprender las técnicas de combate, pero mi auténtico talento reside en la informática. Gamal, Omar y especialmente Duri, te serían más útiles ahora que yo. Eran guerreros experimentados.

Nicholas había estado tan centrado en su situación que no se había parado a pensar cómo podría haberle afectado todo aquello a Ibrahim. La inmortalidad no le otorgaba la capacidad de decir lo apropiado en el momento conveniente.

–No es buena idea que pienses en ello, Ibrahim. No conseguirás otra cosa que deprimirte.

Por la expresión del hombre, Nicholas dedujo que sus palabras no estaban siendo de mucha ayuda.

–Mira, lo que te ocurre es que te sientes culpable por haber sobrevivido. Estás contento de no haber muerto, pero crees que eres un bastardo por sentir felicidad mientras que otros han perdido la vida. No hay una respuesta fácil para esto. Sólo tienes que asimilarlo y seguir adelante. Yo me sentí de la misma manera al convertirme en lo que soy. He perdido a muchos hombres buenos. Y no sólo eso, soy el último de mi familia porque un chiflado sentía tal necesidad de vengarse que no fue capaz de quedarse muerto. – Se rió y cerró los ojos-. Quizá yo no sea el mejor ejemplo.

Ibrahim se aclaró la garganta.

–¿Recuerdas cuando te he dicho que puedes llegar a ser de los más peculiar, Nicholas?

–Vale, vale; cerraré el pico.


No se tardaba mucho en llegar a Luxor en avión. Antes de las diez de aquella mañana, se encontraban ya metidos en un Volvo en dirección sur. Ibrahim conducía mientras Nicholas observaba el Nilo y meditaba sobre su futuro encuentro con los más antiguos y respetables de su raza. Nunca había estado cara a cara con un Imkhu. Los inmortales no eran muchos y tampoco un ejemplo de cohesión. Habían renacido con una misión, y pese a disfrutar de la eternidad, no tenían mucho tiempo libre para andar de visita y charlar. Después de su resurrección, Nicholas había estado ocupado asimilando su naturaleza inmortal, aprendiendo las hekau egipcias y tratando de comprender la magnitud del conflicto en el que se había visto envuelto. Éste, su primer encuentro, se llevaría a cabo en circunstancias poco favorables. Se sentía como un niño que acudiera al despacho del director. Con gran esfuerzo logró reprimir su nerviosismo.

Cruzaron el Nilo y llegaron a Edfú antes del mediodía. En la arcana ubicación prosperaba una pequeña ciudad en la que habitaban poco más de sesenta mil personas. El núcleo más moderno estaba situado en una rica pradera verde junto al Nilo y se dedicaba casi por completo al comercio de semillas, dátiles y algodón. De cualquier forma, el turismo suponía la primera fuente de ingresos o así había sido antes de que Horus el Vengador y sus Shemsu-heru regresaran a Egipto. Tomaron el control del Templo de Horus y de las excavaciones colindantes, incluyendo la antigua ciudad y la necrópolis circundante y cerraron el acceso al público en toda el área. Posiblemente debido a la combinación de los sobornos y una sutil aplicación de la magia, el gobierno egipcio anunció que el recinto quedaría cerrado para continuar con las excavaciones. La gente comenzó a extrañarse cuando se construyeron contrafuertes que pusieran freno a la inestabilidad estructural de las elevadísimas paredes pétreas del templo. Los rumores sugerían que se había hallado un importante descubrimiento y que se estudiaría muy en secreto. Y, a su manera, era cierto.

De hecho, a pesar de su antigüedad, el Templo de Horus se encontraba en unas condiciones excelentes. Situado en el desierto, justo detrás del área de influencia del Nilo, sus paredes de piedra arenisca apenas habían sufrido los rigores de la erosión con el paso de los siglos. Las imponentes figuras de Horus talladas en las paredes conservaban casi tanta definición como cuando fueron cinceladas en la Dinastía Tolemaica, pocos siglos antes del nacimiento de Cristo. Empero la estructura no se había librado por completo del deterioro y Horus, ayudado por una plantilla de momias y mortales, reparó el daño. Aquello les supuso un gran esfuerzo, pero su atención estaba situada en el complejo que se hallaba enterrado debajo de ese lugar. Lo que el Vengador buscaba era algo que había existido más de mil años antes de que se erigiera el Templo de Horus y que los arqueólogos modernos sólo habían podido entrever. Horus estaba decidido a restituir la gloria a la antigua ciudad-templo; deseaba una ciudad digna del hijo de un dios.

Con las arcanas hekau a sus órdenes, las momias estaban haciendo grandes progresos. Y, para la mirada de los curiosos, no parecían más que un grupo experimentado y organizado de arqueólogos.

Un hombre hizo señas al Volvo para que se detuviera junto a un stop que se encontraba en la carretera que conducía al templo. El sectario Shemsu-heru vestía el mismo atuendo que los militares egipcios y, hasta donde Nicholas sabía, podía perfectamente formar parte del ejército. Cuando hubieron confirmado sus identidades, se les permitió continuar. Los guardias solitarios refugiados en sus pequeñas casetas de adobe eran la tónica general en los puntos de control diseminados en toda la región. No existían vallas o barreras visibles que mantuvieran alejados a los curiosos; pero el desierto se bastaba solo para hacer el trabajo de vigilancia. No obstante, Nicholas sabía que existían medidas de seguridad ocultas que alertarían a los Shemsu-heru de cualquier posible intrusión. Por ende, diversas patrullas daban vueltas por la zona, vestidos con las ropas del ejército egipcio y portando armas mundanas y místicas.

Mientras recorrían el último kilómetro de aquella carretera sembrada de socavones, Nicholas volvió a sentirse frustrado por las decisiones que tomaban los grupos como los Shemsu-heru. Desde luego Edfú era una fortaleza impresionante, pero ¿acaso su causa requería restaurar un templo hasta ese punto? Es cierto que se sentía emocionado al contemplar las reliquias de su primera vida en todo su esplendor, ¿pero no sería mejor destinar todos aquellos recursos a luchar contra el enemigo? Él había realizado un esfuerzo similar para erigir el Templo de Akenatón como fortaleza en América; pero sólo había conseguido que lo asaltaran, lo secuestraran y le robaran. El Templo de Horus era muchísimo más seguro pero, a pesar de todo, Nicholas opinaba que cualquier lección era valiosa. Si lograba reunir el valor, les explicaría el caso a los Imkhu.

Un repertorio de tiendas de campaña y pequeñas edificaciones de adobe cobijaban a la mayoría de los residentes. La zona del complejo de Horus que había sido restaurada, servía de hogar al Vengador, a la mayor parte de los Imkhu y a algunas de las momias más jóvenes. Aparcaron junto a un grupo de Jeeps, Land Rovers y unos pocos Humvees, y se encaminaron hacia las cámaras rehabilitadas. Las paredes del templo se erigían a ambos lados de la entrada principal como sendas alas gigantescas. Las líneas eran rectas y carecían de fracturas. Los ladrillos habían recobrado aquel aspecto impoluto que tuvieran hace tres mil años cuando fueron tallados. Los relieves de Horus observaban con circunspección a lo largo de la pared. El sol hacía resplandecer la superficie del complejo, transformando el amarillo de los ladrillos en oro. Y el interior no era menos extraordinario. Los pilones, columnas y, en general, toda la estructura interior había sido restaurada imitando casi a la perfección los planos originales. Era una visión que robaba el aliento.

Sobre sus cabezas una docena de halcones se deslizaban sobre las corrientes termales. Nicholas sospechaba que buena parte de ellos serían una creación como Sherlock y Watson; centinelas pertinaces que salvaguardaban el territorio, estando alerta ante cualquier posible intromisión. Nicholas palmeó el bolsillo de sus pantalones donde guardaba las figurillas de los mastines. Sherlock había revertido a su forma inactiva para facilitar el viaje. Watson habría de esperar hasta que se viera preparado para reparar el daño. Una efigie que pudiera volar le sería muy útil. Poseía el talento necesario como para tallar un animal pequeño, como un pájaro, pero carecería de la astucia de los perros. Le pediría a Lu Wen que creara uno, aunque sabía que era mejor hacerlo él mismo. Tendría que mejorar en ese arte.

Una sectaria Shemsu-heru los recibió en los pasajes subterráneos que conducían a las cámaras ocupadas por los Imkhu. Se trataba de una mujer sencilla con el rostro ajado por los años. Nicholas tenía problemas para determinar su edad; posiblemente se encontraría dentro del espectro que abarcaba desde la treintena tardía hasta la medianía de los cincuenta.

–¿Nicholas Sforza-Ankhotep? – preguntó inclinando la cabeza.

–Sí, soy yo. Mi compañero es Ibrahim Rassul.

Ella lo saludó con el mismo gesto.

–Yo soy Zabeya. Venid por aquí; el maestro Mestha desea veros de inmediato.

Nicholas la invitó a que los guiara. Se quitó las Oakleys y limpió el sudor que bañaba su frente. El calor fue menguando a medida que avanzaban, pero Nicholas no cesó de sudar. Cada uno de los Imkhu era chocante a su manera, pero Mestha era único. El viejo granjero había vivido en los días del temprano reinado de Osiris. Caminaba por la Tierra de Khem mucho antes del nacimiento de Horus y había servido a Osiris con lealtad durante un período prolongadísimo. Tal era su devoción al Señor de la Vida que se ofreció a ser el primero en recibir el antiguo Hechizo de la Vida y asegurar así su efectividad. Pese a que había sido un sencillo granjero en su primera vida, Mestha era ahora uno de los más importantes Mesektet, los enaltecidos sacerdotes celestiales. Estas momias eran famosas por su habilidad para leer presagios en las estrellas y gobernar sobre el tempestuoso poder del clima. Algunos Amenti opinaban que la sabiduría de Mestha era sólo equiparable a la de los grandiosos jueces de Ma'at y que solía contactar de forma habitual con el espíritu de Osiris. Nicholas estaba intimidado mucho antes de que Zabeya lo presentara al arrugado Imkhu.

Mestha había alcanzado ya la senectud cuando recibió el don de la resurrección. Su apariencia era la de un anciano enjuto, con la piel oscurecida y arrugada por la labor bajo el firme sol egipcio. Empero se movía con el vigor de la juventud. La honorable momia vestía una sencilla túnica, pantalones sueltos de algodón y sandalias. Apenas rozaba el metro y medio de altura pero su carisma equivalía al de un gigante. Cruzó la sala de estar dando rápidas zancadas y cogió a Nicholas por los antebrazos.

–Saludos, Nicholas Sforza-Ankhotep -saludó en egipcio-. Me complace conocerte.

–Mestha -respondió Nicholas-, es un honor estar ante ti.

La antigua momia rió, estrechó brevemente los brazos de Nicholas y restó importancia al comentario con un gesto de la mano.

–Somos iguales ante los ojos de Osiris.

Nicholas lo dudaba, pero apreció el cumplido igualmente.

–¿Puedo presentarte a Ibrahim Rassul de los Eset-a?

Mestha lo saludó con una inclinación de cabeza, mientras Ibrahim luchaba para no ceder a su exacerbado temor reverencial.

–Zabeya, tráenos por favor algo de beber.

La mujer salió de la habitación, al tiempo que Mestha le indicaba a Nicholas que tomara asiento. Se sentaron en un par de sillones bajos enfrentados y separados por una mesa de mármol pulido. Ibrahim los siguió inseguro y se quedó a unos metros del hombro izquierdo de Nicholas.

–Estoy muy impresionado por lo que habéis hecho en el lugar -aventuró Nicholas.

La alcoba en la que estaban había sido renovada, los murales de las paredes relucían por sus brillantes colores y el mobiliario, aunque nuevo, reproducía el antiguo diseño. La tecnología había sido empleada de forma sutil para proveer la estancia de mayor comodidad pero sin desvirtuar la sensación de que se encontraban en otro tiempo. Las luces eléctricas alumbraban encajadas en sencillos farolillos allí donde una vez estuvieran las antorchas. La luz que desprendían era cálida y amarillenta. Nicholas incluso descubrió el aparato de aire acondicionado detrás de un biombo de papiro; aquel no era más que un ejemplo del sistema de circulación de aire y de control de temperatura que mantenía el complejo subterráneo confortable.

–Gracias… bien, creo que la primera cuestión que debo plantearte es: ¿qué nombre prefieres? – Mestha podría formar parte del grupo de inmortales más poderosos, pero con su trato cordial y su actitud familiar estaba consiguiendo calmar rápidamente el nerviosismo de Nicholas.

–Ah, normalmente paso por Nicholas.

Mestha se palmeó las rodillas.

–Entonces así es como te llamaré. Gracias, Nicholas. Hemos trabajado mucho para restaurar el templo del Vengador. Estamos desarrollando actividades parecidas en otros lugares que nos son importantes. Aunque ninguno de ellos cuenta con los mismos avances que éste, pronto contaremos con una serie de fortalezas que rindan tributo a nuestros orígenes y nos proporcionen comodidades modernas -rió-. La electricidad aún me maravilla. ¡Imagínate! Muchísimo más útil que el fragante aceite y el fuego, ¿no te parece?

–Bueno, el fuego todavía nos es útil.

–Ah, muy cierto; muy cierto. – Mestha señaló hacia la mesa cuando Zabeya entró en la habitación cargando una bandeja con un jarro, vasos, pan y unos cuencos de pasta con lentejas y salsa picante. Dispuso la comida frente a las dos momias y dejó el tercer cuenco frente a otro de los sofás, vertió agua para todos y partió después de realizar una breve reverencia-. Ven -invitó en un árabe carente de defectos-, debes de estar hambriento después del viaje.

Nicholas no estaba seguro de quién estaba más sorprendido. Los sectarios desempeñaban un papel vital porque sólo los mortales podían elaborar el Hechizo de la Vida con total precisión. Y no surtía el mismo efecto cuando lo realizaba un sobrenatural, inclusive siendo uno de los inmortales. Sin los aliados humanos, las momias no podrían incrementar su número. Por ello, los sectarios merecían respeto. Pero eran mortales y esa condición los desterraba a un segundo plano entre los Amenti. Nicholas se había topado con algunas momias que los trataban como poco más que esclavos o que los ignoraban. La invitación de Mestha cohibió a Nicholas cuando se percató de que había olvidado por completo a su compañero Eset-a.

–Me gustaría conversar contigo sobre temas muy amplios -explicó Mestha, hablando otra vez en egipcio. Cogió el cuenco, introdujo en él la cuchara y la llenó de pasta-. Pero temo que eso habrá de quedar para otra ocasión. Por lo que Indihar-Hentemtet pudo adelantarme, traes noticias de gran importancia.

Nicholas asintió.

–En tal caso iré directo a la cuestión. – Tras beber unos sorbos de agua, relató la búsqueda en Chicago del ab-Asar, su intento de establecer el Templo de Akenatón como fortaleza de las momias, el asalto de Maxwell Carpenter y los enigmáticos periodistas, el secuestro y la tortura. Descansó entonces, los recuerdos palpitaban recientes en su memoria. Reunió el valor y prosiguió describiendo su rápida resurrección, la huida, el haber averiguado que sólo quedaban tres de sus hombres vivos y que el Corazón de Osiris estaba en manos de los vampiros, que se lo habían robado a los "reporteros". Contó el regreso de Carpenter y la pelea que tuvieron en la calle, bajo la Torre Sears. Asimismo, explicó que el Corazón había descendido hacia ellos desde las alturas. Lo había tenido al alcance de la mano pero Carpenter se le adelantó y huyó con él. Nicholas e Ibrahim habían huido antes de la llegada de la policía, dejando tras de sí un escenario esperpéntico de vehículos ardiendo y cuerpos caídos desde el rascacielos-. Registramos la ciudad cuanto pudimos después de aquello, pero fue imposible hallar la ubicación del Corazón sin el amuleto que había creado para tales efectos. Su aura es… es como una tormenta de arena. No puedes evitar intuirla en la distancia, pero cuanto más te acercas mayor es el poder y más difícil encontrar el núcleo exacto. De cualquier forma, percibí que se alejaba hacia el este. Cuando me di cuenta de hacía dónde se dirigía Carpenter, Ibrahim y yo subimos a un avión y vinimos aquí.

Mestha no pronunció palabra alguna mientras Nicholas habló. Sus ojos se posaron atentamente en la joven momia, al tiempo que engullía pequeños pedazos de comida y bebía agua. Nicholas vació otro vaso de agua en el subsiguiente silencio. Hablar le daba sed y más aún en aquel clima árido. Se dio cuenta de que no tenía apetito pero se obligó a comer para no parecer descortés. Por las miradas que le había echado a Ibrahim mientras relataba su historia, se percató de que el sectario Eset-a tenía unos problemas parecidos para mantener la serenidad y el apetito.

–¿Estás seguro de que lo que encontraste era el Corazón de Osiris? – inquirió Mestha.

Nicholas se sentía confuso ante aquella pregunta, pero se centró en repasar lo que sabía antes de responder.

–Tanto como puedo estarlo. No lo saqué del canope en el que estaba guardado, pero las emanaciones no daban lugar a equívocos.

Mestha asintió mientras reflexionaba.

–Al principio no estaba en ese recipiente -murmuró pensativo-, no habría cabido en él. Pero han transcurrido muchos siglos desde la traición de Set y no existe norma alguna que dicte cómo debe conservarse el Corazón.

¿Qué significaba aquello de que no habría cabido en él? El recipiente era lo bastante grande como para albergar el corazón de un mandril. Nicholas abrió la boca para preguntar, pero Mestha se le adelantó.

–Pensé que los de tu grupo creían que el Corazón es aquella piedra que está en Israel.

El comentario sorprendió a Nicholas hasta que hubo comprendido de qué estaba hablando.

–¿El Ka'bah? Sí, algunos Eset-a lo creen así. Quizá porque una parte de mí es del oeste, aquello no terminaba de convencerme. No lo sé. Es muy posible que el Ka'bah sea algún otro fragmento de Osiris pero, basándome en mi experiencia, te puedo asegurar que no se trata del Corazón.

Mestha frunció los labios y dejó que sus ojos vagaran en la distancia sopesando las opciones.

–Sin duda los acontecimientos que me has relatado son trágicos, pero no tan calamitosos como cabría esperar por la expresión de tu rostro. ¿Podrías crear otro amuleto como el primero que forjaste para rastrear el Corazón?

–Por desgracia no. Creé el primero capturando una fracción de la energía que manaba del tarro que salvaguardaba el Corazón. Sin ella, el amuleto sería poco más que un pisa papeles. – Construir un artefacto de esas características no era complicado, pero fabricarlo para que pudiera rastrear el cuerpo de Osiris estaba muy lejos de ser un objetivo habitual en el arte hekau-. Si no fuera así, las momias podrían haber hallado los diversos fragmentos del dios hace ya tiempo.

–Desde luego es un inconveniente. – Mestha se levantó y caminó meditabundo por la habitación. Transcurrido un minuto, se detuvo y observó a Nicholas. Lo miró con tanta fijeza que la joven momia se amilanó-. Muy bien. Debo admitir que tus noticias me disgustan pero es evidente que no podrías haber controlado todo lo que ocurrió. Me aseguraré de que todo esto llegue a oídos de los demás para que podamos prepararnos para la llegada de Maxwell Carpenter. Hablaré además con mis compañeros Mesektet. Escudriñaremos el cielo en busca de cualquier signo de la trayectoria de la criatura. Los fragmentos de Osiris son realmente muy difíciles de percibir incluso empleando las hekau más poderosas, pero al menos estrecharemos el espectro de lo que buscamos.

Suspiró, su mirada se alejó de Nicholas.

–Es una pena que el maestro Horus se haya ido a China con un contingente; su poder nos sería de gran ayuda en este momento.

–¿China? ¿Qué están haciendo allí?

El porte amigable del granjero se endureció como el acero.

–Eso no es asunto tuyo.

–Te ruego me disculpes, Mestha. – Sin saber muy bien cómo recuperar el control después de aquel paso en falso, dijo:- ¿Hay algo…? ¿Qué más puedo hacer para ayudar?

–Creo que lo mejor será que regreses al norte. Te lo haremos saber si requerimos tu presencia.

Nicholas sabía reconocer un desaire cuando lo escuchaba. El viejo Mestha podría ser sorprendentemente comprensivo, pero aún era un influyente Imkhu y Nicholas seguía perteneciendo al reducido grupúsculo de radicales Eset-a. Ibrahim y él le dieron las gracias mediante una reverencia, al tiempo que se encaminaban hacia la salida. La voz de Mestha los detuvo en el umbral.

–Debo confesar que encuentro algo desconcertante el que esta criatura se atreva a venir hasta aquí, a la tierra donde somos más fuertes. ¿Qué otra cosa espera conseguir más que su propia derrota?

–Será más difícil de capturar de lo que podrías pensar, sabio Mestha -respondió Nicholas-. Cuenta con el mejor incentivo. Ser un cadáver andante no es suficiente para él. Quiere convertirse en un inmortal.


Mestha parecía haber dejado claro que lo dejarían al margen de la búsqueda del Corazón. Los Eset-a, en extremo imprudentes, habían probado de nuevo que no se podía confiar en ellos. Nicholas no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados, pero le sería difícil lograr cualquier objetivo sin contar con la ayuda de los Amenti de otras castas. Una ayuda que le habría sido complicada de conseguir en circunstancias normales. Hacer una cosa a la vez parecía la mejor opción. En primer lugar regresaría a El Cairo; no le valdría de nada quedarse a esas alturas del Nilo, en Edfú. Con un poco de suerte daría con el segundo paso a seguir una vez llegado a la ciudad.

Puesto que ya no sentía la presión del tiempo sobre sus hombros, decidió que Ibrahim y él se ahorrarían los dólares del regreso en avión. Vagó por el complejo de Edfú y encontró a una momia que había regresado conduciendo recientemente desde El Cairo y que se mostraba conforme en intercambiar sus vehículos de alquiler. Aquella tarde Nicholas e Ibrahim se subieron en el Land Rover e iniciaron el viaje de más de setecientos cuarenta kilómetros que les llevaría hacia el norte, siguiendo el curso del río Nilo. Era de suponer que habrían completado un tercio del recorrido al anochecer y que lo terminarían al día siguiente. Nicholas disponía de mucho tiempo para considerar las diversas opciones.

Puesto que Ibrahim apenas entendía el egipcio, Nicholas le relató la conversación que había mantenido con Mestha mientras conducía por la polvorienta y desecada carretera. Por la mirada pensativa de Ibrahim, Nicholas se figuró que el sectario tenía algo que decir al respecto. Esperó paciente a que Ibrahim hablara pero transcurrió una media hora larga sin que éste lo hiciera. Finalmente le preguntó:

–¿En qué estás pensando?

Ibrahim le dedicó una mirada fugaz antes de centrarla nuevamente en la carretera.

–Has dicho que le dijiste al maestro Mestha que el escarabajo brújula había sido destruido.

–Sí, Carpenter lo aplastó.

Botaron como consecuencia de una serie de agujeros en la calzada.

–¿Y no puedes crear uno nuevo?

–Necesitaría primero un poco más de la energía del Corazón -refunfuñó.

–¿Y no la podrías obtener del primero?

Nicholas suspiró ruidosamente vencido por la frustración. Había tenido en cuenta la posibilidad cuando aún estaban en Chicago, pero le pareció imposible y apenas había dispuesto del tiempo necesario para estudiarlo por el apresurado regreso a Egipto.

–No lo puedo asegurar. El amuleto estaba hecho pedazos. Pero no tiene caso porque guardé los restos en un cajón del refugio antes de dejar Chicago.

–De hecho -continuó el sectario-, lo guardé en mi equipaje. Pensé que no era recomendable abandonar algo tan valioso, incluso estando arruinado.

–Un punto a tu favor -admitió Nicholas.

Esta era la manera que Ibrahim tenía de recordarle a Nicholas que no había estado pensando con claridad en aquel momento; algo relativamente lógico después de haber perdido el Corazón. Aquello engrosaba ya la larga lista de errores que había cometido en su búsqueda del fragmento de Osiris. Pero si el escarabajo brújula estaba aquí… Cabía la posibilidad de que pudiera rescatar el residuo suficiente del aura del Corazón como para forjar un amuleto nuevo. No había garantías, pero la posibilidad era mejor que sentarse a esperar que algún otro grupo se encontrara con Carpenter.

Nicholas imitó el sonido del redoble de los tambores sobre el salpicadero del coche y exclamó:

–¡Genial! Puede que hayas dado con la solución, Ibrahim.