Tenían razones para estar asustados. La reyerta que había
pugnado a la salida del puerto de Nueva York había dejado las más
extrañas evidencias: salpicaduras de sangre, jirones de tela, ratas
muertas, una barandilla quebrada, etc., pero nada con lo que
hacerse una idea de qué había causado ese desastre. La tripulación
se había negado a bajar a los contenedores hasta la mañana
siguiente. Se habían contentado con barrer el área con el haz de
luz, detectando pequeños bultos negros en varios de los tanques más
apartados. Al parecer, ninguno de ellos sentía tanta curiosidad
como para aventurarse sobre las cimas de los contenedores y
comprobar personalmente de qué se trataba. Cuando vieron la sangre,
ya habían transcurrido doce horas desde que partieran de Nueva
York. Teniendo en cuenta que no encontraron ningún cuerpo (al menos
no uno humano; aunque sí muchas ratas muertas…), la tripulación
decidió ignorar lo funesto de las pruebas y ceñirse a sus planes de
navegación. Las personas eran grandes expertas en idear
explicaciones racionales para los más inusitados acontecimientos.
Carpenter lo había vivido a menudo. Lo más probable es que el
capitán hubiera reunido a toda la tripulación y, una vez convencido
de que no faltaba nadie, prosiguiera con sus tareas de manera
habitual. Un rápido manguerazo y soldadura del contenedor dañado, y
no quedó nada que pudiera hacer sentir incómodos a los marineros;
exceptuando el remiendo metálico.
Salvo que "ojos que no ven, corazón que no siente" no siempre
es eficaz cuando se refiere a la tripulación de un barco; hay poco
que hacer en una travesía tan larga, además de hablar. Carpenter
imaginaba que el misterio que había dejado tras él en la cubierta
de popa, se había convertido en el tema de conversación más
recurrente. La tripulación tenía la sospecha de que en el North Llorca no todo estaba bien, pero nadie se
atrevía a registrar el barco de arriba abajo por si había un
asesino o algo mucho peor a bordo. Y a Carpenter no le importaba.
Necesitaba un lugar silencioso donde poder recuperarse y no estaba
en disposición de moverse si algún miembro de la tripulación,
extremadamente curioso, decidía registrar el
barco.
Puesto que carecían de cualquier causa tangible que explicara
el enigma y, para ser honestos, tampoco contaban con el interés
necesario para hallar la solución, la tripulación culpó de todo a
las ratas. Carpenter sabía que los cadáveres de las ratas era algo
que debía al maldito vampiro, aunque explicarlo no ayudaría a la
marinería a dormir mejor. El detalle fundamental es que la
tripulación había limitado sus movimientos a las zonas comunes del
puente central y la sala de motores, porque tenían la esperanza de
no encontrarse de pronto con las ratas rabiosas que correteaban por
el barco y que, sin duda, atacarían a cualquiera que se cruzara en
su camino. Y esto le traía sin cuidado. No le convenía que alguien
se tropezara con él y no sólo porque fuera un polizón. Nunca
ganaría un concurso de belleza con el aspecto que tenía ahora. Su
segundo mono y jersey de lana cubrían la mayoría de las heridas,
pero la piel de su rostro estaba sembrada por una serie de feos
surcos y desgarrones provocados por las acometidas del
vampiro.
El vampiro, que se hacía llamar Beckett, realmente había
conseguido hacer de él un esperpento picasiano. Tenía que reconocer
que se trataba de un hijo de puta muy expeditivo. Si no hubiera
sido por su fiel martillo, Carpenter habría muerto definitivamente
en las horas que siguieron a la pelea. Había obtenido la fuerza del
martillo, arrastrándose fuera del foco de luz justo a tiempo de no
delatar su presencia. No dejó un rastro de sangre definido,
principalmente porque no había con qué dejar ese rastro. La pelea
había drenado los fluidos que aún quedaban en la cáscara que
habitaba. Y deslizarse bajo la cubierta, a una esquina de la
embarcación donde poder recuperarse, había drenado las escasas
energías que le restaban.
Carpenter dedicó la travesía transatlántica a concentrarse y
conseguir que todos sus miembros recobraran su ritmo normal. Sólo
ahora, después de varios días curándose, sin saber exactamente
cuánto tiempo había transcurrido porque había estado escondido en
las bodegas, sintió renovada su fortaleza. El daño había sido
reparado, pero el resultado no era hermoso. Su torso, brazos y
muslos formaban un patrón esperpéntico de cicatrices horribles.
Agradeció no tener un espejo en el que mirarse; las cicatrices de
su rostro debían de resultar intimidantes. La fealdad de las
heridas, combinado con la cantidad de horas transcurridas en esas
bodegas húmedas y malsanas, habían sido tan severas para su mente
como lo habían sido las lesiones para su cuerpo. Carpenter no
deseaba otra cosa que estar bajo la ducha durante una semana,
ponerse una camisa limpia y planchada, un traje sastre, una corbata
de seda y zapatos de vestir. Lo tenía todo guardado en la bolsa
para trajes, pero se obligó a esperar a haber desembarcado antes de
cambiarse.
No estaba seguro de cuánto más podría aguantar así. Se
aferraba a esta parodia de vida sólo gracias a la fuerza de su
voluntad. Aunque ésta era formidable, el concentrarse tan
intensamente durante tanto tiempo, estaba comenzando a pasarle
factura. La tortura que suponía la esperanza de regresar de nuevo a
la vida, vivir para siempre, hacía que la situación fuera aún más
difícil. Y aunque no llegara a enloquecer con la idea, no tenía
garantías de que el cuerpo en el que ahora habitaba, fuera a
perdurar lo suficiente. Le había servido bien desde que lo poseyera
unos años atrás. A pesar de que su aspecto fuera grotesco, sus
miembros volvían a funcionar de manera adecuada. ¿Pero cuántos
golpes más podría soportar su cuerpo?
¿En el último mes cuánto le habían disparado? ¿Varias docenas
de veces? Había tenido, además, una estaca clavada en el pecho
(aunque el habérsela clavado él mismo, le impedía quejarse). Perder
dos dedos de la mano izquierda había sido como padecer un mal dolor
en el culo. Pero aún peor había sido esa bala mágica que le
seccionó los intestinos. Y, para rematar, ahora había sido apaleado
por un vampiro.
Había conseguido que su cuerpo cicatrizara las lesiones
mundanas, pero las últimas heridas estaban convirtiéndose en un
problema grave. Nicholas Sforza había hecho algo con esa bala con
la que le disparó. Le dolió mientras entraba y salía, evitando por
poco la columna y negándose a sanar completamente. Ahora ocurría lo
mismo con las heridas causadas por las garras de Beckett. Maldijo a
los vampiros por millonésima vez desde que entrara en las bodegas.
En esta ocasión, ideó una rima que se centraba exclusivamente en
los maliciosos chupasangres que podían transformarse en murciélagos
y convocar a hordas de ratas. Y a sus garras. Había inventado un
amplio surtido de insultos para esas enormes garras que podían
convertir a un individuo en una simple
hamburguesa.
Si no hubiera sido por el extraño fragmento de… lo que fuera…
que había robado de aquel garaje, Carpenter todavía sería un bulto
de carne destrozada, músculos triturados y órganos
expuestos.
Todos lo llamaban el Corazón. Supuso que podría tratarse de
un corazón. Cuando lo cogió por primera vez, tenía el aspecto de un
tomate viejo, seco y mohoso. Mirándolo ahora bajo la luz, se
parecía a un pedazo de piedra. No sabía de qué material estaba
fabricado, y tampoco le importaba; le bastaba con saber qué era
capaz de hacer. Carpenter estaba vivo gracias a él. Hablando
metafóricamente, claro.
Las lesiones que había sufrido eran demasiado graves para que
el martillo lo anclara al mundo de los vivos. Graves en exceso como
para que el oscuro poder de la navaja pudiera retener su espíritu.
Había estado lo suficientemente débil como para sucumbir a los
cantos de sirena de la navaja, prefiriendo ser un esclavo de la sed
homicida del arma, antes que padecer el interminable infierno de
convertirse en un alma carente de cuerpo. Cueste lo que cueste era su nuevo mantra. No
importaba lo que tuviera que hacer para convertirse en un inmortal.
No habría nada que lo detuviera.
Mas el martillo y la navaja le habían fallado. Apoyándose en
su adorado martillo, había podido conferir a sus músculos muertos
la energía necesaria para arrastrarse hasta un escondrijo después
de la pelea, pero poco más. El poder de la navaja sólo había podido
sanar las lesiones menos graves. Entonces, mientras yacía preso del
dolor en la oscura bodega, la inspiración acudió a su mente. El
objeto que llevaba consigo, al que todos llamaban Corazón, vibraba
con una fuerza de vida muy superior a cualquier otra cosa que
hubiera conocido. Lo había percibido primero en el Templo de
Akenatón, donde descansaba protegido por Nicholas Sforza. Luego,
cuando interrogó al matón, supo que el Corazón estaba vinculado de
alguna manera a la inmortalidad de Sforza. De forma que no había
dudado cuando tuvo la oportunidad de cogerlo y echar a
correr.
Su estado era una prueba evidente de su falta de
planificación. Aquí estaba, navegando en un maldito carguero que
atravesaba el océano Atlántico, con unos cientos de dólares, unas
mudas de ropa y tres reliquias sobrenaturales. Y lo que era peor,
no tenía ni idea de qué hacer una vez llegado a Egipto. Sforza le
había contado que lo habían sometido a una ceremonia allí, un
proceso que tenía que ver con el Corazón y que lo había
transformado en inmortal. Muy bien. Carpenter tenía el Corazón y
pronto estaría en Egipto. ¿Y luego qué?
No tenía sentido lamentarse. La única alternativa era volver
a capturar a Nicholas Sforza y sonsacarle más información; y,
después de lo que le había costado llegar a Egipto sería una
tremenda estupidez embarcarse de nuevo rumbo a Estados Unidos.
Además, ahora que el idiota sabía que Carpenter iba tras él,
seguramente estuviera preparado. Pese a que odiaba tener que
admitirlo, no estaba seguro de haber podido derrotar a Nicholas
Sforza. Por lo tanto, teniendo en cuenta la situación, creía haber
escogido la mejor solución. Había optado por la retirada cuando
todos esperarían que contraatacara. Era un tipo listo; ya se le
ocurriría algo.
Aunque no lo suficientemente inteligente como para imaginarse
que un vampiro lo atacaría en Nueva York. No creía posible toparse
con alguien que supiera algo del Corazón y menos aún cuando estaba
de camino al océano. No le pareció que Beckett tuviera trato con
Sforza, pero lo que realmente le importaba es que no había sido muy
amigable con él. Debería haber abandonado el barco y tomado un
rumbo alternativo cuando se deshizo del hijo de puta. Pero lo
cierto era que Carpenter no estaba en situación de hacer otra cosa
que recoger sus intestinos y buscar un refugio.
El zombi le deseó todos los males posibles. No era tan
ingenuo como para creer que con una sola puñalada podría destruir a
Beckett. La navaja era un arma peligrosa, pero el vampiro había
demostrado ser un tipo duro. Ni siquiera se planteaba que hubiera
podido ahogarse. Sin embargo, tenía la esperanza de que el tío
quedara tan jodido como para que no lograra mantenerse a flote el
tiempo necesario para alcanzar la orilla. Imaginaba al vampiro
abriéndose camino con dificultad entre la mierda que yacía en el
fondo del puerto de Nueva York. ¿Cuánto tiempo le llevaría? Lo
suficiente. El tío raro de los ojos rojos estaría muy cabreado
cuando consiguiera llegar a tierra, eso seguro. A menos que algo lo
atacara mientras estuviera allí. Había oído historias de los
cocodrilos gigantes que habitaban en la red de alcantarillado de la
ciudad y, posiblemente, existieran otras cosas mucho peores allí
debajo. Carpenter había sido testigo de un millar de sorpresas en
sus años como fantasma y no le extrañaría que en el río Hudson
moraran algunas cosas que pudieran aterrorizar al
vampiro.
Ya estaba bien de preocuparse de ese pedazo de mierda.
Carpenter decidió echar un vistazo arriba porque recordar el pasado
le estaba poniendo de mal humor.
Se deslizó por el espacio estrecho que se abría entre la
columna de contenedores y la bodega, moviéndose con la misma
naturalidad que había tenido antes del accidente. Volvió a
maravillarse de su recuperación gracias al Corazón. No le había
resultado sencillo canalizar el poder de la reliquia. Estaba
acostumbrado a trabajar con la energía de la muerte. Eso era lo que
lo mantenía con vida y explicaba la razón por la que caía tan
fácilmente bajo el hechizo de la navaja. El Corazón, en cambio,
estaba en el extremo opuesto del espectro. Pero, después de
concentrarse en él durante algunas horas, por fin había logrado
percibir el ritmo latiente de su aura. Mediante su instinto había
averiguado la forma de "sintonizar" con ese latido. Corría el
riesgo de verse desbordado por el poder puro de la reliquia. Un
poder que irradiaba con una fuerza mucho mayor que la de Carpenter.
Azotado y sacudido por la corriente de energía, Carpenter descubrió
que no podría enfrentarse a ese poder por un tiempo prolongado. Con
suma dificultad, pudo finalmente reducir el flujo a un goteo. Lo
suficiente como para recuperar la energía con que poder curar su
cuerpo malherido.
Pese a que el Corazón había restablecido el funcionamiento de
sus miembros, no había reparado su aspecto físico. Y tampoco sus
malogrados sentidos. Al parecer su visión turbia y su escasa
audición se debían a la posesión espiritual y no a la debilidad del
cuerpo en el que moraba. Teniendo en cuenta su situación, era un
precio pequeño a pagar y, de todos modos, su visión de fantasma era
una buena sustituta. Por ende, se sentía más satisfecho al percibir
que el Corazón latía con mayor fuerza a medida que se aproximaban a
Egipto. Quizá él no supiera hacia dónde dirigirse, pero tal vez el
Corazón pudiera servirle como algún tipo de brújula
mágica.
Además, gracias a la influencia de la reliquia, se sentía más
calmado y despierto de lo que había estado últimamente. Se percató
de que el aura del objeto estaba imbuyéndole con la fortaleza
necesaria para resistirse a la corrupción de la navaja. Había caído
en una servidumbre cuando casi perdió contacto con el cuerpo que
poseía. Desde entonces, el arma había intentado dominarlo por
completo. A pesar de lo complicado que era resistirse al canto de
sirena, Carpenter se daba cuenta de que ya sólo podía sentir una
fracción del poder de la navaja. El arma era caos con forma, una
manifestación del Inframundo del que había huido. Poseía un vínculo
directo con el mundo espiritual, del que absorbía una vasta y
turbulenta energía que luego vertía en el mundo de los vivos. No
estaba seguro de qué era lo que el arma quería de su cuerpo, pero
no estaba dispuesto a permitir que lo dominara. No estaba
interesado en que lo poseyera una herramienta de afeitado
sobrenatural. Cuando menos sería humillante.
Envalentonado por la energía con la que le dotaba el Corazón,
Carpenter trató de deshacerse de la navaja. Le había servido de
gran ayuda, pero ya tenía suficientes problemas como para cargar
con ella. Pero descubrió que no podía soportar la idea de viajar
sin ella. De pie en la cubierta, en mitad de la noche, creyó
haberla cogido de su bolsillo, describir un amplio arco con su
brazo y lanzarla al mar. Y mientras lo hacía, Carpenter se dio
cuenta de que su mano estaba vacía. No había sacado la navaja de su
bolsillo. Sabía que podría sacarla en caso de tener que utilizarla,
pero que ni siquiera podría encontrarla si su intención era
deshacerse de ella. Estaba demasiado vinculada a él, podía percibir
sus intenciones y protegerse. Estaban igualados. La navaja había
perdido la ventaja de su control sobre él, pero él no podía
liberarse de ella. Decidió tomárselo con filosofía: pese a lo
corruptora y malvada que podía llegar a ser la navaja, lo cierto es
que era un arma increíblemente útil.
Una vez que se sintió satisfecho con la nueva relación entre
la navaja y él, Carpenter vagó por las bodegas del North Llorca. Rastreó a todas las ratas para
castigarlas por haberse puesto del lado del vampiro. Sólo un puñado
sobrevivió cuando los motores cambiaron de ritmo, anunciando su
próxima llegada. Las ratas restantes podían darse con un canto en
los dientes.
La manera más conveniente para salir era por uno de los
huecos de las escaleras en la torre central, donde se encontraban
el puente y los camarotes de la tripulación. La popa y la proa
contaban también con escalerillas de acceso. Emergió debajo de una
columna de contenedores. Vio la impresionante estela que el
carguero dejaba tras de sí, pero no mucho del litoral al que se
acercaban. Escaló hasta la cima de la columna y caminó hasta
encontrar una ubicación desde la que pudiera tener una buena
panorámica sin ser avistado por alguien que estuviera en el puente.
Era media tarde, el sol descendía a su derecha proyectando su
sofocante calidez sobre el Mediterráneo. Hacía tanto calor que
incluso sus huesos largamente cadavéricos, lo sentían. Satisfecho
por la inusitada sensación, miró en rededor. Un prolongadísimo
litoral se extendía frente a sus ojos. Divisó una densa
concentración de edificios y torres un poco más adelante. Port
Said.
Había escogido embarcar en el North
Llorca porque su ruta parecía ser la más rápida y directa hacia
Egipto. Por lo que había averiguado en el puerto de Nueva York, la
mayoría de los barcos con este mismo destino hacía escala en
Portugal, España o Italia antes de llegar a Egipto. El destino del
North Llorca era Port Said vía Italia, lo
que le ahorraría casi dos semanas de travesía que habría tenido que
sobrellevar si hubiera permanecido a bordo del Meroe Atlantic. Cuando atracaron en el puerto
marítimo de Gioia Tauro, en la costa oeste de Italia, tenía
planeado embarcar en otro carguero para ahorrar tiempo. Pero
ninguno partía antes que el North Llorca.
Aguardó los dos días de escala evitando a la tripulación, que
andaba atareada intercambiando los contenedores de cargamento, y
persiguiendo a las ratas. Aquel divertimento no podía compararse a
un buen espectáculo, pero le ayudaba a matar el
tiempo.
Esperaba ser atacado en cualquier instante. El vampiro
Beckett sabía qué barco había utilizado para partir desde Nueva
York. Y teniendo en cuenta la dura pugna que habían mantenido,
Carpenter suponía que algunos de los compañeros del chupasangre
estarían allí esperando la llegada del carguero. El que fuera de
día no importaría demasiado; los vampiros contaban con una
plantilla desmesurada de mortales trabajando para ellos y a menudo
conseguían con el número lo que no tenían de poder individual.
Mierda, quizá Beckett no hubiera quedado tan jodido después de su
primera escaramuza e incluso decidiera unirse a la emboscada. Sin
embargo, lo único interesante que aconteció el primer día fue el
haberse topado con un miembro de la tripulación; problema que
resolvió rápidamente imponiendo su voluntad sobre la del hombre y
forzándolo a olvidar el breve encuentro. Después Carpenter empezó a
preguntarse si había probabilidades reales de que sufriera un
ataque por parte de los vampiros. El North
Llorca tardó once días en atravesar el Atlántico, tiempo más
que suficiente para que Beckett hubiera reunido a una comitiva en
Gioia Tauro. A menos que… si Beckett contaba con esa influencia,
¿por qué no hacerlo en Nueva York? Tras meditarlo durante un rato,
Carpenter decidió que el vampiro debía haber estado trabajando
solo. Tenía que haber otros no muertos por aquí a los que Beckett
pudiera recurrir pero, por alguna razón, no sucedió nada. Quizá
quisiera ocuparse él mismo. De forma que ¿había obviado Beckett el
puerto de Gioia Tauro porque estaba encargándose del asunto él solo
o tal vez aguardaba a recuperarse por completo? Ambas posibilidades
tenían sentido.
Si el North Llorca arribaba en Egipto
durante el día, Carpenter tendría que salir del barco a toda prisa.
Beckett tendría que atraparlo en el desierto o donde fuera que
terminara. Cuando el barco entró en el puerto, se percató de su
error. Los vampiros avariciosos eran el menor de sus problemas. El
principal era Nicholas Sforza y sus compañeros. Seguramente Sforza
no tendría idea de en qué barco viajaba, pero el matón y cualquier
otra momia tendrían la capacidad de rastrear el Corazón siguiendo
sus emanaciones. Lo más probable es que quisieran recuperarlo. Y
Carpenter se encaminaba directo a la boca del
lobo.
Sabía que contaba con una posibilidad entre cientos de miles
de millones de que no hubiera alguien en tierra esperando para
patearle el trasero y llevarse el Corazón. Podría haberse lanzado
al agua y sudar tinta para llegar a la orilla, pero el barco
navegaba hacia el centro del puerto. No tenía forma de comprobar
que no había vigías observando la embarcación por si hubiera algo
inusitado en ella. Lo que lo convertía en una diana fácil antes de
llegar a tierra. Y lo que era más importante, estaba harto de
engorrinarse y no tenía el menor interés en descubrir qué había
bajo las aguas. De forma que no le quedaba otro remedio que
permanecer a bordo y tratar de escabullirse sin ser visto una vez
en el puerto. Estaba seguro de que no resultaría sencillo. De
hecho, estaba convencido de que tendría que pelear para abrirse
camino. Y no tenía ni puñetera idea de a dónde ir después. Joder,
no tenía ni un momento de descanso.
Cuando has visto un puerto, los has visto todos. Éste era más
soleado y cálido que el de Chicago, Nueva York o incluso Gioia
Tauro, pero Carpenter no veía otras diferencias. Buques gigantescos
descansaban en cada flanco, los muelles bullían de trabajadores y
máquinas elevadoras, las grúas llevaban y traían los contenedores
entre los barcos y la orilla. Desde luego, Port Said era un lugar
concurrido. Carpenter pensó que tenía muchas posibilidades de
deslizarse entre el bullicio sin ser avistado por una momia
preocupada sólo por la venganza y el latrocinio.
El North Llorca, guiado por los
remolcadores, se aproximó a un amarre. Carpenter aprovechó el
momento para moverse entre las columnas de contenedores de babor
hacia las de estribor y echar una buena ojeada a los muelles
cercanos. Regresó a la bodega y recogió su maleta. En ella llevaba
dos trajes de verano, uno de algodón de color azul marino y otro de
lino color crema, ambos de doble botonadura y apropiados para el
clima egipcio. Asimismo, llevaba consigo el dinero que había podido
retirar antes de huir de Chicago (apenas unos diez de los grandes),
la última de sus automáticas y cien balas del calibre 45. La maleta
estaba fabricada en cuero y la cremallera unía la parte superior
con la inferior, con una correa a mitad de camino entre los dos
extremos. Pasó la correa por la cabeza y se la acomodó sobre el
pecho, dejando que la bolsa cubriera su espalda. Le daría
empellones al moverse, pero no era nada que no pudiera
soportar.
Extrajo la Colt de la maleta y la deslizó en el interior de
la pistolera izquierda que llevaba pegada al cuerpo. Había guardado
el martillo en la pistolera derecha al haber perdido esa arma en la
pelea contra Beckett. La navaja descansaba en un bolsillo trasero
de su mono. Se cambiaría sus prendas de marino mercante tan pronto
como estuviera en tierra. El Corazón lo llevaba atado en torno a la
cintura en un improvisado paquete fabricado a partir de vendas
elásticas que había robado del botiquín de primeros auxilios del
barco. A pesar de lo que había hecho y prometía hacer por él, el
Corazón lo aterraba. No quería tocarlo, ni siquiera tenerlo cerca.
Pero era demasiado importante como para guardarlo en su maleta o en
un bolsillo, donde pudiera caerse o ser robado. De forma que, atado
a su cuerpo, su carne muerta crepitaba repugnada con cada latido
fantasmal de la reliquia palpitante.
Mientras se encaminaba hacia la cubierta, escuchó un tenue
sonido metálico y sintió las vibraciones del North Llorca amarrando de costado en el muelle.
Pasarían unos minutos hasta que engancharan la pasarela y quizá
media hora o más antes de terminar con los asuntos de la aduana y
comenzar a descargar los contenedores. Carpenter no estaba seguro
de querer esperar, pero desembarcar ahora atraería sobre él una
atención innecesaria. Lo mejor sería que partiera una vez diera
comienzo el desembarco del cargamento, cuando nadie estuviera
prestando atención a quién iba o venía. Mató el tiempo exterminando
a las ratas; después de una hora, creyó que ya era el momento de
abandonar el barco. Cuando se hubo acercado a las escaleras que
conducían hacia la pasarela, afinó el oído tanto como pudo. Por las
voces y el movimiento del piso superior, sospechó que alguien iba a
salir. Les dio un minuto y ascendió con rapidez por los escalones y
giró hacia la pasarela.
Su cronometraje había estado algo falto de
precisión.
Justo detrás de la escotilla principal, el capitán del
North Llorca se embolsaba un fajo de
billetes al tiempo que se despedía de un pequeño grupo. A la cabeza
iba un hombre negro gigantesco, musculoso en los hombros y la
cintura, con los miembros del mismo grosor que tres troncos unidos,
un inmenso cabezón, dos ojos azabaches brillando sobre una narizota
achatada y un par de labios gruesos. El hombre vestía una túnica
holgada, pantalones y sandalias, y una bandolera colgada cruzándole
el pecho. Tres egipcios, dos hombres y una mujer, se arremolinaban
en torno a él; parecían enanos caminando junto al gigante. No había
forma de que Carpenter pudiera evitar que lo vieran, de forma que
se preparó para abrirse camino a empellones por el
grupo.
Era evidente que el capitán estaba sorprendido de verlo allí
de pie, pero los visitantes parecían haberlo estado esperando. El bueno de Simbad dio un paso al frente,
dibujando una sonrisa en su feo rostro y con sus fibrosos brazos
abiertos en un gesto de bienvenida. Unas palabras incomprensibles
emergieron de sus labios, hablaba en un idioma extranjero, algo que
le recordaba al misterioso aullido que Nicholas Sforza había
emitido cuando Carpenter lo mantenía cautivo. Echó otro vistazo al
hombretón negro y se percató de que el muy cabrón poseía la misma
aura vibrante que Sforza. ¡Una puta momia ha
estado esperando a que llegara!
No lograba entender por qué Simbad estaba siendo tan
amistoso, pero la calidez no se prolongó demasiado. Al mismo tiempo
que la momia y su séquito se acercaban, la sonrisa se desvaneció
del rostro del primero. Más palabras surgieron en aquel idioma
insólito, esta vez teñidas con un carácter de interpelación, y una
mirada confusa y preocupada constriñendo sus oscuros rasgos. Uno de
los egipcios habló rápidamente en inglés al capitán, que parecía
estar desconcertado e irritado, mientras que los otros dos miraban
alternativamente a su líder y a Carpenter con creciente
confusión.
Simbad le estaba ladrando algo ahora y se figuró que no
contaba ya con demasiado tiempo para idear un plan de emergencia.
No se sentía muy cómodo con la posibilidad de pasar junto a la
momia y el resto porque sabía que alguien lo atraparía, de forma
que se giró y subió las escaleras con precipitación. Ascendió hasta
el puente, donde se encontró con un grupo de marineros
sorprendidos.
–¿Quién cojones eres tú? – interrogó el tipo de la izquierda,
su rostro cobijando una amenaza explícita.
–¿Hay alguna forma de salir del barco además de la
pasarela?
–¿Qué? Oye tío…
Carpenter no tenía tiempo. Sacó su pistola.
–No, oye tú. Es una pregunta muy sencilla: ¿hay alguna otra
forma de salir del barco además de por la pasarela de
abajo?
Los hombres recularon asustados. Tan contrito como
beligerante había estado un minuto antes, el marinero
respondió:
–Eh, no; no a menos que saltes por una de las
barandillas.
Buena idea. Pero no al agua; estaba decidido a no descubrir
qué mierda habría debajo. El puente estaba situado casi en la mitad
de la extensión total del North Llorca y se
prolongaba completamente hacia los extremos del mismo.
Precipitándose hacia estribor, vio que por ese lado tendría que dar
un salto de unos quince metros sobre el agua para llegar al inmenso
carguero que se encontraba junto al barco. Observó que el carguero
estaba fondeado y que la cubierta era más alta que la del North Llorca. No obstante, el barco en el que estaba
contaba con varias columnas de contenedores que le servirían para
coger carrerilla y disminuir la distancia entre ambas
embarcaciones. Los miembros de la tripulación aprovecharon la
distracción de Carpenter y escaparon por las escaleras. Unos
segundos después escuchó unos gritos desde el piso inferior; Simbad
estaba subiendo las escaleras. La momia emergió en el puente un
segundo más tarde, extrayendo algo de uno de los bolsillos de su
bandolera. Fuera lo que fuera, no sería bueno. Carpenter corrió
disparando con la pistola, justo cuando el grandullón se aproximaba
hacia él. Un líquido con el color y la consistencia del aceite de
cocina salpicó abriéndose en un arco frente a él. Hubo un
resplandor crepitante cuando la sustancia entró en contacto con una
de las balas, pero las otras dos esquivaron el arco por su rapidez.
Una perforó el metal en el extremo contrario del puente, la segunda
hirió a Simbad en el costado, haciéndolo trastabillar por la fuerza
del impacto.
El aceite aún colgaba del aire entre ellos, cayendo al suelo
a cámara lenta. No quería entrar en contacto con nada que pudiera
desintegrar una bala. Antes de que la momia se recuperara,
Carpenter corrió hacía el parabrisas principal y lo atravesó,
aterrizando seis metros más abajo sobre uno de los contenedores de
duro metal. Se levantó un segundo después y se precipitó hacia el
costado del barco que lindaba con el puerto. Oyó un grito y su
instinto le advirtió para que se pusiera a cubierto, de modo que se
tiró hacia un lado. Hubo un tremendo relámpago cuando estalló una
supernova. Carpenter olfateó sus cabellos y prendas chamuscados,
pero no estaba herido. Al levantarse, observó que el contenedor
sobre el que había corrido, estaba blanco, hirviendo y
fundido.
¿Qué cojones está utilizando este
tío? Carpenter corrió para no estar a tiro. Continuó saltando
entre las columnas de contenedores hasta que llegó al lateral donde
estaba el puerto; quedándose sobre el embarcadero. Simbad, que
había saltado a la cubierta detrás de él, lo seguía por encima de
los contenedores. No corría, más bien parecía que estuviera
botando. Como una rana o un canguro.
Joder, desde luego las momias son
espeluznantes.
Carpenter miró hacia abajo cuando escuchó gritos a lo largo
del embarcadero. Una multitud reducida se había congregado para
intentar ver, sin éxito, lo que acontecía en el North Llorca. Reconoció a dos de los jinetes de
camello que habían estado acompañando a Simbad, ambos abriéndose
camino entre la gente hacia la dársena. Entre tanto, su compañero
momia se aproximaba a él con rapidez, al tiempo que registraba su
bandolera en busca de otra sorpresita. Carpenter se precipitó a
toda prisa a lo ancho del barco. Simbad no era un completo idiota.
A la vez que trataba de igualar la rapidez del zombi, lanzó una
ampolla de cristal. No le sacaba la suficiente ventaja al zombi y
la ampolla se estrelló unos pocos metros detrás. Otro relámpago y
una onda expansiva de calor que hizo tambalear a
Carpenter.
–¡Me cago en todo! – maldijo.
Corriendo a toda prisa, saltó desde estribor. Los
contenedores apilados le concedieron tres metros de altura, lanzó
una exclamación de emoción cuando vio que no tendría problemas para
alcanzar la cubierta del carguero. Cayó sobre ella rodando
pesadamente hasta la barandilla del extremo contrario. Al aterrizar
se rompió el brazo izquierdo por dos sitios y unas cuantas
costillas. La columna también estaba dañada. Concentrando su
voluntad para sanar las lesiones menores, Carpenter se esforzó para
ponerse en pie. Simbad se había apartado de la barandilla del
North Llorca y hablaba gesticulando con
otra persona. Probablemente con alguno de sus amigos
morenitos.
No era problema suyo. Lo que tenía que hacer era bajarse del
carguero y salir del vecindario antes de que aparecieran otras
momias. La pasarela debería estar en este
costado, ¿no es así? Se apresuró a buscarla, chocando y
haciendo perder pie a un par de trabajadores que habían subido a la
cubierta para averiguar qué estaba ocurriendo. Al llegar a la
pasarela, sus oídos (largamente muertos) escucharon un grito y un
golpe sordo. Cuando miró hacia arriba, vio que Simbad había saltado
también desde el barco contiguo. Qué hijo de
puta, ¿es que no se da nunca por vencido?
Pensó que si lo golpeaba repetidamente tendría alguna
posibilidad de librarse de él. No tenía forma de saber si habría de
enfrentarse con otros como él; sus pequeños amigos egipcios podrían
haber ido a buscar ayuda. El grandullón aterrizó mejor de lo que
Carpenter había hecho, rodó de manera controlada y terminó en una
postura de ataque. Gruñó algo mientras registraba uno de los
bolsillos de su bandolera. El zombi sacó la Colt y realizó una
serie de disparos cuando la momia tenía la mano atrapada en los
bolsillos. La primera bala impactó en la mano de Simbad y rompió la
ampolla que sostenía, el resto agujereó la bandolera. No todas las
balas impactaron en los bolsillos del saco, y los resultados fueron
espectaculares.
El líquido había rociado la mano y cuerpo de la momia,
derritiendo sus prendas, carne y hueso en un abrir y cerrar de
ojos. El bolsillo siguiente liberó una nubécula de humo añil que se
disipó tan rápido como había surgido. Diversos líquidos burbujeaban
en otros bolsillos, pero la insólita lava era sin duda la más
sorprendente, fundiendo el cuerpo de Simbad como una meada haría
derretirse la nieve. Con un aullido terrible y estrangulado, la
momia arrancó la bandolera de su cuerpo y la arrojó lejos de sí.
Las heridas de bala, el líquido y los contenidos de las demás
ampollas transformaron al hombre en un ser chamuscado y mutilado.
Se desplomó sobre la cubierta, gorgoteó y murió.
Lo que no afectaría a Carpenter, si no fuera porque la
bandolera no había terminado de escupir su daño. El fluido
crepitante se abrió camino por la tela y alcanzó los objetos del
interior. Un arco iris de explosiones se sucedió entonces,
despidiendo a Carpenter por el costado de la pasarela. Voló por el
aire y se estrelló contra el costado de otro carguero amarrado en
el muelle adyacente. El golpe fue tremendo e hirió su columna
vertebral y una de sus piernas. Cayó en el estrecho espacio entre
el amarre y el barco. La lesión, como la mayoría de las que sufría,
representaba poco más que un dolor tenue. Se concentró en sanar las
heridas, al tiempo que se hundía en el cálido Mediterráneo. Un
relámpago brillante alumbró las aguas sobre su cabeza, seguido por
un estallido ensordecedor, y Dios descendió de los cielos para
golpearlo en el pecho.
La conmoción lo arrastró hacia los gruesos sedimentos del
fondo del puerto, desde donde sólo podía adivinar la tormenta de
fuego que se desarrollaba en la superficie. Siguió una segunda
explosión tremenda, que lo empujó más hacia el fondo. Los dos
estallidos le habían golpeado con tanta fuerza que tuvieron que
transcurrir unos cuantos minutos antes de que pudiera pensar
coherentemente. Cuando lo logró, luchó por deshacerse del abrazo de
la porquería, mientras canalizaba su voluntad para enmendar todo el
daño que había sufrido.
Había liberado uno de sus brazos del viscoso fondo del mar,
cuando un movimiento captó su atención. El infierno aún latía con
fuerza en la superficie, pero ahora una forma oscura descendía por
las aguas. ¿Es que no voy a poder descansar ni
un instante?, pensó Carpenter a la vez que el vapuleado
carguero se hundía sobre él.