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El rezo había acabado cuando Nicholas regresó a la qahwa. La zona recuperaba su lánguida actividad y el anciano había desaparecido.


Nicholas se aproximó por el sur y no vio al hombre, de forma que ascendió por la calle. Caminó todo lo aprisa que pudo evitando llamar la atención y vislumbró al hombre poco antes de que éste se perdiera de vista en un cruce improvisado fruto de la intersección entre las pobladas callejuelas y los mausoleos diseminados. Quizá los callejones serpenteantes ofrecieran una nota de color, pero conseguía que orientarse por ellos fuera toda una hazaña.

Nicholas era bueno siguiendo a la gente gracias a los dos últimos años de su segunda vida como propietario de S Securities. No obstante, contaba con el carisma natural de los inmortales que hacía que la gente se fijara en él, incluso cuando trataba de pasar desapercibido. Era como ser la persona más atractiva dentro de una habitación; lo que no suponía un problema siempre que uno estuviera solo, pero sí un inconveniente cuando uno trataba de fundirse con el entorno. Los viandantes lo miraban y muchos se percataron de que las ropas bajo su túnica eran de corte occidental. Para los cairinos detalles como éste, o aún más extraños, eran habituales, pero la menor de las atenciones hacía que seguir a alguien fuera más complicado. Sin mencionar el hecho de que el anciano era muy habilidoso también; la clase de hombre que se fundía con el entorno y que poseía la mirada despierta de un halcón.

Pero Nicholas tenía la magia de su lado. Uno de los anillos que llevaba aumentaba su percepción. Al estar dotado con los ojos del halcón y el oído del zorro, podía permitirse que su presa se alejara unos cuantos metros de él. Nicholas siguió el rastro hacia el norte, flanqueado por la vasta y compleja ciudadela que se erigía en el este. Pronto salieron del cementerio; Nicholas trató de recordar el trazado de esa parte de la ciudad. Percatándose de la presencia de la gran mezquita de Ibn Tulun frente a él, pensó que podría encontrarse en… eh, ¿cómo se llamaba? El problema de El Cairo era que la mayoría de aquellas callejuelas zigzagueantes cambiaban de nombre una docena de veces a lo largo de un kilómetro y medio. Ésta podría ser Shari as-Sayyida o quizá Shari al Hilmiya, o tal vez fuera Shari al-Mu'izz. ¿Quién sabía? Al cabo de diez minutos comprendió por qué los taxistas no siempre sabían dónde se encontraba el destino de sus pasajeros.

Aun permaneciendo en las mismas calles, los giros y recodos hacían que el rumbo fuera muy confuso. Después de veinte minutos, Nicholas no tenía idea de cómo llegar directamente al refugio. Tendría que conformarse con ir hacia el sur hasta toparse con la Ciudad de los Muertos y tratar de encontrarlo desde allí. El asfixiante calor tampoco ayudaba a seguirle el rastro al anciano. La djellaba blanca reflejaba algunos de los rayos más sofocantes, pero seguía sintiéndose como si lo estuvieran asando vivo. Su yo arcano podría estar dando la bienvenida al calor, pero Nicholas era ante todo un heredero de la América moderna del medio oeste. Quizá le beneficiaría crear un amuleto que lo protegiera de las temperaturas extremas; además, aquello evitaría que se le quemara la coronilla. Apuntó en su agenda mental la necesidad de hacerlo.

Nicholas se limpió el sudor de la cara y se obligó a concentrarse. Le hubiera sido de utilidad tener una idea de hacía dónde se dirigían; en ese caso podría haber trazado un plan de aproximación y haber estado alerta ante las posibles emboscadas. Pero ésta no era su ciudad. Todo lo que sabía es que se estaban adentrando en la ciudad, siguiendo un rumbo noroeste. Los pequeños patios ajardinados y diminutas estructuras de ladrillo y piedra, tan recurrentes en las Ciudades de los Muertos, fueron reemplazados por las callejuelas abarrotadas y los edificios achaparrados de varios pisos.

Lo más sabio habría sido volver a las Ciudades de los Muertos. Encontrarse con sus compañeras momias, Indihar y Lu Wen -que regresaban con el propósito de saber cómo había ido la misión en Chicago- y transmitirles una descripción del anciano. Después de todo, el espía había descubierto la casucha pero desconocía la existencia del pasaje secreto. Los Eset-a podrían aprovechar su ventaja y tender una emboscada. O sencillamente inundar el túnel. Las momias conocían algunas artes que les permitirían bloquear el pasaje con tierra, de forma que pareciera que nunca existió un hueco.

Pero Nicholas prosiguió. Ya había pasado la totalidad de su segunda vida sin arriesgarse. Su comportamiento había sido siempre seguro y previsible. Sin embargo, ahora se veía libre de esa debilidad; su yo arcano la había reemplazado con la fortaleza que otorga la decisión. Demostraría a todos que aún era digno del don que se le había otorgado.

Con la promesa de venganza bailándole en los ojos, Nicholas Sforza-Ankhotep se adentró más aún en la ciudad.


Como ocurría en la mayor parte de El Cairo, los barrios de Darb al-Ahmar no formaban un trazado organizado y reconocible. El barrio se extendía hacía el este, siguiendo la falda de las colinas de Muqattam; la ciudadela, siempre presente, se erigía hacia el cielo. Nicholas estaba vagamente familiarizado con la zona, pues ya había visitado las diversas mezquitas diseminadas por el vecindario.

La calle por la que transitaba estaba más concurrida que aquellas de las Ciudades de los Muertos. Los transeúntes se apresuraban para completar sus tareas antes de regresar a sus hogares bajo la menguante luz del atardecer. Una carreta remolcada por un burro se abrió paso a través de la marea de paseantes calle arriba. El conductor era un rubabikya, uno de los cientos de traperos que recorrían la ciudad reciclando los desechos y volviéndolos a vender. Con una mezcla de orgullo y pesar, Ibrahim le había contado que su padre había sido uno de ellos. Ibrahim le había explicado que el servicio de recogida de desechos del gobierno era lamentable debido a los altos costes del mantenimiento y a la creciente corrupción. El rubabikya restauraba muchas de las cosas que otros tiraban, consiguiendo así un sustento digno y evitando que la ciudad quedara enterrada bajo una montaña de basura.

Nicholas observó que el anciano se detenía junto a la carreta e intercambiaba algunas palabras con el conductor. Interesante. Sin duda un rubabikya podría ser un excelente espía, recorriendo los vecindarios de manera regular y reuniendo mucha información de los residentes a partir de sus desechos. Nicholas no se sentiría sorprendido si algunos de ellos, aún sin saberlo, trabajaran para el enemigo. Tendría que mencionarles el tema a los demás; verificar si había alguna manera de que las momias atrajeran a los traperos a su causa, si acaso no lo estaban ya.

Al intuir que se aproximaban a su destino, decidió servirse de los giros y curvas de las callejuelas, y de las alargadas sombras del crepúsculo para acercarse al anciano. Procuró mantenerse a una distancia de entre cinco y diez metros, teniendo a su presa siempre a la vista y empleando el oído tanto como podía. Descendieron primero por una calle tortuosa pasando junto a unas casas; luego tomaron una curva hacia un paseo, encajado entre sendos edificios de ladrillo y de dos pisos de altura, y rodearon una amplia wakalah; una especie de nave que había sido dividida recientemente en una serie de pequeñas tiendas y apartamentos. Nicholas aminoró el paso cuando el hombre miró en rededor antes de entrar. Dejándose arrastrar por la marea humana, Nicholas caminó junto al paseo y giró en la siguiente curva. Tras el primer vistazo advirtió que el paseo conducía hasta una arcada que delimitaba con un patio interior.

Nicholas rodeó el bloque, que estaba formado por la wakalah y otros tres edificios. Todos eran viviendas de ladrillo con una altura de dos pisos. Los tres edificios de apartamentos formaban una U, cuyo extremo abierto se encontraba en el este. De no ser por el paseo, la wakalah, que se encontraba en la zona superior de la estructura, la cerraría formando un cuadrado perfecto. Le pareció probable que aquel fuera el destino definitivo del anciano. La duda surgía, sin embargo, a la hora de decidir si el hombre se dirigía a un apartamento específico en alguno de los tres edificios o si todo el lugar se hallaba bajo la influencia del enemigo. Era mejor optar por la segunda posibilidad y, en caso necesario, reevaluar las circunstancias sobre la marcha.

Ahora que conocía la ubicación, Nicholas sabía que lo mejor sería regresar al mausoleo. El sol se ocultaría en menos de una hora y le llevaría unos treinta minutos alcanzar el sur de la Ciudad de los Muertos; algo más si se perdía. Pero no podía retirarse. ¿Y si el lugar era una tapadera como lo era la casucha que ocultaba el pasaje hacia el refugio Eset-a? Su yo sabio se preguntaba si no estaría tratando de compensar su fracaso en Chicago, pero Nicholas estaba demasiado ocupado decidiendo el mejor punto de entrada como para dedicarle la menor atención a estas dudas.

Darb al-Ahmar había prosperado en los días de Salah ad-Din. Por lo que había visto hasta ahora, el barrio había escapado a las precipitadas renovaciones urbanas tan habituales en algunos sectores de la ciudad. Observó que los edificios del vecindario se parecían mucho los unos a los otros. A diferencia de las modernas estructuras de hormigón, éstos habían sido construidos con ladrillos de adobe hacía siglos. La arcilla seca era un aislante magnífico que conseguía mantener el interior de las viviendas a una temperatura relativamente equilibrada: fresca incluso en el verano más abrasador y cálida durante las frías noches del desierto. Cada una de estas estructuras contaba con una única puerta y, en cada piso, tres ventanucos estrechos miraban a la calle. Sobre los techos planos sobresalían las delgadas antenas de televisión, así como dos pequeñas antenas de satélite dispuestas en una esquina. El conjunto era bastante agradable, incluso lujoso para la zona. Allí donde se encontraba la wakalah parecía haber existido un cuarto edificio. La estructura residencial era más ancha pero no tan alta como los antiguos apartamentos. Una mezcolanza de edificios ruinosos se apoyaban los unos contra los otros al otro lado de la calle; unos pocos contaban con tres pisos de alto. El sol poniente arrojó sus sombras sobre la mayor parte de las viviendas. Teniendo en cuenta el ángulo descendente del sol y la conveniente oscuridad, Nicholas pensó que aquel era el mejor punto desde el que aproximarse.

Lo peliagudo sería encaramarse al techo de la wakalah. Recordando haber visto un cobertizo o almacén en uno de los laterales, se deslizó hasta el lugar y subió por el ángulo que se unía a la pared de la wakalah. El tráfico de transeúntes menguaba rápidamente con la caída de la noche, pero le resultaba complicado determinar el momento preciso de ascender sin correr el riesgo de ser visto. Al cabo de un rato nadie miraba en su dirección. Confiando en el brazalete de Selket, saltó hasta el tejado del cobertizo. Con el equilibrio de un escorpión y protegido por los auspicios de la diosa, Nicholas volvió a saltar y se encaramó al tejado de la wakalah. Nicholas se movió con cautela por las tejas de cerámica, teniendo siempre cuidado de que no cayera ninguna. Parecía que, de momento, no había nadie vigilando desde el tejado de los edificios. No le preocupaba que alguien pudiera avistarlo desde abajo. No era habitual que la gente mirara hacia arriba, especialmente en aquellas zonas donde los edificios no eran muy altos. Además, las angostas callejuelas jugaban a su favor; cualquier transeúnte que quisiera obtener una idea precisa del techado de los edificios, tendría que estirar el cuello con desmesura. Nicholas podía observar a los viandantes por encima de sus cabezas, sin temer que lo descubrieran. De hecho, su posición le ofrecía una panorámica envidiable del vecindario. Una serie de mezquitas bordeaban el flanco sureste de Darb al-Ahmar. Las reconoció por su anterior excursión, se trataba de los alminares de Ibn Tulun casi en línea recta hacia el sur, con la mezquita de Ar-Rifa'i y la del Sultán Hasan próximas al este. En el horizonte se erigía el imponente perfil de la ciudadela, sus murallas resplandeciendo como el oro bajo el sol poniente.

Pese a que no había visto vigías en los tejados colindantes, tenía presente que le podrían atacar en cualquier momento. Se movía con rapidez, deslizándose con presteza a lo largo del tejado. Al poco alcanzó el extremo desde el que se divisaba el patio central. El suelo estaba embaldosado y en cada una de las esquinas había heléchos plantados en cuadros de tierra. Los edificios contaban con una única puerta que comunicaba con el patio, pero no había ninguna que diera paso a la wakalah. Asimismo, los tres edificios de apartamentos disponían de balcones de hierro forjado en el segundo piso. El anciano había dispuesto de mucho tiempo para entrar en el interior y no había movimiento en el exterior. Era imposible averiguar en cuál de las estructuras había entrado. Nicholas decidió aguardar unos minutos, por si acaso el hombre había visitado el recinto sólo con la intención de informar. Nicholas se acomodó en el lugar en el que el techo de la wakalah se unía con el lateral derecho del edificio de apartamentos.

Poco después escuchó el sonido de unas pisadas, no en el patio, sino sobre su cabeza. El ritmo comedido de un guardia aburrido. Se apretó contra la pared arcillosa que ascendía tres metros hasta el tejado de los apartamentos. No podría pasar desapercibido si el guardia miraba directamente hacia abajo, pero una ojeada casual no repararía en él. Las pisadas giraron, silenciándose a medida que el guardia se alejaba por el tejado.

Había llegado el momento de regresar. Nicholas echó una última ojeada al patio. Percibió un movimiento sobre el tejado del apartamento de la izquierda y se apresuró a ocultarse de la vista, maldiciéndose mientras lo hacía. Los movimientos bruscos eran enemigos del disfraz. Escuchó un grito desde el extremo izquierdo del tejado. Al menos no era uno de alarma. Su árabe era lo suficientemente bueno para entender que Izquierdito estaba llamando al guardia que acababa de hacer su ronda.

Genial, sí, ven a comprobar que no hay nadie escondiéndose aquí abajo. Nicholas frunció el ceño. Si echaba a correr ahora, seguramente lo descubrirían. Pero, ¿de qué informarían? De haber visto a un individuo con túnica corriendo por el tejado. A la mierda; estaba harto de correr.

Un robusto torso egipcio se asomó por el borde del tejado, justo encima de su cabeza. Nicholas estaba preparado, la tensión de la preocupación le ayudaba a precisar dónde se encontraba exactamente el guardia. Se irguió al tiempo que agarraba con una mano la pechera de la camisa del hombre y tiró de él hasta hacerlo aterrizar boca abajo, como un pelele, cerca del borde del tejado. Cualquiera de las dudas que Nicholas pudiera tener sobre el lugar y aquel hombre se disiparon en cuanto descubrió el tatuaje en forma de serpiente, que asomó por el puño de la camisa cuando el guardia palmeó la pared en busca de apoyo.

Nicholas se encontraba frente a uno de los criados de un Seguidor de Set; los mortales como aquel a menudo demostraban su lealtad tatuándose una serpiente. La alianza que el hombre había sellado con uno de los grandes enemigos de las momias eliminó toda posibilidad de ser tratado con piedad. Nicholas se movió con la rapidez de un escorpión y cogiendo de nuevo al hombre por la pechera de la camisa, lo golpeó con dureza en la garganta. Parejo al primer golpe, le asestó una patada en la sien.

El guardia se atragantó con lo que fuera que iba a decir y la sacudida en la cabeza lo dejó inconsciente un instante después. Nicholas mantuvo apresada la barata tela de la camisa y empujó el cuerpo espasmódico hacia el borde del tejado, luego lo dejó caer. Una nube polvorienta se elevó rodeando el cuerpo cuando éste aterrizó en la calle.

El aguzado oído de Nicholas percibió la ascensión del otro guardia tan pronto como el robusto desapareció por el borde. Se encaramó y columpió del borde que se encontraba por encima de él. Se impulsó hasta caer de espaldas y rodando en el piso superior. Poco después escuchó como Izquierdito bajaba al tejado de la estructura residencial, llamando a su compañero.

–¿Malik? ¿Malik? – La preocupación se transformó en pánico cuando el guardia descubrió a su amigo despatarrado en la calle.

Nicholas oyó como el guardia se apresuraba hasta la zona del tejado desde la que se divisaba el patio, para pedir ayuda.

Se asomó por el borde. Bingo. El anciano y otro, uno más joven, emergieron al estrecho haz de luz que dividía el extremo oeste del patio. Miraron hacia el guardia, protegiéndose los ojos del sol del atardecer.

–¡Malik ha caído! – les anunció Izquierdito desde arriba-. Creo que alguien…

–¡Eh! – exclamó el joven en el patio, apuntando a Nicholas que se movía completamente erguido y a la vista a lo largo del borde del tejado.

Tan pronto como lo divisaron, se dirigió hacia la trampilla que daba acceso al tejado. Se desvaneció con rapidez, pero por la conmoción pudo adivinar que todos convergerían en ese edificio. Izquierdito corrió sobre las tejas ruidosamente; sus zapatos rascaban la pared en busca de un asidero que lo ayudara a encaramarse en el tejado. Nicholas escuchó el chirrido de la puerta al abrirse y un par de pisadas apresurándose a subir por las escaleras. Demasiado rápidas para ser las del anciano, de modo que ¿dónde se encontraba? Al esforzarse, Nicholas reconoció el caminar arrastrado que ya había seguido anteriormente. Por lo visto el viejo se dirigía a la calle para comprobar el estado de Malik. De momento todo iba según lo planeado.

Estaba convencido de que le resultaría sencillo deshacerse de los guardias; era el vampiro al que custodiaban el que lo preocupaba. El sol se estaba poniendo y tendría que moverse con rapidez si pretendía mediar con la criatura antes de que se despertara. No obstante, ignorar completamente a los guardias sería una insensatez, por lo que decidió dejarles una sorpresa. Buscó en sus bolsillos y arrojó dos esculturas perrunas en lo alto del tejado, al tiempo que murmuraba una orden en egipcio. Mientras concentraba su voluntad, las figurillas comenzaron a hincharse. En cuestión de pocos segundos, adoptaron la forma de sendos mastines negros y gigantescos. Los ojos color ébano de Sherlock y Watson lo observaron con inteligencia antinatural y aguardaron sus órdenes.

La especialidad de Nicholas eran los amuletos y no las esfinges. Sabía lo suficiente para salir de un apuro, pero carecía del talento necesario para concebir unas bestias tan magníficas como éstas. Habían sido un regalo de Lu Wen-Khutenptah; las detalladas piezas de ébano se transformaban en criaturas tan rápidas y poderosas como lo eran los mastines de pura raza, pero poseían una inteligencia y astucia que superaban con creces las de un animal corriente. Como debía infundirles parte de su fuerza vital, sólo los utilizaba de manera ocasional. No había tenido la oportunidad de activarlos en Chicago, un error que no cometería aquí.

Hablando en egipcio, ordenó a Sherlock que fuera al encuentro del hombre que ascendía por las escaleras, mientras que Watson debía ocuparse de Izquierdito. Si se enfrentaban contra los mortales, los mastines tenían muchas posibilidades de salir victoriosos, pero no contra el vampiro. Sin duda eran poderosos aliados, pero su fortaleza no era mucho mayor que la de sus homólogos naturales. Ocasionarían unos cuantos quebraderos de cabeza al vampiro, pero no serían capaces de destruirlo. Era mejor que se ocupara él.

Tras impartir las órdenes, Nicholas saltó desde lo alto del tejado y cayó ruidosamente. El sonido se propagó entre las sombras del patio, despertando unas voces confusas en el tejado. Entonces las voces se transformaron en gritos, que fueron interrumpidos por gruñidos ocasionales. Nicholas sonrió y se precipitó hacia el edificio oeste.

El interior era una única y espaciosa suite formada por diversas habitaciones, en lugar de una serie de apartamentos individuales como había creído en un principio. Unas escaleras, situadas frente a él, conducían hacia el piso superior y a su derecha se extendía una inmensa sala de estar que contaba con un par de sofás bajos cubiertos de cojines y mesitas de café. Un antiguo escritorio descansaba junto a la pared en una de las esquinas. Las alfombras cubrían el suelo y los telares adornaban las paredes; todos ellos confeccionados en el exuberante arte arábigo. La decoración era muy hermosa, pero Nicholas estaba más interesado en descubrir dónde reposaba el vampiro. Lo más probable era que estuviera abajo; tener el ataúd a la vista era demasiado arriesgado. Su oído, agudo como el de un zorro, percibió el entrechocar de la piedra contra la piedra traspasando una cortina de cuentas que colgaba del umbral de una puerta en la pared opuesta. Atravesó la cortina y llegó a otra lujosa habitación. Su mirada se detuvo en el centro del suelo pétreo, decorado profusamente con jarapas. La esquina de una de las alfombras se deslizó a un lado cuando una de las baldosas de mármol se elevó del suelo.

La criatura que emergía desde la profundidad vio a Nicholas en el mismo momento en el que entraba en la habitación. Nicholas captó un destello en los ambarinos ojos de reptil, antes de que una pesada losa volara en su dirección.

El fragmento arcano de su alma, su ka, reaccionó como lo haría un ángel de la guarda. No cabía la posibilidad de que hubiera podido esquivar la amenaza pero, de algún modo, se inclinó hacia atrás, arqueando la espalda, mientras el mármol sobrevolaba su rostro a escasos milímetros. La losa se estrelló contra la pared, al tiempo que Nicholas transformaba su movimiento en una voltereta. Quedó en cuclillas en el mismo instante en el que el vampiro se precipitaba desde su guarida. Los Seguidores de Set eran depredadores peligrosos, fuertes y ágiles. Poseían unos poderes magníficos que les habían sido otorgados por la vinculación con su señor no muerto. Nicholas había tenido la esperanza de abatirlo antes de que despertara de su sueño, pero al parecer era un madrugador.

La piel de la criatura se moteó y oscureció con escamas negras mientras cargaba contra él. Se movía con una naturalidad hipnótica; una de sus garras arremetió con pasmosa celeridad. Por segunda vez, Nicholas se inclinó hacia atrás, protegiendo su cuello de las oscuras uñas por poco. No era bueno que estuviera luchando a la defensiva. Especialmente porque su espalda estaba contra la puerta por la que entrarían los lacayos de la bestia en cualquier momento.

Nicholas cambió de trayectoria y agarró uno de los amuletos que pendían de su cuello. Si detonaba el escarabajo de Mentu, el vampiro sería cenizas en cuestión de segundos. El Seguidor, no obstante, igualó su velocidad de movimiento y le arrebató el amuleto arrojándolo a un lado. Su mano quedó entumecida por la violencia del impacto durante un instante y el escarabajo negro se liberó de la cadena y botó hasta la pared. Nicholas no tuvo tiempo de preocuparse por la pérdida del amuleto, mientras luchaba por esquivar un golpe mortal procedente de la garra vampírica.

La embestida se transformó en finta cuando la mano izquierda del Seguidor se precipitó hacia su cuello. Pero su espíritu estaba atento al transcurso de los acontecimientos. Un cambio casi imperceptible de su equilibrio y el vampiro desgarró la djellaba en lugar de su garganta. La criatura abrió la boca de manera impensable y unos colmillos finos como agujas brotaron de la parte superior.

Que un vampiro le hincara los dientes en el cuello era tan poco apetecible como que le desmembrara con sus garras, de modo que se retorció hasta deshacerse de la túnica. Sostuvo la manga y arrojó el resto de la djellaba sobre la cabeza del Seguidor. El vampiro gruñó y desgarró la prenda, pero no lo suficientemente deprisa como para esquivar los puñetazos castigadores de Nicholas. Adoraba aquella fortaleza vengativa e íntegra que le confería el amuleto de Sekhmet. La cabeza de la criatura se dislocó hacia atrás; parte de ella conservaba su piel de reptil, pero la otra había quedado reducida a una masa ósea de la que manaba la sangre.

Entonces, justo en el momento en el que Nicholas trataba de coger su segundo escarabajo de Mentu, el gul se desvaneció. ¡Mierda, la cosa se ha vuelto invisible! Desencadenó el efecto del amuleto con una orden. Del escarabajo surgió una luz cegadora y un calor abrasador que incineró uno de los sofás. Maldijo; ese instante de indecisión era lo único que necesitaba el vampiro para esquivar el ataque. No obstante, el fuego debía haberlo asustado puesto que, en lugar de sentir los colmillos en su garganta, escuchó un breve gemido y vio cómo la cortina de cuentas se abría con brusquedad abriéndole el paso a una nada inmensa.

Nicholas recuperó el amuleto perdido en el suelo y persiguió a su enemigo. Le llegaban chillidos de dolor y sorpresa de la habitación contigua. Al entrar, observó al anciano quejándose tendido en el suelo. Bueno, mala suerte. Eso te pasa por ponerte delante de un vampiro acojonado.

Cuando se aproximaba a la puerta, escuchó un coro de gritos y ladridos tan altos como el disparo de un arma, que procedían del piso superior. Sherlock y Watson debían de haberse topado con más guardias. Corrió hacia el patio donde casi chocó contra un guardia armado con una inmensa daga curvada. Carecía de la paciencia para ocuparse de la distracción; necesitaba alcanzar al vampiro antes de que se ocultara en las tinieblas. Agarró la muñeca del hombre y la retorció, hundiéndole la daga en el pecho mientras continuaba su persecución.

Aguzó sus sentidos. Ignoró los gorgoteos entrecortados del guardia, y los ladridos y gritos que manaban del interior del edificio. Su oído se centró en captar el sonido de las pisadas. Nada. El Seguidor no había tenido el tiempo suficiente como para escapar al oído preciso de Nicholas. De modo que era probable que la criatura estuviera quieta…

La rabia era tan palpable que lo alertó a tiempo de volverse. La embestida erró el cuello pero lo golpeó en el hombro, originándole un dolor intenso. La herida quedó insensibilizada casi de inmediato, amenazando con subyugar su cuerpo a una extraña laxitud. Nicholas saltó a lo ancho del patio, girándose para encarar el área donde el Seguidor de Set podía estar escondiéndose. Detonó el escarabajo, que no hizo más que cuartear la pared. Al instante asió el último escarabajo de Mentu que pendía de su cuello y lo hizo estallar en el lado opuesto al primero.

Funcionó. El instinto del vampiro lo había llevado a evitar las llamas de la primera explosión, para caer luego en las de la segunda. La criatura parpadeó hasta cobrar visibilidad y aulló de agonía, la mitad de su cuerpo azotado por la violencia del estallido. Empero, aún le quedaban fuerzas para luchar. Al tiempo que se palmeaba las llamas, corrió hacia Nicholas, agrediéndolo con la lengua bífida. El veneno de la herida en el hombro ralentizaba sus movimientos, pero con una voltereta inspirada se apartó de la trayectoria del ataque. Se irguió de las cuclillas cuando la lengua lo embistió por segunda vez. Pese a estar centrado en esquivar el golpe, Nicholas se percató de que el anciano tambaleante se había abierto paso hasta el exterior. Llevaba consigo un extintor y corrió hacia ellos para sofocar las llamas que devoraban al vampiro.

La ira le confirió energías renovadas. Su mano buscó la lengua atacante y la apresó por detrás de la zona bífida. El no muerto chilló por la rabia y el dolor e intentó liberarla, pero Nicholas mantenía la presa con firmeza. El vampiro podía ser igual de rápido que él, pero Nicholas le ganaba en fortaleza. Aquel momento hubiera sido idóneo para hacer estallar otro escarabajo, pero al carecer de uno, improvisó. Aprovechándose de la momentánea ventaja, se limpió la frente con la mano libre e inscribió una rápida combinación de jeroglíficos en el aire. El sudor de las yemas de sus dedos crepitó en el vacío mientras trazaba la protección. El vampiro se dio cuenta de lo que trataba de hacer e intentó salvar la distancia entre ellos, pero ya era demasiado tarde. Nicholas dibujó el último símbolo -el emblema del dios Mentu, la representación del calor destructivo del sol- y estalló un relámpago cegador. Pervivió apenas un instante, aunque fue suficiente para prender fuego a la punta de la lengua del Seguidor.

Las llamas ascendieron por la lengua, como lo harían por un reguero de pólvora. Los dorados ojos de reptil se abrieron como platos cuanto más se acercaba el fuego al rostro del vampiro. Siseando y chillando, la criatura se agitó confusa durante un segundo y luego mordió. La lengua prendida cayó al suelo, desprendiendo gotas de sangre. Pero las llamas estaban demasiado hambrientas como para quedar sofocadas. Salvaron el vacío en un intento por devorar el rostro del vampiro.

El aullido quejicoso ensordeció a Nicholas, mientras el Seguidor de Set se sumía en un frenesí agónico. El anciano trató de apuntar el chorro del extintor hacia su señor, pero éste no cesaba de moverse de un lado a otro. Una forma oscura salió del edificio de viviendas y se precipitó hacia el viejo. El hombre advirtió la presencia del mastín justo a tiempo de balancear torpemente el extintor. Sherlock se agachó para esquivar el inminente ataque y luego saltó para pulverizar la ingle del anciano entre sus implacables mandíbulas. La mitad del cuerpo se desprendió del tronco tras dos fuertes sacudidas, describió un pequeño arco y terminó contra la pared del patio. La mitad restante emitió un crujido mojado y se desplomó sobre las agrietadas baldosas. El extintor cayó con un golpe seco a su lado.

Nicholas se apresuró a coger el extintor por si el vampiro decidía sofocar las llamas. Estaba a mitad de camino cuando el cráneo de la criatura estalló en cientos de pedazos ardientes. El fuego continuaba incinerando el pecho cuando el cuerpo se tambaleó y se desmoronó. Un minuto después, todo lo que restaba del Seguidor de Set era una masa de mendrugos de carne carbonizados.