7


No faltaba más de una semana para primavera, pero el invierno aún mantenía su fuerza. Beckett estaba ya en movimiento antes de que el sol se ocultara definitivamente tras el horizonte. Los colores asalmonados y violetas teñían el cielo del oeste cuando emergió de la tierra que le había ofrecido cobijo detrás de los cobertizos de mantenimiento en La Guardia. Se sentía descansado y con una tenacidad renovada para perseguir sus propósitos. La persistente paranoia le hacía pensar que esa sensación se debía a haber escapado de la influencia dominante de Menelao. Dudaba que fuera por haber pasado un día yaciendo en la tierra empapada de smog, hollín y gasolina de los miles de aviones que volaban hacia y desde el aeropuerto.


Caminó hasta una parada de taxis y, habiéndole echado una ojeada a un mapa de la zona, pidió al conductor que lo llevara hasta las oficinas en Nueva York de Navieros Meroe Global en Red Hook. Beckett ya había viajado alguna vez en transatlánticos. Los no muertos reservaban un pasaje de carga en aviones y barcos para recorrer grandes distancias. Los dos últimos viajes que había hecho como pasajero en un avión, habían sido casos de necesidad más que de preferencia. Se sentía incómodo estando atrapado en un asiento a semejante altura, desprotegido ante cualquier posible exposición a la luz solar. Cuando descansaba en un cajón de embalaje, no importaba si el transporte sufría algún retraso o un cambio de rumbo que evitaba que los pasajeros desembarcaran antes de que el sol saliera. No estaba muy familiarizado con el Canal de San Lorenzo, pero sí con la navegación. Según sus cálculos, un enorme barco de mercancías tardaría entre tres y cinco noches para cubrir la distancia entre Chicago y Nueva York. El Meroe Atlantic llegaría al puerto de Nueva York en las próximas veinticuatro horas, si acaso no lo había hecho ya. Si hubiera llegado el día anterior, tendría que permanecer en el puerto igualmente para transferir la carga. En cualquier caso, Carpenter el zombi estaba cerca con el Corazón de Osiris en su poder.

Los muelles se extendían varios kilómetros a lo largo de la costa de Nueva York y Nueva Jersey. Captar el aroma del Corazón entre tanta basura sería cuando menos complicado y le llevaría un tiempo que no tenía. Así que, contando con el nombre de la compañía y del buque en el que viajaba su presa, lo haría de la forma más sencilla. Le había resultado fácil averiguar el número de Meroe Global y la dirección la había obtenido de la voz automática del contestador que respondía fuera del horario de oficina. Lo difícil venía ahora. Tendría que colarse en las oficinas e indagar hasta conseguir la ruta del Meroe Atlantic y su amarre. No le habrían asignado uno si no hubiera llegado a puerto, pero ese detalle no le costaría consultarlo más adelante.

Eran pasadas las cinco cuando se aproximó a las oficinas de Meroe Global. El lugar estaba abierto todavía, así que tendría que esperar unas horas si quería entrar sin sufrir ninguna interferencia. La sensación de que el tiempo era valioso lo acosaba y, de todos modos, no tenía idea de dónde guardarían tales archivos. De forma que bajó del coche, caminó hasta allí y le preguntó a un oficinista si podía ayudarle.

El hombre tenía el mismo aspecto que los trabajadores de los muelles, pero los veinte kilos sobrantes de su barriga parecían indicar que había estado trabajando detrás de una mesa durante años. Una barata placa situada encima de la mesa revelaba que su nombre era WALTER ZACKOWICZ. A Beckett le hacía gracia el hábito moderno que tenían los mortales de etiquetarse de forma tan llamativa. Por alguna razón, y pese a que sus nombres estaban siempre a la vista, rara vez le pedían que diera el suyo a cambio. Mejor, Beckett prefería el anonimato.

–¿Puedo ayudarle? – preguntó Zackowicz.

El oficinista lo miró con mirada cansada, el entrecejo arrugado por una mezcla de curiosidad e irritación. Curioso sin duda por las gafas de sol de Beckett y su pálida complexión, irritado por tener que mediar en otro asunto antes de marcharse. El vampiro sabía que, en su imaginación, el hombre se encontraba ya dándole bocados a una hamburguesa acompañada de aros de cebolla y regada de cerveza con güisqui. Dada la distracción del tipo, no le sería complicado averiguar lo que quería.

–Estoy buscando uno de vuestros barcos -respondió Beckett.

–¿Por qué? – Walter Zackowicz parecía ser un hombre de pocas palabras.

–Un colega trabaja en él -improvisó, adoptando el tono breve y agresivo común en la costa este. Se sentó despreocupadamente en una silla de plástico que había junto a la mesa y señaló hacia los muelles-. Recordé que debía estar a punto de llegar a la ciudad. Supuse que podríamos reunimos para empaparnos el gaznate.

–No me jodas, tío -habló el hombre después de un momento. Su rostro mostraba una sospecha explícita-. Nadie entra aquí de repente buscando a un "viejo amigo" que trabaja en una de nuestras bañeras. – Antes de que Beckett pudiera decir algo para refutar y tranquilizar a Zackowicz, éste continuó:- ¿Qué? ¿De modo que el tío te debe pasta, no?

Beckett no pudo evitar echarse a reír.

–Ahí me has pillado.

–Ya veo. No voy a decirte dónde está para que lo hosties y que luego no pueda terminar su trabajo.

–No estoy buscando problemas -aclaró Beckett, encogiéndose de hombros. Extrajo un arrugado billete de veinte de su chaqueta de piel de oveja y lo dejó sobre la mesa-. No quiero joderos el trabajo; sólo recuperar lo que me debe.

Zackowicz miró el billete y apretó sus carnosos labios, rápidamente golpeó la mesa con sus manos y arrastró su silla hasta un ordenador que había tras él. El dinero desapareció en el proceso.

–¿Cómo se llama el tío?

–Sólo sé que le llaman Joey -dijo Beckett-. Estoy teniendo algunos problemas para dar con él, ¿sabes? Pero sé que viaja en el Meroe Atlantic que viene desde Chicago.

Escuchó un gruñido y el golpeteo sobre las teclas.

–Ahm, sí. Llegó hace unas seis horas. – Zackowicz impulsó su silla rodando hasta la mesa y garabateó el amarre en un papel. Lo deslizó con las puntas de los dedos hacia Beckett, pasando por el lugar donde había estado el billete de veinte hacía sólo un momento-. Sé que tienes cuentas que saldar, pero nosotros también. ¿Lo coges?

El vampiro asintió sin hacer amago de coger el papel hasta que el mortal se aseguró de haber dejado claro su punto de vista y apartó la mano. Guardándose la dirección en el bolsillo sin haberla mirado antes, Beckett le dio las gracias a Zackowicz.

–Eh, compañero, un consejo -comenzó el hombre cuando el vampiro se acercaba a la puerta de salida-: llevar gafas de sol por la noche no te hace parecer más interesante. De hecho, pareces un maricón.

–Gracias por la recomendación -respondió Beckett sonriente. Se preguntó qué diría Walter Zackowicz si supiera lo que ocultaban los oscuros cristales de sus gafas.


Beckett corrió a gran velocidad. Pese a la concurrencia que transitaba por los muelles, y lo tardío de la hora, la mayoría de los trabajadores estaban tan ocupados en sus faenas que no advirtieron su presencia. Podría haber despertado algunos comentarios por moverse a semejante velocidad, pero los mortales sabían cómo darle una respuesta racional a casi cualquier cosa. No tenía de qué preocuparse.

Pasó junto a varios buques gigantescos, cuya marinería hormigueaba alrededor como lo harían las moscas sobre la piel de un elefante. Cada pocos metros había un amarre vacío, aguardando la llegada de otro gran mercante y de su carga. La frenética actividad moría cuanto más se ceñía la noche, pero la faena nunca cesaba por completo en un puerto tan atestado como ése.

Seis horas. El Corazón estaba aquí, a no más de un kilómetro y medio de distancia. Transcurriría algo más de un día antes de que el Meroe Atlantic levara anclas del puerto de Nueva York. Probablemente el zombi estuviera escondido en alguna bodega abandonada del barco, a la espera de que éste continuara su travesía. Beckett podría entrar, encargarse de Carpenter, hacerse con la reliquia y estar fuera en unos treinta minutos. Contaba con tiempo de sobra. Pero el instinto le decía que debía moverse con rapidez, que era esencial conseguir sus objetivos con la mayor prontitud.

Moviéndose a tal velocidad, Beckett comenzó a sentir hambre. Había estado ocupado con una cosa u otra y no se había alimentado desde hacía unas cuantas noches. A pesar de que no necesitaba ingerir sangre antes de una semana, prefería alimentarse cada pocas noches. Seguir una dieta regular le aseguraba no caer en un estado de vulnerabilidad. Aún así, estaba seguro de poder encararse con Carpenter. Los zombis podían ser rivales formidables en lo que a fuerza bruta se refería, pero carecían del conjunto de poderes que diferenciaba a los vampiros de otros seres sobrenaturales. Un Cainita como Beckett poseía un número de aptitudes en las que podía confiar plenamente. El zombi había demostrado tener una inquietante facilidad para la dominación mental, pero Beckett podría contrarrestar el poder si evitaba el contacto visual. En cualquier caso, se hubiera sentido más seguro de sí, si la sangre fresca fluyera por sus venas.

Ya no podía hacer nada para remediarlo. A unos doce metros se erigía la inmensa estructura metálica del casco, indistinguible de las demás salvo por el nombre que despuntaba sobre la popa. El Meroe Atlantic. Los contenedores de mercancía sobresalían de la cubierta unos seis metros. Los trabajadores desfilaban por el puente, proyectando sus sombras contra las luces del interior. Aquella era la única actividad que Beckett pudo distinguir en el barco. El traslado de mercancía no debía comenzar hasta el día siguiente. Eso le otorgaría el tiempo necesario para registrar el buque y encontrar el Corazón.

Cuando se aproximaba a la pasarela, percibió el inconfundible aroma del objeto. No flotaba hacia él desde el barco, sino que se perdía en la oscuridad de los muelles. El olor contaba ya con un par de horas de antigüedad.

El vampiro siguió el rastro al momento; cada zancada lo acercaba un poco más a su presa. Mientras corría, se preguntaba qué estaría haciendo Carpenter fuera del tanque. ¿Quizá haciendo turismo antes de que el barco partiera? ¿O acaso ya no estaba siguiendo a un zombi? El olor del Corazón era tan intenso que eclipsaba cualquier otro. Supuso que no era descabellado el que otra persona tuviera en su poder la reliquia. Khalid le había explicado que el aura del Corazón poseía una resonancia que los seres sobrenaturales con un mínimo de sensibilidad se veían incapaces de ignorar. Beckett no era uno de ellos, pero sabía que existía un sinnúmero en la Gran Manzana. Las cosas se complicarían si una fuerza local había percibido la reliquia y la quería para sí. Desde luego, sería un gran problema.

Hipotetizar no le llevaría a ninguna parte. Lo mejor sería esperar a ver dónde conducía el rastro y actuar en consecuencia una vez supiera a qué se enfrentaba.

El olor impregnaba el aire en una trayectoria paralela a los muelles durante un kilómetro. Beckett se desplazaba con más cautela ahora, lo que equivaldría a una carrera rápida para un mortal, pero, aún así, pasó de largo cuando el aroma cambió de rumbo inesperadamente. Se giró y regresó para seguir la esencia a lo largo de uno de los embarcaderos. Se apresuró confuso. El muelle estaba vacío, así que ¿de dónde procedía el rastro?

Entonces advirtió el movimiento ondulante de las aguas… Formaban una estela. Echó a correr a una velocidad inconcebible, alcanzando el final del muelle en un abrir y cerrar de ojos. Sin otro barco que entorpeciera su perspectiva, Beckett avistó, a unos cien metros, un inmenso buque de mercancías. En la popa, el nombre del barco rezaba: North Llorca. Navegaba hacia el canal que desembocaba en mar abierto. Un gruñido escapó de sus labios. Se precipitó a toda velocidad a lo largo del embarcadero y, a continuación, bajó por el amarre paralelo. Obligándose a alcanzar un ritmo límite, Beckett ascendió por una pasarela y saltó hasta alcanzar la cima del contenedor más cercano. Un puñado de marineros de cubierta vio una forma borrosa pasando como un rayo sobre los techados de los tanques de mercancía hacia la proa. La sombra desapareció rápidamente por uno de los costados del barco.

El salto fue tremendo, pero cubrió la mitad de la distancia que lo separaba del huidizo North Llorca. Habría terminado en las gélidas aguas del puerto de Nueva York, si no hubiera sido porque mientras caía, deseó que su cuerpo se transformara. Y lo hizo. En pocos segundos, Beckett era un murciélago que aleteaba hacia la embarcación. Estaba arriesgando sobremanera al llevar a cabo hazañas sobrenaturales a la vista de los mortales. Había escuchado una serie de gritos de sorpresa y confusión mientras saltaba de un contenedor a otro, pero confió en que su rápido tránsito y la oscuridad que cegaba el puerto ocultaran sus esfuerzos sobrehumanos.

En el canal, el North Llorca navegaba con parsimonia. Avanzaba a la misma velocidad que un hombre corriendo. El salto había reducido la velocidad de Beckett, pero no tardó mucho en sobrevolar la gigantesca cubierta del carguero repleta por unas cuatro o cinco filas de contenedores de un tamaño aproximadamente semejante al de un remolque. Supuso que la marinería se encontraría en el puente que se alzaba en la mitad de la cubierta, pero su sonar natural no advirtió movimiento alguno. Y tenía sentido; el cargamento estaba muy junto y había sido afianzado con fuerza, lo que no dejaba mucho espacio libre para maniobrar. No era probable que la tripulación se aventurara fuera del área central, especialmente en una noche tan fría como aquella. Batió sus alas hasta acercarse a la cubierta de popa, hacia un punto donde los contenedores formaban una columna de escasa altura. Recuperó su apariencia humana, posándose sobre el tanque sin emitir ningún sonido.

–Vaya, ése es un truco cojonudo -admitió una voz glacial.

Beckett se giró hacia la resonancia de una pistola amartillándose y vio a un hombre emergiendo de las sombras de una columna contigua de contenedores. Su aspecto era el de un marinero mercante del pasado, vestido con sus botas de trabajo, un mono, un jersey de cuello cisne, guantes, una chaqueta marinera de color azul oscuro y un gorro de lana. El vampiro reconoció el rostro estrecho, cabello negro, labios burlones y la mirada llameante por la sabiduría que desprende la muerte.

–Carpenter.

Las cejas del zombi se arquearon por la sorpresa.

–Parece ser que mi reputación me precede. ¿Y tú quién eres?

–Puedes llamarme Beckett -respondió, ignorando la automática que estaba siendo apuntada casualmente hacia su cabeza-. Supuse que estarías escondido en algún lugar del barco.

–No había estado nunca en Nueva York -contestó Carpenter, mirando sobre su hombro sin llegar a quitarle el ojo de encima a Beckett-, pensé en echar un vistazo al horizonte.

El perfil inconfundible de Manhattan se erigía detrás de Carpenter; un millón de luces relucían en la noche. El zombi debía haber estado junto a uno de los contenedores para pasar inadvertido a su sonar. Aquel era un error que un vampiro neonato cometería, esto es, no asegurarse bien antes de cambiar de forma. En lugar de regañarse, Beckett canalizó su enojo para idear un plan de desquite.

–Creo que sé por qué te has dejado caer por aquí -comenzó Carpenter-. Sospecho que no tiene nada que ver con mantener una conversación desenfadada conmigo. Permíteme que nos ahorre a los dos unos cuantos problemas. No vas a obtener lo que viniste a buscar, así que ¿por qué no regresas al agujero de donde hayas salido antes de que te sacuda el trasero?

Beckett evitó mirarlo directamente, de forma que no podía saber si la cosa había intentado dominarlo con su sugestión. Mientras mantuvieran una conversación trataría de averiguar si los razonamientos y la persuasión servían de algo.

–No sé qué planeas hacer con el Corazón, pero debes saber que no tendrás éxito. Es un faro para todo ser sobrenatural. Realmente no puedes creer que lograrás tenerlo durante mucho más tiempo.

–¿Qué puedo decir? Me siento afortunado.

El razonamiento y la persuasión no parecían servir de mucha ayuda. Beckett no vio otra salida que la violencia. Y Carpenter estaba de acuerdo puesto que disparó el arma en cuanto el vampiro se movió. La bala le seccionó un pedazo de hombro, al tiempo que se tiraba hacia un lado. Ignorando la quemazón de la herida, Beckett saltó a la cima de un contenedor y se ocultó fuera de la vista del zombi. La pistola era poco más que un estorbo, pero no le apetecía que le disparasen. Se movió en círculo, saltando fácilmente de un tanque al siguiente, con la esperanza de poder atacar desde un ángulo oblicuo.

Si las pisadas rápidas eran una pista, Carpenter no se sentía inclinado a ser un objetivo fijo. El aroma del Corazón inundaba el aire, haciendo imposible predecir con exactitud dónde se encontraba el enemigo. Rastreándolo por el sonido, Beckett corrió hacia delante. Un rayo de luz arponeó la oscuridad y lo sobresaltó. No se trataba de la luz del sol y tampoco de fuego, pero su instinto le urgía a evitarlo. Ligero como el pensamiento, rodó por el lateral del contenedor justo cuando el foco del puente barría el espacio donde había estado. El vampiro estaba sorprendido de que los débiles oídos mortales hubieran podido advertir el sonido del disparo sobre las ensordecedoras vibraciones de los motores del barco. Supuso que Carpenter también evitaría ser visto porque a las tripulaciones no les agradaba tener polizones abordo. Utilizó la ventaja del foco para deslizarse rápidamente rodeando los tanques y sorprender al zombi por la dirección opuesta. Por el camino se concentró en cicatrizar la carne herida de su hombro.

El foco volvió a bañar de luz la cubierta, luego se apagó a punto de alcanzar a Beckett que se encontraba en el lateral que miraba hacia el puerto. Esperó hasta haber escuchado una pisada o cualquier otro indicador que le ofreciera una pista del paradero de Carpenter. Podrían continuar con esta persecución durante horas, pero el vampiro quería recuperar el Corazón antes de que el barco se abriera paso al mar. Una idea relampagueó en su mente. Cediendo a un trance momentáneo, envió una llamada urgente y esperó.

Transcurrieron unos pocos minutos. Aprovechó el tiempo para guardar sus gafas de sol y guantes en la chaqueta, quitarse las botas y dejarlas a un lado. Sus pies tenían sendas garras tan afiladas como las de sus manos. Escasos segundos después escuchó un grito de sorpresa atenuado por el zumbido de los motores del North Llorca. Beckett se precipitó como una bala, siguiendo a la voz que pronto empezó a maldecir. Al saltar sobre el último contenedor de una fila en estribor, Beckett se percató de que no podía haber pedido una oportunidad mejor. El zombi estaba a dos metros de distancia, dándole la espalda, dando patadas y manotazos a un puñado de animalillos que chillaban y piaban.

El vampiro no pudo evitar emitir un gruñido triunfal cuando brincó hacia delante, con las garras haciendo jirones y engalanando la espalda de Carpenter con una fea equis. El zombi bramó de dolor y se tambaleó. Beckett volvió a la carga antes de que el muerto pudiera darse la vuelta, pegándole patadas para hacerlo caer al suelo y desgarrando su carne con las cuatro garras. Carpenter intentó disparar pero el vampiro golpeó el arma con tal fuerza que describió un rápido arco brillante hacia la costa, antes de caer con un ruido seco en el puerto. Convirtió sus prendas en confeti y la fría carne muerta en rebanadas. Beckett continuó su carnicería hasta que hubo alcanzado la masa ósea. Un mortal habría muerto un millar de veces; el vampiro tenía la seguridad de que ni siquiera un zombi podría haber soportado semejante trato. Pero Carpenter aún se resistía, sus implacables brazos buscando la ocasión de asestar un golpe certero.

Entrevió una luz tenue y algo relampagueó ante sus ojos. Tuvo la impresión de que la noche se iluminaba y, de pronto, una pavorosa agonía gélida prorrumpió en su pecho y brazo izquierdo. Beckett rugió por la sorpresa y el dolor, echándose hacia atrás para comprobar que su brazo había sido hendido por un arma tan afilada que había cortado hasta el hueso; que le había cercenado incluso el hueso. La piel estaba desgarrada, los tendones y músculo hechos pedazos. Trató de compeler a la herida a que cerrase, pero no se trataba de una lesión producida por un arma mundana. Algo preternatural lo había atacado; Beckett no podía hacer cicatrizar su carne mediante su voluntad. La Bestia se adueñó de él, venciendo el dolor gracias a la imperiosa necesidad de destruir la cosa que lo había herido.

El vampiro se precipitó otra vez hacia Carpenter, manteniendo el brazo izquierdo pegado al cuerpo. El zombi aprovechó la desventaja de su contrincante y se movió a la izquierda, obligándolo a girarse y proteger su costado herido. A pesar de las severas lesiones que había sufrido, el zombi se movía con una destreza precisa. Beckett volvió a percibir el extraño fulgor y apenas tuvo tiempo de esquivarlo. El arma seccionó un pedazo del contenedor metálico sobre el que luchaban, emitiendo un estruendo y haciendo saltar las chispas. El devastador ataque era en realidad una artimaña; la mano izquierda de Carpenter se lanzó con rapidez hacia delante y apresó a Beckett.

Con una fuerza que igualaba la del vampiro, el zombi lo cogió del cuello y del costado, y lo sostuvo sobre su cabeza. Los pies de Beckett lo patearon e hicieron jirones la piel y el hueso del rostro de Carpenter. Poco después, sintió estar volando por el aire y cayendo en el canal. El impacto de las glaciales aguas restableció su cordura. Manteniendo su brazo herido cercano al cuerpo, se esforzó por llegar a la superficie. Se mantuvo a flote lo mejor que pudo y trató de avistar el perfil del North Llorca. El zombi lo había dejado estupefacto por su fortaleza y lo que fuera que había utilizado para herirle con tanta gravedad. ¿Pero podría haber sobrevivido a la carnicería que Beckett había devengado?

El vampiro obtuvo su respuesta cuando advirtió que una forma tambaleante se esforzaba por ponerse en pie sobre la última fila de contenedores y se despedía triunfal con un gesto del dedo corazón.


Su cuerpo clamaba por la necesidad de ingerir sangre, mientras se arrastraba a través de las gélidas aguas hasta la orilla. Se alimentó de un par de trabajadores del puerto que deambulaban por allí, pero ni siquiera con toda la sangre de los dos adultos pudo hacer cicatrizar la severa herida que el zombi le había infligido. Era tiempo lo que necesitaba. Tiempo y descanso.

Ensangrentado y feroz, con su brazo y pecho ardiendo con la terrible frialdad de la herida, Beckett amontonó los cadáveres en el maletero del estropeado Lincoln Continental al que se dirigían, se subió y lo condujo fuera del puerto. Escogió ir hacia el norte. Había construido una cabaña hacía un siglo, no muy lejos del embalse de Stillwater. Empapado en sangre, con las garras de sus pies y manos a la vista, sus ojos carmesíes brillando, Beckett intentó evitar pasar por zonas pobladas a lo largo del trayecto. Condujo por carreteras secundarias hasta desviarse por una que llevaba tiempo abandonada. Después de arrastrar los cadáveres de los trabajadores hacia el interior del follaje para que los carroñeros los devorasen, desertó del Continental, teniendo cuidado de no dejar ningún rastro tras él. La cabaña estaba a unos veinte kilómetros de distancia, construida sobre un afloramiento de piedra, alejada de cualquier carretera y accesible sólo por caminos de tierra. Allí estaría a salvo, podría descansar y decidir qué…

Su mente enmudeció. ¿A salvo de qué? Se percató de que sentía, quizá no peligro, pero sí inquietud. No era algo que pudiera explicar, era una leve incomodidad; pero Beckett había sobrevivido tanto tiempo porque no había despreciado siquiera las más tenues intuiciones.

Su cabaña podría esperar un poco; primero tenía que hacer una llamada. Fue a la ciudad de Big Moose y contactó con su agente, Manfred von Reis del banco Witz-Kohn en Ginebra. Beckett le había ordenado hacía unas semanas que buscara uno de esos teléfonos por satélite para poder contactar más fácilmente con las personas, incluso estando lejos de la civilización. El agente pensó que el nuevo Motorola 9505-Iridium era el que más se acercaba a los detalles que Beckett le había dado; compatible con servicios de voz, radiolocalización de personas y transmisión de datos a lo largo de casi todo el globo terráqueo. El vampiro le pidió que le enviara uno, junto con media docena de baterías adicionales y un par de cargadores a su buzón de correos en la cercana ciudad de Carthage. El banquero suizo estaba acostumbrado a peticiones mucho más inusuales por parte de sus clientes y le aseguró que llevaría a cabo el envío con suma diligencia.

Beckett se encaminó a la cabaña, donde vendó la herida utilizando la gasa del viejo botiquín que guardaba para los raros casos en que sufría alguna lesión que su sangre no podía curar. Los siguientes días y noches los pasó en una neblina interminable de padecimiento. El sol le obligaba a mecerse en el sueño, pero el dolor evitaba que descasara por completo.

Despertó al anochecer, los bordes de la herida hirviéndole con una penetrante insensibilidad. En su forma de lobo cazó con mayor precisión; incluso contando sólo con tres patas hábiles, pudo derribar a varios ciervos y otros animales con los que alimentarse. Se dio un atracón de sangre, redirigiendo la sustancia hacia la herida con la esperanza de que la abundancia consiguiera cicatrizarla. Pero no surtió el efecto deseado, sin importar cuánto bebiera, Beckett se percató de que no podía hacer nada por acelerar el ritmo de curación.

La tercera noche se resignó al hecho de que le llevaría semanas, meses incluso, recuperarse completamente. La lesión ya no le dolía de forma tan intensa y se sentía lo bastante despejado como para ir a Carthage y recoger su paquete. La ciudad estaba a unos sesenta kilómetros de la cabaña; había alquilado un inmenso buzón de correos hacía unos años para las ocasiones en las que los envíos fueran grandes. El edificio central de correos estaba cerrado, pero el ala que conducía a los buzones estaba siempre abierta. Llegó a Carthage en su forma de lobo en pocas horas, pero regresar a la cabaña le llevó mucho más. El paquete que extrajo del buzón era demasiado abultado como para evolucionar con él cuando cambiaba de apariencia. De modo que tuvo que transportarlo como humano. Beckett no era un experto sobre la metafísica que explicaba estas transformaciones; ignoraba por qué sus ropas y pertenencias más pequeñas permanecían en él cuando adoptaba sus formas bestiales e incluso cuando se transformaba en niebla, mientras que los más grandes no. Le bastaba con saber que no cambiaban de forma con él. Así que se apresuró por la nieve hasta alcanzar la cabaña, llegando a ella poco antes del amanecer.

La noche siguiente estudió el manual del Motorola. El manejo del aparato no era muy diferente del de otros teléfonos móviles. Disponía de una entrada desde la cual podía conectar a un ordenador para transmitir a través de la red. Beckett elogió a von Reis por la elección. El teléfono, un par de baterías extra y un cargador de enchufe le cabrían sin problemas en la chaqueta de cuero que vestía desde que su abrigo de piel de oveja quedara destrozado tras la pelea con el zombi. Una vez sintió que controlaba con cierta eficacia las funciones del teléfono por satélite, realizó su primera llamada.

La línea conectó con sencillez; estaba lo suficientemente cerca de la civilización como para que el Motorola se sirviera de una de las conexiones regulares. Una voz femenina, ronca y risueña respondió al tercer timbre.

–Buenas tardes, Nola. Soy Beckett.

–La segunda llamada en tan poco tiempo -indicó Nola Spier, con un tono de voz cálido y entrañable. Ella era mortal, una hechicera de gran sabiduría, a quien Beckett había conocido en Los Ángeles durante la Gran Depresión. Nola era uno de los contactos en los que más confiaba-, ¿a qué debo el placer?

–Te llamo por el brazalete que me diste.

–Hum, qué interesante tono de voz. ¿Ha fallado?

–No lo creo. – Beckett miró el brazalete de plata adornado con piedras opalescentes que colgaba de su muñeca izquierda-. Siento curiosidad por saber qué podría penetrar en el aura que proyecta.

–Yo diría que algo realmente poderoso. Querías que creara algo que te mantuviera oculto frente a un radar psíquico. Ese brazalete debería poder lograrlo, por lo menos durante otro mes. Debería ser eficaz contra la mayoría de las habilidades extra sensoriales.

–¿De qué espectro estamos hablando?

–Lo cierto es que no existe una medición estándar para ello -admitió Nola-. Querías algo potente, de forma que lo diseñé para evadir el radar de todo cuanto yo conozco. Pero eso no significa que no exista algo ahí fuera que pueda ver a través de él. Si lo hay, debe tener un poder inconcebible.

Beckett asintió para sí. Nola Spier había amasado una experiencia mística significativa a lo largo de los años y no era propensa a la exageración. Confió en su sabiduría.

–Gracias, Nola.

–No hay problema. – Después de un momento, continuó:- Tengo la sensación de que ocurre algo. Quizá te pueda ayudar si, bueno…

Para seres como ellos, el conocimiento era poder e incluso los vínculos más afianzados podían romperse por circunstancias desconocidas. Todos sabían y aceptaban que lo que se divulgaba era lo estrictamente necesario. Pero Beckett había pasado los últimos días enfrentándose a una lucha interna, tratando de encontrar cierta objetividad con la esperanza de saber qué estaba haciendo y por qué. Tenía que admitir que esa perspectiva parecía estar muy lejana. Tal vez lo mejor fuera relajarse un poco y confiar en otra persona. Confiar teniendo siempre muy presente la intuición, claro está. Nola Spier era lo más próximo a una amiga que una criatura como él podía tener y su ser más oculto sentía que podía confiar en ella; que tenía que hacerlo si quería controlar el desorden en el que se había convertido su no vida. Tendría que arriesgarse. Tomando aliento, Beckett le explicó el descubrimiento que había hecho de una fuerza poderosísima bajo las calles de una gran metrópolis y de la arcana reliquia que ésta entidad buscaba para despertar de su sueño. Trató de narrar su historia en el ámbito de las generalidades, evitando nombrar a los involucrados o siquiera confirmar que estaba hablando de los no muertos. Era más que posible que Nola lo supiera, pero tales detalles eran circunstanciales.

Escuchó el nítido silencio de la conexión digital mientras Nola Spier digería la historia. Finalmente, dijo:

–A menos que mis suposiciones sean equívocas, esta afirmación parece ser la más acertada: te estás preguntando si el gigante durmiente te tiene dominado a pesar de las precauciones que has tomado.

–O intentando hacerlo.

–Es muy complicado, Beckett. Ambos sabemos que deslizarse así en la mente de alguien, de una forma tan sutil y dominante, lleva mucho tiempo y esfuerzo. Mi respuesta inicial es que, con la ayuda del brazalete, estarás bien. Pero… bueno, normalmente tienes las ideas muy claras y el haberte involucrado en una persecución para recuperar esa reliquia. ¿El Corazón? Hay algo en ello que no me convence…

–No es mi estilo…

–Sí, es una acción irreflexiva.

Beckett recordó a Critias y su imprudente salto desde la Torre Sears en pos del Corazón de Osiris.

–Así que, ¿cuál es tu conclusión?

Nola Spier suspiró sonoramente en el micrófono.

–Quizá me hayas contagiado la paranoia, de forma que tal vez estoy exagerando la gravedad del asunto, pero… Vale, mira. ¿Has dicho que la reliquia se está alejando del lugar donde yace la criatura? ¿Hacia el lugar de la que es oriunda?

–Sí.

–Bueno, en mi opinión eso es lo correcto, ¿no crees? ¿Realmente existe alguna razón por la que debas seguir inmiscuyéndote en el problema?

–Pero existe la posibilidad…

–Sí, siempre cabe la posibilidad. Desde que te conozco, Beckett, has trazado tu propio camino, sin estar supeditado nunca a nadie. Supongo que si tienes la duda de no estar haciendo lo mejor para ti… -Su voz se perdió en otro suspiro-. Estoy aventurando mis conclusiones sin estar segura de si es o no lo que creo y lo cierto es que existe una forma más sencilla de determinar si sigues rigiendo tu propio destino.

–¿Y es?

Nola rió entre dientes.

–Deja de correr detrás de ese Corazón.

Beckett sonrió y le dio las gracias a Nola por la ayuda. Dejó a un lado el Motorola y miró el brazalete plateado, meditando sobre influencias arcanas y la libertad de movimientos.

Los misterios lo intrigaban, pero no había permitido que ninguno lo sedujera. Recientemente se había visto envuelto en las maquinaciones de los antiguos no muertos y en sus insidiosos esfuerzos para recuperar una reliquia de increíble poder; sin mencionar el problema de los cazadores de lo sobrenatural, el fortísimo zombi y una de las desconocidas momias inmortales. Tenía la seguridad de que seguía siendo el único dueño de su voluntad. Y, sin embargo, aquí estaba, lesionado por una herida que podría haberlo destruido y todo por un objeto que nada tenía que ver con sus investigaciones o con la misión que había acordado desempeñar para Inyanga. El Corazón de Osiris navegaba por el Atlántico, dirigiéndose hacia una tierra habitada por un sinnúmero de criaturas más antiguas y enérgicas que él. Quién sabía en qué manos estaría el Corazón cuando él se hubiera recuperado por completo. Era más que probable que fuera una fuerza que no tuviera ningún interés en permitir que Menelao la obtuviera para sí.

Beckett, aturdido, negó con un gesto. Tal vez nunca supiera si estaba libre de la influencia del Matusalén, pero se conocía lo suficientemente bien. Otros competirían por el control del Corazón de Osiris. Entre tanto, él tejería su propio futuro.