Capítulo 16
Cuatro meses después
El paquete llegó de improviso. Sin nota y sin remitente. La etiqueta estaba escrita a ordenador, impersonal.
Pero Donato supo que era de Elsa. Lo presintió.
¿O se estaba engañando a sí mismo otra vez? Había retrasado dejar la casa de Sídney aunque no tenía estómago para emprender ningún proyecto allí. Pero tampoco tenía nada en Melbourne, ni había descubierto nada que despertara su interés.
Los negocios no le satisfacían. Ni tampoco el deporte.
Sus empleados pensaban que estaba enfermo. Pero ninguna medicina podía arreglar lo que le pasaba. Más de una vez había levantado el teléfono para contratar un detective y localizar a Elsa. Sería muy sencillo. Pero entonces recordaba que ella desaprobaba aquellas tácticas invasivas. Y Donato le había prometido que no le haría algo así.
Si quería ponerse en contacto con él, ella le llamaría. Tenía sus teléfonos y su dirección. Su silencio era la prueba de la decisión que había tomado.
Donato abrió la caja y quitó el papel de burbujas que había dentro. Se quedó mirando el contenido con una punzada de dolor en el pecho. Tenía delante una mesita auxiliar de ébano y castaño de diseño sencillo que brillaba con la pátina que solo el tiempo y una buena restauración podían darle.
Donato pasó la mano por el tablero. La vieja madera parecía seda. No quedaba ni rastro de los daños que tenía cuando Elsa la encontró. Recordaba perfectamente el día que le había llevado a la tienda de antigüedades en las Montañas Azules. Aquel día estaba feliz y le brillaban los ojos.
Donato dejó caer la mano. Quería volver a aquello. A ver a Elsa feliz. Lo necesitaba.
La venganza contra Sanderson se había convertido en cenizas en su boca cuando perdió a Elsa. Sanderson estaba en bancarrota, su reputación hecha trizas, y la Policía lo investigaba, no solo por su papel en el tráfico de personas, sino también por fraude. Pero, en lugar de sentirse bien, Donato era consciente de lo vacío que estaba sin Elsa.
Sin embargo, vaciló. No sabía si aquel regalo era una señal de que le había perdonado o una despedida. Tal vez Elsa no pudiera soportar ver aquella mesa porque le recordaba a él.
Con los nervios a flor de piel y la mirada clavada en el regalo, sacó el móvil.
—No te muevas o estropearás el maquillaje – Fuzz chasqueó la lengua, pero no estaba enfadada. Elsa no la había visto nunca tan feliz.
Incluso aquella noche, antes de la fastuosa fiesta para celebrar la inauguración del resort tropical, Fuzz estaba relajada, convencida de que todo saldría bien.
—No sé por qué necesito maquillaje. O un vestido nuevo – Elsa se pasó el dedo por la seda rosa pálido de su vestido, delicada como las alas de un hada, mientras su hermana le daba los últimos retoques.
—Porque hay una fiesta – Fuzz dio un paso atrás para observar su trabajo. —Quiero que estés preciosa.
—Eso va a ser difícil —gruñó Elsa. Lo más cerca que había estado de estar preciosa fue cuando se probó el vestido de novia. Ordenó al instante a su mente que se cerrara a aquel recuerdo.
Eso había terminado. Tenía que seguir adelante. No podía odiar a Donato por acabar con su padre. Elsa había intentado durante años querer a Reg Sanderson, pero nunca fue capaz de hacerlo. Las noticias sobre su pasado criminal fueron la gota que colmó el vaso, y había cortado todas las ataduras. Arruinado y sin amigos, Sanderson se marchó de Sídney, Elsa no sabía a dónde ni le importaba.
En cuanto a Donato… había destrozado su ingenua ilusión de pensar que sentía algo por ella. Solo había sido una herramienta útil para él.
—Deja de fruncir el ceño. Vas a asustar a los invitados. Eso está mejor – Fuzz agarró algo que tenía al lado. —Esto es el toque final para que el atuendo esté completo. Se pone en el antebrazo, no en la muñeca— le puso a Elsa un paquetito envuelto en la mano y se dio la vuelta. Matthew debe de estar buscándome. Luego te veo.
Elsa abrió el paquete y se quedó mirando con la boca abierta el objeto que tenía en la mano. La luz se reflejó en las caras de los diamantes, haciéndolos brillar. Elsa contuvo el aliento. No podía ser.
Por supuesto que no. Tenía que tratarse de una copia. La pieza auténtica, realizada por un joyero de fama mundial hacía casi un siglo, estaba hecha de platino, ónice y diamantes rosas, y valía una fortuna. Había salido hacía poco en un catálogo de subastas internacional.
Sintió una punzada en el vientre al recordar cómo se habían divertido Donato y ella repasando esos catálogos.
Hizo un esfuerzo por apartar la mente de Donato y se puso el brazalete en el antebrazo.
Se dio la vuelta para mirarse en el espejo. Estaba distinta. Fuzz le había ocultado las ojeras y el destello de las joyas hacía que le brillaran los ojos. El vestido era sofisticado y al mismo tiempo femenino. Ojalá Donato pudiera verla así. Elegante. Contenta. Dispuesta a seguir con su vida.
Echó los hombros hacia atrás y salió por la puerta. Estaba a medio camino desde su cabaña al edificio principal del resort, al que accedía por un camino entre palmeras, cuando una voz profunda la hizo detenerse.
—Hola, Elsa.
—¿Donato?
Él salió de entre las sombras. A Elsa le dio un vuelco al corazón. Donato Salazar con esmoquin estaba demasiado guapo para ser real.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Me han invitado.
—¿Invitado? —Elsa frunció el ceño. Con razón Fuzz se había ido a toda prisa en lugar de esperarla.
—Estás preciosa, cariño.
—No – Elsa alzó una mano para evitar que siguiera hablando. No quería que sus palabras cariñosas la ablandaran. —¿Por qué estás aquí?
—Para hablar. Necesitaba verte —su voz la envolvió como un abrazo—. ¿Por qué me enviaste la mesa?
Elsa tragó saliva. En el momento le había parecido una buena idea. Pero ahora estaba demasiado asustada para decir la verdad.
—Sabía que te gustaría. Y mi apartamento es muy pequeño. No tenía sitio para ella.
—Esa mesa cabe en cualquier lado. ¿No sería porque te evocaba demasiados recuerdos?
—¿Cómo has sabido…? —Elsa apretó los labios. Donato no necesitaba saber que no podía mirar a la mesa sin recodar lo bien que se lo habían pasado juntos. Hasta el día en que él destruyó sus ilusiones con la verdad.
Donato dio un paso atrás. Tenía la mirada nublada.
—Entiendo. Te recordaba cosas feas. A los errores que cometí.
¿Errores? ¿Desde cuándo admitía Donato sus errores? Todo lo que había hecho formaba parte de un plan. Incluso estar con ella.
—Y sin embargo, aceptaste mi regalo – Donato señaló con la cabeza el brazalete.
Elsa le miró fijamente.
—¿Tu regalo?
—¿No te dijo nada tu hermana?
Elsa sacudió la cabeza.
—Pensé que era una copia. ¡No tenía ni idea! —empezó a quitárselo.
—¡No! —exclamó Donato—. Déjatelo. Considéralo un regalo de despedida. Una disculpa por el modo en que te embauqué. Fue algo deleznable por mi parte.
Donato se dio la vuelta, pero al verlo marcharse, la determinación de Elsa flaqueó.
—¡Espera! No puedes irte así —hizo un esfuerzo por no agarrarle.
—¿Por qué no? Tú no quieres que esté aquí —había algo en su tono de voz que Elsa no pudo identificar.
¿Tendría el valor de averiguarlo?
—Donato —dio un paso hacia él. Apenas podía respirar y tenía el estómago del revés—. Dime la verdad. ¿Por qué has venido?
Él ladeó la cabeza y miró hacia el cielo del atardecer como buscando una guía. Cuando volvió a mirarla tenía una expresión muy viva, le brillaban los ojos.
—Para verte.
—¿Para disculparte? —Donato se tomaba muy en serio el deber. La había utilizado y sabía que se merecía una disculpa. A Elsa se le cayó el alma a los pies ante la idea de no ser más que una obligación que había que tachar de la lista.
—Para eso también. Debería estar de rodillas.
—¿Para eso también? – ¿qué otra cosa podía haber? Elsa abrió los ojos de par en par cuando Donato se le acercó más.
—He venido porque tenía que saber qué sientes por mí —se detuvo y carraspeó—. Todo es diferente sin ti. No puedo… —Donato se frotó la nuca con la mano en señal de incomodidad.
Las mariposas del estómago de Elsa se convirtieron en gaviotas chillonas.
—¿Qué no puedes, Donato? —Elsa entrelazó las manos para que no se notara cómo le temblaban.
—No puedo estar tranquilo. No puedo trabajar —de una zancada más, se puso a su lado y le tomó las manos. Elsa sintió un nudo en la garganta. No podía evitar sentir una llamita de esperanza—. Quiero que vuelvas, Elsa. Te necesito. Sé que no tienes motivos para querer estar conmigo, he destruido a tu padre y te he mentido. Sé que me vas a rechazar, pero tengo que estar absolutamente seguro de ello porque te amo. Y si hay algo que sé es que el amor, el verdadero amor, es algo maravilloso y poco frecuente.
Elsa se quedó mirando perpleja aquel rostro en el que ahora se había desatado la emoción.
—No puedes amarme —fue un suspiro desconfiado y al mismo tiempo maravillado.
Donato soltó una carcajada amarga.
—Por supuesto que puedo. Aunque entiendo que tú me odies o creas que un hombre como yo no puede amar —arrugó la frente.
—¿Un hombre como tú? —Elsa sacudió la cabeza, se había quedado con la palabra «amor». ¿Donato la amaba? ¿Sería eso posible?
—Un delincuente. Un hombre cuya madre se vendía por dinero. Que creció en lugares que te horripilarían. Que…
Elsa le puso una mano en la boca para detener sus palabras y luego la apartó suavemente.
—No digas esas cosas. Tú no eres así —sentía los pulmones sin aire—. No es tu pasado lo que te define, Donato. Trabajaste para convertirte en el hombre que eres hoy. Eres respetado y admirado. Generoso y trabajador. Y si lo que sentías por tu madre no era amor, entonces yo no sé que es el amor. Todo lo hiciste porque la querías. Debía de ser una mujer muy especial para inspirarte tanta devoción.
Donato abrió los ojos de par en par. Y entonces sus poderosos brazos la atrajeron hacia sí, apretándola contra su corazón. Le puso la mano en el pelo y Elsa cerró los ojos ante aquella oleada de placer. Los dedos de Donato le masajearon el cuero cabelludo, sentía su cuerpo duro y fuerte contra el suyo, el cálido aroma de su piel.
No pudo contenerse. Se apoyó contra él y disfrutó de cada sensación, de la ternura de su abrazo.
—Eres una mujer increíble, Elsa. Ninguna otra pensaría como tú.
Elsa había tratado de odiarle por el modo en que la había utilizado, pero a través del dolor desgarrador, de la angustia que sintió al descubrir la verdad, se había dado cuenta de que no podía. No podía aplastar lo que sentía por él por mucho que lo intentara, sobre todo porque entendía la oscuridad y el dolor que le habían motivado.
¿Hasta dónde habría llegado ella si hubiera estado en su lugar?
Y ahora, descubrir que Donato la amaba, que no se consideraba digno de ella…
—Ninguna otra mujer te ama —le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó con fuerza.
La mano que le estaba acariciando el pelo se detuvo.
—¿Qué? —el corazón de Donato, que estaba bajo su mejilla, dio un vuelco.
Elsa aspiró con fuerza su aroma a café y a hombre y se estremeció ante aquella intimidad que pensó que no volvería a experimentar nunca.
—Te amo, Donato. Yo…
La frase quedó interrumpida cuando él dio un paso atrás y le tomó el rostro entre las manos, inclinándose para mirarla.
—Dilo otra vez.
Elsa sintió cómo se le sonrojaban las mejillas.
—Te amo.
Los labios de Donato cubrieron los suyos. Elsa se dejó llevar y sacó de sí todo lo que sentía, esperaba y ansiaba. Y fue recompensada multiplicado por cien veces porque los besos de Donato hablaban de pasión, ternura y felicidad. Y de amor… el amor que Elsa no se había atrevido a esperar.
Cuando se separaron para respirar, Donato se frotó los ojos.
—Me desarmas, cariño.
Elsa se apretó más contra él.
—Claro que no.
Donato se rio y la miró con ojos brillantes.
—Tú me haces sentir cosas que no estoy acostumbrado a sentir. No había llorado desde que era niño.
Elsa sintió que el corazón le daba un vuelco dentro del pecho. Tal vez si Donato hubiera aprendido antes a lidiar con sus emociones habría encontrado una manera de trabajar con la rabia y la pérdida.
—Me gustan los hombres que están en contacto con sus sentimientos – Elsa alzó la vista para mirarlo, seguía sin poder creer que estuviera allí y que la amara. —Pero, ¿estás seguro?
—¿Respecto a qué, cariño?
—Respecto a amarme. Soy la hija de Reg Sanderson.
—Nadie puede culparte por los actos de tu padre. Eres completamente distinta a él —la expresión tierna de Donato fue como un bálsamo para su alma—. Me enamoré de ti desde aquella primera noche. Me desconcertaba desearte tanto, no solo quería tenerte en mi cama, sino de todos los modos posibles. Nunca he deseado a una mujer como te deseo a ti, Elsa. Quiero estar contigo, envejecer contigo. Ver crecer a nuestros hijos y tener nietos.
—¿De verdad? —ella parpadeó.
—¿Por qué crees que estoy aquí? Casi me muero cuando te marchaste, pero sabía que te había hecho daño. No tenía derecho a pedirte que me dieras una segunda oportunidad.
—Pero aquí estás.
Donato asintió.
—Cuando me llegó tu regalo sentí que tenía que saberlo —frunció el ceño—. Ni siquiera me había disculpado formalmente por lo que te hice. Fui un egoísta. No tendría que haber…
Elsa se puso de puntillas y lo besó en la boca. Él gimió y la beso a su vez. Todos los nervios de Elsa se estremecieron de emoción al ser besada por el hombre que amaba. Por el hombre que la amaba a ella.
—Ya habrá tiempo después para las disculpas —jadeó Elsa cuando por fin se separaron—. Las disculpas y las explicaciones son importantes, pero ahora mismo me está costando trabajo asumir que esto es real. Te perdono, Donato, y te amo con todo mi corazón. Solo quiero disfrutar de esta felicidad.
La sonrisa de Donato le transformó la cara y borró las sombras que quedaban. Era el hombre más guapo que había conocido jamás y le amaba profundamente.
—No te preocupes, Elsa. Mi plan es hacerte feliz el resto de tu vida —vaciló un instante—. Si estás segura de…
—Estoy absolutamente segura —lo que sentía por Donato era algo único. Estaban destinados a estar juntos—. Tengo la intención de hacerte feliz a ti también.
—Ya me has hecho el hombre más feliz de la tierra. Haces que quiera ser un hombre mejor, Elsa. Alguien de quien te puedas sentir orgullosa.
La sonrisa de Donato era lo mejor que había visto en su vida. Pero su mirada reflejaba seriedad.
—Ya me siento orgullosa de ti, Donato. Te respeto más que a ningún otro hombre que conozco.
A él le brillaron los ojos.
—Nunca he conocido a una mujer tan honesta e íntegra como tú, Elsa. Ni tan apasionada. No quiero dejarte marchar nunca —la volvió a estrechar entre sus brazos.
Elsa se acurrucó contra él y sintió que se le elevaba el alma.
Suspiró al escuchar el sonido de una música.
—Los demás nos esperan. Prometí que estaría con ellos en su noche especial.
—También es nuestra noche especial – Donato dio un paso atrás y entrelazó los dedos con los suyos. —Vamos, celebrémoslo con tu familia. Tengo que darles las gracias por confiar en mí lo suficiente como para invitarme a estar aquí.
—¿Quieres pasar la velada en una fiesta? —Elsa hizo un puchero y Donato la besó al instante.
—He reservado la suite nupcial —murmuró con aquella voz ronca que siempre la derretía por dentro—. Pensé que podríamos pasarnos por la fiesta y luego volver allí. Todavía tengo que ofrecerte esas disculpas. Y después de eso ya podré empezar.
—¿Empezar? —a Elsa todavía le estaba costando trabajo pensar con claridad después de aquel beso.
—A cortejarte, señorita Sanderson. Quiero que sepas que mis intenciones son completamente honorables.
—¿Completamente? —Elsa compuso una mueca de fingida desilusión.
Donato se le acercó más. Sus labios esbozaban una sonrisa, pero fue el amor que reflejaban sus ojos lo que la dejó sin aliento.
—Casi completamente.
Entonces la besó otra vez y Elsa se olvidó por completo de hablar.