Capítulo 4
Donato vio a Elsa marcharse. Creía que nada relacionado con Reg Sanderson podría sorprenderle, y sin embargo su hija le había dejado paralizado.
Elsa. Saboreó su nombre.
Tal vez había sido un error apartarse de ella. Tal vez, si no hubiera mantenido las distancias, habría hecho añicos el espejismo de que ella era distinta.
Pero haría falta algo más que un alivio rápido contra el muro del jardín para saciar lo que tenía dentro.
Y eso, se dijo, casaba a la perfección con sus planes.
En eso era en lo que debía concentrarse. En la venganza. Siempre había sabido que sería dulce. Con Elsa como bono añadido, sería deliciosa.
Se dirigió con paso lento a la casa. Allí no había nadie con quien le apeteciera estar. Solo Elsa. A pesar de sus fanfarronadas, había leído su miedo. Una mujer sensata. Pero él calmaría aquellos miedos y se aseguraría de que disfrutaran del tiempo que estuvieran juntos
Se detuvo para decirle a un camarero lo del vaso roto en el piso de abajo, y en aquel momento apareció Sanderson. Sus pálidos ojos parecían casi febriles, desmintiendo su postura despreocupada. Donato sintió una punzada de satisfacción. Había esperado mucho aquel momento. Demasiado. Tenía intención de disfrutar de cada segundo del descenso de Sanderson hacia la ruina.
—¿Estás solo, Donato? —torció el gesto—. ¿Dónde está esa hija mía? No me digas que te ha dejado solo…
—Elsa estaba cansada.
—¿Cansada? Ya le daré yo para estar cansada —bramó—. Voy a…
—Es mejor que descanse esta noche – Donato mantuvo un tono suave aunque deseaba agarrar a Sanderson del cuello y agitarle hasta que le castañearan los dientes.
¿Porque le odiaba con toda su alma o por cómo hablaba de Elsa? ¿Acaso no se daba cuenta aquel hombre de lo valiosa que era la familia? ¿No le salía proteger a su hija de un hombre al que todos consideraban implacable y peligroso?
¿Qué clase de hombre vendía a su hija a un desconocido?
Donato ya conocía la respuesta. Reg Sanderson. El malnacido que había destruido demasiadas vidas ya.
Sería un servicio público además de un placer verle recibir lo que se merecía.
La oscuridad se apoderó de él. No, no quería verle muerto, que era lo que se merecía. Donato estuvo a punto una vez de matar a alguien y desde entonces había aprendido mucho. Así era mejor. Le bastaba con ver sufrir a Sanderson.
—Tendría que haberse quedado aquí contigo. Te pido disculpas.
Donato alzó una mano.
—No importa. La veré mañana.
—¿De verdad? —el otro hombre adquirió una expresión muy seria—. Entonces, ¿está interesado? ¿En Elsa?
¿Por qué le sorprendía tanto? Sanderson no sospechaba que su hija era una joya. Era tan ciego como deplorable.
Donato había visto fotos de la hermana de Elsa, una chica rubia con evidente encanto. Pero, si de verdad buscara novia, no escogería a Felicity Sanderson. Al parecer, no era una persona de fiar.
¿De verdad pensaba Elsa que su hermana se quedaría con su nuevo amante o estaba intentando protegerla del peligro que él, Donato, representaba?
La idea de Elsa intentando proteger a alguien de él resultaba ridícula, teniendo en cuenta la superioridad de su poder y sus recursos.
—Ha sido un placer conocer a alguien tan inteligente y refrescante – Elsa le había intrigado en cuanto la vio.
Sanderson no ocultó su satisfacción. Tenía una sonrisa hambrienta.
—Es maravilloso que hayáis conectado tan bien. Confiaba en que así fuera, pero con Elsa nunca se sabe. A veces puede ser un poco…
—¿Un poco qué?
Sanderson se encogió de hombros y le dio un sorbo a su bebida.
—Sinceramente, a veces puede ser demasiado franca. Aunque en el buen sentido, por supuesto. Refrescante, como tú dices.
Sanderson esbozó una sonrisa conspiradora que parecía indicar que eran buenos amigos, y Donato tuvo que reprimir el impulso de pegarle un puñetazo en la cara. Había hecho muchas cosas en su momento, algunas que la sociedad consideraba inaceptables. Pero nada le había puesto tan enfermo como fingir temporalmente que era amigo de Sanderson.
—Prefiero la sinceridad a los clichés educados —sobre todo si esos clichés ocultaban secretos sucios—. Conocer a tu hija me ha ayudado a sentir que te conozco mejor. Y eso es importante si vamos a trabajar juntos.
—Confiaba en que lo vieras así – Sanderson hizo una pausa y luego dijo con cautela, —entonces, ¿quieres seguir adelante con la sociedad y el préstamo?
La inmovilidad le traicionaba. Estaba tenso como una cuerda.
Donato sintió una oleada de satisfacción.
—Por supuesto. Esta es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar —había necesitado años de preparación para llegar a aquel punto, y ahora estaba por fin en posición de destruir a Sanderson económica y socialmente. Si no podía meterlo entre rejas por sus delitos, al menos vería cómo perdía lo que más le importaba—. Mi equipo está listo para reunirse mañana contigo a las diez y ultimar los detalles.
—¿Tú no estarás allí? —los ojos de Sanderson reflejaban preocupación. Estupendo. Había llegado la hora de que descubriera que no podía seguir huyendo de las consecuencias de sus acciones.
—Mi equipo está capacitado para encargarse de la reunión. Yo tengo pensado estar con Elsa, conocerla mejor.
—Seguro que eso le encantará.
Al principio no, Donato lo sabía, pero conseguiría que cambiara de opinión. Lo estaba deseando.
—¿Significa eso que te gusta mi idea de una boda Salazar-Sanderson?
Donato lo observó detenidamente, desde su bronceado permanente hasta su cabello dorado y el lustre que solo podía adquirir la gente con mucho dinero. Pero eso no disimulaba las líneas que tenía alrededor de la boca, el brillo avaricioso de sus pálidos ojos azules o el ángulo pendenciero de su mandíbula.
Él sabía cómo era Sanderson. Al imaginárselo como padre, no le extrañaba que su hija mayor fuera una belleza sin nada dentro. Pero ¿qué pasaba con la segunda?
—¿Donato? —Sanderson sonaba ahora un tanto impaciente.
—¿La idea del matrimonio? —Donato se tomó su tiempo, disfrutando de la incomodidad del otro hombre—. Creo que es excelente.
Sanderson abrió los ojos de par en par un instante antes de que su rostro adquiriera una expresión calculadora.
—Elsa es una chica especial, y tiene mucha suerte.
A pesar del dinero que tenía, Donato no se hacía ilusiones. No con sus antecedentes penales. Era la clase de hombres al que los padres intentarían mantener lejos de sus hijas.
Y sin embargo, Sanderson estaba lanzando a su desprevenida hija en brazos de Donato. ¿Había algo que aquel hombre no haría por dinero?
—¿Y Elsa está de acuerdo? —sus ojos pálidos se clavaron en él.
—Elsa entiende lo que quiero. Pronto ultimaremos los detalles.
—Será un placer recibirte en nuestra familia – Sanderson hizo amago de estrecharle la mano, pero Donato fingió no darse cuenta y se giró para agarrar una copa de vino de la bandeja del camarero que pasaba por ahí en ese momento. —Por la boda que nos convertirá en familia— Sanderson alzó su copa.
Donato contuvo una náusea ante la idea de estar tan relacionado con aquel hombre. Sanderson había destruido a la única persona que Donato había querido en su vida. La única que le había querido a él. Había destrozado a otras muchas sin importarle un rábano. Pero él se aseguraría de que Sanderson pagara con creces.
—Por la boda —murmuró—. Que sea pronto, ¿no te parece?
—Sin duda – Sanderson asintió. —Aunque Elsa podría…
—Estoy seguro de que podré convencerla para que sea pronto —la idea de persuadir a Elsa hacía que le hirviera la sangre. Contaba las horas para volver a verla. Nunca le había pasado algo así.
El otro hombre asintió.
—Sabía que serías el hombre perfecto para ella. Es una chica encantadora, pero necesita mano firme.
¿Así era como Sanderson había manejado a su familia? Los investigadores contratados por Donato se habían centrado en la actividad empresarial de Sanderson, sobre todo en sus pequeños y sucios secretos financieros, no en su familia. Sintió simpatía por ellos, incluso por la superficial Felicity. Pero sobre todo por Elsa. Elsa, la de los ojos recelosos que no creía que fuera guapa.
—No te preocupes. Yo me encargo de Elsa.
—Bien – Sanderson agitó su vaso de whisky. —Supongo que querrás casarte en Melbourne, así que sugiero…
—No, no podría hacer eso. Sé que la familia de la novia es quien organiza la boda. Sé que querrás darle a tu hija una boda de mucho boato – Donato sonrió al ver la consternación de Sanderson. Seguramente no había contado con hacerse cargo de la factura de tan magna celebración.
—Eso es muy amable por tu parte, pero tú eres un hombre discreto. Elsa entenderá que quieras celebrar una boda sencilla.
Donato negó con la cabeza.
—No se me ocurriría privarla de esto. Cuanto mayor sea la celebración, mejor. Marcará el comienzo de nuestra asociación —aquello le hizo sonreír—. Hagamos que sea el acontecimiento social del año. Sé que es complicado organizar un evento de estas características con tan poco tiempo, así que te ayudaré un poco.
—Gracias, Donato. No te voy a decir que no.
—Bien. Te prestaré ayuda con los preparativos. Conozco a la persona perfecta, tiene buen ojo para la calidad y comprende que no queremos reparar en gastos —le puso una mano a Sanderson en el hombro cuando le iba a interrumpir—. No me des las gracias. Es lo menos que puedo hacer.
A Sanderson le cambió la expresión durante un instante, pero enseguida volvió a enmascararla.
—Y ahora, ¿te importaría darme el móvil de Elsa? Se me olvidó pedírselo antes.
Resultaba interesante que Sanderson no tuviera el número de su hija, a la que consideraba tan «especial», guardado en el móvil. Tuvo que entrar a buscarlo, y Donato se quedó fuera sopesando los acontecimientos de la noche.
Sanderson había mordido el anzuelo. En cuanto a aquella absurda proposición de casar a su hija con Donato… era la apuesta de un hombre desesperado.
Pero Donato le seguiría el juego. Saber que su enemigo se había gastado su último crédito en una boda por todo lo alto que nunca se celebraría sería la guinda del pastel. Sanderson no solo se quedaría completamente arruinado, sino que la farsa de aquella «no boda» le convertiría en un paria social. Se merecía mucho más, pero con eso bastaría.
Solo había una cosa que le preocupaba. Cuando Sanderson sugirió en un principio que se casara con Felicity, Donato no tuvo ningún problema. Sabía que Felicity tenía un corazón de teflón. Disfrutaría de la notoriedad y de la compensación económica que Donato le daría cuando se cancelara la boda.
Pero Elsa era distinta. Todavía no la tenía calada y eso le hacía dudar. Nunca entraba en negociaciones sin conocer a su rival. O en este caso, a su socia.
Sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción. No, daba igual si esta vez le daba alas. Encontraría una manera de compensarla. Pero no tenía intención de alejarse. No solo porque aquello encajara perfectamente con su plan de venganza, sino porque deseaba a Elsa.
Y su intención era disfrutar al máximo de ella y del cortejo.