Capítulo 11

 

Vaya, esto sí que es toda una sorpresa! —la risa de Samantha Raybourne hizo que se giraran las cabezas en el vestíbulo del teatro—. Nunca te imaginé casada, Elsa. Y menos con el soltero más deseado del país.

A Elsa se le congeló la sonrisa. ¿Por qué le había dicho a Donato que quería ver aquella obra? Tendría que haber imaginado que el estreno atraería a gente como la temible Samantha, que en el pasado convirtió su vida en un infierno. Odiaba haberse puesto a sí misma en aquella posición, en la de cómplice de una charada pública.

—Lo que Sam quiere decir es que te da la enhorabuena —dijo la pareja de Samantha. Era tertuliano en un programa de televisión, por lo tanto conocía bien la tensión y sabía cuándo intervenir—. Los dos esperamos que seáis muy felices.

Antes de que Elsa pudiera responder, Donato le pasó la mano por la cintura. Su contacto le recordó la promesa que le había arrancado. Donato evitaría que su padre estuviera todos los días acosándola con los preparativos de la boda y a cambio ella le seguiría la corriente en público. Aunque eso implicara mantener la farsa de que su relación era permanente.

Elsa sintió una oleada de calor. Donato y ella no se iban a casar de verdad, y se estaba volviendo loca tratando de averiguar por qué él permitía que su padre se creyera aquella fantasía. ¿Qué tenía él que ganar? Aquella no era la actitud de un hombre sincero. Y sin embargo, todo lo que había aprendido de Donato indicaba que era recto hasta la médula. Su negativa a explicarse y a acabar con aquella pantomima era un punto negro en su relación.

—Gracias por los buenos deseos —la voz de Donato atravesó la charla que los rodeaba.

Elsa estuvo tentada a soltar la verdad, que el compromiso era una mentira. Pero Donato le había advertido que sin el «compromiso» dejaría de tener relación con su padre. Aquello no era una opción mientras sus hermanos necesitaran que Reg Sanderson devolviera el dinero que se había llevado.

Elsa se había cansado de intentar sacar el tema. Fueran cuales fueran las maquinaciones que se traían Donato y su padre, nada la obligaría a casarse con él. Mientras tanto, solo encontraba alivio en el hecho de que sus amigos de verdad no sabían nada del falso compromiso. Pero la culpabilidad y la frustración la reconcomían.

—No sabía que vosotros os conocierais —murmuró Samantha inclinándose hacia delante para mostrar todavía un poco más de escote.

Elsa sintió una punzada de ira. Si de verdad fuera la prometida de Donato le molestaría muchísimo el modo en que la otra mujer estaba coqueteando con él, charlando sobre la fiesta a la que habían acudido juntos en Melbourne y sonriéndole de modo íntimo.

Pero Elsa solo era su amante temporal.

No le había permitido adentrarse demasiado en su mundo. En cuanto al tiempo que pasaban juntos compartiendo intereses, como las antigüedades, el arte o deportes nuevos para ella como navegar y escalar, a Elsa no le parecían invasivas, solo placenteras.

De hecho, había descubierto con cierta preocupación que todo el tiempo que pasaba con Donato era placentero. Su conexión sexual había crecido para convertirse en algo más complicado.

Elsa parpadeó cuando Samantha se inclinó hacia delante y dijo con sonrisa edulcorada:

—Me aburro muchísimo cuando los hombres hablan de negocios, ¿tú no? —a su lado, sus parejas estaban enfrascadas en una conversación sobre finanzas.

—No, yo no. A mí me resulta interesante —cuando Donato hablaba de sus inversiones le parecía fascinante.

—Pero es que tú siempre has sido muy seria, Elsa. Seria y robusta —los ojos violeta de Samantha, tan artificiales como su sonrisa, recorrieron el cuerpo de Elsa con desprecio—. Eso me recuerda a algo. Corre el rumor de que tu padre le ha encargado a Aurelio tu vestido de novia. ¿Es cierto?

Elsa se encogió de hombros. Prefería fingir naturalidad a pesar del disgusto. No podía creer que su padre hubiera llegado tan lejos como para encargarle su vestido y escoger al diseñador más exclusivo del país. Aquello era una pesadilla. Cuanto antes terminara, mejor.

Aunque, cuando eso ocurriera, Donato y ella seguirían por caminos separados.

Elsa sintió un nudo en el estómago. La idea de que Donato tuviera una nueva amante le subía la bilis a la boca.

—Me sorprende que Aurelio haya accedido a diseñarte el vestido – Samantha había tomado su silencio por un «sí». —Su trabajo es exquisito, pero prefiere trabajar para clientas más esbeltas que puedan lucir sus increíbles diseños.

Otra vez aquella mirada despectiva por el cuerpo redondeado de Elsa.

—¿Te refieres a mujeres esqueléticas? —Elsa no fingió que no lo había entendido—. No sé. No conozco bien sus diseños.

—Bueno, es normal, no eres el tipo de mujer que él viste.

Las palabras de Samantha abrían viejas heridas. Siempre había hecho sentir a Elsa como un elefante torpe, reforzando la negatividad de su padre. Era demasiado grande, demasiado sosa y demasiado aburrida para resultar guapa o excitante.

—Pero Donato es toda una fuerza de la naturaleza, ¿verdad? ¿Qué son los escrúpulos artísticos comparados con la posibilidad de vestir a su novia, sea cual sea su tamaño?

 

 

Donato sintió cómo los músculos de Elsa se ponían tirantes bajo su brazo. Miró cómo Samantha agitaba lánguidamente la mano mientras hablaba con aquel tono impertinente de vestidos y de la talla de Elsa.

Entonces lo entendió y sintió una oleada de furia que le apretó los pulmones. Agarró con tanta fuerza la cintura de Elsa que ella se giró y le dirigió una mirada interrogante.

¿Eran imaginaciones suyas o sus ojos reflejaban dolor? La idea le inquietó. Luego vio cómo su expresión cambiaba y sus labios esbozaban una sonrisa.

Pero no le llegó a los ojos.

—No me importa lo que ese diseñador piense de mi cuerpo —dijo Elsa sosteniéndole a Donato la mirada—. A él le gusta —dijo apoyándose contra Donato e ignorando a la otra mujer—. ¿Verdad, Nato?

Donato se quedó conmocionado una décima de segundo porque Elsa se las había arreglado para usar el diminutivo con el que solo le llamaba su madre. Y un instante después se dio cuenta de que le gustaba oírlo de labios de Elsa. Quería escucharlo otra vez.

Ella parpadeó y Donato se dio cuenta de que estaba esperando una respuesta. La otra mujer les observaba atentamente con expresión rabiosa.

—¿De verdad tienes que preguntarlo, corazón? —dejó caer la mano y le acarició la cadera—. ¿Cómo iba a mirar a ninguna otra teniéndote a ti? Eres la mujer más sexy que conozco.

—¿A pesar de mis curvas? —su risa sonó natural, pero Donato la conocía bien y sabía que las palabras de la otra mujer le habían afectado. Frunció el ceño al recordar las veces que Elsa había tratado de esconder su cuerpo, como si la incomodara que la viera desnuda.

—Tu cuerpo —dijo con voz firme—, es una obra de arte. Cualquier diseñador estaría encantado de vestirte. Eres una mujer, no un saco de huesos.

Donato fue consciente de refilón del silbido de asombro de la mujer que tenían al lado, pero toda su atención estaba puesta en los abiertos ojos de Elsa. Quería borrar de ellos el dolor y olvidar la punzada de culpabilidad por haberla convertido en blanco de aquella bruja debido a su insistencia en continuar con la farsa del compromiso. Pero no podía abandonar ahora que estaba tan cerca de llevar a Sanderson a la ruina.

Donato bajó la cabeza y la besó en la boca.

—No —susurró ella—. El entreacto ha terminado.

Donato miró a su alrededor. El vestíbulo se había vaciado rápidamente. Elsa estiró la espalda y se dispuso a arreglarse el moño alto, que estaba ahora algo despeinado.

—Déjalo así —gruñó Donato con voz ronca—. Me gusta más.

—Y eso es lo único que importa, ¿verdad? —Elsa sacudió la cabeza y sonrió.

—No, pero es la verdad. Y merezco una recompensa.

Ella entornó la mirada.

—¿Por haber mentido sobre mi cuerpo para salvar mi orgullo?

—No entiendes nada, ¿verdad, cariño? No he dicho más que la verdad. Digo que merezco una recompensa porque voy a llevarte a ver la segunda parte de la obra en lugar de devorarte aquí mismo, que es lo que quiero hacer – Donato aspiró con fuerza el aire. —Vas a demostrarle a esa bruja y a todos los de su calaña que sus insultos te importan un bledo porque eres superior a ella en todos los sentidos.

Elsa parpadeó y le temblaron los labios.

—No hace falta que finjas conmigo, Donato.

Su expresión rompió algo en el interior de Donato a lo que no le pudo poner nombre.

—Nuestra situación no es sencilla, Elsa, pero esto es real. Eres la mujer con la que quiero estar —aspiró otra vez con fuerza el aire y se estiró la chaqueta—. Y ahora entra conmigo antes de que cambie de opinión y te lleve a la cama más cercana.

 

 

—¿Seguro que estás bien, Elsa? Sé cómo es papá cuando quiere algo. Nunca le había visto tan alterado como el último día que estuve en Sídney.

Elsa escuchó el estremecimiento de su hermana a través del teléfono. A pesar de su situación privilegiada de hija favorita de su padre, ella también había sufrido a Reg Sanderson. Como todos. Pero aquello era algo que los tres hermanos habían aprendido a guardarse para sí mismos. A poner una buena cara en público y ocultar lo que sentían.

Elsa miró más allá del precioso jardín de Donato hacia las oscuras aguas del Pacífico.

—Ahora no me molesta – Donato se había encargado de ello. A pesar de la preocupación de Elsa por el falso compromiso, era maravilloso no tener que lidiar con su padre.

—Tienes que tener cuidado. Papá está desesperado, empeñado en lo del matrimonio. Y yo no podría casarme con un desconocido ahora que tengo a Matthew. Lo siento mucho, hermana. Estás metida en este lío porque salí huyendo para no enfrentarme a ese tal Salazar.

Fuzz exhaló un fuerte suspiro.

—Ojalá fuera tan fuerte como tú. Siempre quise tener tu determinación, pero soy débil.

Elsa se dejó caer en una silla.

—No confundas ser mundana con ser débil. Lo que pasa es que yo nunca quise cumplir con lo que se esperaba de mí y tuve que buscar mi propio camino.

—Ojalá yo lo hubiera hecho antes. Alejarme de él ha sido lo mejor que he hecho en mi vida.

Elsa se apartó de la cara el pelo que se le había salido de la coleta.

—Me alegro de que lo hicieras, Fuzz. Te mereces esta oportunidad. Y Rob también.

—¿Eso crees? —su hermana hizo una pausa—. No merezco que libres mis batallas por mí, pero no renunciaré a Matthew por un exconvicto que quiere impresionar a papá.

—¡Es mucho más que un exconvicto! O que uno de los tiburones con los que se suele relacionar papá.

Las palabras de Elsa fueron seguidas de un silencio.

—¿Seguro que estás bien, hermana? Si me necesitas volveré. No tienes por qué hacer esto sola.

Elsa parpadeó. ¿Fuzz acudiendo en su ayuda? Sí que había cambiado.

—No, quédate allí. ¿Ha llegado el dinero? Papá me prometió que devolvería el de Rob.

—Algo. Lo suficiente para continuar con las reparaciones. Pero todavía falta una buena cantidad. Sin eso, el resort está condenado.

Como Elsa había sospechado, su padre no tenía ninguna prisa en devolver todos los fondos de los que se había apropiado.

—Encontraré la manera de que lo devuelva —hasta entonces estaba atrapada, se negaba a seguir adelante con un matrimonio amañado pero tampoco podía retirarse completamente por temor a que Rob no volviera a ver su dinero.

Y mientras tanto disfrutaba de la más intensa y maravillosa relación de su vida con un hombre con el que se negaba a casarse.

Nunca se casaría para engrasar las ruedas de los planes de su padre. Aunque Donato fuera el único hombre por el que había sentido algo así. Estaba a punto de rendirse e irse a vivir con él. Porque quería estar a su lado, no por las maquinaciones de su padre.

—¿Puedes conseguir que papá devuelva el dinero? —la voz de su hermana encerraba esperanza y miedo.

—No te preocupes, Fuzz. Me necesita para conseguir su objetivo. Me las arreglaré para que Rob consiga su dinero y tú puedas quedarte con Matthew.

Se escucharon unos pasos en el pavimento. Era Donato, que la estaba observando. ¿Habría escuchado algo?

—Tengo que irme – Elsa se dio la vuelta y bajó la voz. —Gracias por llamar y por la propuesta de regresar… significa mucho para mí— sintió un nudo en el estómago.

Los hermanos Sanderson habían encontrado cada uno su modo de lidiar con su padre. El de Fuzz había sido centrarse en sí misma.

—De acuerdo. Pero recuerda que si me necesitas puedo estar allí en un día.

Elsa se despidió y colgó el teléfono. Estaba enternecida por la preocupación de su hermana. Porque le había ofrecido regresar. Porque Elsa sentía un lazo con ella que no había sentido en años. Con Rob sí, pero no con su hermana. Elsa siempre había vivido a la sombra de la brillante personalidad de Fuzz. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que su hermana quisiera ser como ella.