Capítulo 6
Donato la estaba esperando de pie en el umbral de una joya de casa art decó de dos plantas que despertó la envidia de Elsa. En la entrada había un descapotable rojo oscuro. No era un coche supermoderno, sino un modelo vintage que hacía pensar en picnics con champán y escapadas románticas al campo.
Elsa sintió una punzada de molestia. Era más sencillo odiar a aquel hombre cuando no sabía que tenían los mismos gustos.
Pero aquella no era su casa. Donato vivía en Melbourne. Tal vez estuviera allí invitado. Seguramente vivía en una caja sin alma y tenía un chófer que le llevaba en limusina.
Aquella idea la tranquilizó. No le gustaba tener nada en común con él. Aparte de aquella desconcertante atracción. Y la sospecha de la noche anterior, cuando pensó que no era un gran fan de su padre. Aunque sin duda había sido su imaginación.
Elsa detuvo su pequeño coche y se dijo a sí misma que era la casa lo que le aceleraba el pulso y no el hombre.
Tenía enormes ventanales y terminaba en curva como la proa de un barco. El atisbo de mar azul que se veía detrás aumentaba su belleza, igual que el maravilloso jardín que se ocultaba tras las puertas de seguridad. Unas puertas que se abrieron en cuanto el coche salió de la calle.
¿Había estado Donato vigilándola, él o su personal de seguridad? No había visto a nadie en el largo camino que llevaba de la calle a la casa, situada en lo alto del acantilado.
Y ahora, allí estaba él, bajo el enorme pórtico circular con expresión indescifrable. Parecía muy serio. Elsa se dijo que se debía a que llevaba pantalones negros y camisa negra con las mangas subidas en gesto informal. Aunque no había nada de informal en el modo en que la miraba. Elsa sintió el brillo de sus ojos oscuros tras el parabrisas. Se le puso la carne de gallina.
Nunca se había sentido tan desnuda como con él. Era como si viera a través de las defensas que se había pasado la vida levantando. Donato apelaba a una parte suya que nunca había dejado libre.
Durante un instante, el miedo la mantuvo sentada en su sitio. Cuando por fin abrió la puerta y salió se vio envuelta en el calor veraniego.
Sus miradas se encontraron por encima del coche. Elsa sintió cómo se le aceleraba el pulso, y no de miedo, sino de emoción.
¿Cómo era posible que deseara a un hombre que acababa de afirma con absoluta calma que tenía que casarse con él si no quería ver a su padre en la ruina?
Elsa estiró los hombros, cerró la puerta del coche y cruzó por la terraza.
Donato no avanzó hacia ella, se quedó allí de pie con expresión enigmática. Tenía las manos metidas en los bolsillos y una actitud despreocupada.
Y peor todavía, estaba tan impresionante como la noche anterior. La tenue luz de la fiesta no había exagerado la amplitud de sus hombros ni la fuerza de su cuerpo. Elsa deslizó la mirada por los musculosos brazos, cubiertos de un vello oscuro, y por los fuertes muslos. Durante un instante, se preguntó qué se sentiría al estar abrazada contra aquel cuerpo masculino.
Donato sonrió al verla acercarse y la pálida cicatriz de la cara desapareció. Elsa parpadeó y se tambaleó un poco sobre una baldosa suelta. Se dijo entonces que estaba demasiado enfadada para sentir atracción.
Sin embargo, lamentó no haber tenido tiempo para ponerse unos tacones y no tener que alzar la barbilla para mirarle.
—Hoy estás particularmente vibrante, Elsa.
—¿Vibrante? —ella sacudió la cabeza—. La palabra es «furiosa».
—Va contigo —no dejó de sonreír, pero en su expresión había también algo receloso. Sus ojos ocultaban secretos.
No era de extrañar, teniendo en cuenta los juegos que llevaba a cabo. ¿Qué perseguía? Elsa no se creía que un hombre como Donato Salazar quisiera realmente casarse con una de las hijas de Reg Sanderson. Y menos con ella, que era sosa, sensata y con cero glamur.
Se puso tensa. No se trataba de ella, sino de salvar a Fuzz y a Rob.
—Tenemos que hablar.
—Por supuesto. Entra – Donato se apartó y le hizo un gesto para que pasara.
Elsa pasó por delante de él y entró en un vestíbulo circular. Detuvo el paso al ver las perfectas líneas de la escalera que llevaba a la planta superior. Era de un delicado hierro con figuras de madera de ninfas y faunos. Art decó puro.
Elsa dio un paso atrás, maravillada a pesar del enfado.
Entonces escuchó el sonido de las puertas cerrándose a sus espaldas. Se le erizó el vello de la nuca.
Qué ridiculez. Estaba allí porque necesitaba resolver aquella cuestión con Donato cara a cara.
—Por aquí – Donato estaba de pronto a su lado y la guiaba hacia el salón con vistas a la piscina y al Océano Pacífico que quedaba detrás.
Elsa no se movió.
—Esto no llevará mucho —plantó los pies en el suelo.
Donato se dio la vuelta y alzó las cejas en silencio.
—Pareces muy combativa.
—Y a ti parece que no te sorprende.
Él se encogió de hombros y se acercó otra vez a Elsa, que seguía en el centro del vestíbulo circular.
—Sé que eres una mujer volátil.
Elsa resopló. ¿Volátil? Era el único miembro estable de la familia. La única que nunca tenía berrinches. La que hacía lo que había que hacer en silencio. Antes de irse de su casa fue ella, y no su padre ni su hermana mayor, quien se aseguró de que el jardinero y el ama de llaves recibieran instrucciones y su sueldo.
—No soy volátil. Estoy enfadada, y con justificación. Es muy diferente —aspiró con fuerza el aire—. ¿O crees que mi reacción se debe a que soy mujer? —aquella había sido siempre una de las coletillas favoritas de su padre.
Donato alzó las manos en gesto de rendición. Pero el brillo de sus oscuros ojos azules le hizo saber que se estaba divirtiendo demasiado como para dejarlo.
—Soy muchas cosas, Elsa, pero no soy sexista.
Estaba mucho más cerca de lo que a ella le habría gustado. El estómago se le puso del revés. Tragó saliva cuando el aroma a café y a cálida piel masculina la envolvió. Era como si su cuerpo estuviera teniendo una conversación diferente a la que salía por su boca. Una conversación relacionada con el calor y el deseo.
No sabía cómo combatirlos. La opción más obvia habría sido poner distancia entre ellos, pero no quería que Donato percibiera ni el más mínimo miedo en ella. Había aprendido desde muy joven que mostrar debilidad solo empeoraba las cosas.
—Quiero saber qué está pasando.
—Bueno, ya que has decidido venir aquí en lugar de ir a Bennelong Poing, he pedido que nos preparen la comida en la terraza.
Elsa no había conocido a nadie tan seguro de sí mismo, tan irritante. Era peor todavía que su padre.
Se cruzó de brazos y lo miró fijamente.
—No he venido aquí a comer.
—Tienes que cuidarte. No has parado a desayunar, ¿a que no? —Donato dio un paso más hacia delante y fue como si la estancia se cerniera de pronto sobre ellos.
Elsa aspiró con fuerza el aire, necesitaba oxígeno.
—Todavía estabas en la cama cuando llamé —el brillo de sus ojos le recordó su seducción cuando estaba desnuda en la cama y sintió una oleada de calor en el vientre.
Se puso recta e ignoró el sonrojo de las mejillas.
—Quiero la verdad. No necesitas casarte con ninguna de las hijas de Reg Sanderson. La idea del matrimonio para crear un lazo fuerte en los negocios no cuela. Es mi padre quien te necesita a ti, no al revés. ¿Por qué le sigues el juego?
Los ojos de Donato se abrieron un poco más durante una décima de segundo, y sus azules profundidades revelaron un brillo de sorpresa. Luego volvió a bajar los párpados y su mirada se hizo inescrutable.
A Elsa se le aceleró la respiración. Allí había algo. Algo que ella había dicho y que Donato no esperaba que supiera. Pero ¿de qué se trataba?
—Las cosas no son siempre tan claras como parecen – Donato hizo una pausa. —La propuesta de tu padre tiene muchas ventajas.
Elsa se puso en jarras.
—¿Qué ventajas? Dime una.
En respuesta, Donato bajó la mirada y se fijó en su camiseta suelta, los pantalones finos y las sandalias planas.
Se había vestido para estar cómoda, no sofisticada. La camiseta suelta color agua y plata era su favorita. Ahora, bajo la mirada de Donato, Elsa tuvo la sensación de ser de pronto transparente. Parecía que sus ojos se le deslizaran por la piel, siguiendo cada curva que la tela debía tapar.
Su cuerpo cobró vida como había sucedido la noche anterior. Se había dicho a sí misma que era una ilusión creada por el cansancio y el estrés. Pero ahora no se sentía cansada. Lo que sentía eran unas oleadas de energía que le atravesaban todas las terminaciones nerviosas.
Apretó las mandíbulas.
—No tienes que casarte conmigo para conseguir sexo.
—Vaya, Elsa —los ojos de Donato brillaron y se le curvó la boca en una sonrisa—. Eso sí que es una buena oferta. Me siento halagado y encantado.
Ella estuvo a punto de sonreír también en un instante de locura, pero se contuvo.
—No te estoy ofreciendo nada —le espetó—. Solo constato lo obvio. Si quisieras acostarte conmigo, el matrimonio no es necesario.
—Es una idea tentadora —murmuró él—. Me alegro de que lo sugieras.
—Ya basta, Donato. Sabes que no estoy sugiriendo nada —pero a ella tampoco se le iba de la cabeza la idea de ellos dos juntos.
—Estás pensando en ello, ¿verdad? —la voz de Donato bajó una cuarta más—. Yo también, Elsa. La idea me resulta embriagadora.
Alzó una mano para acariciarle la mejilla y ella sintió una corriente de sensaciones. Dio un paso atrás con la respiración agitada, pero en lugar de soltarla, Donato continuó con la caricia.
Elsa se sentía abrumada.
Excitada.
Donato había saboteado todas sus zonas erógenas, sintonizándolas con su contacto. Los labios le temblaron cuando él deslizó la mirada hacia la boca. Se le pegaron los pezones contra el sujetador sencillo que se había puesto, como burlándose de su decisión de no arreglarse para él.
Elsa tragó saliva y se hundió en el calor somnoliento de aquellos ojos.
—Déjame ir, Donato —tenía la voz temblorosa. No por el miedo, sino porque su cuerpo había cobrado vida al instante ante su contacto.
Era consciente con cada átomo de su ser de su silueta a escasos centímetros de la suya. Era como si proyectara un escudo de fuerza que le provocaba una oleada de calor en el centro.
—No —él sacudió la cabeza—. He esperado demasiado —le deslizó la palma por la mejilla para acariciarle la mandíbula y luego el pelo.
Elsa arqueó el cuello y contuvo un suspiro ante la deliciosa sensación de sus dedos en el cuero cabelludo.
—Tonterías —la voz le salió demasiado dulce. Se aclaró la garganta y trató de reunir la energía suficiente para apartarse. Le temblaban las rodillas—. No hace ni un día que nos conocemos.
Donato le acercó la cabeza todavía más y Elsa contuvo el aliento. La mantenía prisionera con aquella mirada suya tan azul.
—De todas formas, he esperado demasiado. Te deseo desde el momento en que te vi —sus palabras eran pura seducción.
Elsa se dijo que aquello no era más que una frase hecha, pero no fue capaz de reunir el valor para moverse. Estaba a punto de perderse. Tragó saliva y se le secó la boca al mirarle a los ojos.
—No me tomes por tonta —a pesar de su indignación, saboreó con la boca su nombre. Miró aquel rostro austero y marcado y deseó, por primera vez en su vida, ser la guapa de la familia. Que las cabezas se giraran al pasar ella—. Viniste a la fiesta esperando ver a mi hermana, no a mí.
—Y cuánto me alegré de que no pudiera venir —sus palabras eran un caricia.
—¡No! —Elsa reculó y finalmente se apartó de él—. No finjas que estás obnubilado por mi aspecto y mi vibrante personalidad. No funcionará.
—¿No me crees, dulce Elsa?
Maldito fuera. Incluso aquel apelativo cariñoso tan sencillo le aceleró el corazón. ¿De verdad estaba tan necesitada? ¿Tan dispuesta a quedar seducida por un poco de atención?
Pero, a pesar de su indignación, se dio cuenta de que se estaba engañando a sí misma. A pesar de sus protestas, la conexión entre ellos era real y al mismo tiempo inexplicable. La había atravesado en cuanto se encontró con los ojos de Donato en la fiesta.
—No juegues conmigo, Donato – Elsa apretó los labios.
—No confías en mí, ¿verdad?
Ella alzó la barbilla.
—Ni un ápice.
—Tal vez esto te convenza —la agarró de la mano, y antes de que Elsa pudiera liberarse, se la puso en el pecho.
Ella se quedó paralizada al instante. El corazón de Donato latía con fuerza bajo su palma. No era el pulso de un hombre que tuviera el control. Era el pulso de un hombre al borde del abismo. Elsa abrió los ojos de par en par. La mirada de Donato se clavó en ella y le pareció sincera.
—Te deseo, Elsa —aseguró mirándola fijamente—. Y tú me deseas a mí.
Antes de que ella pudiera pensar en una respuesta, la mano de Donato se le deslizó por el seno con la palma hacia abajo.
—¿Lo ves? Vamos a la par.
Era cierto. A ella le latía el corazón tan deprisa como a Donato. Y en lo único que podía pensar era en qué sentiría si aquella mano bajaba un poco más y le cubría el seno.
Sintió un escalofrío de deseo y comenzó a jadear.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Donato deslizó la mano para cubrirle el seno. Elsa se mordió el labio para contener un gemido de placer. Pero no pudo evitar pegarse más a él con los ojos cerrados mientras Donato le moldeaba la suave piel con la mano. Sintió algo parecido al alivio.
Él se movió y Elsa abrió los ojos de golpe. La agarró del brazo y avanzó contra ella hasta que Elsa dio con la espalda contra algo sólido.
Estaban cadera contra muslo, torso con torso, y se estremeció ante lo bien que se sentía. Incluso el aroma de Donato en las fosas nasales le resultaba delicioso. La potencia de su cuerpo grande era una promesa, y también, se dio cuenta, una amenaza.
—¡No! —Elsa le puso las manos en los hombros y le apartó.
Donato no se movió.
—No me importa a qué acuerdo hayas llegado con mi padre. No me puedes forzar. ¡Déjame ir!
Él apretó las mandíbulas y Elsa vio cómo le latía el pulso en las sienes. Aspiró con fuerza el aire y, para su sorpresa, dio un paso atrás. Se mantuvo unos centímetros más lejos.
—Esto no tiene que ver con ningún acuerdo, Elsa. Esto es sobre nosotros.
—No hay ningún «nosotros».
—Por supuesto que sí. Tú también notas la conexión que hay. El deseo.
Sí lo sentía. Y la asustaba más que cualquier otra cosa que podía recordar.
—¿Crees que tener sexo contigo me convencerá para que nos casemos? —el pecho le subía y le bajaba—. ¿Tan bueno crees que eres en la cama? ¿O tienes pensado chantajearme para obligarme porque sabes que mi hermana no está disponible?
—No seas cobarde, Elsa.
Ella se puso tensa. Hacía mucho tiempo que había dejado de ser una cobarde. Tras la vida que tuvo que soportar con su padre, la continua batalla por conseguir su respeto, ya que le había negado su amor, se había ganado el derecho a llevar la cabeza muy alta.
—No soy una cobarde —afirmó con los dientes apretados.
—Estás buscando excusas – Donato alzó las manos. —Olvídate de tu padre. Olvídate de la boda y del acuerdo de negocios. Olvídate de tu hermana. Nunca me interesó.
Elsa le escudriñó el rostro, y le pareció sincero.
—Esto es sobre tú y yo. Te estoy diciendo que te deseo. La pregunta es, ¿eres suficientemente mujer para admitir que tú también me deseas?
—¿Contigo sosteniendo sobre nuestras cabezas la hipotética bancarrota de mi padre?
Donato sacudió la cabeza.
—Aquí hay dos asuntos distintos —hablaba despacio y sin apartar la mirada de la suya—. Está mi acuerdo de negocios con tu padre y sí, la propuesta de matrimonio está unida a eso. Pero ese no es el tema ahora. Nadie te está obligando a hacer nada. Créeme, yo nunca obligaría a ninguna mujer a acostarse conmigo.
Elsa se lo quedó mirando y se fijó en que aquellas facciones morenas mantenían unas líneas de rígido control. No había prepotencia en sus ojos ni orgullo en sus hombros.
Le creía. Y aquella certeza la impresionó.
—Ahora estamos hablando de sexo —su voz se volvió profunda y líquida al decir aquella palabra—. Tú y yo. Sin complicaciones, satisfactorio y apasionado.
—¿Apasionado? —Elsa no supo por qué se le escapó aquella palabra. No era lo que quería decir—. Das muchas cosas por hecho.
Donato sacudió la cabeza.
—No doy por hecho nada, Elsa. Lo sé. ¿Tú no lo sientes? —volvió a acercarse a ella, pero esta vez solo le tomó la mano con ligereza.
Salieron chispas del punto de contacto y Elsa tuvo que contener un escalofrío de placer.
¿Cómo había llegado a aquello? Había cruzado todo Sídney para enfrentarse a Donato, completamente indignada…
Pero había algo más. Por mucho que quisiera fingir, no solo era indignación. Se había sentido casi aliviada al tener una excusa para volver a verlo, a pesar de asegurar que no volverían a verse. Estaba enfadada, eso seguro. Pero también estaba… fascinada.
Tragó saliva. Se le había secado la garganta al enfrentarse a la verdad. Deseaba a Donato Salazar como no había deseado nunca a ningún hombre.
Donato le deslizó un dedo por la palma y ella contuvo el aliento.
—Dime que tú también lo sientes —ronroneó él.
Elsa contuvo un gemido de desesperación. Se sentía fuera de lugar. Nunca se le había dado bien el coqueteo. De pronto, ya no le interesaba el orgullo ni mantener una imagen. Aquello era una cuestión de supervivencia… y sentía que se estaba hundiendo una vez más.
—¿Qué quieres de mí, Donato? Yo no juego a estas cosas.
—Yo tampoco —tenía una expresión seria, sin asomo de burla. Tragó saliva, y algo dentro de Elsa se suavizó ante aquel signo visible de que no tenía completamente el control.
De pronto dio un paso atrás y le soltó la mano.
—Lo que ocurra a continuación depende de ti —su mirada era al mismo tiempo un desafío y una invitación.