Epílogo

A quienes me han seguido en mi trayecto hasta aquí no les extrañará leer ahora que, a mi entender, esa reflexión debería partir de una idea central: que toda persona pueda identificarse, aunque sea un poco, con el país en que vive y con el mundo actual. Y ello entraña una serie de comportamientos, y de hábitos que hay que adquirir, tanto por parte de la persona misma como por parte de sus interlocutores, sean individuos o colectividades.

Se debería animar a todo ser humano a que asumiera su propia diversidad, a que entendiera su identidad como la suma de sus diversas pertenencias en vez de confundirla con una sola, erigida en pertenencia suprema y en instrumento de exclusión, a veces en instrumento de guerra. Especialmente en el caso de todas las personas cuya cultura de origen no coincide con la cultura de la sociedad en que viven, es necesario que puedan asumir, sin demasiados desgarros, esa doble pertenencia, que puedan mantener su apego a su cultura de origen, no sentirse obligados a disimularla como si fuera una enfermedad vergonzante, y abrirse en paralelo a la cultura del país de acogida.

Así formulado, este precepto parece referirse principalmente a los inmigrados, pero se refiere también a quienes, habiendo vivido siempre en el seno de una misma sociedad, conservan no obstante lazos afectivos con su cultura de origen —estoy pensando por ejemplo en los negros de América, cuya denominación actual, «afroamericanos», revela claramente lo que hay en ellos de doble pertenencia—; el precepto se refiere asimismo a todos los que, por razones religiosas, étnicas, sociales o de otro tipo, se sienten «minusvalorados», se sienten «aparte», en la única patria que han tenido nunca. Para todos, poder vivir serenamente las diversas pertenencias es esencial para su pleno desarrollo personal, y también para la paz civil.

Del mismo modo, también las sociedades deberían asumir las múltiples pertenencias que han forjado su identidad a lo largo de la Historia, y que aún siguen configurándola; deberían hacer un esfuerzo para mostrar, a través de símbolos visibles, que asumen su diversidad, de manera que cada ciudadano pueda identificarse con lo que ve a su alrededor, pueda reconocerse en la imagen del país en que vive y se sienta movido a implicarse en él en vez de quedarse, como tantas veces sucede, como un espectador inquieto y en ocasiones hostil.

Como es lógico, no todas las pertenencias que un país reconoce en sí mismo tienen idéntica importancia, pues no se trata de proclamar una igualdad de fachada que a nada correspondería, sino de afirmar la legitimidad de las diversas expresiones. A título de ejemplo, no hay duda de que, desde el punto de vista religioso, Francia es un país en el que la tradición principal es la católica, pero ello no debería impedir que se reconociera también una dimensión protestante, una dimensión judía, una dimensión musulmana, y asimismo una dimensión «volteriana», profundamente recelosa con respecto a toda religión; cada una de esas dimensiones —y la lista no es exhaustiva— ha desempeñado y sigue desempeñando un papel significativo en la vida del país, y en la percepción profunda de su identidad.

Es cierto, por otra parte, que la lengua francesa posee asimismo una identidad de múltiples pertenencias; latina al principio, sí, pero también germánica, céltica, con aportaciones africanas, antillanas, árabes, eslavas, y con otras influencias, más recientes, que la enriquecen sin alterarla necesariamente.

No he citado aquí más que el caso de Francia, sobre el que por otra parte podría haberme extendido mucho más. Por supuesto que cada sociedad tiene su propia y muy singular representación de sí misma y de su identidad. Para los países del Nuevo Mundo, y en especial para Estados Unidos, reconocer que su identidad está integrada por pertenencias múltiples no plantea en principio ningún problema, pues el país se formó mediante las aportaciones de inmigrantes llegados de todos los continentes. Pero no todos esos inmigrantes llegaron en las mismas condiciones. Unos buscaban una vida mejor, otros fueron secuestrados y llevados allí contra su voluntad. Será al término de un largo, larguísimo y difícil proceso, aún inconcluso, cuando todos los hijos de inmigrantes, así como los descendientes de los que ya moraban allí en la época precolombina, podrán identificarse plenamente con la sociedad en que viven. Pero en este caso el problema no estriba tanto en el principio de diversidad cuanto, sobre todo, en su aplicación práctica.

En otros sitios, la cuestión de la identidad nacional se plantea de distinta manera. En Europa Occidental, que en la práctica se ha convertido en tierra de inmigración pero que no se consideraba como tal por vocación, hay pueblos a los que todavía les cuesta concebir su identidad si no es remitiéndose exclusivamente a su propia cultura. Así sucede sobre todo en los que han estado mucho tiempo divididos, o privados de su independencia; para esos países, la continuidad a lo largo de la Historia no la han garantizado un Estado o un territorio nacional, sino los vínculos culturales o étnicos. Dicho esto, Europa, tomada en su conjunto, en la medida en que tiende hacia la unidad, tendrá evidentemente que concebir su identidad como la suma de todas sus pertenencias lingüísticas, religiosas y de otro tipo. Si no reivindica cada elemento de su historia, si no les dice con claridad a sus futuros ciudadanos que deben poder sentirse plenamente europeos sin dejar de ser alemanes, franceses, italianos o griegos, simplemente no podrá existir.

Forjar la nueva Europa es forjar una nueva concepción de la identidad, para sí misma, para cada uno de los países que la componen y un poco también para el resto del mundo.

Habría mucho que decir sobre este ejemplo, como sobre el de Estados Unidos y tantos otros, pero me resistiré a la tentación de entrar en los detalles y me limitaré a mencionar simplemente un aspecto, a mi entender importante, del «funcionamiento» de la identidad: desde el momento en que nos integramos en un país o en un conjunto de países, como puede ser la Europa unida, es inevitable sentir unos ciertos lazos de parentesco con cada uno de los elementos que lo componen; conservamos, sin duda, una relación muy particular con nuestra cultura propia, y una cierta responsabilidad hacia ella, pero se tejen igualmente vinculaciones con los demás componentes. Desde el momento en que un piamontés se siente italiano, es inevitable que se interese por la historia de Venecia y de Nápoles, aun cuando reserve una especial ternura para Turín y su pasado. Del mismo modo, a medida que ese italiano se vaya sintiendo europeo, las trayectorias de Ámsterdam o de Lübeck le serán cada vez menos indiferentes, cada vez menos ajenas. Es posible que se tarde dos o tres generaciones, en determinados casos algo más; pero conozco a jóvenes europeos que se comportan ya como si el continente entero fuera su patria, y sus habitantes sus compatriotas.

No puedo evitar, yo que reivindico con voz bien alta todas mis diversas pertenencias, soñar con un día en el que la región que me vio nacer siga ese mismo camino, dejando atrás el tiempo de las tribus, el tiempo de las guerras santas, el tiempo de las identidades asesinas, para construir algo en común; sueño con el día en que podré llamar «patria» a todo el Oriente Próximo, igual que llamo así a Líbano, a Francia y a Europa, y «compatriotas» a todos sus hijos, musulmanes, judíos y cristianos de todas las denominaciones y de todos los orígenes. Ya es así en mi mente, que no deja de especular y de mirar al futuro; pero me gustaría que algún día fuera así también en el terreno de lo real, y para todos.

Cierro no de buen grado el paréntesis para volver a mi propósito inicial y reiterar, en el plano mundial, lo que ya he dicho con respecto a cada país: habría que hacer lo posible para que nadie se sintiera excluido de la civilización común que está naciendo, para que todos pudieran hallar en ella su lengua de identidad y algunos símbolos de su cultura propia, para que todos pudieran identificarse también en ella, aunque sea un poco, con lo que ve surgir en el mundo que lo rodea en vez de buscar refugio en un pasado idealizado.

Paralelamente, todos deberían poder incluir en los que piensan que es su identidad un componente nuevo, llamado a cobrar cada vez más importancia en el próximo siglo, en el próximo milenio: el sentimiento de pertenecer también a la aventura humana.

Esto es más o menos lo que quería decir acerca del deseo de identidad y de sus descarríos criminales. Si era mi intención agotar la cuestión, no he pasado de los primeros balbuceos, y a cada párrafo escrito me daban ganas de añadir otros veinte. Me releo y no estoy seguro de haber acertado en estas páginas con el tono necesario —ni demasiado frío, ni demasiado inflamado—, ni con los argumentos adecuados para convencer, ni con las fórmulas más exactas. Pero poco importa, pues sólo he querido lanzar algunas ideas, aportar un testimonio y suscitar una reflexión sobre unas cuestiones que me preocupan desde siempre, y cada vez más a medida que observo este mundo tan fascinante, tan desconcertante, en el que me ha sido dado nacer.

Por lo general, cuando un autor llega a la última página, su deseo más querido es que su libro siga leyéndose cien años después, doscientos años después. Nunca se sabe, claro está. Hay libros que uno querría que fuesen eternos y que mueren al día siguiente, mientras que sobrevive otro que parecía un divertimento de escolar. Pero siempre hay esperanzas.

En el caso de este libro, que no es ni un divertimento ni una obra literaria, quiero formular el deseo contrario: que cuando mi nieto sea hombre, al descubrirlo un día por casualidad en la biblioteca familiar, lo hojee, lo mire por encima y después lo vuelva a dejar en el estante lleno de polvo del que lo ha sacado, encogiéndose de hombros, extrañado de que en la época de su abuelo aún fuera necesario decir cosas como éstas.