Dos
Alrededor del Mediterráneo existen desde hace siglos, en contigüidad y confrontación, dos espacios de civilización: el del norte por un lado, y el del sur y el este por otro. No me voy a detener demasiado en la génesis de esa división, pero nunca está de más recordar, cuando hablamos de Historia, que todo tiene un principio, un desarrollo y, en su momento, un final. En la época romana, todas esas regiones, que después serán cristianas, musulmanas o judías, pertenecían al mismo imperio; Siria no era menos romana que la Galia, y el África septentrional era seguramente, desde el punto de vista cultural, mucho más grecorromana que la Europa del norte.
Las cosas cambiaron radicalmente con la aparición sucesiva de dos monoteísmos conquistadores. En el siglo IV, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano; tras haber propagado su fe de manera admirable, mediante la predicación, la oración y el ejemplo de los santos mártires, los cristianos utilizaron entonces plenamente el arma del poder para consolidar su autoridad e imponerse por completo, poniendo fuera de la ley a la antigua religión romana, hostigando a sus últimos adeptos. Poco tardó el mundo cristiano en amoldarse a las fronteras del imperio, pero éstas eran cada vez más inestables, Roma caería «bajo el azote de los bárbaros», como decían los viejos manuales, a partir del siglo V.
Bizancio, la capital de Oriente, sobrevivió aún durante un milenio, pero sus intentos de reconstruir el imperio se pararon en seco: Justiniano consiguió recuperar momentáneamente una buena parte de los territorios abandonados, en Italia, en España, en el norte de África… En vano. Su empresa se reveló desesperada, sus generales no pudieron defender las provincias reconquistadas, y con su muerte en el año 565 se pasa una página y se desvanece una ilusión. El gran Imperio Romano no volverá a renacer. Nunca jamás estará el nuevo Mediterráneo agrupado bajo una única autoridad. Nunca jamás los habitantes de Barcelona, de Lyon, de Roma, de Trípoli, de Alejandría, de Jerusalén y de Constantinopla volverán a dirigir sus peticiones a un mismo soberano.
Cinco años después en el 570, nació Muhammad Mahoma, el Profeta del islam. Fuera de los límites del imperio, pero no lejos. Había un continuo ir y venir de caravanas entre su ciudad, La Meca, y ciudades del mundo romano como Damasco o Palmira; e igualmente con el imperio iraní sasánida, rival de los romanos y también sacudido por extrañas convulsiones.
Sin querer explicar el fenómeno místico y religioso que constituye el mensaje del islam, cuya aparición obedece a leyes complejas, de difícil comprensión, es cierto que en lo político había entonces un vacío propicio para el seguimiento de una realidad nueva. Por vez primera desde hacía más de seis siglos —o sea, a la escala de la memoria de los hombres, desde el comienzo de los tiempos—, no estaba allí la sombra de la gran Roma. Muchos pueblos se encontraban así libres y huérfanos.
Ese vacío —o tal vez habría que decir esa «aspiración de aire»—, gracias al cual las tribus germánicas pudieron extenderse por Europa para hacerse con los territorios que luego se llamarán Sajonia o Reino de los Francos, les permitió también a las tribus de Arabia realizar, fuera de su desierto originario, una importante «salida». Aquellos beduinos que hasta entonces habían vivido al margen de la Historia consiguieron adueñarse, en unas cuantas décadas, de un inmenso territorio que iba desde España hasta la India. Y todo de una manera asombrosamente ordenada, con un relativo respeto hacia los otros y sin excesos de violencia gratuita.
Lejos de mí la idea de presentar aquella conquista como una marcha pacifista. O la de pintar el mundo musulmán como un paraíso de tolerancia. Pero los hechos hay que valorarlos a la luz de su tiempo. Y no hay duda de que tradicionalmente el islam aceptó la presencia, en las tierras que conquistaba, de los fieles de las otras religiones monoteístas.
Dirán quienes me discuten que no sirve de nada elogiar la tolerancia del pasado cuando el presente es como es. Y en cierto sentido no les falta razón. Es flaco consuelo saber que el islam fue tolerante en el siglo VIII cuando hoy se degüella a sacerdotes, se apuñala a intelectuales y se ametralla a turistas. Al evocar el pasado no trato en modo alguno de disimular las atrocidades que la actualidad nos lanza a la cara cada día, noticias e imágenes procedentes de Argel, de Kabul, de Teherán, del Alto Egipto o de otros sitios. Mi objetivo es muy distinto, y prefiero enunciarlo con claridad para que se sepa adónde quiero llegar: a lo que me opongo ahora y me opondré siempre es a esa idea según la cual habría por un lado una religión —la cristiana— destinada desde siempre a ser vehículo de modernidad, libertad, tolerancia y democracia, y por otro una religión —la musulmana abocada desde sus orígenes al despotismo y al oscurantismo. Es una idea equivocada, y peligrosa, y ensombrece para una buena parte de la humanidad cualquier perspectiva de futuro.
No he renegado nunca de la religión de mis padres, reivindico también mi pertenencia a ella y no dudo en reconocer la influencia que ha tenido en mi vida. Nacido en 1949, no he conocido en lo esencial más que una Iglesia relativamente tolerante, abierta al diálogo, capaz de hacer autocrítica, y aunque sigue sin interesarme el dogma y soy escéptico ante determinados planteamientos, veo en la religión que se me ha transmitido un enriquecimiento y una apertura, jamás una castración. Ni siquiera me pregunto si para la Iglesia paso por creyente; para mí, un creyente es simplemente el que cree en determinados valores —que resumiré en uno solo: la dignidad del ser humano—. El resto no son más que mitologías o esperanzas.
Y este preámbulo para decir que, hoy, la Iglesia me parece «frecuentable». Si hubiera nacido cien años antes es probable que le hubiera dado la espalda, pensando que era incorregiblemente reacia a la idea de progreso, a la idea de libertad, y que había optado para siempre por la beatería y el inmovilismo. Por eso es importante que valoremos con perspectiva histórica el comportamiento de los hombres y de las instituciones. Como tanta gente, me espanta lo que veo y oigo en el mundo musulmán de hoy. Pero también me producen tristeza los que parecen encantados de afirmar que lo que está sucediendo se corresponde con la naturaleza del islam, y que eso no va a cambiar nunca.
Ninguna religión está libre de intolerancia, pero si hacemos el balance de estas dos religiones «rivales» comprobaremos que el islam no sale tan mal parado. Si mis antepasados hubieran sido musulmanes en un país conquistado por las armas cristianas, en vez de cristianos en un país conquistado por las armas musulmanas, creo que no habrían podido vivir catorce siglos seguidos en sus pueblos y ciudades, conservando su fe. ¿Qué fue de los musulmanes de España? ¿Y de los de Sicilia? Desaparecidos, desde el primero hasta el último, eliminados, forzados al exilio o bautizados contra su voluntad.
Hay en la historia del islam, desde sus primeros tiempos, una notable capacidad de coexistir con el otro. A finales del siglo pasado, Estambul, la ciudad de la primera potencia musulmana, aglutinaba en su población una mayoría de no musulmanes, sobre todo griegos, armenios y judíos. ¿Podemos imaginarnos que en esa misma época más de la mitad de los habitantes de París, Londres y Viena o Berlín no fueran cristianos, que fueran musulmanes o judíos? Aun hoy, muchos europeos se sentirían más que sorprendidos si oyeran en su ciudad la llamada del muecín.
No juzgo, sólo constato que a lo largo de la historia musulmana se han practicado durante mucho tiempo la coexistencia y la tolerancia. Y me apresuro a decir que la tolerancia no me parece suficiente. No quiero que se me tolere, exijo que se me considere un ciudadano de pleno derecho, con independencia de cuál sea mi fe. Sea cristiano o judío en un país de mayo ría musulmana o musulmán rodeado de cristianos y judíos. Y también si no me siento adepto de ninguna religión. Ya no es aceptable hoy la idea de que las comunidades «del libro», es decir, de la Biblia, deben situarse bajo la protección de los musulmanes; es una condición de inferioridad que nunca ha estado exenta de humillaciones.
Pero hay que comparar lo que es comparable. El islam había establecido un «protocolo de tolerancia» es una época en la que las sociedades cristianas no toleraban nada. Durante siglos ese «protocolo» fue la forma más avanzada de coexistencia que había en el mundo. Posiblemente fue en el Ámsterdam de mediados del siglo XVII, o un poco después en Inglaterra, donde empezó a brotar otra actitud, más cercana a nuestra concepción actual de la libertad de conciencia; fue a finales del siglo XVIII cuando un Condorcet pudo defender en Francia la «emancipación» de los judíos; y hemos de esperar a la segunda mitad de nuestro siglo, y tras los abominables hechos de todos sabidos, para que la situación de las minorías religiosas que viven en la Europa cristiana acabe por mejorar de manera significativa y cabe esperar que irreversible.
A partir de ese momento, el «protocolo de tolerancia» que había estado vigente en los países musulmanes dejó de corresponderse con las nuevas normas. ¿Se ha utilizado, renovado, readaptado? Básicamente no. Se podría afirmar incluso que los principios de tolerancia, en vez de adquirir un nuevo valor más conforme con lo que esperan nuestros contemporáneos, en ocasiones se han revisado a la baja. De manera que ese mundo musulmán que ha estado durante siglos en la vanguardia de la tolerancia se halla hoy rezagado. Pero esa inversión de la «relación de fuerzas moral» entre el norte y el sur del Mediterráneo es reciente, recientísima, y no tan completa como parece pensarse.
También hay dos opiniones que se deben refutar. La que considera, habida cuenta del balance histórico «globalmente positivo» del mundo musulmán en materia de tolerancia, que los excesos actuales son sólo episodios pasajeros; y la que, al contrario, se basa en la intolerancia de hoy para convertir la actitud del pasado en un recuerdo sin objeto. Ambas posiciones me parecen absurdas. A mi entender, la Historia demuestra claramente que el islam lleva en sí enormes potenciales de coexistencia y de fecunda interacción con las demás culturas; pero la Historia más reciente pone también de manifiesto que es posible la regresión, y que esas potencialidades podrían seguir siendo durante mucho tiempo nada más que eso, potencialidades.
Voy a ir incluso un poco más lejos, quizás cargando ligeramente las tintas: si hiciéramos la historia comparada del mundo cristiano y del mundo musulmán, descubriríamos por un lado una religión con un largo pasado de intolerancia, portadora de una evidente tentación totalitaria, pero que poco a poco se ha ido transformando en una religión de apertura; y por el otro una religión portadora de una vocación de apertura pero que poco a poco ha ido derivando hacia comportamientos intolerantes y totalitarios.
Podríamos poner numerosos ejemplos, recordar la suerte que corrieron los cátaros, y los hugonotes y los judíos después, explicar cómo se trató, en uno y otro de los dos universos monoteístas, a quienes eran tenidos por herejes, cismáticos o infieles… Pero este libro no es un tratado de Historia, y menos aún un inventario de paradojas. Sólo una cosa me preocupa cuando comparo las dos trayectorias: ¿por qué la evolución ha sido tan positiva en Occidente y tan decepcionante en el mundo musulmán? Sí, preciso e insisto: ¿por qué el Occidente cristiano, que tiene una larga tradición de intolerancia, que siempre ha tenido dificultad en coexistir con «el Otro», ha sabido engendrar sociedades que respetan la libertad de expresión mientras que el mundo musulmán, que durante tanto tiempo ha practicado la coexistencia, se nos presenta hoy como un baluarte del fanatismo?