Uno
Evidentemente, el «espíritu de la época» no es un concepto riguroso. Si lo utilizo es para expresar esa realidad difusa, imperceptible, que hace que en determinados momentos de la Historia mucha gente se dedique a dar prioridad a un componente de su identidad en detrimento de los demás. Así, en estos momentos es una actitud habitual afirmar la pertenencia a una religión, considerarla el elemento central de la identidad; está menos extendida que hace trescientos años, sin duda, pero indiscutiblemente lo está más que hace cincuenta años.
Habría podido hablar de entorno intelectual, o de clima emocional, ideas que son casi igual de vagas que la de espíritu de la época. Pero, más allá de las palabras, lo único que importa son las cuestiones de fondo: ¿a qué se debe que, en el mundo entero, hombres y mujeres de todos los orígenes redescubran hoy su pertenencia a una religión y se sientan movidos a afirmarla de diversas maneras, mientras que hace unos años esas mismas personas habrían preferido destacar, espontáneamente, otras pertenencias? ¿A qué se debe que un musulmán de Yugoslavia deje un día de llamarse yugoslavo para afirmarse ante todo como musulmán? ¿A qué se debe que en Rusia un obrero judío que a lo largo de toda su vida se ha considerado en primer lugar un proletario empiece un día a percibirse a sí mismo sobre todo como judío? ¿Cómo se explica que la afirmación altiva de la pertenencia a una religión, que hace poco habría parecido inconveniente, parezca hoy natural y legítima, y en tantos países a la vez?
El fenómeno es complejo, y no hay ninguna razón simple que pueda explicarlo plenamente. Es obvio, pese a ello, que primero el declive y después el hundimiento del mundo comunista han desempeñado un papel determinante en esa evolución. Pero hace más de un siglo el marxismo prometía establecer en todo el planeta un nuevo tipo de sociedad de la que estaría desterrada la idea de Dios; el fracaso de ese proyecto, tanto en lo económico y lo político como en lo moral y lo intelectual, ha tenido como consecuencia una rehabilitación de las creencias que quiso arrojar a las páginas de los libros de Historia. Refugio espiritual, refugio de la identidad, la religión fue, de Polonia a Afganistán, un evidente factor de unión para todos los que luchaban contra el comunismo. Por eso la derrota de Marx y Lenin se presenta como una revancha de las religiones, al menos en igual medida que como una victoria del capitalismo, del liberalismo o de Occidente.
Pero ese factor no es el único que ha desempeñado un papel determinante en el «ascenso» del fenómeno religioso en el último cuarto del siglo XX. Aunque la crisis terminal del mundo comunista ha pesado mucho y seguirá haciéndolo en el debate intelectual y político, es imposible comprender muchas realidades si no se tienen también en cuenta otros factores, empezando por la otra crisis, «la crisis», como algunos la llaman directamente, la que afecta a Occidente.
No podemos situar esta crisis al mismo nivel que la del comunismo. En el largo conflicto que ha enfrentado a los dos bandos, sería inútil negar que ha habido un ganador y un perdedor. Pero no se puede negar tampoco que el modelo occidental, pese a su victoria, pese a que extiende su influencia por todos los continentes, se percibe como un modelo en crisis, incapaz de resolver los problemas de la pobreza en sus propias metrópolis, incapaz de acometer graves problemas como el paro, la delincuencia, la droga y muchos otros. Es por otra parte una de las paradojas más desconcertantes de nuestra época que el modelo de sociedad más atractivo, el que se ha impuesto sobre todos los demás, tenga profundas dudas sobre sí mismo.
Pongámonos por un momento en el lugar de un joven de diecinueve años que acaba de ingresar en una universidad del mundo árabe. En otros tiempos se habría sentido atraído por una organización de corte marxista, que se habría mostrado sensible a las dificultades de su existencia y lo habría iniciado, a su manera, en el debate ideológico; o se habría apuntado a una organización nacionalista que habría halagado su necesidad de identidad y quizás le habría hablado de renacimiento y modernización. Hoy el marxismo ha perdido su atractivo, y el nacionalismo árabe, confiscado por regímenes autoritarios, incompetentes y corruptos, ha perdido su credibilidad. No hay que excluir que nuestro joven se sienta fascinado por Occidente, por su forma de vida, por sus proezas científicas y tecnológicas; pero esa fascinación no afectará casi nada a su compromiso personal, ya que ninguna organización política significativa encarna ese modelo. A los que aspiran al «paraíso occidental» no les suele quedar otro recurso que la emigración. A menos que pertenezcan a una de esas «castas» de privilegiados que tratan de reproducir en su seno, mal que bien, algunos aspectos de ese codiciado modelo. Pero todos los que no han nacido con una limusina bajo el balcón, todos los que tienen ganas de zarandear el orden establecido, todos los que se indignan ante la corrupción, la administración arbitraria, las desigualdades, el desempleo, la falta de horizontes, todos los que tienen dificultad en encontrar su sitio en un mundo que cambia a toda velocidad, son tentados por el movimiento islamista. En él hallan satisfacción a la vez a su necesidad de tener una identidad, a su necesidad de insertarse en un grupo, a su necesidad de espiritualidad, a su necesidad de descifrar con sencillez unas realidades demasiado complejas, a su necesidad de actuar y de rebelarse.
Al exponer todas esas circunstancias que llevan a los jóvenes del mundo musulmán a adherirse a los movimientos religiosos, no puedo evitar sentir una profunda desazón. La desazón que me causa el que, en el conflicto que enfrenta a los islamistas con los dirigentes que los combaten, soy incapaz de identificarme con ninguno de los dos bandos. Soy impermeable al discurso de los islamistas radicales, no sólo porque al ser cristiano me siento al margen de él, sino también porque no puedo aceptar que una facción religiosa, aunque sea mayoritaria, imponga su ley a toda la población —a mi entender, la tiranía de la mayoría no es mejor, desde el punto de vista moral, que la de la minoría—; y también porque creo profundamente en la igualdad de todos, en la de los hombres y mujeres entre otras, así como en la libertad religiosa, en la libertad que permite a cada uno dirigir su vida por donde quiere, y porque desconfío de toda doctrina que trate de discutir valores tan fundamentales.
Dicho esto, y con la mayor claridad posible, no puedo por menos de añadir que tampoco me gustan los poderes despóticos que luchan contra los islamistas, y que me niego a aplaudir los abusos que cometen con el pretexto de que son un mal menor. Esos pueblos merecen más que un mal menor, y necesitan soluciones reales que no pueden ser otras que las de la auténtica democracia, la auténtica modernidad —en el sentido de una modernidad íntegra y libremente aceptada y no de una modernidad mutilada e impuesta por la fuerza—. Y me parece que contemplar el concepto de identidad con otros ojos puede contribuir a trazar, fuera de ese callejón sin salida, un camino de humana libertad.
Cierro el paréntesis para volver al «espíritu de la época»… Y para decir que si el ascenso de lo religioso se explica en parte por el hundimiento del comunismo, en parte por el punto muerto en que se encuentran diversas sociedades del Tercer Mundo, y en parte por la crisis que sufre el modelo occidental, la magnitud del fenómeno y sus matices no pueden entenderse sin tener en cuenta la muy espectacular evolución que se ha producido recientemente en el ámbito de las comunicaciones y el conjunto de fenómenos que se ha dado en llamar «mundialización».
El historiador británico Arnold Toynbee explicaba, en un texto publicado en 1973, que la humanidad había recorrido su trayecto en tres etapas.
En el transcurso de la primera, que corresponde a la prehistoria, las comunicaciones eran extraordinariamente lentas, pero el conocimiento avanzaba más despacio aun, de modo que cualquier novedad tenía tiempo para difundirse por todo el mundo antes de que se produjera la siguiente; por eso las sociedades humanas tenían prácticamente el mismo grado de evolución, e innumerables características comunes.
A lo largo del segundo período, el desarrollo de los conocimientos se hizo mucho más rápido que su difusión, de manera que las sociedades humanas se fueron diferenciando cada vez más, en todos los campos. Así fue durante varios miles de años, que corresponden a lo que llamamos la Historia.
Después, en fechas ya muy recientes, se inició un tercer período, el nuestro, en el que los conocimientos avanzan cada vez más deprisa, ciertamente, pero en el que su difusión se produce con una rapidez aún mayor, de modo que las sociedades van a estar cada vez menos diferenciadas…
Podría debatirse largamente la validez de esta teoría, que por otra parte he expuesto muy esquemáticamente. No es mi intención extraer de ella una serie de argumentos, pues a mi juicio es sólo una presentación muy atractiva, y muy estimulante desde el punto de vista intelectual, de lo que constatamos hoy a nuestro alrededor.
Es evidente que ese proceso de amalgama universal de imágenes y de ideas, que no deja de intensificarse y que nadie parece capaz de controlar, transformará profundamente —y, desde el punto de vista de la historia de las civilizaciones, a muy corto plazo— nuestros conocimientos, nuestras percepciones, nuestras conductas. Es probable que modifique también, de manera igualmente profunda, la visión que tenemos de nosotros mismos, de nuestras pertenencias, de nuestra identidad. Extrapolando un poco a partir de la hipótesis de Toynbee, se podría afirmar que todo lo que han ideado las sociedades humanas a lo largo de los siglos para marcar sus diferencias, para trazar fronteras entre cada una de ellas y las demás, va a estar sometido a unas presiones que tratarán justamente de reducir esas diferencias, de borrar esas fronteras.
Esta metamorfosis sin precedentes, que se despliega ante nuestros ojos mediante innumerables zumbidos, mediante innumerables fogonazos, y que sigue acelerándose, no deja de tener sus tropiezos. Es verdad que todos aceptamos muchas cosas que nos ofrece el mundo que nos rodea, bien porque nos parezcan beneficiosas, bien porque las creamos inevitables; pero todo el mundo tiende a rebelarse cuando siente que una amenaza pesa sobre un elemento importante de su identidad: su lengua, su religión, los diversos símbolos de su cultura o su independencia. Así, la época actual transcurre bajo el doble signo de la armonización y la disonancia. Nunca los seres humanos han tenido tantas cosas en común, tantos conocimientos comunes, tantas referencias comunes, tantas imágenes y palabras, nunca han compartido tantos instrumentos, pero ello mueve a unos y otros a afirmar con más fuerza su diferencia.
Lo que acabo de exponer puede observarse a simple vista. Es indudable que la mundialización acelerada provoca, como reacción, un reforzamiento de la necesidad de identidad. Y también, debido a la angustia existencial que acompaña a los cambios tan bruscos, un reforzamiento de la necesidad de espiritualidad. Sin embargo, sólo la pertenencia a una religión da respuesta a esas dos necesidades o al menos trata de darla.
Acabo de emplear el término «reacción»; tendría que precisar que por sí solo no puede abarcar el fenómeno en su totalidad. Cabe sin duda hablar de «reacción», en todos los sentidos de la palabra, cuando un grupo humano, asustado ante el cambio, busca refugio en los valores y símbolos de una tradición antigua. Pero creo que en el ascenso de lo religioso hay algo más que una simple reacción, tal vez un intento de llegar a una síntesis entre la necesidad de identidad y la exigencia de universalidad. En efecto, las comunidades de creyentes se presentan como tribus planetarias —digo «tribus» por su contenido de identidad, pero digo también «planetarias» porque se saltan alegremente las fronteras—. La adhesión a una fe que iría más allá de la pertenencia a una nación, a una raza y a una clase social es para algunos su manera propia de mostrarse universales. La pertenencia a una comunidad de fieles sería así, en cierto modo, el particularismo más general, más universal; tendríamos que decir quizás el universalismo más tangible, más «natural», más arraigado.
Cualquiera que sea la formulación adecuada, lo que importa señalar es que el sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa, tal como se manifiesta en la actualidad, no es únicamente el regreso a una situación anterior. No estamos en los albores de la era de las nacionalidades, sino en su crepúsculo. Y no estamos en los albores del internacionalismo, al menos en su versión «proletaria», sino igualmente en su crepúsculo. Por eso, el sentimiento de pertenecer en primer lugar a una religión no puede despreciarse, de un plumazo, como un momento histórico que va a estar pronto superado. Pues se impone como inevitable una pregunta: ¿en qué dirección se va a superar?, ¿hacia una nueva época de naciones? A mi juicio, no es ni probable ni tampoco deseable —por otro lado— el sentimiento de pertenecer a una «Iglesia» común es hoy el aglutinante más firme de los nacionalismos, incluso de los que se consideran laicos, y esto es tan aplicable a los turcos o los rusos como a los griegos, los polacos o los israelíes, y a muchos otros que sólo lo admitirían a regañadientes.
¿En qué dirección, entonces, se va a superar la pertenencia a una religión? ¿Qué otra pertenencia va a conseguir dejarla de nuevo «obsoleta», como parecía estar hace muy poco?