Dos

En esta fase de mi razonamiento se impone una precisión para evitar un malentendido. Cuando hablo de superar la pertenencia a una religión no quiero decir que haya que superar la religión en sí. A mi entender, la religión no se verá nunca relegada a las mazmorras de la Historia ni por la ciencia, ni por ninguna doctrina, ni por ningún régimen político. Cuanto más avance la ciencia, tanto más tendrá que interrogarse el hombre por su finalidad. El Dios del «¿cómo?» se esfumará un día, pero el Dios del «¿por qué?» no morirá jamás. Es posible que dentro de mil años no tengamos las religiones que tenemos hoy, pero no me imagino el mundo sin ninguna forma de religión.

Me apresuro a añadir que, desde mi punto de vista, la necesidad de espiritualidad no tiene que expresarse forzosamente a través de la pertenencia a una comunidad de creyentes, pues se trata de dos aspiraciones profundas, ambas, en distinto grado, naturales y legítimas, pero que es un error confundir: por una parte, la aspiración a una visión del mundo que trascienda nuestra existencia, nuestros sufrimientos, nuestras decepciones, que dé un sentido —aunque sea ilusorio— a la vida y a la muerte; por otra, la necesidad que tiene todo ser humano de sentirse vinculado a una comunidad que lo acepte, que lo reconozca y en cuyo seno pueda ser entendido cuando habla con medias palabras.

No sueño con un mundo en el que ya no hubiera sitio para la religión, sino con un mundo en el que la necesidad de espiritualidad estuviera disociada de la necesidad de pertenecer a algo. Con un mundo en el que el hombre, aunque siguiera ligado a unas creencias, a un culto, a unos valores morales eventualmente inspirados en un libro sagrado, ya no sintiera la necesidad de enrolarse en la cohorte de sus correligionarios. Con un mundo en el que la religión ya no fuera el aglutinante de etnias en guerra. Ya no basta con separar la Iglesia del Estado; igualmente importante sería separar la religión de la identidad. Y precisamente, si queremos evitar que esa fusión siga alimentando el fanatismo, el terror y las guerras étnicas, habría que poder satisfacer de otra manera la necesidad de identidad.

Y esto me lleva a mi pregunta inicial: ¿por qué otra cosa podría sustituirse hoy la pertenencia a una comunidad de creyentes? La dificultad que se apunta en las páginas anteriores es que esa pertenencia se presenta ahora como la pertenencia última, la menos efímera, la más arraigada, la única que puede satisfacer tantas necesidades esenciales del ser humano; y que no podría sustituirse de un modo duradero por otras pertenencias tradicionales —a la nación, a la etnia, a la raza, ni siquiera a la clase—, todas las cuales resultan más estrechas, más limitadoras y casi igualmente criminales; si se ha de superar la pertenencia a una «tribu planetaria», ello sólo podrá lograrse tendiendo a una pertenencia aún más amplia, portadora de una visión humanista más completa.

Sin duda —se me dirá—, pero ¿cuál? ¿Cuál es esa «pertenencia más amplia»? ¿Y qué «visión humanista»? Basta con pasear la mirada por el mundo para constatar que no hay, frente a las poderosas pertenencias viscerales que han demostrado su capacidad de movilización a lo largo de toda la Historia, ninguna otra nueva capaz de contrarrestarlas. Porque toda visión que se presente como global provoca la desconfianza de nuestros contemporáneos, bien porque les parezca ingenua, bien porque la vean como peligrosa para su identidad.

Desconfianza es sin duda alguna una de las palabras clave de nuestra época. Se desconfía de las ideologías, de ese futuro cuyas virtudes cantan; se desconfía de la política, de la ciencia, de la razón, de la modernidad. Se desconfía de la idea de progreso, de prácticamente todo aquello en que hemos podido creer a lo largo del siglo XX —siglo de grandes logros, sin precedente alguno desde el inicio de los tiempos, pero también de crímenes imperdonables y de esperanzas frustradas—. Se desconfía, también, de todo lo que se presenta como global, mundial o planetario.

Hace sólo unos cuantos años mucha gente habría estado dispuesta a aceptar la idea de una pertenencia al mundo entero, considerada de algún modo como la culminación última de la Historia humana; así, un habitante de Turín, después de ser piamontés y luego ciudadano italiano, iba a convertirse en ciudadano europeo y después en ciudadano del mundo. Estoy simplificando al máximo, pero esa idea de un avance irreversible hacia unas pertenencias cada vez más amplias no parecía exagerada. Mediante sucesivos reagrupamientos regionales, la humanidad iba a alcanzar un día la unión suprema; hubo incluso teorías muy seductoras según las cuales los dos sistemas rivales, el capitalista y el comunista, debían converger uno hacia otro, el primero haciéndose cada vez más social, el segundo cada vez menos dirigista, hasta acabar siendo solamente uno. Y lo mismo con las religiones, de las que se predecía que iban a unirse en un amplio y reconfortante sincretismo.

Hoy sabemos que la Historia no sigue nunca el camino que se le traza. No porque sea por naturaleza errática, o insondable, o indescifrable, no porque escape a la razón humana, sino porque precisamente es sólo lo que los hombres hacen de ella, porque es la suma de todos sus actos, individuales o colectivos, de todas sus voces, de sus intercambios, de sus enfrentamientos, de sus sufrimientos, de sus odios, de sus afinidades. Cuanto más numerosos son los actores de la Historia, y cuanto más libres, tanto más compleja es la resultante de sus actos, más difícil de abarcar, más rebelde a las teorías simplificadoras.

La Historia va avanzando, en cada instante, por infinidad de caminos. Pese a todo, ¿se le puede encontrar algún sentido a ese avance? Sólo lo sabremos «al llegar», sin duda. E incluso así sería necesario que esa misma palabra tuviera un sentido.

Y el futuro, ¿será el de nuestras esperanzas o el de nuestras pesadillas? ¿Estará hecho de libertad o por el contrario de servidumbre? Y la ciencia, ¿será finalmente el instrumento de nuestra redención o por el contrario el de nuestra destrucción? ¿Habremos sido los inspirados ayudantes de un Creador o vulgares aprendices de brujo? ¿Vamos hacia un mundo mejor o hacia «el mejor de los mundos»?

Y en primer lugar, más cerca de nosotros, ¿qué nos reservan los próximos decenios? ¿Una «guerra de civilizaciones» o la serenidad de la «aldea global»?

Mi convicción profunda es que el futuro no está escrito en ningún sitio; será lo que nosotros hagamos de él.

¿Y el destino?, preguntarán algunos con un guiño intencionado al pensar que soy oriental. Suelo responder que, para el ser humano, el destino es como el viento para el velero. El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con qué fuerza, pero sí puede orientar la vela. Y eso supone a veces una enorme diferencia. El mismo viento que hará naufragar a un marino poco experimentado, o imprudente, o mal inspirado, llevará a otro a buen puerto.

Casi lo mismo podríamos decir del «viento» de la mundialización que sopla en el planeta. Sería absurdo tratar de ponerle trabas; pero si navegamos con destreza, manteniendo el rumbo y sorteando los escollos, podremos llegar «a buen puerto».

Pero no quiero quedarme sólo con esa imagen marítima, que tiene sus límites; creo que es necesario expresar las cosas con más claridad: con respecto al formidable avance tecnológico que se viene acelerando desde hace unos años y que ha transformado profundamente nuestras vidas, sobre todo en el ámbito de la comunicación y del acceso al saber, de nada serviría preguntarnos si es «bueno» o «malo» para nosotros, pues no es un proyecto sometido a referéndum, es una realidad; sin embargo, la manera en que influirá en nuestro futuro depende en gran parte de nosotros.

Unos sentirán la tentación de rechazarlo todo de entrada, y de encastillarse en su «identidad» lanzando patéticas imprecaciones contra la modernización, la mundialización, el Occidente dominador o los insoportables Estados Unidos. Otros, a la inversa, estarán dispuestos a aceptarlo todo, a «engullirlo» todo, sin discernimiento, hasta el extremo de no saber quiénes son, ni adónde van ni ellos ni el mundo. Dos actitudes diametralmente opuestas pero que acaban por confluir en la medida en que ambas se caracterizan, una y otra, por la resignación. Las dos —la amarga y la almibarada, la refunfuñona y la ingenua— parten del mismo supuesto previo, a saber, que el mundo avanza como un tren por sus raíles y que nada puede desviarlo de su ruta.

No es ésa mi opinión. Creo que el «viento» de la mundialización podría conducirnos efectivamente a lo peor, pero, también a lo mejor. Si los nuevos medios de comunicación, que con tanta rapidez nos acercan los unos a los otros, nos llevan a que por reacción afirmemos nuestras diferencias, también nos hacen cobrar conciencia de nuestro destino común. Lo cual me lleva a pensar que la evolución actual podría favorecer, a la larga, la aparición de una nueva manera de entender la identidad. Una identidad que se percibiría como la suma de todas nuestras pertenencias, y en cuyo seno la pertenencia a la comunidad humana iría adquiriendo cada vez más importancia hasta convertirse un día en la principal, aunque sin anular por ello todas las demás particulares —no llegaré por supuesto a decir que el «viento» de la mundialización nos empuja necesariamente en esa dirección, pero sí que hace que esa forma de entender la cuestión sea más fácil de imaginar—. Y que la hace, al mismo tiempo, indispensable.