Cinco

Cuando la modernidad lleva la marca del «Otro», no es de extrañar que algunas personas enarbolen los símbolos del arcaísmo para afirmar su diferencia. Lo vemos hoy en algunos musulmanes, hombres y mujeres, pero el fenómeno no es exclusivo de ninguna cultura ni de ninguna religión.

En Rusia, por ejemplo, hubo que esperar a la revolución bolchevique para que se renunciara finalmente al viejo calendario juliano. Porque parecía que sumarse al empleo del calendario gregoriano significaba reconocer que, en el forcejeo casi milenario entre la religión ortodoxa y la católica, era ésta quien había tenido la última palabra.

¿Era sólo un símbolo? En la Historia todo se explica con símbolos. La grandeza y la sumisión, la victoria y la derrota, la felicidad, la prosperidad, la miseria. Y, más que ninguna otra cosa, la identidad. Para que se acepte un cambio no basta con que éste se ajuste al espíritu de la época. Es necesario también no herir en el plano simbólico, no darles a quienes se quiere hacer cambiar la impresión de que reniegan de sí mismos.

En Francia vengo observando desde hace unos años, entre algunos de mis amigos más próximos, una cierta tendencia a considerar la mundialización como una plaga. Ya no hablan tan maravillados de la «aldea global», y se apasionan sólo moderadamente con Internet y los últimos avances de las comunicaciones. Y es porque para ellos mundialización es sinónimo de americanización; se preguntan por el lugar que ocupará Francia el día de mañana en este mundo que se está uniformizando aceleradamente, qué va a ser de su lengua, su cultura, su prestigio, su irradiación exterior, su estilo de vida; se irritan cuando en su barrio se instala un fast food, echan pestes contra Hollywood, la CNN, Disney y Microsoft, y rastrean en los periódicos los más mínimos giros sospechosos de anglicismo.

Si he puesto este ejemplo es porque revela, a mi juicio, de qué manera, incluso en Occidente, incluso en un país desarrollado en la cultura abierta y universalmente respetada, la modernización se hace sospechosa desde el momento en que se percibe como el caballo de Troya de una cultura extranjera dominante.

Es fácil imaginar entonces, a fortiori, lo que han podido sentir los diversos pueblos no occidentales para los que, desde hace ya muchas generaciones, cada paso que dan en su existencia está acompañado por un sentimiento de capitulación y de negación de sí mismos. Han tenido que reconocer que su técnica estaba superada, que todo lo que producían no valía nada en comparación con lo que se producía en Occidente, que seguir practicando la medicina tradicional era muestra de superstición, que su poderío militar no era más que un recuerdo del pasado, que sus grandes hombres a los que habían aprendido a venerar, los grandes poetas, los sabios, los soldados, los santos, los viajeros, no significaban nada para el resto del mundo, que su religión era sospechosa de barbarie, que sólo unos cuantos especialistas estudiaban ya su lengua mientras que ellos tenían que estudiar las lenguas de los demás si querían sobrevivir, trabajar y mantenerse en contacto con el resto de la humanidad… Cuando hablan con un occidental, es siempre en la lengua de él, nunca en la suya propia; en el sur y en el este del Mediterráneo hay millones de personas que saben inglés, francés, español o italiano. En la otra orilla, ¿a cuántos ingleses, franceses, españoles o italianos les ha parecido útil estudiar árabe o turco?

Sí, en cada paso que dan en la vida chocan con una decepción, una desilusión, una humillación. ¿Cómo no van a tener la personalidad magullada? ¿Cómo no van a sentir que su identidad está amenazada? ¿Cómo no van a tener la sensación de que viven en un mundo que les pertenece a los otros, que obedece a unas normas dictadas por los otros, un mundo en el que ellos tienen algo de huérfanos, de extranjeros, de intrusos, de parias? ¿Cómo evitar que algunos tengan la impresión de que lo han perdido todo, de que ya no tienen nada que perder, y lleguen a desear, al modo de Sansón, que el edificio se derrumbe, ¡oh, Señor!, sobre ellos y sus enemigos?

No sé si muchos de los que adoptan posturas extremistas se hacen este razonamiento de una manera consciente. En realidad no lo necesitan. No hace falta describir una herida para sentir el dolor que produce.

Fue hacia finales del siglo XVIII cuando el mundo musulmán mediterráneo empezó a cobrar conciencia de su marginación y de la distancia que lo separaba de Occidente. Nunca es fácil fechar algo tan vago como una toma de conciencia, pero se suele aceptar que fue después de la campaña de Napoleón en Egipto, en 1799, cuando mucha gente, intelectuales o responsables políticos, empezó a hacerse preguntas como éstas: ¿por qué hemos acumulado tanto retraso?, ¿por qué Occidente está hoy tan avanzado?, ¿cómo lo ha conseguido?, ¿qué tenemos que hacer para alcanzarlo?

Para Muhammad Alí, virrey de Egipto, la única manera de alcanzar a Europa era imitarla. Y fue muy lejos por ese camino: llamó a médicos europeos para que fundarán una facultad en El Cairo, introdujo a marchas forzadas las nuevas técnicas en la agricultura y en la industria, y hasta llegó a confiar el mando del ejército a un antiguo oficial de Napoleón; acogió incluso a los utopistas franceses —los sansimonianos— para que probaran en la tierra de Egipto las audaces experiencias que Europa no quería. En unos cuantos años logró hacer de su país una respetada potencia regional. La voluntarista occidentalización por él promovida había empezado indudablemente a dar sus frutos. Con tanta decisión como Pedro el Grande, aunque con algo menos de brutalidad y encontrando mucha menos resistencia, este antiguo dignatario del imperio Otomano estaba construyendo en Oriente un Estado moderno digno de ocupar un sitio en el concierto de las naciones.

Pero el sueño se romperá, y los árabes no guardarán de esta experiencia más que un recuerdo amargo. Todavía hoy, intelectuales y dirigentes políticos evocan con tristeza, y con rabia, aquella cita a la que no acudieron, y a la menor ocasión le recuerdan a quien quiere oírles que las potencias europeas, para las cuales Muhammad Alí se había convertido en un personaje demasiado peligroso y demasiado independiente, se coaligaron para frenar su ascenso y llegaron incluso a enviar contra él una expedición militar común. Acabó su vida vencido y humillado.

En realidad, cuando se observa desde la distancia histórica todo el juego militar y diplomático que se desarrolló en torno a esta «cuestión de Oriente», cabe pensar razonablemente que se trataba de un episodio más de las relaciones de fuerzas entre las potencias. Inglaterra prefería, en la ruta de la India, a un imperio Otomano debilitado y enfermo antes que a un Egipto vigoroso y moderno. En el fondo, esta actitud no era distinta de la que había llevado a la propia Inglaterra a oponerse unos años antes a Napoleón y a promover una coalición capaz de desmantelar el imperio que éste acababa de construir. Pero el Egipto del siglo XIX no puede compararse con Francia; ésta era ya una gran potencia, y podía verse derrotada, aparentemente aniquilada, para levantarse una generación después próspera y conquistadora. En 1815, Francia estaba vencida y ocupada; en 1830, sólo quince años después, estaba ya lo bastante recuperada para lanzarse a la conquista de la inmensa Argelia. Egipto no gozaba de tanta salud. Estaba saliendo de una larga, larguísima somnolencia, y acababa precisamente de iniciar su modernización; el golpe que se le asestó en la época de Muhammad Alí resultaría fatal. Nunca jamás se le volvería a presentar una ocasión como aquella de alcanzar al pelotón de cabeza.

La conclusión que los árabes extrajeron y aún extraen de aquel episodio es que Occidente no quiere que los demás se le parezcan; quiere sólo que lo obedezcan. En la correspondencia del señor de Egipto con las cancillerías hallamos pasajes desgarradores en los que no duda en subrayar la «acción civilizadora» que había iniciado; tras afirmar que siempre había respetado los intereses de los europeos, se preguntaba por qué querían sacrificarlo. «No soy de su religión —escribe—, pero también soy un hombre, y se me ha de tratar humanamente».