Cinco

Aunque insisto en lo que a mi entender es uno de los beneficios de la mundialización, un auténtico factor de universalidad, no quiero sin embargo pasar por alto la inquietud de quienes ven en esa proliferación un fenómeno mucho menos significativo que el creciente predominio de la canción anglosajona. Una inquietud que se observa igualmente en muchos otros campos, por ejemplo cuando se habla de la creciente influencia de determinados medios de comunicación internacionales, o también en el caso del cine, donde el peso de Hollywood es indiscutiblemente aplastante.

He hablado de inquietud, pero este término, impreciso, no recoge la extrema diversidad de las reacciones. Nada tienen en común el dueño de un café francés que se irrita por no oír en la radio suficientes canciones francesas y un fanático predicador que llama «paradiabólicas» a las antenas parabólicas porque para él transmiten el canto de las sirenas de Occidente. Salvo quizás una cierta desconfianza ante la cultura mundial en la forma en que se está forjando. En cualquier caso, y hablando de mí, esas dos inquietudes me inquietan, y perdone el lector la expresión; no del mismo modo, pero sí al mismo tiempo. No quiero un mundo árabe enfurecido contra la modernidad, un mundo en regresión; pero tampoco quiero una Francia pusilánime, que entre en el nuevo milenio con paso vacilante.

Dicho esto, he de repetir que, si bien las inquietudes que provoca la mundialización me parecen a veces exageradas, no creo que carezcan de fundamento.

A mi entender, son de dos tipos. En el caso del primero, me limitaré a señalarlo más brevemente de lo que merece, pues desborda en mucho el marco de este ensayo. Es la idea según la cual la efervescencia actual, más que llevar a un extraordinario enriquecimiento, a la multiplicación de las vías de expresión, a la diversificación de las opiniones, conduce paradójicamente a lo contrario, a un empobrecimiento; así, esa proliferación de expresiones musicales sin trabas no desembocaría finalmente más que en una especie de música ambiental amanerada y dulzarrona; así, la formidable amalgama de ideas no produciría más que una opinión tendente a la unanimidad, a la simplificación, un mínimo común denominador intelectual; hasta el extremo de que dentro de poco todo el mundo, salvo unos cuantos excéntricos, acabará leyendo —¡si es que lee!— las mismas novelas estereotipadas, escuchando cantidades ingentes de melodías indistintas, viendo películas producidas con un mismo molde, tragando, en una palabra, la misma e informe papilla de sonidos, imágenes y creencias.

Idéntica frustración podría aplicarse a los medios de comunicación. Se piensa a veces que con tantos periódicos, radios y televisiones se tienen que escuchar infinidad de opiniones diferentes. Después se descubre que es al contrario: la fuerza de esos altavoces no hace sino amplificar la opinión dominante del momento, hasta el punto de hacer inaudible cualquier otro parecer. Es verdad que las oleadas de imágenes y de palabras no favorecen siempre el espíritu crítico.

¿Deberíamos concluir que esa proliferación, en vez de ser un factor de diversidad cultural, lleva en realidad, en virtud de alguna ley insidiosa, a la uniformidad? El riesgo existe, sin duda alguna, como nos dejan entrever la tiranía de los índices de audiencia y los descarríos de lo «políticamente correcto». Pero es el riesgo inherente a todo sistema democrático; si nos abandonamos pasivamente a la fuerza de los números, nos podemos temer lo peor; en cambio, no hay desviación que sea inevitable si utilizamos con buen criterio los medios de expresión que tenemos a nuestro alcance, y si sabemos ver, bajo la realidad simplista de las cifras, la realidad compleja del ser humano.

Pues, pese a lo que a veces puede parecer, no estamos —¿hace falta recordarlo?— en la era de las masas, sino en la era de los individuos. Desde ese punto de vista, la humanidad, tras haber rozado a lo largo del siglo XX los más graves peligros de su historia, sale de él bastante mejor de lo previsto.

Aunque la población mundial casi se ha multiplicado por cuatro en cien años, creo que, en conjunto, todos somos más conscientes que antes de nuestra individualidad, más conscientes de nuestros derechos —un poco menos de nuestros deberes, sin duda—, estamos más atentos al sitio que ocupamos en la sociedad, a nuestra salud, a nuestro bienestar, a nuestro cuerpo, a nuestro futuro personal, a los poderes de que disponemos, a nuestra identidad —con independencia, por otra parte, del contenido que le demos a esa identidad. Creo igualmente que todos, si sabemos utilizar los inauditos medios de que hoy disponemos, podemos influir de manera significativa en nuestros contemporáneos y en las generaciones venideras. A condición de que tengamos algo que decirles. A condición también de que hagamos uso de nuestra imaginación, porque las nuevas realidades no llegan acompañadas de un manual de instrucciones.

A condición, sobre todo, de que no nos encerremos en casa refunfuñando: «¡No quiero saber nada de ti, mundo cruel!».

Semejante pusilanimidad sería igualmente estéril en el caso de la otra inquietud que suscita la mundialización. Esta vez lo que se pone en entredicho no es ya la uniformización mediante la mediocridad, sino la uniformización mediante la hegemonía. Es una preocupación muy extendida, y está en el origen de numerosos y sangrientos conflictos, así como de incontables tensiones.

Podría formularse de la siguiente manera: ¿acaso no es lo mismo mundialización que americanización? ¿No tendrá como consecuencia principal la imposición al mundo entero de una misma lengua, un mismo sistema económico, político y social, un mismo modo de vida, una misma escala de valores, los de Estados Unidos? Para algunos, el fenómeno de la mundialización en su conjunto no sería más que un disfraz, un camuflaje, un caballo de Troya, bajo el que se ocultaría un plan de dominación.

Para cualquier observador razonable, la idea de una evolución de las técnicas y las costumbres «teledirigida» por una gran potencia, o por una coalición de potencias, es absurda. En cambio, la duda de si la mundialización no va a reforzar el predominio de una civilización o la hegemonía de una potencia es una duda justificada. Ello entrañaría dos graves peligros: en primer lugar, el de que poco a poco fueran desapareciendo lenguas, tradiciones, culturas; y segundo, el de que los portadores de esas culturas amenazadas adoptasen actitudes cada vez más radicales, cada vez más suicidas.

Los riesgos de hegemonía son reales. Incluso es un eufemismo hablar solamente de «riesgos». No cabe duda de que la civilización occidental goza desde hace siglos de una condición de privilegio en relación con todas las demás, las de Asia, África, la América precolombina y la Europa oriental, que se han visto cada vez más marginadas y profundamente influidas, por no decir remodeladas, por el Occidente cristiano. No cabe duda tampoco de que con el derrumbamiento de la Unión Soviética los países occidentales desarrollados han conseguido establecer la preeminencia absoluta de su sistema económico y político, que se está convirtiendo en la norma para el mundo entero.

Asimismo, no hay necesidad de mucha demostración para constatar que Estados Unidos, convertida tras la guerra fría en la única superpotencia de verdad, ejerce hoy sobre el conjunto del planeta una influencia sin precedentes. Una influencia que se manifiesta de diversas maneras, a veces mediante una acción deliberada —para resolver un conflicto regional, para desestabilizar a un adversario o para modificar la política económica de un rival—, pero a menudo también mediante una incitación involuntaria, mediante la fuerza y el atractivo del modelo; miles de millones de hombres y mujeres, procedentes de las culturas más diversas, sienten la tentación de imitar a los americanos, de comer como ellos, de vestirse como ellos, de hablar y cantar como ellos; como ellos, o como se los representa.

Si he enumerado todas estas cosas tan evidentes es porque me ha parecido útil recordarlas explícitamente antes de formular las preguntas que de ellas se derivan. A saber: esa cultura mundial que se está elaborando día a día, ¿en qué medida será una cultura esencialmente occidental, e incluso muy concretamente americana? De aquí nacen en cadena otras preguntas. ¿Qué va a ser de las diversas culturas? ¿Qué va a ser de las numerosas lenguas que hablamos hoy? ¿Serán como los dialectos locales, destinados a desaparecer tarde o temprano? ¿Y en qué clima se va a desarrollar la mundialización en los próximos decenios si cada vez se manifiesta más claramente como un fenómeno que destruye las culturas, las lenguas, los ritos, las creencias, las tradiciones… y también las identidades? Si cada uno de nosotros se viera conminado a renegar de sí mismo para acceder a la modernidad tal como ésta se define y se definirá, ¿no se generalizarían las reacciones retrógradas y con ellas la violencia?