Capítulo 25

—¡Vamos, niña! ¡Empuja! ¡No pierdas fuerzas en gritar! Este muchacho no quiere estar ahí dentro. ¡Ayúdale! —decía la tata.

—¿Cómo sabes que es un muchacho?

—No preguntes y empuja. ¡Demonio de niña, perdiendo fuerzas en preguntar! ¡Empuja! ¿O eres una lánguida que no va a poder parir a su hijo?

Aquel reto fue la espita que disparó a Francisca y en un último esfuerzo ayudó a que su hijo asomara la cabeza y luego el resto de su rechoncho cuerpecito. La tata dio dos azotes al bebe, mientras lo mantenía boca abajo y su llanto quebró el silencio que se había hecho tras los gritos del parto.

—¿Ves como es un macho? Tu tata nunca se equivoca —dijo poniendo al bebé sobre el pecho de su madre.

Fue hacia la puerta y vio a Enrique, apoyado contra la pared del pasillo, con Eduvigis a su lado. Aquella escena trajo a su memoria el día en que Francisca vino al mundo y notó las ausencias.

—Ya puede pasar, señor —dijo la tata—. Todo ha ido bien.

Salvador estaba ausente. Francisca parió a su hijo con la única compañía de la tata y la posterior atención de su padre y su hermana. Su verdadera familia, a la que ahora se sumaba aquel niño que lloraba reclamando su lugar en el mundo. Era cierto que no se esperaba aquel parto para tan pronto, pero también lo era que aunque hubiera llegado a su tiempo, Salvador podía no estar en casa, como casi siempre, de hecho. Francisca se había sentido sola en los siete meses que llevaba casada. A partir de hoy, al menos, tenía a su hijo para llenar sus horas.

—¿Y cómo vamos a llamar a este caballerete? —preguntó Enrique.

—Tristán —contestó Francisca, abrazando al pequeño contra su pecho—. Tristán Castro Montenegro.