Capítulo 21

Arriaga era escrupulosamente preciso cuando se trataba de hacer daño y no le gustaba dejar heridos a sus enemigos: un enemigo herido podía revolverse y contraatacar. Josechu Arriaga mataba. Ésa era su regla. Y sabía de sobra que el amor de Raimundo por Francisca requería un tratamiento largo y casi quirúrgico.

Con Raimundo vencido, el camino estaba despejado para la boda con Amada, pero como ni los Arriaga ni los Ulloa confiaban en lo que podía pasar teniendo a Francisca cerca, por eso decidieron preparar un viaje para alejar a los amantes. Así, con Arriaga orquestándolo, el viaje era ya un golpe y el más fuerte sería el destino: Cornualles. Claro que Raimundo cumpliría su sueño, pero con su hija. Y por supuesto, tenía un medio perfecto para que aquella noticia llegara a oídos de Francisca a su debido tiempo.

Las dos familias pasaron unos días en su caserío de Vizcaya, para que Amada reposara de un viaje que había sido una tortura tanto para ella como para los que la acompañaban. Se mareaba, vomitaba, el calor de aquel inicio de verano la dejaba casi sin respiración y había que parar cada poco para que se recuperase. Raimundo miraba a aquella mujer débil y se decía que si en algún momento pudo sentir algún tipo de compasión por ella, esta se iba quedando atrás en cada curva del camino. La vida que le esperaba sería una pesadilla, y no podía evitar compararla con Francisca: aquella era indómita y estaba viva; esta respiraba, pero respirar no significaba exactamente estar vivo.

Aun así, gracias al contacto Raimundo también se dio cuenta de algunas otras facetas de Amada. Y ahora se arrepentía de no haber hablado más veces con ella. «Aunque en realidad —pensaba—, habría dado exactamente lo mismo». Si había tomado a la joven por una ávida lectora, ahora vio que no lo era. O mejor dicho, sí lo era, aunque de un solo libro: La dama de las camelias era su única lectura. Obsesiva. No es que fuese una lectura poco recomendada —de hecho, Raimundo había leído a Dumas—, pero resultaba preocupante que leyera solamente la historia de una cortesana tuberculosa. Además, Ulloa se dio cuenta de que aquellos silencios que él tomaba por una rica vida interior no eran sino ausencia de ideas. Si la leyenda decía que la tisis podía derivar en episodios de creatividad extrema, como en el caso de algunos autores, en Amada aquella leyenda no se cumplía: era barro en manos de su padre y de su madre. Muy bonita, eso sí, pero sin forma propia, del todo moldeable.

Los días en Vizcaya transcurrían monótonos y aburridos, como muestra de lo que le esperaba a Raimundo en su negro futuro. Por fortuna durarían poco: pronto partirían hacia Cornualles y cabía la posibilidad de que en aquel viaje él pudiera despegarse un poco del grupo que le acompañaba.

En cuanto embarcaron vio que el viaje hacia Inglaterra iba a ser un fiel reflejo del que hicieron desde Puente Viejo hasta Vizcaya: la indisposición de Amada era constante, de modo que la mayor parte de su tiempo lo pasaba en el camarote y con ella, su madre Maite de Arriaga e Isabel, que las acompañaba por un extraño sentido de la solidaridad. Así las cosas, Raimundo se vio obligado a sufrir la compañía de Josechu Arriaga, del que intentaba zafarse siempre que podía. Aquel hombre intentaba ahora convencerle de que se había hecho lo mejor para todos, cosa ante la que Raimundo no transigía. Le pintaba un futuro de riquezas y de éxito en los negocios, rodeado de niños y feliz. Puede que hubiera negocios, riqueza, éxito…, pero dudaba de que hubiera niños y desde luego sabía que no podía ser feliz sin Francisca.

Casi habían llegado ya al final de su viaje, habían dejado hacía tiempo a su derecha los blancos acantilados de Dover. Aquellas caídas de roca caliza eran la primera tierra que se veía de Inglaterra cuando se viajaba desde el continente: para los ingleses eran su bastión, su muralla de protección frente a posibles invasiones, y si ya había sentido una pena profunda al ver por vez primera el mar sin Francisca, ahora, tan cerca de Inglaterra, aquella tristeza se hacía infinita. Era perverso haber elegido aquel destino, pero ya no esperaba nada bueno de Josechu Arriaga. Sabía que, como hacía su futura esposa, también él tenía que acatar sus órdenes. Ella por miedo y él porque aquel hombre tenía un rehén muy valioso para Raimundo.

Aquella noche Amada estaba extrañamente despejada y salió de su camarote y fue a buscar a Raimundo, que leía en cubierta.

—Parece que hoy te encuentras mejor —le dijo él al verla.

—Sí. Afortunadamente. No sé por qué mi padre ha elegido este viaje; sabía que iba a ser muy duro para mí.

—Sí. No deberíamos haberlo hecho.

—Ya sabes cómo es…

—Sí, tengo una ligera idea —dijo Raimundo lacónico.

La noche había caído y en cubierta empezaba a hacer frío. Raimundo quería llegar a las costas de Cornualles acompañado solamente por la memoria de Francisca, pero Amada permanecía a su lado, en silencio.

—¿No deberías bajar al camarote? Comienza a refrescar —dijo solícito; necesitaba quedarse solo con sus recuerdos y sus remordimientos.

—Me encuentro bien, de verdad. Prefiero quedarme aquí contigo.

Llegaban a las islas Scilly, justo enfrente de los acantilados de Land’s End, pero Raimundo solo pudo verlas en la sombra e intuir los acantilados por la hoguera que brillaba como faro en lo alto.

—¿Sabes, Amada? —dijo en un intento de hacer aquellos momentos más agradables—, aquellas son las islas Sorlingas. Cuenta la leyenda que allí, entre ellas y los acantilados del Fin de la Tierra, se encuentra la tierra de Lyonesse.

—¿Lyonesse?

—Es la tierra de Tristán, de la leyenda de Tristán e Isolda.

Amada lo miraba con cara de no entender nada, y sin ningún interés, así que Raimundo calló y siguieron en silencio por un momento. El mar estaba bravío, como casi siempre por aquellas costas y el barco avanzaba lentamente poniendo su proa a la hoguera prendida a modo de faro: sobre los acantilados de Land’s End, indicaba el camino correcto entre los arrecifes que proliferaban como cuchillos en aquella costa agreste.

De repente, una brusca sacudida estuvo a punto de desequilibrar a Raimundo. Le siguió un crujido seco y se dio cuenta de que el barco se había parado. Al momento empezó a oír a su espalda el griterío de la multitud.

—¡Hemos embarrancado! —dijo a Amada—. ¡Corre a un bote! ¡Voy a buscar a tus padres y a mi madre!

—¡No me dejes sola, por favor!

—¡Sube a un bote! ¡Haz lo que dicen los tripulantes! —gritó señalando con un gesto a los marineros, que daban instrucciones a los pasajeros.

—¡Hablan inglés! ¡No entiendo nada!

—¡Yo tampoco! ¡Pero no es tan complicado, rediez! —Definitivamente, aquella mujer le sacaba de quicio.

De repente, un nuevo golpe de mar sacudió el barco y varios de los pasajeros que, aterrados, se habían acercado a la borda perdieron el equilibrio y se vieron arrastrados al mar. Amada fue uno de ellos.

Raimundo no lo dudó y saltó a rescatarla a un agua tan fría que cortaba la respiración. Comenzó a nadar rápido para que sus músculos no se atenazaran y no sintieran las agujas de aquel gélido mar. Llamaba a Amada, pero ella no respondía. Su grito se mezclaba en vano con el de otras personas que buscaban a los suyos. Ulloa siguió nadando y gritando el nombre de Amada mientras cambiaba su rumbo entre las olas, hasta que poco a poco dejó de sentir nada salvo el cansancio de sus brazos y la sal en los ojos y los labios: el frío había conseguido por fin atenazar sus músculos y notaba que no podría aguantar mucho más. Si él apenas podía aguantarlo, dudaba que Amada lo hubiera logrado.

Cuando vio que un bote pasaba cerca de él, llamó con el poco aliento que le permitía la presión de aquel mar helado en sus pulmones.

Get on the boat, sir! —No sabía lo que decía aquel fuerte acento de Cornualles, pero una mano extendida fue todo lo que necesitó para entender en aquel momento. Entre unos pocos ocupantes del bote le ayudaron a subir, luego notó cómo viraban levemente alejándose de la zona en la que había caído Amada; agotado, perdió el conocimiento.

Cuando lo recuperó, aquel bote estaba llegando al puerto de Penzance.

En tierra, Raimundo buscó entre las personas que se habían salvado del naufragio, pero no encontraba ninguna cara conocida, y tampoco aparecieron más botes por mucho que esperó con la mirada fija en el agua.

Pasó dos días en aquella ciudad pesquera al borde del canal de la Mancha, aguardando noticias. Varias veces al día se acercaba al puerto y, por fin, en las oficinas le dieron razón. Le enseñaron una lista de pasajeros y buscó ávido cuatro nombres. Allí estaban, en la lista de cadáveres rescatados: Isabel de Ulloa, Maite, Amada y Josechu Arriaga.

Raimundo se sintió extraño. Acababa de perder a su madre y sentía un inmenso dolor por ello, pero al mismo tiempo, en el fondo de su alma, sentía que en alguna parte del mundo debía haber un Dios y que después de mucho tiempo se estaba ocupando de él y de Francisca. Aquel hecho terrible en aquella tierra soñada le había liberado.

Podía volver a casa.

Podía buscar a Francisca.

Podían casarse.

No sabía que mientras él viajaba hacia Cornualles, la maquinaria de Josechu Arriaga había seguido funcionando a espaldas de todos. Desde las oficinas de Ulloa y Arriaga habían salido por correo las invitaciones del enlace de Raimundo Ulloa y Amada Arriaga, y una de ellas, en un alarde de cinismo desmesurado, había llegado a La Casona.

Aquella mañana, Francisca sí encontró una carta dirigida a ella sobre la consola y su corazón pensó que eran noticias de Raimundo. Por fin. ¿Quién si no podía escribirle? Pero no reconoció la letra y cuando abrió aquel sobre, la realidad cayó sobre ella como una losa. Aquello era la prueba física de que todo había acabado. Dentro de tres meses, Raimundo sería de otra. Y tenía la desfachatez de invitarla al enlace.

De nuevo la misma idea: se había equivocado con él. Toda su vida había pensado que era una buena persona, que amaba a un hombre íntegro, pero aquel silencio de las últimas semanas no podía mantenerlo un hombre bueno. Un hombre bueno habría escrito al menos para explicarle hasta qué punto habían cambiado sus sentimientos; le habría dicho que había decidido cambiarla por la herencia Ulloa. O por lealtad a sus padres. O por miedo. Habría sido duro, y aun así más fácil que aquella incertidumbre. De todas las formas posibles, había elegido la más cruel: el silencio.

A partir de aquel día, todo el dolor de los últimos tiempos fue sufriendo una metamorfosis y Francisca empezó a encontrar dentro de sí una fuerza desconocida que iba creciendo desde el estómago hasta su cerebro y notaba cómo iba colmándola de arriba abajo. Solamente una palabra se le ocurría para calificarle: cobarde. La repitió cientos de veces en su mente, como una jaculatoria que alcanzaba sus labios y murmuraba entre dientes, siempre con la misma cadencia. Cobarde, cobarde, cobarde… Y cuanto más la repetía, más iba creciendo aquella fuerza que la hacía caminar a paso firme, apretando los puños, a pesar de que aún sentía sobre su espalda el peso compacto del abandono y de un mundo que le daba la espalda. La ira iba ganándole terreno al desgarro y de ahí nació un incontrolable afán de venganza, que fluía por sus arterias, se instalaba en su corazón y lo atenazaba con una garra.

Respiraba intensamente mientras caminaba hacia un objetivo que en medio de su obsesiva repetición fue tomando una forma cada vez más clara en sus pensamientos. Acometió la última subida de la colina, llegó a la puerta y llamó: era la casa donde vivía Salvador Castro. Mientras esperaba, sintió un dolor punzante en las palmas de sus manos. Se había clavado las uñas hasta hacerse sangre.

—Aun a riesgo de que pueda pensar que me entrometo en asuntos que no me conciernen, déjeme decirle que usted no se merece ese trato —negó Castro quince minutos después mientras le servía una copa de coñac—. Tómela, le hará bien.

—Discúlpeme, no sé por qué he venido aquí a contarle mis penas —dijo levantándose.

—Quieta, quieta —casi susurró, y Francisca se calmó, igual que se calmó Jara cuando él la acompañó a casa desde La Traba.

—Estoy muy confundida, Salvador. No sé qué hacer.

—Mire en su corazón, Francisca. ¿Qué es lo que quiere verdaderamente?

Aquel hombre lograba crear un ambiente que movía a la confidencia. Su tono de voz y su cercanía la tranquilizaban y sentía la necesidad de sacar a la luz todo aquello que permanecía oculto en lo más profundo de su alma.

—Quiero que sienta el mismo dolor que siento yo. Quiero que pague por incumplir sus promesas. —Su rabia estaba saliendo.

—Eso tiene un nombre, Francisca. Y usted lo sabe. Dígalo. Se sentirá mucho mejor.

—Quiero… —dudaba si pronunciar la palabra, pero un leve gesto de él rompió la última barrera—. Venganza. Eso es lo que quiero.

—La venganza puede llevar toda una vida…

—Tengo tiempo, Salvador. Tengo tiempo —dijo con un recuperado brillo en los ojos.

—Déjeme ayudarla. Será mi prueba de amor.

—Sea, pues. Ayúdeme a vengarme de Raimundo Ulloa y de toda su maldita estirpe.

Por toda respuesta, Salvador acarició su mejilla, tomó su mano izquierda, le quitó el anillo de compromiso que Francisca aún conservaba en el dedo y lo reemplazó por uno nuevo que sacó de un cajón de su mesilla. Ella le dejó hacer. Luego, con un beso, los pactos quedaron sellados.