Capítulo 14

La tata dejó aquel sobre en la consola de la entrada. Una escritura perfecta y masculina había trazado unas palabras sobre su parte frontal: «Señorita Francisca Montenegro». Raimundo se lo había dado a Catalina para que se lo entregara, sabiendo de la relación entre las dos mujeres, y Leonor lo había dejado sobre la consola por un extraño deseo de que su niña Francisca viera alguna carta de Raimundo sobre aquel mueble que demasiadas veces había oteado y encontrado vacío. Leonor, buena conocedora del alma humana e instintiva para los comportamientos de los amantes, jamás había entendido el silencio de Raimundo, y cuando Catalina le dio aquella nota de su señorito, una idea empezó a germinar en su cabeza. No podía abrir el sobre, aunque ardía en deseos de hacerlo, pero se figuraba que algo bueno decía y ansiaba ver la cara de Francisca cuando advirtiera aquella nota sobre el mueble.

La joven aún no había vuelto de los campos, y la tata aguardaba impaciente, tan pronto aguzando el oído hacia la puerta como echando rápidos vistazos a la consola para cerciorarse de que aquel papel seguía allí.

Fue en uno de esos vistazos cuando vio que Eduvigis lo cogía.

Algo le dijo que no debía revelar su presencia. Leonor la vio subir las escaleras hacia el desván con la carta y la vio bajarlas al poco con las manos vacías, y un terrible escalofrío recorrió su espalda. ¿Sería posible lo que estaba imaginando? Tras darle unos minutos, subió ella misma al desván y miró a su alrededor. Y pensó. ¿Dónde podía esconder Eduvigis lo que ella sospechaba que había escondido? Buscó entre los trastos cubiertos de polvo, en los armarios que contenían los vestidos de Esperanza, todos protegidos en lienzos blancos. Revolvió en sus cajones, miró debajo de ellos. Nada. Un ratón saltó y la asustó. Dio un respingo y chocó con la cuna de los niños, que se meció por unos momentos. ¡La cuna! Quitó el lienzo que la cubría y que, cosa extraña, no tenía ese polvo que arropaba el resto de los trastos del desván. Pasó la mano por encima de su colchón de lana y notó algo duro debajo. Lo levantó y allí encontró dos cajas: un estuche cuadrado y pequeño, de un bonito azul turquesa, y otro más grande de madera que recordaba que Miguel había hecho y regalado a su hermana Eduvigis en algún cumpleaños. Al abrirlo y ver su contenido, tuvo que apoyarse en uno de los armarios para no perder el equilibrio.

En aquella caja estaban las cartas. Decenas de cartas. En un montón las de Francisca, con su torpe caligrafía. En el otro reconoció la escritura de Raimundo y sobre todas ellas, la nota que esa misma mañana le había entregado Catalina. Todas estaban abiertas y suponía que leídas por los ojos de una persona que no era su destinataria. La cajita azul, a todas luces una caja de joyería, custodiaba en su interior un broche. Leonor lo acercó a la luz de la vela: era una libélula azul, pequeña y delicada. En la caja, una nota: «Siempre te rodearán libélulas azules. Tuyo, Raimundo».

—¡Dios mío! ¡Cuánta maldad! —murmuró al tomar conciencia de todo lo que aquello suponía.

Llevó aquellas cajas a su cuarto. Necesitaba ponerlas a salvo antes de decidir cómo desvelar aquello que acababa de descubrir. Ésa no era la travesura de una niña pequeña; era jugar con los destinos de otras personas. Era cruel. Muy cruel. Leonor sabía que Eduvigis podía sentir celos de su hermana, sabía que sin duda había tenido un sentimiento de princesa destronada cuando Francisca vino al mundo, pero llevarlo hasta aquel extremo era algo que jamás habría imaginado.

Tomó la nota de Raimundo y la guardó en el bolsillo de su mandil. Cuando Francisca llegó del campo con su padre, se la entregó.

—Léela, niña. Es para ti.

Francisca la cogió y la miró extrañada.

—Pero el lacre está roto.

—Luego te explico. Anda, léela.

¿Aceptarías verme debajo del nogal a pesar de la nieve?

Por favor. Ven a las cinco. Te esperaré allí.

Esta tarde y tantas como sea necesario,

Raimundo

—No voy a ir —dijo al tiempo que arrugaba la nota.

—Deberías. —Leonor tomó aire; lo que le esperaba ahora no era nada fácil—: Siéntate —le dijo al fin—. Tengo que contarte algo. Y es grave.

La tata fue a buscar las cajas y las puso encima de la mesa de la cocina. Cuando Francisca abrió la de madera y pasó sus manos por las cartas de Raimundo, la ira empezó a ganarla. Cuando abrió el joyero y vio la libélula y la nota que la acompañaba, las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos. No sabía si llorar, o gritar, o matar a su hermana. No daba crédito a lo que estaba leyendo, aquella historia parecía sacada de una novela: no podía estar pasándole a ella.

—¿Irás ahora? —preguntó la tata.

—¿Dónde está Eduvigis? —dijo entre lágrimas.

—Eso no importa ahora, niña. Ve a buscarle. Yo guardaré todo esto a buen recaudo.

—Quiero verla antes.

—Francisca Montenegro, escúchame: su mayor castigo será tu felicidad, ¿me oyes? Ve. Haz lo que tienes que hacer.

Allí estaba. Esperándola.

Descabalgó. Ni siquiera ató a Jara y corrió hacia sus brazos. Y protegida contra su pecho, lloró como una niña, abrazándole muy fuerte. Allí era donde quería estar por el resto de sus días. Entre sus brazos. Aquél era el lugar más seguro que ella podía imaginar. La tarde iba cayendo deprisa y el frío hacía brotar vapor de sus bocas. Lo detuvieron con un beso largo y ansiado durante mucho tiempo. Tanto que lo habían creído perdido.

A llegar de vuelta a La Casona, Raimundo ya sabía lo que había pasado. Cuando vieron a Eduvigis tras el ventanal del salón, Raimundo la abrazó y le dio otro largo beso.

—Nunca más volveremos a ocultarnos, Francisca. Nunca más. Ni volveremos a separarnos.

Francisca se quedó en lo alto de los escalones de entrada, viéndole cabalgar hacia La Traba. Luego fue directa al salón, hacia Eduvigis. Se paró delante de ella y le dio un tremendo bofetón.

—Mi felicidad será tu castigo —sentenció—. A partir de ahora, para mí no existes.