Capítulo 9

Tata Leonor siempre decía que el tiempo lo curaba todo, y era verdad. A Francisca le curaba el dolor de la pérdida de Miguel y el rencor hacia Raimundo: en cinco meses pasó de no querer verle a echarle de menos casi tanto como a su hermano. Conforme avanzó el otoño, las escapadas al campo comenzaron a ser mucho más improbables y ahora, muy cerca ya del invierno, pasaba días enteros en casa. Lo bueno de aquello fue que su relación con Eduvigis mejoró sustancialmente.

Todo había sido a partir del día en que sangró por vez primera. Se asustó. Mucho. No le dolía nada salvo una sensación de pesadez en el vientre, pero sangrar nunca era señal de nada bueno, y no tenía ni idea de a quién acudir. Si aquello era una enfermedad y se lo decía a su padre, se preocuparía, igual que si se lo decía a tata Leonor. Así que subió a su habitación y buscó algo de ropa limpia. En eso estaba cuando Eduvigis entró en la habitación y la sorprendió con sus calzones manchados de rojo.

—No se lo digas a padre, por favor. —Reclamaba una discreción en la que no confiaba.

—Anda, ven. Siéntate aquí conmigo —respondió su hermana mientras daba leves palmaditas encima de la cama.

—Si se lo dices, se asustará y se preocupará. Bastante tiene con lo de Miguel y lo del incendio, Edu. Y ahora yo enferma —dijo culpabilizándose.

—No estás enferma. ¡Qué tontería! —Esta vez se echó a reír—. Lo que te pasa es normal y te pasará todos los meses a partir de ahora hasta que seas vieja. Nos pasa a todas las mujeres.

Eduvigis le contó que eso significaba que ya podía concebir; y que su cuerpo empezaría a cambiar y a tomar formas de mujer; y que debía guardar ciertas precauciones, como no bañarse en esos días, o se le cortaría y ya no podría tener hijos.

—Como ves, no es nada malo, Chiqui.

Puede que fuera la primera vez que hablaba con su hermana de algo íntimo y no acababan discutiendo. O al menos desde que tenía recuerdo. De aquello habían pasado meses y era cierto que había percibido ciertos cambios en su cuerpo desde entonces, y aún cambiaría más, pero lo que no cambiaría nunca sería su testarudez cuando quería algo.

Hacía semanas que su padre se acostaba tarde y dormía poco, así que después de darle muchas vueltas a su idea, aquella noche de diciembre, Francisca bajó en camisón y envuelta en una toquilla azul al despacho de Enrique Montenegro. Esperaba encontrarle con la cabeza inclinada sobre algún papel, como lo había imaginado todas las veces que al ir a acostarse veía el tenue haz de la lámpara de aceite bajo la puerta de aquella estancia. Sin embargo, su padre no revisaba papeles. Simplemente estaba sentado en un sofá, cerca de la chimenea, y contemplaba el fuego. El leve chirrido de los goznes no consiguió sacarlo de su ensimismamiento.

—¿No duermes? —preguntó Francisca al acercarse a él.

—¿Y tú? Tampoco, por lo que veo. ¿O has bajado a que te felicite tu aniversario?

—No. Vengo a otra cosa, en verdad. Pero algo tiene que ver con eso.

El carillón del salón dio tres campanadas y su sonido se mantuvo segundos en el aire silencioso y quieto de la casa.

—¿Y tiene que ser a esta hora? —Ella asintió con la cabeza.

—¿Cuántos años tenía Miguel cuando le dejaste ir contigo a los campos? —preguntó sin preámbulos.

—Ya sé lo que quieres, Francisca Montenegro —dijo riendo.

—Padre, alguien tiene que ayudarte, y a Eduvigis no le gusta el campo. ¿Quién se ocupará de todo cuando tú seas viejo?

Efectivamente, Francisca tenía razón. Faltando Miguel, ella era la mejor opción de continuar con el legado. De hecho, era la única. Podía esperar a que alguna de sus hijas casara y alguno de sus maridos se ocupara de ello, pero el destino podía no satisfacer esas expectativas.

—Tendrás que madrugar mucho. Es mucho trabajo, Francisca —fue su débil argumento, aun cuando sabía que su hija no cejaría en su empeño de conseguir lo que quería. Francisca no dijo nada. Solo le miró con esos ojos de su madre, y Enrique aceptó—. Anda, sube a dormir. Mañana te despertaré temprano.

Ella se incorporó contenta y abrazó a su padre.

—Feliz cumpleaños, Chiqui.

—Gracias, padre. —Y girándose, se dirigió hacia su habitación. Enrique la vio partir y, en aquella luz, le recordó más que nunca a Esperanza.

Enrique no necesitó despertar a Francisca. En realidad, no había dormido en toda la noche, excitada con la posibilidad de pasar el día con su padre. A partir de aquel día, las tareas se distribuyeron en La Casona: Francisca acompañaría a Enrique, y Eduvigis aprendería de tata Leonor a llevar la casa. Las dos niñas quedaron, pues, satisfechas con el reparto de tareas. Y así, con la bruma de la mañana aún pegada en las copas de las encinas, Francisca empezó a seguir a su padre a caballo, en compañía de Rafael.

Bajo esa misma bruma, un poco más intensa en la vertiente de la colina de la Finca del Río, se dibujaban las siluetas de algunos carros que, tirados por bueyes, transportaban ladera arriba grandes vigas de madera y cajas del mismo material. Tras meses de preparativos, empezaban los trabajos en la supuesta mina de la finca para extraer su hierro del corazón de la tierra. Cerrando aquella pesada comitiva iba Ramón Ulloa.

Durante muchos días horadaron el monte y comenzaron a sacrificar los robles que cubrían los primeros metros de las colinas: su madera era la más resistente para fabricar las traviesas de las vías de ferrocarril. Aquellos troncos pelados de ramas y heridos bajaban en carros y desaparecían tras la primera loma del camino de La Puebla.

Al ver caer aquellos árboles, Francisca tuvo una terrible sospecha. Durante muchos días pasó cerca del roble añejo bajo cuyas raíces reposaban Esperanza y Miguel, y respiró tranquila: allí seguía, grande y majestuoso, impávido ante lo que acontecía a su alrededor. Parecía que tanto aquel árbol como el nogal estaban a salvo de las hachas de los leñadores.

Alguno de esos días también vio a Críspulo junto a su padre, y siempre a Raimundo. Francisca tenía la sensación de que en aquellos meses desde la muerte de Miguel, había cambiado: había dejado crecer su pelo y parecía más fuerte y más alto, aunque también podría ser simplemente la sensación de verle a lomos de un caballo. También él la veía a lo lejos, aunque ninguno de los dos hacía ningún amago por acercarse al otro.

Hasta que un día de principios de enero, Francisca advirtió un grupo de tres hombres que dejaban detrás de sí la zona de tala y se encaminaban hacia el río, con hachas cargadas al hombro derecho. Esperó, y cuando vio que no variaban su rumbo, espoleó a Jara y se dirigió hacia ellos. Su sospecha era cierta: se aproximaban al roble, así que apretó el paso y llegó debajo de las ramas cuando el primer hachazo ya había abierto una herida en el tronco. Sin dudarlo, se interpuso entre el hacha y el árbol.

—¡No! —gritó mientras levantaba a Jara sobre los cuartos traseros.

Aquel hombre bajó su hacha, atemorizado más por aquel caballo encabritado que por lo tajante de la orden de Francisca. Realmente, una niña de trece años no podía impresionar a un curtido leñador.

—¡Quita de ahí! —dijo despectivo. Por toda respuesta, ella azuzó a Jara y se acercó al hombre, que no estaba dispuesto a dejarse achantar y alzó el hacha hacia las patas del animal.

—¡Quietos! —ordenó una voz, y esta vez los tres hombres sí hicieron caso.

Raimundo había visto desde la colina lo que estaba pasando y había llegado al galope, seguido de cerca por Ramón Ulloa. Se dirigió a él cuando al fin su padre alcanzó el grupo:

—Padre, por favor —rogó.

—Han caído muchos como éste, Rai.

—No es necesario talarlo, y lo sabes. Hay otros cientos.

—¿Existe alguna razón especial para talar este roble? —preguntó Ulloa a uno de los leñadores.

—Lo ha ordenado el señor Arriaga, don Ramón. No sabemos por qué este en particular, pero cumplimos órdenes.

—Me diste tu palabra, Ulloa. Tengo tu palabra de que no tocarías a mis muertos —dijo Enrique, que acababa de llegar al lado de su hija—. ¿Esto es lo que vale tu palabra?

Los leñadores se miraron sin entender aquella frase, y Raimundo se lo aclaró.

—Hay dos personas queridas enterradas bajo ese árbol. —Miró a su padre—. ¡Padre, por Dios!

—Señor, mejor dejar a los muertos tranquilos —dijo el que había infligido la primera herida en el tronco. Cuando el patrón asintió con un leve gesto de cabeza, los tres leñadores volvieron a echarse las hachas al hombro y se alejaron hacia la colina. Un tenso silencio se posó entre las cuatro personas que se encontraban debajo de aquel roble centenario. Ramón lo rompió, volviendo grupas y llamando.

—Rai, vamos.

También Enrique se alejaba ya en dirección contraria.

—Gracias —dijo Francisca mirando a su amigo.

—Para mí también hay alguien importante entre esas raíces.

—Raimundo, ¿quieres venir? —insistía Ramón, sin volver la cabeza. Pero el chico ni contestaba ni se movía de su sitio.

—Le echo mucho de menos, Rai.

—Yo igual. Pero sobre todo te echo de menos a ti —pronunció con la mirada baja, casi entre dientes y muy deprisa, como si temiera arrepentirse en mitad de la frase que iba a pronunciar.

La forma en que lo dijo hizo que Francisca se ruborizara. Era la misma sensación que el día en que le regaló aquella libélula azul, pero ahora, mucho más intensa.

Enrique había parado su caballo y contemplaba aquella escena. Y escuchaba. Supo que su hija no iba a dar el paso que tenía que dar. Por orgullo o por miedo, pero no iba a hacerlo.

—Raimundo, Marcelina habrá hecho migas para comer. ¿Quieres venir?

Aquella frase rompió la tensión y Francisca miró a Raimundo, casi implorando que aceptara la invitación de su padre. El chico tomó las riendas de Jara y espoleando suavemente su propia montura, trotó junto a su amiga hacia Enrique. Desde la colina, Ramón los vio alejarse en dirección a La Casona: «Veremos qué sale de esto», se dijo.

Cuando desmontaron en la puerta de la finca, Francisca confirmó que, efectivamente, Raimundo había crecido. Ahora le sacaba la cabeza y hacía tan solo unos meses eran casi iguales. Pero además, algo había cambiado en su rostro: habían comenzado a desaparecer las facciones de niño, sus pómulos empezaban a afilarse y su mentón a hacerse más concreto. Un ligero bozo aparecía sobre su labio superior y durante la comida, Francisca se dio cuenta de que su tono de voz había cambiado hacia notas más graves.

Eduvigis también percibió este cambio y durante el transcurso del almuerzo lo miraba atenta y reía escandalosamente cualquier broma del chico por tonta que esta fuera. A la pequeña no le pasó por alto la actitud de su hermana con su amigo y comenzó a notar una cierta desazón en el estómago, que iba convirtiéndose en ira conforme crecían las risas cantarinas de la otra. Los celos no eran un sentimiento nuevo en ella —Eduvigis los había provocado anteriormente con Raimundo—, pero aquella vez eran mucho más marcados y había estado tentada de clavarle el tenedor a su hermana cada vez que cacareaba. Porque, para Francisca, Eduvigis cacareaba.

Ajeno a estos sentimientos, él se crecía con cada risa, aumentaba el nivel de sus bromas y estuvo más conversador que de costumbre. Acabado el almuerzo, Raimundo tuvo que volver a casa y las niñas se incorporaron a su clase. Eduvigis estuvo distraída todo el tiempo y recibió una reprimenda de don Julio, una de las pocas que Edu recibía.

Cuando se fueron a dormir, Eduvigis no paraba de parlotear y de hablar del chico de los Ulloa —«¿Te has fijado qué guapo estaba? Está altísimo, ¿no crees? Le sienta tan bien ese pelo largo…»—, preguntando sin cesar y sin aguardar respuestas. En su cama, Francisca no abría la boca. Y con ese sonido se durmió, arrepintiéndose de llevarse mejor con su hermana.