Capítulo 2
Por aquellos años —mediada ya la década de 1850—, el país intentaba dar los primeros pasos titubeantes hacia una modernización que desde el pasado siglo llevaba desarrollándose en el resto de Europa. Ramón Ulloa, quizá por una cierta propensión genética a olfatear las posibilidades de cualquier negocio, vio enseguida la oportunidad que la desamortización llevada a cabo por el ministro Madoz podía suponer para su familia. La ley Madoz había liberado tierras que ahora eran propiedad del clero y aquello, visto que el ferrocarril empezaba a poner los primeros caminos de hierro por la geografía española, era una oportunidad para engrosar su ya importante fortuna. La Finca del Río fue así objeto de deseo también de Ramón Ulloa, pero no por su carácter simbólico, sino por su riqueza de bosques, y la posibilidad de explotación de los yacimientos de hierro que el padre Clemente decía que había en las laderas de sus montañas.
Sin embargo, Ulloa no era solo un hombre de negocios. De hecho, lo era porque no le había quedado más remedio. En realidad, sus pasiones eran la literatura, el arte y la filosofía; y todo su anhelo de futuro, ser catedrático de Leyes en Valladolid. Casi lo había conseguido, pero la muerte de su padre le obligó a volver a Puente Viejo para hacerse cargo de la explotación del patrimonio familiar en el pueblo y sus alrededores. Así, sus sueños de una vida dedicada al estudio quedaron frustrados, y su carácter agriado, como se agrian aquellas personas a las que se les niega lo que puede hacerles realmente felices. Regresó recién casado con Isabel de Gormaz, y ese regreso que para él era amargura —la que le suponía el abandono de su vocación—, para ella fue el camino hacia una parcela de poder en el pueblo que nunca habría poseído en Valladolid. En Puente Viejo era la mujer del más poderoso terrateniente de la comarca, mientras que en la ciudad sería solo la esposa de un posible doctor en Leyes, un posible heredero. Isabel, mujer práctica, prefería ser cabeza de ratón en Puente Viejo que cola de león en Valladolid.
Ramón había conocido a su esposa en Salamanca, durante sus estudios en la universidad. Ella era la única hija del marqués de Gormaz, un noble salmantino que consiguió dilapidar su patrimonio en el juego y en juergas. Habían llegado a tener manzanas enteras en la capital salmantina, decían, pero cuando Enrique la conoció, la familia poseía poco más que el título, una casa en Salamanca y una finca en la sierra de Francia. Isabel era bella, delgada, casi transparente, de tez pálida y ojos claros. No era, desde luego, una inculta, y Ramón supo que aunque no se casaba con una mujer propensa a los arrebatos de la pasión —Isabel tenía esa parquedad en los sentimientos de las castellanas de raíz—, sí podría mantener largas conversaciones sobre temas filosóficos. Y del mismo modo que aceptó renunciar a su sueño, agachó la cabeza ante un matrimonio que sabía aburrido pero estable.
Puede que fuera por una vuelta a sus raíces o porque descubrió que esa era la forma de pasar más tiempo alejado de su esposa y de su rigidez en las normas, pero desde que había vuelto a Puente Viejo, Ramón había desarrollado cierto gusto por la vida de campo. Frecuentaba La Casona de los Montenegro y gustaba de la caza y de su recuperada amistad con Enrique. Y estaba Esperanza, espléndida en su avance hacia la madurez, por la que conservaba una admiración que no pasaba del mero deleite visual, pues si en algún momento esto hubiera ido a más, el recuerdo de los puñetazos de Enrique le hubiera traído a la mente la conveniencia de no traspasar ciertos límites.
Por su parte, Isabel de Gormaz nunca frecuentó La Casona. Esperanza no era de su agrado. No podía serlo una mujer a la que consideraba solamente una advenediza. Habría parecido natural que las dos señoras de las dos familias más poderosas de Puente Viejo llegasen a un cierto nivel de amistad, pero Isabel cerró esa puerta desde el principio y le puso un candado doble el día que se enteró de que su marido había rondado en algún momento a la «tal Esperanza», como siempre se refería a ella. Por eso no le gustaba que él frecuentara la casa de su amigo Enrique y desde luego evitaba en la medida de lo posible acompañarle cuando lo hacía.
Quienes sí le acompañaban eran sus hijos: Críspulo, el mayor, y Raimundo, el benjamín. Cada uno de ellos parecía hecho a imagen y semejanza de sus progenitores. Críspulo era como su madre, rubio, de ojos claros, delgado y tranquilo; y Raimundo, a pesar de su corta edad, prometía ser un claro Ulloa, un chico alto para su edad, moreno y fuerte. Si Críspulo era callado, Raimundo era un terremoto. Por eso no fue de extrañar que enseguida estableciera una conexión especial con Miguel Montenegro, que apenas le sacaba dos años, algo menos de lo que él mismo a Francisca. La pequeña era el único elemento que, de vez en cuando, Miguel y Raimundo admitían en sus aventuras campestres, en las que, por otra parte, ni Críspulo ni Eduvigis tenían el más mínimo interés.
Aquella de junio de 1855 fue una de tantas tardes en las que Ramón llegaba montado en su caballo con sus dos pequeños delante de él. El primero en bajar, pegando un salto, siempre era Raimundo, que corría a buscar a Miguel. Críspulo, en cambio, esperaba a que su padre hubiera bajado para que le tendiera los brazos y poner el pie en el suelo.
—¡Ah de la casa! ¿Alguien da de beber a este hombre sediento y a sus hijos? —decía con voz potente, mientras Rafael, el capataz, se llevaba su caballo a los establos.
Las charlas entre Ramón y Enrique versaban sobre los temas más diferentes. Esperanza mostraba interés mientras se trataran temas livianos y relativos a Puente Viejo, o incluso si Ramón hablaba de alguna novela de reciente publicación, pero admitía su aburrimiento en lo que a temas de política se refería, y es que los vaivenes políticos de aquel reinado de Isabel II constituían un galimatías para la mayor parte de una población cuyo índice de analfabetismo era importante. Esperanza no lo era, en absoluto, pero aunque comulgara con algunas de las ideas de igualdad y progreso social que Ramón defendía, a menudo las tareas domésticas constituían un pretexto para abandonar la compañía de los hombres cuando la conversación devenía farragosa.
Allí se quedaban ellos dos. Ramón intentando inculcar en Enrique algo de su sentido del progreso y este escuchando, pero sin acabar de ver qué mejor forma de vida podía haber que explotar sus campos con sus braceros y cuidar de su ganado.
Mientras los padres hablaban, las excursiones vespertinas de Miguel y Raimundo siempre tenían el mismo objetivo: la Finca del Río. Seguidos por Francisca, salían por la puerta trasera de la casa siempre con el mismo protocolo: la pequeña los seguía y su madre corría tras de ella y la levantaba en brazos, dándole pequeños mordiscos en la barriga y provocando sus risas.
—Pero ¿tú dónde vas, zascandil? —decía mientras acomodaba a su hija en la cadera y caminaba con ella hacia la casa bajo la atenta mirada de Enrique y Ramón. Lo que al principio era un deseo real de seguir a su hermano en sus correrías acabó siendo un ritual que la pequeña provocaba para atraer el cariño de su madre.
A Enrique no se le escapaban las miradas de Ramón, pero tan seguro estaba de lo inofensivo de aquellas que nunca hizo ningún gesto que no fuese una sonrisa condescendiente o algún comentario socarrón.
—Está alta mi Francisca, ¿verdad, Ramón?
Y Ramón sonreía, consciente de que lo habían pillado en falta, pero también sabedor de la comprensión de su amigo.
—¿Vas a optar a alguna de las tierras de la desamortización, Enrique? —dijo aquella tarde para cambiar el tema—. Es una buena oportunidad de ampliar tu patrimonio.
—Podría, en verdad. Las cosas no han ido mal en estos años. Esta pequeña parece haber traído un pan bajo el brazo.
Esperanza se acercaba con la niña de dos años y medio cargada a la cadera y escuchó la conversación.
—¿Cómo es eso, Ramón? —preguntó mientras se sentaba y ponía a Francisca en su regazo.
—El ministro Madoz pone a la venta las tierras propiedad de ayuntamientos y del clero, Esperanza. El gobierno necesita dinero para la construcción de una red de ferrocarriles, y esa es la mejor opción.
—¡Compremos la Finca del Río, Enrique! —dijo entusiasmada ante la oportunidad. Tanto que no se dio cuenta de la sombra que pasó por los ojos de Ramón. Enrique, en cambio, sí la percibió—. ¿Sabes? Quiero una casa para mis hijos al lado del río y que Enrique pueda cazar en su campo —proseguía soñadora, dirigiéndose a Ramón.
—Esa finca vale para más que para una casa, mujer —dijo Ramón—. Esa finca es un negocio.
—¿Negocio? Ramón, por Dios. ¿Qué negocio? Es un lugar precioso. ¿Qué vas a hacer? ¿Construir una de tus fábricas?
—Puede que sí, Esperanza. Es el progreso. Este país necesita fábricas y no lugares poéticos o no saldremos nunca de nuestro atraso.
—Pues sácalo de su atraso con otra tierra —dijo airada—. No con esa finca. Siempre has sabido que era mi sueño, el de Enrique, y ahora la quieres para talar los árboles, ¿verdad? Porque eso es lo primero que harás. Estoy segura.
Enrique contemplaba aquel enfrentamiento con una tranquilidad pasmosa. Era cierto que Esperanza estaba acostumbrada al temple de su marido. Siempre tenía esa sensación de que la miraba en sus ataques de ira igual que un padre mira a un hijo que da sus primeros pasos, conociendo exactamente dónde va a tropezar, pero dejándole que cometa sus propios errores, que desde luego nunca va a consentir que sean fatales. Con todo, aquel día esa calma exasperaba a Esperanza. Ella no era una mujer pedigüeña: no exigía vestidos ni joyas, trabajaba en la finca, cuidaba a sus hijos y a su marido desde el alba hasta el ocaso, y no reclamaba cosas para sí. Sin embargo, aquella finca no era un capricho: era un sueño compartido. Y ahora veía que se perdía y su marido no abría la boca. Lo miró interrogante, casi implorando una defensa, pero Enrique seguía hierático. Así que sin decir palabra, se levantó, volvió a coger en brazos a la niña y se fue.
—Déjala, Ramón —dijo ante el ademán de su amigo de ir tras ella—. Luego la templo. Ya sabes cómo es.
Como no podía ser de otro modo, esa noche la cena transcurrió en un tenso silencio. Casi no se oía el ruido de las cucharas al coger la sopa. Esperanza, como los niños, no alzaba los ojos de su plato, del que comía poco a poco, sin ganas. Hasta que no pudo más y se levantó de repente. Entonces, la mano de Enrique sujetó firmemente su brazo y la obligó a sentarse de nuevo.
—Quieta ahí —dijo lacónico. Y sin esperar respuesta, se puso en pie y salió del comedor para volver a los pocos segundos con una carpeta cerrada con una cinta azul. La depositó en la mesa, a la derecha de Esperanza y siguió comiendo.
Ella acarició la carpeta y lo miró interrogante.
—Ábrela, mujer. ¿No es la mejor manera de saber lo que hay dentro?
Así, deshizo el nudo y leyó los papeles que encontró en su interior. Enrique dejó de comer para mirar atentamente el viaje que el rostro de su mujer haría cuando leyera el contenido de aquella carpeta. Aquel rostro sombrío comenzó a iluminarse por momentos, aquellos ojos comenzaron a sonreír y la definitiva ráfaga de arrepentimiento se reflejó en el ligero mordisqueo del labio inferior. Conocía ese viaje perfectamente, tantas eran las veces que lo había visto. Aquella carpeta contenía la escritura de propiedad de la Finca del Río a nombre de Enrique Montenegro y de Esperanza Balmaseda.
—Pensaba esperar a nuestro aniversario de boda, aunque no creo que pudiera aguantar esa cara hasta entonces —pronunció él con media sonrisa. Y aquel enfado acabó como casi todos los enfados de Esperanza: abrazando a su esposo y disculpándose por su ira.
Pero lo cierto era que aquella pequeña victoria de los Montenegro sobre los Ulloa trajo momentos tensos entre las dos familias. Tras enterarse, Ramón dejó de acudir a La Casona y los únicos lazos que se mantuvieron unidos —muy a pesar de Isabel— fueron los de Miguel y Raimundo con el agregado de Francisca, que con la edad veía aumentar el perímetro de sus aventuras lejos de las sayas de su madre.
Poco tiempo después, Enrique Montenegro dio comienzo a las obras de la Finca del Río.