Capítulo 15

Mientras en La Casona Francisca se mudaba a la habitación de Miguel, decidida a no volver a dirigirle la palabra a su hermana en lo que le restase de vida, en La Traba Raimundo también estaba a punto de coger las riendas de su destino. Durante la cena, les había dado a sus padres la feliz noticia de que aceptaba quedarse en Puente Viejo y hacerse cargo de la fortuna familiar, y ahora su madre lo miraba arrobada, satisfecha de que fuese tan obediente y tan consciente de sus responsabilidades.

—Me alegro tanto de que hayas entendido que debes hacer caso a tus padres, hijo mío. Tenerte aquí conmigo mitiga la pérdida de tu hermano.

Por el momento, el joven Ulloa había callado que la verdadera razón por la que se quedaba era Francisca, pero estaba dispuesto a que el tiempo lo fuera devolviendo todo a su sitio.

—A partir de mañana, nos dedicaremos a ponerte al día de tus obligaciones. Aprenderás rápido, no me cabe duda —dijo Ramón—. Arriaga estará satisfecho con este arreglo. Le escribiré tras la cena para comunicárselo.

—Me temo que habrás de volver solo a Salamanca, Melquíades. ¿Aguantarás al profesor Suárez sin mi apoyo? —bromeó Raimundo.

—¡Qué remedio, amigo mío! El deber te llama. Ya encontraré a alguien que te sustituya, no creo que sea difícil.

—Es un placer tenerle aquí, Melquíades. Nos encantaría que se quedase con nosotros una temporada más.

—Y yo me quedaría a vivir aquí, doña Isabel. ¿Aceptaría una boca más a su cargo?

Todos rieron la broma de Melquíades. Raimundo no recordaba cuándo había sido la última vez que le había escuchado hablar en serio. De hecho, pensaba que nunca.

—¿Es por la compañía de los Ulloa o quizá hay alguna otra razón? —indagó Raimundo, que conocía bien a su amigo.

—No quieras saber, no quieras saber. Pero me ayudaría que forzaras una invitación a merendar en cierta casa.

—Preferiría que mi hijo no frecuentara esa «cierta casa», Melquíades —dijo Isabel, sospechando a qué se refería—. No me agrada nada que se relacione con «cierta señorita» que vive en esa «cierta casa». Aunque he de reconocer que, como buen hijo, parece que por fin la ha olvidado.

Melquíades, que daba un sorbo a su copa de vino, casi se atragantó al escuchar aquello. Raimundo iba a lanzarle una significativa mirada para advertirle que fuese discreto, pero de repente recordó la promesa que le acababa de hacer a Francisca. Nunca más volvería a ocultarse.

—No, mamá. No te equivoques. No la he olvidado —dijo haciendo acopio de todo su valor, consciente de lo que aquella afirmación traería consigo.

—Pues tendrás que empezar a hacerlo. Es una pena que hayas perdido dos años en la universidad sin olvidarla. Tendrás que empezar desde cero.

—No pienso hacerlo, mamá. Llegué a un acuerdo con papá antes de irme a Salamanca. Yo he cumplido mi parte. Me quedaré, pero aceptaréis a Francisca como la mujer que he elegido.

—¡Nunca! —levantó la voz Isabel.

—No acepto condiciones, hijo —dijo Ramón—. Francisca Montenegro no está en nuestros planes como heredero de la fortuna Ulloa.

—Pero sí lo está en los míos de futuro. —Raimundo había encontrado un valor inusitado en aquel momento. Por su parte, Melquíades no se atrevía a levantar los ojos de su plato y comía en silencio.

Ramón respiró profundamente, invocando una paciencia de la que carecía en los últimos meses.

—Raimundo, el patrimonio familiar está por encima de tus planes de futuro. Es así de simple. Hay compromisos que tu padre ha adquirido y ante los que tú has de responder. Es una cuestión de honor. No hay nada que discutir.

—Muy terribles han de ser esos compromisos cuando me los vas revelando poco a poco.

—No son terribles. Simplemente son. Y debes asumirlos.

—Dilos, pues. Que sepa al menos a qué me enfrento —retó a su padre.

—Di mi palabra a Arriaga de que su fortuna y la nuestra se unirían con un matrimonio. Críspulo había aceptado desposarse con la hija de Arriaga, Amada.

—¿Y como Críspulo ha muerto, ahora tengo que casarme yo? —Raimundo estalló en una incrédula carcajada—. ¿Qué somos tus hijos?, ¿ganado que cruzas para mejorar la especie?

—Raimundo, estás cayendo en la insolencia —dijo su madre.

—No, mamá. Estoy de lleno en ella —respondió agresivo—. Ni soñéis con que voy a casarme con una mujer a la que ni conozco ni quiero. ¿Os queda claro? —Se levantó y dejando la servilleta de un golpe seco sobre la mesa, dio por terminada su cena—. Si me queréis aquí, tendréis que aceptar mis condiciones.

Ninguno de los presentes había visto nunca así a Raimundo.

—¿Qué vas a hacer, Ramón? —preguntó Isabel al minuto, casi retando a su marido, una vez Melquíades se disculpó y abandonó la mesa.

—Lo que haya que hacer. Déjame a mí. Pero cumplirá con sus obligaciones. No lo dudes.

Raimundo estaba sentado en el jardín. No le importaba el frío.

—Creo que tienes que contarme algo, ¿no es así? ¿Cómo ese cambio de querer olvidarte de Francisca a enfrentarte a tus padres por ella?

Melquíades sacó una pequeña petaca de plata de su bolsillo y se la tendió a su amigo, que le dio un sorbo.

—Con mesura. Que estamos en casa de tus padres y no en Salamanca, amigo. Y nadie mejor que yo conoce cuál es tu refugio del mal de amores.

Melquíades tenía razón. Fueron días aciagos para Raimundo mientras esperaba noticias de Francisca, sin saber que ambos atravesaban a un tiempo el mismo calvario: anhelando primero e intentando olvidar después. Francisca lo pasó en silencio y sola. Raimundo encontró un refugio en la bebida, pero las mañanas siguientes eran terribles. El dolor seguía allí, mezclado con un tremendo arrepentimiento por haber buscado esa salida. Melquíades intentaba que se relacionara con otras mujeres, convencido de que otro amor le haría olvidar a Francisca. Pero en cualquier taberna, Raimundo tenía un único objetivo: beber rápido para caer lo antes posible en la inconsciencia. Solo buscaba no pensar. No sentir. Quizá una sola nota de su amada diciéndole que todo había acabado le habría ayudado, pero únicamente manejaba la incertidumbre y en alguna parte de sus pensamientos, la difusa esperanza de que hubiera una explicación para todo aquello.

Ahora esa explicación había llegado, terrible pero liberadora. Y aun así, no podían amarse libremente. Su relación entera estaba marcada por la adversidad, aunque confiaba en que en algún momento, por alguna magia poética, todo aquello pasara. Sabía que sus padres serían un grave escollo, «pero si el amor es puro —se decía—, podrá con todo». Su esperanza no podía estar más lejos de la realidad.