7
¿Ha soñado esta noche señorita Bloom?
Se oía agua caliente fluyendo y vapor entelando las mamparas de la ducha, condensándose en las baldosas y escurriendo por ellas… El pomo girando, un leve chasquido, el chasquido de la puerta al abrirse. Las plantas de los pies desnudos humedeciéndose en el suelo... Luca sacó la cabeza de debajo del chorro de agua, no cerró la ducha, el líquido continuó fluyendo de la alcachofa. La silueta desdibujada que reflejaban las mamparas solo podía ser la de...
―¿Hay sitio para mí? ―preguntó Andrea, con el pelo hacia atrás despeinado por la almohada y los tirantes de su camisón suspirando al borde de sus finos hombros.
La somnolencia había sido vencida por el deseo. Abrió una de las mamparas y... la miró. Las mejillas enrojecidas, el brillo en los oscuros ojos y la forma de aquella boca, los labios generosos y bien perfilados.
―Hay sitio y agua caliente ―respondió Luca, siguiendo con la mirada la caída del camisón borgoña...
Los pechos blancos y coronados por grandes areolas del tono de los labios de ella le hicieron emitir un nada quedo gruñido; el vientre hundido por el ombligo y mecido por las anchas caderas; el triángulo de vello separando los torneados muslos. Quizás con otra persona, puede que en otra ocasión, hubiera entonado: «¿Quieres que te enjabone la espalda?». Sin embargo con ella...
Andrea empujó el camisón con los pies y avanzó, se agarró a la mano que le tendía y entró en la ducha.
Ahora, estaban uno frente al otro y tan cerca que podrían unir sus vientres y ronronear... Luca contuvo el aliento, que al acumularse quemó sus pulmones, alzó la cabeza con el lado derecho de su cuerpo mojándose, empapándose. Desligó su mano de la de Andrea y la alzó hasta su cara, le acarició las mejillas entre gotitas de agua, ahuecó el semblante con esta y rodeó la amplia cadera con su antebrazo. Graziani encorvó la cabeza hacia delante y un tanto hacia abajo, su boca casi a la altura de la de ella.
Andrea cerró los ojos y aproximó sus labios a los de él, se rozaron, pero no llegaron a besarse. Su sexo, doliendo y latiendo al compás de sus sienes; sus pechos, pegados al torso fibrado y carente de vello.
―¿Va a enjabonarme la espalda? ―masculló descansando la mejilla en la suave caricia.
No obstante, tras su pregunta la caricia cesó. Ella abrió los ojos y lo miró. Luca golpeó su boca con la de ella en uno de esos besos hambrientos y lobotómicos.
Andrea era perfecta dentro de toda su imperfección. «¿Qué quieres decir?». Su preciosa cara, los sensuales labios, esos pechos que había imaginado tantas veces, que los había sopesado en sueños… ¡Hasta sus delgadas piernas le parecían ideales! La humedad del ambiente ensalzó el aroma de la piel de ella y lo disparó a sus fosas nasales. Graziani absorbió su saliva, la bebió, bajando las manos para aupar a la mujer por las nalgas. La placó contra la pared, las resbaladizas baldosas lamiéndole la espalda.
Andrea cruzó las manos tras el cuello de él, los dedos palpando la fuerza de los trapecios. Un gemido detonó en sus cuerdas vocales y brotó de su boca tomada por la de Luca, que removió las caderas y friccionó lo largo de su erección contra su entrada.
La crema, acaramelando los pliegues, le invitaba a pujar dentro de ella, tan adentro como consiguiera perderse. Graziani retiró los labios de los de Andrea y no se dijeron nada, ni una sola palabra...
Sujetándose con una mano al cuello de él, deslizó la otra por sus pechos y de estos a su vientre. Sin dejar de mirarlo fijamente, acarició el triángulo velloso en su pubis y abrió sus pliegues en una clara invitación. Andrea elevó un tanto sus caderas, las niveló para que la verga de Luca comenzara a entrar en su canal caliente, estrecho y calado por el deseo que había ido acumulando por él.
Suaves y largos golpes de cadera le abrían paso en el interior de Andrea, los espasmos de la vagina le exprimían conforme penetraba en ella, abrazaban su verga, la enfundaban en aquel delirante abrazo. Graziani apoyó la frente en medio del valle de los orondos senos.
Andrea se quedó quieta, completamente inmóvil al tenerlo tan profundamente enterrado, llenándola con el latir de la carne, nublando su razón. Cerró los ojos inhalando por la nariz, sus piececitos se crisparon y buscaron apoyo tras las masculinas nalgas.
Unos segundos, unos míseros segundos permaneció regodeándose en su interior antes de ceder a sus instintos, instintos que apremiaban a sus caderas a embestirla, a acometer de forma rápida dentro de ella. Luca hincó los diez dedos a ambos lados de las caderas de Andrea y la ajustó contra su pelvis.
Ella abrió la boca al sentir la verga retirándose, saliendo poco a poco de su sexo, que protestó viéndose baldío. Andrea tomó a Graziani por las mejillas para que este alzara la cabeza y la mirara. Al encontrarse con los tormentosos ojos de él, Luca golpeó las caderas contra las suyas de modo que timbró su cérvix haciéndola jadear.
Ni tregua o trueque posible. La embistió una, dos veces y a la tercera ya la tenía deshecha en un mar de gemidos entre el agua que caía en la ducha y la crema que rezumaba del sexo de Andrea, escurriendo por la dureza de sus testículos. Iban a inundar el baño. Graziani enrolló la lengua en el pezón que tenía a su alcance y lo succionó.
Paladeó el placer agónico, el placer que para ella debería estar prohibido, salvo con Samuel; pero Samuel no existía, ahora mismo no existía. Sus neuronas únicamente repetían en parpadeos fluorescentes el nombre de Luca y ella, Andrea quería su boca. Asió a Graziani por las mejillas obligándole a desengancharse de su pezón y a besarla. Morirse en su boca, exhalar el último suspiro con él besándola y moliéndola a embistes para acabar..., para acabar...
El esperma subió por sus testículos, rabiando por el tallo de su venoso pene.
―Tesoro... ―roncó pronunciando la primera palabra. Los trémulos labios de Andrea iban a dar paso al grito del orgasmo. Luca lo sentía en la contracción de la vagina, en la dureza de los pezones que arañaban su torso—. Vieni da me39 ―masculló reteniendo su propia liberación.
Andrea desplazó las manos al cuello de él, cerca de la nuca. Se estremeció sobre Luca con el orgasmo amenazando arrasar su sistema nervioso. Abrió los ojos y la boca, esta formando casi una O perfecta en sus labios. ¡Ahí estaba, ahí estaba! El clímax anegando su útero y ahogando su sexo en la cremosidad de la culminación.
No era solo deseo, no podía ser solo deseo ese sinvivir al que parecía haber estado condenado hasta ese mismo instante, hasta el instante de saberla suya, aunque fuera solo por unos momentos. No, no era solo deseo... Era... Luca, romano, católico y apostólico, que nunca hubiera nombrado a Dios en vano, repitió su nombre antes de rechinar las muelas y cerrar los ojos. El alma se le escapaba junto a los largos y blancos chorros de esperma que disparaba su uretra, producidos por los glotones y espasmódicos apretones de su... «mano».
Andrea miró a su alrededor francamente extrañada de que el señor Graziani no se hubiera levantado antes que ella. La cocina preservaba rasgos de su antigüedad, como los fogones de leña, alternándolos con la modernidad de la pareja de hornos pirolíticos. Buscó con la mirada la cafetera, mas no la encontró. Husmeó en los armarios, donde halló la típica «máquina antediluviana», aquella cafetera italiana que se ponía sobre el fuego y que preparaba el oscuro brebaje a partir de café molido y no de una de las tan cómodas cápsulas Nespresso.
―¿Y qué hago con esto? ―se preguntó desmontando la cafetera sobre la repisa de madera, al lado de los fogones eléctricos.
Debía aprender a usarla, pues necesitaba cafeína para aguantar la dura jornada laboral. El día anterior había sido agotador, ni una pizca de inglés, solo italiano y a voces. «¡Un poco de compasión!».
―Aparte sus zarpas de esa cafetera, señorita Bloom ―advirtió Graziani recién salido de su «entretenida ducha».
O era especialmente ácido con ella o no se veía capaz de seguir ocultando... «¿El qué?». ¡Lo que fuera que le pasara! Luca caminó a su lado ataviado con unos pantalones tejanos y una camisa blanca, sin corbata ni americana. Se arremangó y abrió uno de los armaritos, en él había un bote de cristal envuelto en papel film.
―Buenos días, chef ―brincó Andrea sorprendida, la había asustado... para variar. Le observó y arrugó la nariz al verle sacar aquel bote de cristal—. ¿Qué es eso? ―preguntó curiosa.
―Café ―respondió Luca destapando el bote, retirando el film interior y dejándole oler el aromático contenido—. Para que no se oxide lo mantenemos protegido de la luz y para conservar el aroma lo tapamos con más film. —Del mismo armario sacó un pequeño y rudimentario electrodoméstico que, para asombro de Andrea, resultó ser un molinillo de café―. Ahora prepararemos café de verdad.
Ella prestaba atención a cada movimiento de Graziani y se retiró un poco con el traqueteo del molinillo de café. Andrea examinó a distancia las manos de Luca, los dedos cuidando de que el café no se saliera del filtro de papel, cerrando la cafetera, recorriéndole la garganta y desabotonándole el vestido… «No, no, ¡eso te lo estás imaginando!».
―El café no sabe igual si no lo molemos al momento ―apuntó mirándola de soslayo―. ¿Me está escuchando? ―interrogó Luca al atisbar que los ojos de Andrea estaban centrados en sus manos, pero ella parecía sumida en sus pensamientos.
―Sí, chef ―contestó de corrido sacudiendo la cabeza para dejar de... imaginarse cosas poco «¿decorosas?». Andrea tosió disimulando―. Por supuesto que le estaba escuchando ―mintió peinándose hacia atrás y descubriendo sus orejas, de ellas prendían dos pequeños aros dorados.
Para desayunar quería café, rico, oscuro e intenso, acompañado de los blancos muslos de ella abiertos y... Luca tragó llenando la cafetera de agua, la cerró y la puso al fuego; las llamaradas no quemarían nada comparado con lo que ardía en su piel.
―La cafetera no sirve solo para preparar café ―ratificó sacando un par de tazas y abriendo a continuación la nevera, de la cual cogió huevos, leche, mantequilla y una pequeña bandeja de grosellas.
―¿No? ―Andrea dio la vuelta, sentándose en el taburete al otro extremo de la zona de trabajo de la cocina y viendo como mezclaba los huevos con la leche, la mantequilla, el azúcar y las semillas de una vaina de vainilla.
―No, podemos usarla para preparar caldos o consomés ―ilustró Luca incorporando la harina y una pizca de levadura a la mezcla que batía en un bol—. Piense rápido, Bloom. ¿Qué prepararía en la cafetera después de lo que le he dicho?
―Un... ―Tenía que pensar rápido, miró la cafetera sobre el fuego―. Caldo de pescado ―dijo Andrea cruzando las manos y mirando a Graziani―. Rellenaría la parte inferior con agua...
―Debe tener mucho cuidado de que el agua nunca cubra la válvula de seguridad ―advirtió él dejando reposar la masa de las tortitas en el bol.
―Llenaría el filtro con polvo de tomate, un poco de jengibre fresco, medio ajo hecho puré, un trozo de alga wakame y machacaría tres cabezas de gamba junto a las cáscaras ―enumeró Andrea mientras el café empezaba a oler... esquivó la mirada de él y añadió―: Enroscaría la cafetera y la pondría al fuego.
―Podría aprovechar y poner las gambas peladas en la parte superior de la cafetera ―razonó Graziani retirando el café del fuego—. De ese modo se cocerían en el caldo conforme este subiera, al igual que lo ha hecho el café.
―Sí, tiene razón, chef. No había pensado en ello ―admitió Andrea—. Después llevaría el caldo al tazón; no plato, sino tazón, donde previamente habría introducido medio ramito de cebollino finamente picado y... ―Los que se pelean se desean, o eso decía el dicho. «¿A qué viene ese pensamiento?». Andrea sacudió la cabeza y se concentró en lo que estaba diciendo—. Listo.
―¿Y listo?
Con todo lo que ella hablaba, aquel «Listo» le sonó raro. Luca la miró enarcando las cejas.
―Y listo ―repitió Andrea a modo papagayo.
Desvió la mirada hacia la mezcla de tortitas reposando en el cuenco y tamborileó los dedos sobre la superficie de trabajo.
―¿Le pasa algo, Bloom?
A punto estuvo de cogerla por el mentón y obligarla a que lo mirara, y después comprobar si tenía fiebre. Andrea estaba ruborizada y tenía los ojos brillantes.
―¿A mí? ―preguntó ella moviendo la cabeza de lado a lado—. A mí no me pasa nada.
―Será el jet lag ―dijo Luca no muy convencido. Abrió el armario de las sartenes y sacó una tipo plancha, encendió el fuego y untó el fondo con mantequilla—. ¿Será capaz de poner la mesa en la terraza sin caerse hasta abajo o romper nada?
―Lo intentaré… Y si usted quisiera, lo intentaría hasta con los ojos cerrados —concluyó llena de sarcasmo. Realmente haría cualquier cosa que él le pidiera, pero no se lo iba a decir.
Por querer, quería... «¿desayunársela?». ¡Sí, a ella!
―Ahí están los manteles y en el friegaplatos encontrará todo lo demás ―le indicó sabiendo que el café se estaba enfriando y que la mantequilla en la sartén subía rápidamente de temperatura.
Andrea sacó el mantel y vistió la mesa, colocó todo lo necesario y volvió a la cocina a por el café, que ya estaba servido en dos tazas pequeñas.
―¿Un poco de leche? ―preguntó con los ojos fijos en aquel par de pozos negros—. ¿Azúcar?
―Ni lo sueñe ―ladró Graziani, sirviendo en un plato una altísima pila de tortitas. Las había cocinado por un lado para espolvorear en la mitad cruda las grosellas y a continuación, con mucha maestría, darles la vuelta al aire y terminarlas de cocinar—. No, estropeará el café, señorita Bloom.
―¿Estropearlo? ―Ella cogió el plato y lo sujetó a la altura de su mentón, las tortitas le llegaban casi casi a la nariz—. Si a esa cosa negra no le pongo leche para aligerarla, no voy a poder bebérmela.
―Eso le pasa por estar acostumbrada al aguachirle de Starbucks. ―Luca la siguió con la mirada: el sensual contoneo, el vuelo del vestido blanco con girasoles estampados, los piececitos metidos en las altas sandalias de tacón...―. Y no hay ni leche ni azúcar.
Andrea dejó el plato en mitad de la mesa y fue a dar la vuelta para caminar a su sitio cuando Luca se detuvo justo frente a ella.
―Señor Graziani, ¿se da cuenta de lo que acaba de decir? ―interpeló en un medio tartamudeó.
―Hágalo público y que la franquicia me demande.
Por mucho maquillaje que se hubiera puesto, Andrea tenía ojeras. No obstante, le parecía preciosa aquella mañana, «aquella y todas». Graziani, que se había dejado los cafés en la cocina, introdujo las manos en los bolsillos de su pantalón y compartió el oxígeno en el reducido espacio entre sus cuerpos. Andrea subió las manos y las afianzó en la chaquetilla encima de su vestido, no fuera que por arte de magia este resbalara de sus hombros y la dejara en ropa interior.
―Seguramente sea una demanda millonaria ―farfulló extraviándose en el metal de los ojos de Luca.
―De momento... ―Iba a besarla. «¡Desde luego que sí!». Iba a besarla y luego a chincharla, y después volvería a besarla y seguidamente...―. Puedo permitírmelo.
―Eso es fanfarronear ―trabucó Andrea queriendo acogerse a las palabras de su madre.
«Acabarás con las bragas en los tobillos». Estas palabras deberían resultarle temerosas, sin embargo, se le antojaban peligrosamente atrayentes.
―Lo sé.
Su estrategia de mantenerla encerrada en la cocina con la nonna Giuliana, lo más alejada de él, y en el caso de darse cercanía esforzarse por ser lo más ácido y mordaz posible, no..., no estaba dando sus frutos.
―Ya..., ya veo que lo sabe. ―El sexo no era algo primordial para Andrea, es más, consideraba que podía prescindir de él. Mas no sabía qué tenía Graziani que le hacía bullir las hormonas—. Tengo hambre... ―masculló cerrando los ojos y apretando los parpados―. ¡Hambre de tortitas!
Luca sonrió estirando el brazo para mover la silla al lado de Andrea, tiró del asiento y se inclinó contra ella, casi encima.
―Comamos tortitas entonces ―le dijo ingiriendo su inestable respiración.
Andrea dio un paso hacia atrás y otro hacia el lado derecho y se sentó de golpe, de hecho, se sentó en una esquina de la silla con suerte de no acabar en el suelo.
―Sí, comamos... ―tartamudeó asegurando su culo en el asiento—. Tortitas ―medio suspiró queriendo abanicarse con la servilleta, y eso que hacía fresco. Iba a necesitar comprarse una chaqueta de abrigo.
―¿Ha soñado esta noche? ―le preguntó Luca dando la vuelta a la mesa y tomando asiento al tiempo que Andrea redirigía la silla para quedar frente a la mesa.
Llevaba soñando con ella todas las noches sin excepción. Bueno, siempre y cuando hablaran de sueños nocturnos con sus respectivas poluciones, y no de sueños despiertos, a cualquier hora del día, en cualquier lugar.
―¿Soñado? ―No había sirope, pero sí miel. Andrea tomó la pequeña jarra y bañó las tortitas observando fijamente el chorro dorado—. ¿Mientras dormía?
―¿Usted solo sueña cuando se cepilla los dientes?
«A ti se te da muy bien hacerlo mientras te duchas». Igual que se había sentado Luca volvió a levantarse, ¿qué era un desayuno sin café?
―Muy gracioso... ―susurró metiéndose el primer pedazo de tortita en la boca. Masticó con la sapidez de la miel de mil flores, la dulce masa y las grosellas haciendo el amor con sus papilas gustativas—. No, no he soñado. ―Andrea no había llegado al punto de tener sueños de «esos», aunque la idea vino a su mente y la hizo atragantarse—. Está bueno
Tosió apretando los parpados sobre los ojos.
―Yo sí he soñado ―dijo desechando el café frío y preparándose uno nuevo. Graziani puso la cafetera al fuego―. ¿No me diga? ―dijo de modo retórico.
Era imposible, a su parecer, que esas tortitas no estuvieran buenas habiéndolas hecho él. Caminó hacia la terraza y cortó un pedazo de tortita para, por lo menos, comer algo mientras esperaba al café.
―¿Tiene que ser tan petulante, chef? ―Algo debía no salirle bien o por lo menos medio regular. Luca era un ser humano, ¿no? «Yo no estaría muy segura. ¿No le ves pinta de reptiliano?»―. Y con respecto a lo del sueño, ¿me lo va a contar?
―No me creería. ―Sonrió seguro de lo dicho. Luca, con el aroma del café envolviéndolos, le preguntó—: ¿Y no le gusta que sea petulante?
―Pruebe y verá si le creo o no ―respondió Andrea terminándose la primera tortita y partiendo en cuatro mitades la segunda—. Usted no es mi tipo ni por carácter ni por... físico.
No mentía del todo, con veintinueve años y un elenco de un único novio, no podía decirse que tuviera un prototipo de hombre.
―Aunque me he ganado el título de enfermero.
La frase salió con algo de resquemor. Graziani no quería ser su enfermero, a no ser que Andrea se dejara poner inyecciones y... «¿Ese pensamiento no te parece un tanto burdo viniendo de ti? Cazzo!». Zanqueó a la cocina, apagó el fuego y llevó la cafetera a la mesa, pero tuvo que hacer un nuevo viaje a la cocina a por las tazas.
―Sí. ―Esperó a que se sentara para responderle. Ella masticó mirando como Luca servía el alquitranado café—. Necesitaré comprarme algo de ropa de abrigo..., aquí hace frío.
―Menudo honor ―despotricó Luca una vez acomodado. Cortó las tortitas apiladas en su plato y pinchó varios pedazos gruesos para llevárselos a la boca y masticarlos como un rumiante—. No se preocupe, ya tengo en cuenta lo de la ropa.
―¿No va a preguntarme qué tal me fue ayer? ―A parte de calvo, Graziani debía de sufrir algún tipo de bipolaridad, ya que hacía unos segundos a Andrea le resultaba encantador y lo suficientemente seductor como para que sintiera la urgente necesidad de asegurarse el culotte con tirantes apretados en los hombros—. Gracias por lo de la ropa.
―Nunca le he preguntado nada parecido, Bloom ―cortó Luca sirviéndose el café. Si ella quería, que se espabilara. Andrea le caía mal la mayor parte del tiempo, y ahora aún más.
Ella llenó su taza de café, aunque solo fuera por incordiarle, introdujo la cuchara y dio vueltas al oscuro brebaje.
―¿Solo me va a preguntar por si he soñado la noche pasada? ―interrogó Andrea haciendo de tripas corazón para beberse el café.
―Preguntaré lo que a mí me apetezca.
«Así se atragante», pensó Graziani, «Con un poco de suerte tendrás la excusa de hacerle el boca a boca».
―Le responderé como si me hubiera preguntado qué tal me fue el día de ayer ―habló Andrea levantando la taza de café para volver a dejarla sobre la mesa—. Pues chef, no me fue demasiado bien, ya que estoy en una cocina en la que no se habla mi idioma y con una jefa bastante peor que usted. Aunque... ―La nonna Giuliana había sido todo un sargento a los diez minutos de estar bajo sus órdenes, Andrea captaba al momento lo que estaba haciendo mal debido a que la mujer fruncía el ceño—. Aún y con esas, se hace querer más que usted.
―No voy a ser amable, Bloom.
Graziani se quería hacer querer, mas su manera de hacerse querer no era sonriendo a Andrea cada vez que esta le mirara. Sorbió ruidosamente el café pensando que también podría contarle lo de sus sueños y empezar hablándole de las ensoñaciones en las que la besaba en los labios, solo la besaba de manera suave y cálida y después... «¿Sería amable detallarle la cantidad de veces que me la he follado? En sueños, claro».
―Eso sería ir contra natura. ―Andrea echó la silla hacia atrás y colocando las manos sobre la mesa se puso en pie, daba por concluido el desayuno—. Pero tenía esperanzas ―se sinceró sin mirarlo—. Y necesito con urgencia unas medias.
―¿Esperanzas de qué? ―O ella hablaba en otro idioma o... «Ah no, que es una mujer». Esa era una de las cosas que no soportaba del sexo femenino, hablar con entresijos, decir lo contrario a lo que se siente. «¿Por qué complicarse la vida?». Luca siguió sentado, no consideraba que el desayuno hubiera llegado a su fin—. Pues tendrá que esperar a la tarde.
Ella las necesitaba pero él ansiaba arrancárselas a mordiscos.
―De que usted fuera contra su naturaleza. ―Andrea medio sonrió alzó lentamente la cabeza, sus ojos hicieron contacto con los helados de él―. Porque si fuera usted contra su naturaleza, señor Graziani, me gustaría más que como solo enfermero.
Se irguió de la silla, rodeó la mesa y se quedó quieto a medio paso de ella.
―¿Ya ha acabado de desayunar? ―le preguntó como si no hubiera oído lo que Andrea acababa de decirle. El corazón le latía atronado; sí, ese músculo bombeante que tenía en el pecho y que en más de una ocasión consideraba molesto—. Le permito que se ponga azúcar en el café.
―Sí, he terminado. ―Andrea tenía que recordarse que odiaba a Luca Graziani, lo odiaba a muerte. ¡Tanto, tanto, tanto que iba a comprarse una muñeca vudú en representación de Luca e iba a clavarle alfileres «en los ojos»!―. No, gracias, no quiero su dichoso y asqueroso café.
Él estaba tan cerca y olía tan bien y era tan..., tan... atractivo que... «¡Estás hiperventilando!».
Luca retiró el mechón que rozaba su mejilla.
―Señorita Bloom... ―empezó a decir con los ojos de Andrea fijos en los suyos, acarició el mechón entre las yemas de sus dedos―. Yo he soñado con...
Un electrificado escalofrío prendió en llamas su médula espinal. El incendio se desató en sus pulmones y le calcinó los alvéolos. «¡¿Con qué?!», gritaba la vocecita en su mente, el sabor a ceniza en su boca solo podría ser eliminado por la saliva de él. Andrea se mordió el interior del carillo y sin parpadear movió la cabeza para que los dedos de Luca dejaran de acariciar el mechón y le tocaran la cara.
Graziani la oía respirar tan fuerte como si lo hiciera en el mismo centro de su cabeza, dejó escurrir el mechón entre sus dedos y las yemas rozaron una de las femeninas sienes, bajando para tocar lo alto del pómulo.
―No sé si realmente quiere oír la verdad sobre lo que he soñado, pero me da igual ―le dijo Luca tocando la suave calidez de su piel—. Voy a decírselo de todas formas...
Ella había olvidado las medias y la ropa de abrigo, estaba ardiendo.
Un incómodo carraspeo interrumpió la burbuja en la que se encontraban. Andreas se quedó inmóvil en la entrada a la cocina. No había llamado al timbre, pues la puerta de la casona estaba entreabierta. El día anterior había quedado con su hermano en que a esa misma hora pasaría a por Andrea para llevarla con él al Bellezza.
―Lavorare40 ―pronunció alto y claro aquella única palabra.
Luca cerró los ojos y al abrirlos Andreas no había desaparecido; no obstante, la mujer, su calor y, sobre todo, su penetrante olor se estaban alejando. Sin mediar palabra, recogió la taza de café de Andrea y empinó el ahora helado contenido.
Andrea descolgó el bolso de la silla y, con las puntas de las orejas tan enrojecidas como sus mejillas, tartamudeó una despedida―: Adiós, chef.
Apresuró el paso de sus tacones y, sin mirar a Andreas, pasó por su lado yendo a buscar refugio al coche. Había sido salvada por la campana. «¿Salvada de qué?». Bajó las escaleras exteriores de la casona. Abrió la puerta del coche y se sentó en el asiento del copiloto.
Andreas no tardó en llegar y en ponerse en ruta, el viaje hasta el restaurante lo armonizaba la radio. Una vez ante la entrada se estiró en el asiento para abrirle la puerta permitiendo que ella bajara.
Andrea apenas tuvo tiempo de cerrar cuando él dio marcha atrás y se largó a una velocidad, a su parecer, poco legal.
La nonna Giuliana, sentada frente a la mesa de madera, deshojaba alcachofas. Al no llevar guantes, sus dedos se habían teñido de negro.
―Buongiorno41 ―saludó Andrea sentándose en la silla libre al lado de la de la nonna.
Ella le puso una alcachofa en la mano, le señaló el cuenco en el que varias, ya limpias, flotaban junto a hojas de perejil, hierbabuena y limones partidos por la mitad.
Andrea la sopesó en la mano y, sin mirarla, tiró de las hojas estropeando la alcachofa. Sus ojos veían la forma de la masculina boca, el atisbo de brillo de los rectos y nacarados dientes, las aletas de su nariz se dilataban oliendo el after shave y, por debajo de este, el aroma propio de la piel.
La nonna Giuliana se ladeó en la silla y le dio suavemente con el codo en el antebrazo, pero Andrea no reaccionó.
―Ragazza42.
Esta vez le quitó la alcachofa y chasqueó dos dedos frente a su cara. No la tenía de pinche; si Andrea quería realmente ser chef, debía saber pelar una patata y de eso ella misma tenía que asegurarse.
Apretó los muslos bajo la mesa, el calor en su centro subió incendiándole las mejillas... El sudor floreció en sus sienes y le encogió los deditos de los pies metidos ahora en zapatos de trabajo. «¡Deja de pensar en él!».
―Lo siento ―masculló sin pensar si la nonna la entendía.
Andrea deshojó la nueva alcachofa, la cortó sobre la mesa como las otras que flotaban en el agua y la mandó a nadar con sus compañeras bajo la atenta y escrutadora mirada de la nonna.
De vuelta a la casona...
Andreas, aprovechando que la puerta de la casona seguía entreabierta, entró cerrándola de un golpe. Trotó a la cocina y una vez allí gritó a pleno pulmón.
―¡¿Se puede saber qué coño estás haciendo?!
Aplastó las manos en la isla de mármol y buscó el contacto con los ojos de su hermano.
―No grites ―chistó Luca con las manos repletas de agua y espuma. Se inclinó para dejar el plato en el escurridor de madera y lo miró preguntándole―: ¿Qué haces tú aquí?
―Yo soy el mayor y he preguntado primero.
―¿No lo ves? ―interpeló Luca hundiendo el plato en la balsa de agua jabonosa, que a punto estaba de desbordar el fregadero. Carraspeó centrándose en el estropajo, eliminando todo rastro de café de la taza—. Estoy fregando.
―Luca, ¿por qué no usas el friegaplatos?
―No vale la pena por dos tazas y un par de platos.
―¡Lo estás utilizando para no pensar! Normalmente cargarías el friegaplatos dándote igual si hay dos tazas o quince ―dilucidó Andreas—. Estás fregando a mano porque es tu manera de distraerte. ―Llenó sus pulmones de aire y a la vez que golpeaba la isla de mármol ladró―: Y no puedes distraerte de que esa mujer ¡está prometida!
―¿Quién?
Lo de hacerse el loco no iba con su personalidad, pero no tenía ganas de discutir. Aunque más que cabreado, se sentía más frustrado. Le dio un agua a la taza para quitarle el jabón y la dejó en el escurridor.
―¡La señorita Bloom! ―vociferó Andreas yendo a quitarle el paño antes de que su hermano lo utilizara para secarse las manos. Si lo quería, que se lo pidiera.
―Ya lo sé ―respondió Graziani mirando a Andreas a la par que extendía una mano goteante para que este tuviera a bien darle el paño.
―Las mujeres casadas o comprometidas son sagradas ―puntualizó Andreas con gran énfasis.
―¿Sagradas para quién?
Su hermano no era un santo, se había casado tres veces y los tres matrimonios se habían roto por culpa de sus infidelidades. «Vamos, lo que viene a ser una polla inquieta». Luca anduvo hasta él y le quitó el paño.
Andreas resopló quedándose con la mano vacía, aunque la utilizó para tomar a Luca por un hombro.
―Olvídate de ella. ¡Ya! ―exigió.
―¿Qué haces aquí aparte de psicoanalizarme?
Sin acabar de secarse bien las manos, le tiró el paño a la cara al «metomentodo».
―Vengo a ayudarte a preparar lo de la vendimia.
En parte era cierto, de no haber sido por el episodio con la señorita Bloom, él hubiera acudido a la casona por la tarde.
―No voy a darte las gracias. ―Y debería, pues había que montar cuatro mesas en el largo porche con sus respectivas sillas, vestir las mesas con manteles, cristalería y cubertería, y después organizar la cena. Luca le miró torciendo la boca―. ¿Vas a dejar de mirarme como si fuera el Anticristo?
―No las quiero. ―Andreas rechazó las gracias y se santiguó cuando Luca nombró al Anticristo—. Por el amor de Dios, cuando he llegado casi estabais sobre la mesa contándoos los lunares.
―Y untándonos con mantequilla ―se mofó Graziani—. Ves cosas donde no las hay ―mintió descaradamente.
De no haber sido por la dichosa interrupción, él habría besado a Andrea y no con un beso casto y puro en la mejilla.
―Es la crisis de los cuarenta, te entiendo ―suspiró Andreas cruzándose de brazos—. Yo la he pasado y...
―No tengo ninguna crisis ―le interrumpió Luca con un bufido.
―Muy bien, si no sientes nada por ella estando influido por la crisis de los cuarenta o por esas grandes tetas que deben rebosar de un sujetador de la talla 95D y esas caderas que pueden provocar terremotos... ―chinchó Andreas observando como Luca apretaba la mandíbula y se le oscurecía el metal de los ojos―. ¿Te has fijado en su culo metido en el vestido de esta mañana?
Rompió el cruce de sus brazos y movió las manos como si estuviera marcando en el aire la redondez de las femeninas nalgas.
Graziani comprimía los puños, los nudillos húmedos estaban enrojecidos a causa de la fuerza ejercida por los dedos. Cerró los ojos e inspiró profundamente para no descerrajarle a Andreas un puñetazo en plena mandíbula.
―Mándala a casa, Luca. ―A él le picaba la piel de la tensión que desprendía hacia su hermano. Andreas bajó un tanto su tono de voz—: Hazlo antes de que te duela demasiado.
―No.
Luca no pensó en lo que le estaba pidiendo Andreas, no sopesó las palabras de este. Sencillamente se negaba a escucharlo. ¿Que lo único que quería antes era mantener a Andrea lo más alejada posible? Pues bien, acababa de cambiar de decisión.
―Luca ―rogó Andreas tomándolo de nuevo por un hombro.
―He dicho que no ―roncó zafándose de su mano—. Si has venido a ayudar, bien; si no, lárgate.
―Vas a arruinarle la vida y de paso te llevarás la tuya por delante ―razonó Andreas, pisando el paño en el suelo en su marcha tras Luca, que salía de la cocina a pasos raudos.
―Como si ella no pudiera pensar por sí misma ―alzó la voz bajando las escaleras interiores para tomar el camino hacia el inmenso porche—. Uno no es infiel porque sí ―cargó Luca contra Andreas encendiendo las luces de la estancia cerrada que daba al porche. En esta había una hilera de mesas y sillas de madera debidamente plegadas y cubiertas por lonas.
―Si te digo que la mandes a casa es porque se te nota que es más que un impulso sexual ―abogó Andreas encajando el golpe certero y plagado de verdad.
Tosió a causa del abanico de polvo que soltó la primera lona que Luca levantó.
―¿Por qué abandonaste la carrera de psicología?
Luca lanzó la lona al suelo y fue a por la segunda.
―Por ti, por la familia.
Antes de que Luca se convirtiera en toda una eminencia a nivel gastronómico, ellos habían sido dos adolescentes a cargo de un restaurante familiar. La nonna Giuliana no les había dado nada hecho, si querían algo debían conseguirlo por sus propios méritos. Ambos trabajaban en la cocina y a la vez estudiaban: Luca, gastronomía; y él, por su parte, psicología. Poco a poco las cosas empezaron a ir bien, tan bien que Andreas dejó la idea de convertirse en psicólogo para dirigir el Bellezza mientras Luca hacía suyas las cocinas bajo la atenta mirada de la nonna. Encontrándose con los ojos de su hermano, caminó hacia él.
―Envíala a casa, Luca.